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Un amante de los libros

Por Luis Brustchein

Durante el siglo pasado el escritor Guy de Maupassant escribió el cuento La cabellera, sobre un tema que la última Asamblea Episcopal podría haber definido tranquilamente como de “relaciones sexuales torcidas”. La torcedura obedece, en esta historia, al peso de la soledad más la fantasía de todas las épocas por una rubia con caderas en forma de lira.

Las obsesiones de un hombre solitario son tan comunes como las que dominan a un fanático de la televisión, o a otro delirado por su automóvil o al tipo apasionado por los objetos antiguos. Pero al mismo tiempo sus derivaciones pueden ser desconcertantes, sorprendentes, y, como dirían los obispos, siempre resulta imprevisible en estos casos hasta qué punto puede llegar a retorcerse su sexo.

Para un amante de los libros, como es mi caso, La cabellera es un cuento de cabecera. Está lleno de espejitos distribuidos sagazmente donde el lector va quedando enganchado en reflejos de partículas de su propia identidad, muchas veces solitaria, necesitada de amor, o con la ternura puesta en cosas o detalles que para los demás no tienen importancia.

“Me encerraba a solas con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir mis labios entre los cabellos, para besarla, para morderla…”, confiesa el protagonista, desbordado por el erotismo. Encontró el objeto de su deseo y se lanzó de cabeza en el lago de la locura.

Y después -que los obispos perdonen a Maupassant- proclama ardiendo de pasión: “Los besos con los que la calentaba me hacían desfallecer de dicha; la llevé a mi cama y me acosté con ella”. Y sigue: “La he poseído tal como era viva antaño, alta, rubia, de carne plena, con los pechos fríos y la cadera en forma de lira; y he recorrido con mis caricias esa línea ondulante y divina que va desde la garganta hasta los pies, siguiendo todas las curvas de la carne”.

Más que torcido, retorcido; porque el hombre está enamorado de una cabellera que encontrró al activar el mecanismo secreto que ocultaba el cajón de un mueble italiano del siglo XVII. Los juegos sexuales de un hombre solitario, la pasión y la locura se combinan. Porque en realidad, con quien se acuesta y hace el amor todas las noches, le habla y lo saca a pasear, es con el manojo de pelos cuyo contacto lo inflama hasta hacerle imaginar a su dueña presumiblemente muerta.

En cada lectura de La cabellera encuentro nuevos espejitos que han quedado como al descuido en rincones y pasadizos y me desespero por descubrir el mecanismo secreto que los mueve para atrapar al lector en la trampa de Maupassant; la misma que encerraba a la cabellera en el viejo mueble a la espera del apasionado coleccionista de antigüedades.

No puedo dormir sin haber leído otra vez el increíble cuento, pero lo que más me sorprende es cómo carajo hizo Maupassant para adivinar que tantos años después, esa misma mujer alta, rubia, de carne plena, pechos fríos y la cadera en forma de lira se acostaría a mi lado todas las noches cada vez que cierro el libro.

Verano/12, 14.02.89

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