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Msc Pamela, el top ten de los portacontenedores, dice El País.

Msc Pamela, el top ten de los portacontenedores, dice El País.

“El Baltic Dry Index es un índice de la contratación de fletes marítimos de carga seca de las 26 principales líneas marítimas mundiales. El índice es una evaluación del precio del transporte por mar de las principales materias primas como son principalmente carbón, mineral de hierro y granos y nos refleja la cantidad de contratos de envío de mercancías que se cierran en las principales rutas marítimas mundiales. Obviamente, en la medida en que la economía mundial entra en crisis, se reducen los contratos de transporte y en consecuencia el Baltic Dry Index también desciende, por lo tanto es un indicador adelantado al mercado y se revela como un eficaz termómetro de la evolución de la economía mundial”, explicaba ayer el blog economiasimple.com

El Baltic Dry Index no es un indicador cualquiera, menos cuando, según el operador de comercio exterior Jaime Gonzalez Presto, está en curso “uno de los cambios más importantes en la historia del comercio marítimo”, responsable del 90% del total del comercio mundial de mercaderías.

Dudando de la duración del actual repunte bursátil, economiasimple.com hizo ayer este análisis: “Como ven en el gráfico, este índice empezó a dar señales de alarma en Junio de 2008, hizo mínimos a primeros de Diciembre y se está dando la vuelta mientras las bolsas continúan con el rebote animadas por los datos macro ‘mejor de lo esperado’ que antes comentábamos, pero lo verdaderamente importante y en lo que debemos fijarnos es que los datos que estamos conociendo ahora son del mes de Febrero, cuando este índice estaba en máximos y parecía que la economía se recuperaba, sin embargo fijémonos en lo que está haciendo el gráfico ahora en marzo y esas medias del estocástico semanal cruzadas a la baja atravesando la zona de 80 que nos anticipan una vuelta a mínimos anteriores. Que cada uno saque sus conclusiones.”


Sobrestock y desplome de tarifas
Por ejemplo, días antes, el 24 de marzo, en la web lignum.cl se citaba un artículo de Estrategia sobre “el complicado panorama que enfrenta la Compañía Sudamericana de Vapores, que podría llevarla a vender activos, se enmarca en un escenario mundial que no muestra señales de recuperación”. “Sólo este año los papeles de la CSAV acumulan una baja de 24%, mientras que el año pasado ya habían caído 60%. Este desplome en los precios implica que la naviera en la actualidad sólo tenga un patrimonio bursátil de US$415 millones, es decir ha perdido US$1.775 millones desde su valor peak de US$2.190 millones en octubre de 2007″.

“En líneas generales, previo a la crisis ‘la economía estaba bien y la industria naviera importaba materias primas y sacaba productos terminados en las rutas Asia-Europa y Asia-Estados Unidos, que son las dos principales en transporte de productos. Con estas dos rutas funcionando a full había mucha demanda y comenzaron a subir los precios’, explicó el analista de Fitch Ratings, Sergio Selman”.

Había gran demanda y una capacidad de barcos limitada. Los valores de los fletes eran altos, pero entraron a la oferta otros navíos más grandesel sector marítimo se embarcó en un plan de expansión de flotas muy ambicioso -capacidad de hasta 15.500 TEU (unidad de medida de capacidad de transporte marítimo de contenedores)- lo que hizo necesario que transportasen una capacidad mucho mayor para que fuera rentable, por lo que se vieron presionados a bajar la tarifa”, agregó. Asimismo, reaccionando al auge de la demanda, expuso el economic affaire officer, de la división de recursos naturales e infraestructura de Uneclac (Naciones Unidas), Ricardo Sánchez.

Pero llegó la crisis mundial. “La primera reacción al ver los primeros coletazos fue suspender las órdenes de fabricación de los barcos. Sin embargo, a algunas navieras les resultaba más caro cancelar el contrato que seguir adelante. Ha habido un fuerte proceso de renegociación -o intento- de los contratos, de reprogramaciones de fechas de entrega, refinanciamiento; de todo en estos meses”.

