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Ese, ése, S-300. From niemi.ru

Ese, ésos, S-300. From niemi.ru

Siria en el Gran Juego global

En la novela Kim de la India, el escritor británico Rudyard Kipling acuñó el término “el gran juego” para describir las maniobras del espionaje europeo en su intento de dominar a los pueblos de Asia Central. El Gran Juego en su versión 2011 consiste en que la caída del régimen sirio de Bashar Assad produzca un efecto dominó en la vecina Irán. Nada podría debilitar a Irán más que perder Siria.

Por Walter Goobar
waltergoobar.com.ar, 27.11.11

En la novela Kim de la India, el escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936), acuñó el término “el gran juego” para describir las maniobras del espionaje europeo en su intento de dominar a los pueblos de Asia Central, desde Afganistán hasta Turquía para apoderarse de la ruta de la seda durante el siglo XIX. Aquella guerra de intrigas que también fue bautizada “el torneo de las sombras” parece reeditarse ahora en el Medio Oriente y tiene su epicentro en Siria. El Gran Juego en su versión 2011 consiste en que la caída del régimen sirio de Bashar Assad produzca un efecto dominó en la vecina Irán. Nada podría debilitar a Irán más que perder Siria. Este es hoy el “gran juego”:

Europeos, norteamericanos y ciertos Estados del Golfo observan el juego que se libra en Siria como el sucesor lógico del juego de Libia. Sin embargo, Siria es mucho más estratégicamente valiosa, e Irán lo sabe. Por eso, el régimen de los ayatollas ha advertido que responderá a cualquier intervención externa en Siria. Damasco es el indiscutible aliado clave de Irán en el mundo árabe, mientras Rusia, junto a China, son los aliados geopolíticos cruciales de ambos.

La única base naval de Rusia en el Mediterráneo está en el puerto sirio de Tartus. La base de Tartus fue creada para reemplazar a una en Sebastopol por si Ucrania prohibe a la marina rusa apostarse allí. Es por eso que Washington está siendo tan persistente en tratar de derrocar a Bashar Assad, que es aliado de Rusia. El siguiente paso para Washington será la de expulsar a la flota rusa del Mar Negro de Crimea, es decir, de Novorossiysk. Rusia se quedaría sin presencia naval en el oeste. Hace una semana llegaron a Siria seis barcos de guerra rusos con un sofisticado sistema de defensa de misiles que Moscú les ha vendido.

Los buques rusos llevaban un sistema de misiles S-300, según reveló el jueves el diario en lengua árabe con sede en Londres Al-Quds al-Arabi. El periódico señalaba que Moscú considera que un ataque occidental contra Siria supone una “línea roja que no tolerará”. Los S-300 son misiles tierra-aire de largo alcance desarrollados por Rusia en 1979 con el propósito de proteger bases industriales y militares de ataques de aviones enemigos y de misiles de crucero. Equivalentes a los Patriot estadounidenses, en Siria los S-300 se utilizarán para “evitar un posible ataque de la Otan o de Estados Unidos y de la UE”.

El sistema es uno de los dispositivos antiaéreos más poderosos de la guerra moderna con capacidad de rastrear hasta cien blancos e intervenir en 12 de una sola vez. Recientemente, Rusia intentó vender el mismo sistema a Irán pero la operación se detuvo por la presión de Estados Unidos e Israel. Obviamente, armar a Siria con semejante sistema de defensa aérea no presagia nada bueno para la posible “zona de exclusión aérea” planeada por las potencias occidentales.

Cada vez se considera más probable la perspectiva de ataques aéreos lanzada bajo un lema “humanitario”, dado que en los últimos días el portaaviones George H. W. Bush se ha trasladado a la costa de Siria tras haber abandonado su tradicional teatro de operaciones al lado del Estrecho de Ormuz. Esta semana han circulado versiones de que aviones de combate de Turquía y de otros países árabes intervendrían pronto el espacio aéreo sirio bajo el pretexto “humanitario” y con apoyo logístico de Estados Unidos.

Atacar a Siria no podría sino resultar el comienzo de una agresión contra Irán porque Teherán ha prometido que defenderá a su aliado.