Crisis actual
Ahora, la empresa que envió a hacer un barco hace un año, cuando la economía aún se veía bien, y que ahora está pagando las cuotas, tendrá en un año más un barco que posiblemente no tendrá trabajo. En tanto, las tarifas se han desplomado tan fuerte que el 20 de mayo el Índice Báltico (Baltic Dry Index), que mide la evolución del costo del transporte marítimo de las principales materias primas, llegó a 11.793 puntos, mientras que el 19 de marzo se ubicó en 1.795 puntos, lo que implicó una caída de 85%, mientras que en los últimos doce meses la baja es de 77%.

De acuerdo al HSH Nordbank “la dramática caída de las tarifas de charter continúa (…) y las que hay actualmente apenas alcanzan para cubrir los costos operativos de los barcos”. Añaden que “la dimensión de la recesión mundial supera todas las previsiones y el ánimo cae también en igual proporción a como bajan los ingresos y las ventas”.

De acuerdo a Sánchez, “el descenso de las tasas de flete ha sido importante. Nosotros registramos cerca de un 35% de baja a la fecha respecto al último trimestre de 2008”. A su vez, la Cámara Marítima y Portuaria indicó que “en el tema puertos esperamos una caída del 15% a 20% en carga general”.

Sánchez explica que en octubre de 2008 había 70 barcos portacontenedores inactivos -de unos 6000, con capacidad de transporte cercana a 150.000 contenedores chicos- fue creciendo y “hoy son cerca de 500 con una capacidad de transporte de 1,3 millón de TEU”.

El libro de órdenes de fabricación de barcos indica que “lo que se está fabricando hoy corresponde a un 49% de la capacidad de la flota que ya existe”, indica HSH Nordbank en su boletín del 29 de febrero. Es decir el sobrestock de barcos seguiría presionando a la baja las ya deprimidas tarifas.

Otra reacción de la industria es lo que se conoce como mandar los barcos a scrap, es decir convertirlos en chatarra. Además, hay navieras que a sus mejores clientes, les están ofreciendo sólo el costo del petróleo como precio del flete. “Las tarifas están muy bajas y hay empresas que están empezando a quebrar”, afirmó Selman.

Proyecciones inciertas
Este año la industria mundial enfrenta una flota que crece por sobre el 14%, en momentos que la demanda se estanca. “Partimos de la base que los programas de reactivación implementados en los diferentes países comenzarán a causar su efecto y que se empiece a recuperar lentamente la economía en Estados Unidos y Europa en la segunda mitad de 2009. Esto puede también desencadenar una recuperación del mercado de charter de transporte para barcos de container, pero según nuestra opinión eso se demorará un tiempo más en empezar a producirse”, expuso el banco alemán. “No contamos con una estabilización del mercado de los charter navieros hasta mediados de 2010”, agregó.

Cifras de la crisis
-Hoy Vapores tiene un patrimonio bursátil de US$415 millones, es decir, ha perdido US$1.775 millones desde su valor peak de US$2.190 millones en octubre de 2007.

-El Indice Báltico (Baltic Dry Index), al 20 de mayo llegó a 11.793 puntos, mientras que el 19 de marzo registró 1.795 puntos, lo que implicó una caída de 85%.

-En los últimos doce meses el Baltic Dry Index tuvo un descenso de 62,46%.

-Las tasas de flete, a la fecha, registraron una baja cercana al 35% respecto al último trimestre de 2008.

-La Cámara Marítima y Portuaria espera una caída del 15% a 20% en carga general.

-La flota mundial de portacontenedores está creciendo por sobre el 14%.

-La cantidad de órdenes de construcción de flota actual representa un 49% de la capacidad actual de transporte marítimo.

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Expertise, según El Roto, elpais.es

Expertise, según El Roto, elpais.es

PREVÉ GRANDES “DISTURBIOS SOCIALES”

Jim Rogers: EEUU debe “dejar caer a los bancos y empresas insolventes”

El exitoso inversor Jim Rogers afirma que los bancos debería quebrar: “¡Ellos cometieron los errores, no los contribuyentes!” Obama prefiere “salvar a sus amigos de Wall Street antes que a 300 millones de americanos”. “Los granjeros serán los nuevos ricos”.

2009-03-02, Libertad Digital. En una reciente entrevista de Maria Bartiromo para Business Week, recogida en su blog, el exitoso inversor Jim Rogers carga contra los rescates públicos de la banca y todo tipo de compañías insolventes. El Gobierno de EEUU debería permitir que entren en “bancarrota”, ya que el enorme coste de estas medidas lo pagarán los contribuyentes y, además, prolongará la crisis durante años. El futuro, según Rogers, está en las materias primas y la agricultura. La amenaza de la inflación regresará de nuevo. Por último, la crisis provocará “disturbios sociales en buena parte del mundo” y EEUU “no será inmune” a este proceso.

Pregunta: ¿Qué piensas de la respuesta del Gobierno [de EEUU] a la crisis económica?

Respuesta: Es terrible. Están empeorando las cosas. La situación es bastante incómoda para el Presidente Obama, que no parece tener ni idea de lo que está pasando -algo razonable dada su experiencia-. Ha contratado a gente que es parte del problema. Geithner [nuevo secretario del Tesoro de EEUU] fue director de la Fed de Nueva York, quien se suponía estaba más enterado que nadie de Wall Street y los bancos. Y como recordará, Summers [en referencia a Larry Summers, jefe de asesores económicos de Obama] contribuyó en el rescate de Long-Term Capital Management hace unos años. Esta gente piensa que la única solución es salvar a sus amigos de Wall Street antes que salvar a 300 millones de norteamericanos.

P: Entonces, ¿qué se supone que deberían estar haciendo?

R: ¿Qué me gustaría verles hacer? Me gustaría ver que dejan a esta gente entrar en quiebra, dejar al insolvente ir a la bancarrota, parar de rescatarles. Hay muchos bancos en EEUU que previeron esta situación, tomaron precauciones y han estado esperando la oportunidad para hacerse con los activos de los incompetentes. De igual modo, muchos propietarios no se compraron cinco casas sin ingresos. Han estado esperando esto, y ahora de repente el Gobierno está diciendo: “Es una lástima para vosotros. No me importa si hicisteis bien o mal, vamos a rescatar a los 100.000 o 200.000 que lo hicieron mal“. Esto es vergonzoso económicamente, y es moralmente terrible.

P: Has dicho que Bear Stears y Lehman (LEHMQ) todavía existirían si Greenspan [ex presidente de la Resserva Federal de EEUU] no hubiera rescatado a Long-Term Capital Management en 1998. ¿Podrías explicar esto?

R: Bueno, si a Long-Term Capital Management le hubiesen permitido caer, Lehman y el resto de ellos hubieran perdido muchísimo dinero, su capital se habría visto dañado, y habría puesto a Wall Street contra las cuerdas durante años. Sin embargo, en vez de perder capital, activos y gente incompetente, lo que hicieron fue contratar a más gente incompetente.

P: ¿Deberían también haber dejado caer a AIG?

R: Primero, los bancos, los bancos de inversión y las compañías de seguro llevan quebrando desde hace cientos de años. Sí, habríamos tenido dos años terribles, pero ahora están prolongando el dolor. Tuvimos 10 años de excesos crediticios de los peores en la historia a nivel internacional. No puedes limpiar esos excesos en seis meses o un año diciendo “despertémonos ahora y empecemos de nuevo”.

P: ¿Y qué pasa con Citigroup? ¿Y con las compañías automovilísticas?

R: Deberían dejarlas entrar en quiebra. ¿Por qué los contribuyentes americanos deberían pagar una millonada para salvar a unas pocas compañías de coches? ¡Ellas cometieron los errores! ¡Nosotros no cometimos los errores! Estoy seguro de que les darán el dinero, pero repito que es un error. Un error horrible.

P: Comprendo perfectamente lo que dices, pero los bancos están bajo una presión desmedida.

R: Todos ellos ganaron beneficios inmensos. ¿Quién era el presidente de Citigroup? Chuck Prince [que dimitió al ver la crisis encima] ¿Cuántos cientos de millones de dólares se llevó de la compañía? ¿Cuántos cientos de millones se llevaron otros ejecutivos de la compañía? Wall Street ha pagado algo así como 40.000 ó 50.000 millones de dólares en bonificaciones durante la década pasada. ¿Quién era el tipo que dirigía Merrill Lynch?