La única solución sensata sería que el pueblo de Siria derrocara el Estado policial del régimen de Assad, pero eso está lejos de suceder y por eso europeos y estadounidenses juegan la carta insurreccional replicando la estrategia desplegada en Libia: intentan crear un consejo de transición que se apresure a considerarse como el único representante del pueblo sirio, independientemente de si tiene alguna existencia real dentro de Siria, o de que se trate de un grupúsculo de insurgentes artificiales armados por los Estados vecinos. Tratar de instigar divisiones dentro del ejército y la élite, y en última instancia, forzar la renuncia del presidente Assad, es algo en lo que los promotores de esta estrategia insisten.

El Consejo de la Oposición de Siria, patrocinado por Turquía, Francia y Qatar, está sorprendido por el hecho de que las fuerzas de seguridad sirias se han mantenido sólidas durante estos siete meses –las deserciones han sido insignificantes– y la base de apoyo popular de Assad está intacta. Sólo la intervención externa podría cambiar esa ecuación, pero pedir la intervención sería lo mismo que cometer un suicidio político, y la oposición lo sabe.

Mientras las sanciones comienzan a afectar esencialmente a la clase media, se ha desplegado una innecesaria campaña internacional de demonización del régimen de Assad. Y las operaciones psicológicas abundan, con el objetivo de seducir a secciones del ejército sirio para que deserten. Sin embargo, esas operaciones no están dando el resultado previsto: un informe del investigador basado en Qatar del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (Iiss, por sus siglas en inglés), incluso admite que el autodenominado “Ejército Siria Libre” es básicamente un montón de islamistas de la línea dura, más algunos auténticos desertores del ejército, pero sobre todo radicalizados miembros de la Hermandad Musulmana comprados, pagados y armados por Estados Unidos, Israel, las monarquías del Golfo y Turquía. No hay nada “pro democracia” en ese grupo –como lo presentan incesantemente los medios corporativos occidentales y de propiedad saudita–.

A pesar de la fuerte inversión, las tácticas occidentales parecen estar fallando en Siria. La mayoría de los analistas de la región cree que si Siria es empujada aún más al conflicto civil, el resultado será la violencia sectaria en el Líbano, Irak, y también más ampliamente. La idea de que ese conflicto supondrá un país más estable y de estilo occidental, democrático, no sólo es una fantasía, sino un acto de la peor crueldad. Pese al cinismo con que habitualmente se manejan las potencias neocoloniales, el desarrollo de la crisis siria no es un juego, como lo demuestran las cifras de muertos por ambos lados.

Lo cierto es que los orígenes de la operación “derribar a Assad” precedieron en el tiempo al despertar de la Primavera Árabe: se remontan a la imposibilidad de Israel en su guerra de 2006 de derrotar militarmente a la milicia libanesa proiraní Hezbollah. Tras este fracaso bélico, la evaluación de Estados Unidos fue que Siria debía convertirse en el talón de Aquiles del régimen iraní.

Michael Scheuer, el ex jefe de la Unidad Bin Laden de la CIA, advirtió recientemente que la secretaria de Estado, Hillary Clinton diseñó la respuesta al despertar árabe, que implica la implantación de los paradigmas occidentales, por la fuerza si es necesario, para suplantar el vacío creado por los regímenes derrocados.

En esa misma sintonía, el ex subsecretario del Tesoro de Estados Unidos, Craig Roberts, había hablado anteriormente sobre estos cambios: “Tenemos que derrocar a Khadafi en Libia y Assad en Siria porque queremos sacar a China y Rusia en el Mediterráneo”. El Gran Medio Oriente concebido por Estados Unidos se extiende de Mauritania a Kazajstán. En ese teatro de operaciones, los únicos países que no están vinculados a la Otan mediante una miríada de “cooperaciones” son, aparte de Siria: el Líbano, Eritrea, Sudán e Irán.

Para el Pentágono, el nombre del Gran Juego es “reposicionamiento”. Como Estados Unidos tiene previsto el retiro de tropas de Irak a fin de año, esas tropas irán a algún otro sitio en el “arco de inestabilidad” que Washington le atribuye a la región. Ya hay 40.000 soldados de Estados Unidos en el Golfo, 23.000 de ellos en Kuwait. Un ejército secreto del Pentágono y la Agencia Central de Inteligencia está siendo entrenado por la ex Blackwater –rebautizada Xe–, en los Emiratos Arabes Unidos. En el más absoluto secreto, está naciendo una nueva Otan del Golfo.

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