P: ¿Stan O’Neal?

R: Exacto, Stan O’Neal. Consiguió 150 millones de dólares al dimitir, a pesar de que arruinó la compañía. Mira al tipo de Fannie Mae, Franklin Raines. Llevó peor la contabilidad de lo que lo hizo Enron. Fannie Mae y Freddie Mac no han estado haciendo otra cosa más que puro fraude contable año tras año, y aún así ese tipo va por ahí con millones de dólares. ¿Qué desastroso tipo de sistema es éste?

P: ¿Estás preocupado acerca que la crisis económica conduzca a problemas políticos graves en China y el resto del mundo?

R: Por supuesto que lo estoy. Vamos a tener disturbios sociales en buena parte del mundo. EEUU no será inmune a esto.

P: ¿Qué implicaciones tiene todo esto desde el punto de vista del inversor?

R: En el pasado, siempre que se han impreso ingentes cantidades de dinero o se ha gastado dinero que no se tenía se ha producido alta inflación y precios altos. Desde mi punto de vista, eso es lo que va a pasar también esta vez. Los precios del petróleo están muy bajos ahora, pero eso es sólo temporal. Y vamos a ver precios más altos, especialmente en las materias primas, ya que sus fundamentales están mejorando por todo lo que está pasando en la actualidad.

P: ¿Qué materias primas vale la pena comprar y cuáles mejor esperar?

R: Hace poco compré más de todas ellas. Pero realmente pienso que las agrícolas son la mejor opción. La agricultura ha sido un negocio horrible desde hace 30 años. Desde hace décadas los que manejaban e intercambiaban el dinero han sido los reyes del mundo. Eso está cambiando ahora. La gente que produce cosas reales es la que va a escalar muchos puestos y estará en la cima. Vamos a ver agentes de bolsa conducir taxis. Los que sean más listos aprenderán a conducir tractores, porque estarán trabajando para los granjeros. Los que ahora van a tener los Lamborghinis son los granjeros jóvenes. Así que sería una gran idea encontrar a un agradable granjero y trabajar con él, porque ahí es donde va a estar el dinero en las próximas décadas.

* Jim Rogers es uno de los mejores inversores del mundo, conocido por predecir tendencias de largo plazo en varios mercados. Invierte y especula especialmente en materias primas, acciones, futuros y con tipos de interés en el mercado internacional. Ha viajado por todo el mundo y escrito algunos de los mejores libros sobre inversión disponibles. Su último libro es sobre el mercado de valores chino: A Bull in China.

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Desert Inn, desde acicenobras.files.wordpress.com

Desert Inn, desde acicenobras.files.wordpress.com

La llamada crisis financiera global

Por Lic. Walter Formento, Dr. Adriana Riss y Lic. Gabriel Merino *
Exclusivo para Comercio y Justicia

Vía http://revistaelemilio.wordpress.com/

El disparador de la crisis financiera fue la decisión de la Reserva Federal –Banco Central de EEUU- de subir la tasa de interés del 1% a 5,25%. La tasa de interés que fija la autoridad político-monetaria de EEUU –FED- subió al 5,25% en junio de 2006 - septiembre de 2007.

Esta política de tasas de interés pinchó la burbuja hipotecaria (elevados precios de las viviendas y sobreendeudamiento de los propietarios), que fue posible estructuralmente por la política de tasas de interés bajas (1%) de la Reserva Federal conducida por Alan Greenspan, amo y señor de Wall Street y las finanzas globales angloamericanas. Las tasas tan bajas inhibieron aún más el ahorro (-0,5% en 2004) y generó un apalancamiento impresionante al consumo manteniendo a la economía norteamericana en fuerte crecimiento y favoreciendo, por otro lado, la hiperespeculación financiera. Esto se produjo en una sociedad que culturalmente vive del crédito (85%) y es inducida al consumo compulsivo irracional por la visión neoliberal dominante desde 1982, que la caída del Muro de Berlín de 1989 y el consenso de Washington potenciaron sin freno.

Política económica, lucha y correlación de fuerzas

Toda crisis económica en el capitalismo es producto de la concurrencia, es decir, de la lucha entre capitales para triunfar en la guerra comercial. Esto es algo elemental, pero nunca se dice cuándo las catástrofes económicas sobrevienen. Por ello además son cíclicas, siempre vuelven a acontecer en diferentes magnitudes. Salvo que creamos que su repetición es obra de la divinidad, que castiga cada determinada cantidad de tiempo a los hombres, las crisis económicas se dan como producto de la agudización de la guerra comercial. Guerra comercial que es a la vez lucha política y, muchas veces, lucha militar.

En este sentido, la “caída” en febrero de 2006 de Alan Greenspan del timón de la Reserva Federal y la asunción de Ben Bernanke, quien viene a modificar la política del Banco Central Norteamericano, haciéndose eco de los pedidos de algunos capitales financieros (por lo general le llaman bancos) que estaban excluidos de las decisiones de la Reserva, forma parte de esta lucha entre capitales en el centro del poder mundial. Además, ese mismo año sube Henry Paulson –máximo ejecutivo de la banca de inversión Goldman Sachs- al frente del Tesoro (Ministerio de Economía).

Esto indica que otro grupo de actores financieros logra imponer sus intereses para ser parte en las decisiones político-monetarias, lo cual señala que hay un cambio en la correlación de fuerzas entre fracciones financieras en el núcleo del poder financiero global.

Esta nueva correlación de fuerzas se traduce en una tasa de interés al 5,25%, la cual se mantiene por un tiempo “llamativamente” elevada a pesar de la quiebra de dos fondos de la banca de inversión Bears Stearn (julio 2007). A partir de aquí se habla de “crisis financiera”, que se acelera y profundiza al hacer estallar la burbuja inmobiliaria, negocio controlado principalmente por la fracción de capital financiero angloamericano (las grandes redes financieras globales).

La caída del Lehman Brothers, crisis y transición

Ahora bien, la acción que define, profundiza y generaliza la crisis financiera es la decisión de Henry Paulson (secretario del Tesoro, equivalente a Ministro de Economía en nuestro país) de dejar caer el 15 de septiembre de 2008 al Lehman Brothers, una de las mayores bancas financieras de inversión y parte de la red del Citigroup (donde tenía 138.000 millones de dólares).

La caída del Lehman paralizó el sistema financiero global, “rompió la moneda” y acabó con el crédito, dijeron desde adentro.

En este contexto, Paulson lleva adelante el plan de la línea de intereses financiera americana, que contiene dos objetivos fundamentales:

1- la eliminación de la banca de inversión creada y controlada por la Red Angloamericana como instrumento financiero y

2- la disposición de 700.000 millones de dólares para comprar activos tóxicos –deuda mala o incobrable- de las entidades financieras, favoreciendo determinado proceso de centralización, es decir adquisiciones por parte del JPMorgan y el Bank of America.

Como contraofensiva al Plan de Paulson, se despliega otro plan desde el cerebro del sistema financiero mundial, Londres, para estabilizar y salvar sistémicamente las finanzas globales. Gordon Brown, el primer ministro británico, ligado al grupo financiero Lloyd’s TBS, fue su portavoz.

En este escenario, el gobierno de EEUU también debe adoptar, muy a su pesar, la medida de la nacionalización parcial de la banca (sin derecho a lugar en el directorio), ya que de lo contrario la crisis se profundizaría, particularmente en territorio estadounidense, quedando relativamente aislado del resto del mundo.

La caída del Lehman Brothers guarda relación con la necesidad de ir directamente y frontalmente por la destrucción de la banca de inversión angloamericana y desarticular la red financiera global. Con la caída del Lehman el principal damnificado es el Citigroup, la mayor red financiera global hasta la crisis, quedando en mejor posición las redes financieras globales con base en Londres: el HSBC y el Lloyd´s.

La nueva forma de capital: la Red Financiera Global

A partir de 1967-73 una nueva forma de capital financiero empieza a desarrollarse, se consolida hacia 1982 e inicia el camino para volverse dominante en 1988-91.

Esta es la nueva forma de capital, la del capital financiero global organizado como red financiera que monopoliza el conocimiento estratégico y el capital dinero. Esta forma de capital hace al tercer momento del capital financiero.

Primero fue su forma internacionalizada de capital dinero a préstamo, luego la forma de la corporación multinacional que controla activos físicos en múltiples países, y ahora la forma de Red Financiera Global que supera a los países como territorialidad social.

La fracción de capital más avanzada y dinámica a nivel mundial la constituyen las redes financieras transnacionales angloamericanas [Citigroup, HSBC – Lloyd’s - Banca Rothschild & sons], que conforman la Red Imperialista Global.

A esto se le opone, agudizando día a día su enfrentamiento en los distintos planos de lo social, la fracción retrasada: el capital financiero transnacional americano (JP Morgan, Bank of American, Goldman Sachs), cuyo viejo imperialismo de país central, va desarrollando comportamientos fascistas, es decir, disciplinamiento mediante el miedo, el terror y la represión, apelando fundamentalmente a la fuerza militar-policial, para librar el enfrentamiento por la configuración de un nuevo orden mundial.

En esta guerra financiera, más allá de otros actores internacionales que aquí excluimos, vemos el accionar de la fracción retrasada de capital, que tiene la imperiosa necesidad de mantener a EEUU como único polo de poder mundial y al dólar como moneda hegemónica. Estos intereses expresados en el Partido Republicano y particularmente en el gobierno de George W. Bush, debilitan fuertemente a las redes financieras globales angloamericanas antes de entregar el poder a los demócratas.

La crisis financiera, como “Politica” de golpe de Estado usando armas propias del “Mercado” financiero, al mismo tiempo que debilitó al Citigroup, fortaleció al JP Morgan/Bank of América, y en el desarrollo del proceso de fortalecimiento del JPMorgan/BofAmerica emerge la respuesta desde Londres con el primer ministro Gordon Brown a la cabeza junto con el HSBC, el Lloyd´s y la vieja casa de las finanzas imperiales, los Rothschild & sons.

Bajo una situación de empate en el núcleo de poder mundial cambian los actores y el orden en los polos principales del enfrentamiento:

JPMorgan/BofAmerica vs HSBC/Rothschild.

Las enseñanzas de las grandes crisis financieras

La primera gran crisis se inicia en 1890/3, da nacimiento al Capital Financiero Internacional, y termina en el tratado de Versalles en 1919, 26/29 años después y Guerra Mundial mediante. En este tiempo se abrieron los espacios de oportunidad para los procesos de liberación nacional democrático-sociales de los pueblos y naciones oprimidas.

La crisis que provoca la lucha interimperialista resquebraja la hegemonía de las fuerzas dominantes, debilita a los contrincantes en pugna, produce una “crisis en las alturas” y abre la oportunidad histórica para los pueblos y naciones oprimidas por los imperios.

La segunda gran crisis se inicia en 1929/32 y se cierra en el tratado de Bretton Woods en setiembre de 1944/46, 12/15 años después. La guerra comercial de los años 30 deviene en lucha militar y en Guerra Mundial a partir del 39.

La gran crisis que transitamos en la actualidad abre el tiempo de profundización de las luchas ínter-imperialistas y, al mismo tiempo, la oportunidad histórica para los pueblos y naciones del Sur. Los actores financieros con sus medios de comunicación y sus aliados locales intentan imponer la crisis y fomentar un clima de que “todo se viene abajo”, como sucede en los países dominados por las redes financieras. Sin embargo, las fuerzas nacionales de nuestra América observan este momento, a través de las enseñanzas históricas, como una inmejorable oportunidad para construir los proyectos de integración autónoma y emancipación definitiva.

Este artículo forma parte del proyecto de investigación en curso acerca de los cambios estructurales que produce y forma parte la Crisis Financiera Global de 2007/8.

(*) CIEPE –Centro de Investigaciones en Política y Economía. Noviembre-Diciembre de 2008.

Resumen del trabajo original: Jorge Déboli. www.jorgeadeboli.blogspot.com

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El Roto, elroto@inicia.es

El Roto, elroto@inicia.es

El descrédito de las elites y el crecimiento de la cólera popular: en 1929 y en 2009

Por Steve Fraser *
sinpermiso.info, 15/02/09

Calificarlos de “obtusos” difícilmente hará justicia a la estupidez social de estos amos nuestros de las finanzas, tan poco condolidos. John Thain Lynch y Richard Fuld de Lehman Brothers, junto con un asombrosamente nutrido grupo de compañeros de fratría, siguen comportándose como toreros beodos tremolando sus capotes ante un toro enrabietado, insensibles hasta a las cornadas.

No puede sorprender ya a nadie que su codicia y su autoindulgencia ante un cataclismo económico en el que tienen graves responsabilidades despierte enojo y desprecio por doquiera, como atestiguan las cabeceras diarias de periódicos y noticiarios. Van perdiendo los últimos jirones de su otrora exaltado estatus social: se diría que, en este aspecto al menos, están condenados a repetir la experiencia de sus predecesores, aquellos “señores de la creación” salidos de Wall Street que vinieron a darse de bruces contra la Tierra durante la Gran Depresión.

Desde que las políticas de rescate se aceleraron superlativamente, la cólera popular anda a pique de estallar. Ya antes de que el desplome fuera una realidad en marcha, una pancarta exhibida en una protesta masiva ante el mercado de valores de Nueva York lanzaba la advertencia quienes se encontraban dentro: “¡Saltad, jodidos hijos de puta!”.

Ya se pueden comprar online camisetas con la leyenda: “I Hate Investment Banking” (Yo también odio a la banca de inversión”). Todas esas remuneraciones cesarescas; toda esa locura caligulesca en medio del desplome y el incendio de la economía; todos esos bonos y dividendos; todos esos honorarios principescos de consultores que enseñaban a ordeñar las ubres del Tesoro público; por no hablar de los nuevos aviones privados de los ejecutivos y de los fondos públicos trasvasados a los agujeros negros de las megafusiones empresariales, dineros que habrían podido evitar ejecuciones hipotecarias a muchos ciudadanos; todo eso está convirtiendo al norteamericanito de a pie en un apopléjico.

Nada, sin embargo, puede ser más mortificante que las racionalizaciones regularmente ofrecidas para tanta autoindulgencia. Preguntado que fue por la razón que le había movido a dar 4 mil millones de dólares en bonificaciones a sus ejecutivos de Merrill Lynch en un trimestre en que la compañía había perdido la friolera de 15 mil millones de dólares, el ex presidente del consejo de administración John Thain contestó de manera prototípica: “Si no pagas a los mejores, destruyes tu franquicia. Los mejores pueden conseguir trabajo en otros sitios, y se largarán”.

Aparentemente, a quienes contestan de esta perversa guisa sobre la remuneración de “los mejores” nunca se les ocurre pensar que todos nosotros estaríamos francamente mejor y nos habríamos ahorrado unos buenos dineros, si hubieran contratado a los peores. Después de todo, visto lo visto, ¿quién podría haber hecho más daño que esos “mejores” que tripulaban Merrill Lynch, Wachovia, Wamu, Citigroup, A.I.G., Bank of America y tantas otras entidades financieras?

La caída de los “mejores”

Ahora, hasta los nuevos poderes de Washington se despachan a gusto. El vicepresidente Biden ha sugerido que los otrora amos del universo sean arrojados a la bodega del barco; la Senadora por Misuri Claire McKaskill los ha denunciado como “idiotas… que están tirando arena a los ojos del contribuyente norteamericano”, y hasta el nuevo presidente, un hombre de tacto exquisito y un desarrollado instinto para poner la otra mejilla, ha calificado a los titanes de Wall Street como implacables, irresponsables y desvergonzados.

Para quienes recuerden la historia, todo eso sonará penosamente familiar. A no tardar –eso nos enseña la historia— los investigadores del Congreso traerán a rastras a estos caballeros hasta la plaza pública y comenzará la verdadera pirotecnia. Ya pasó una vez: un capítulo crucial en la historia de la muerte de un régimen viejo y el alumbramiento de uno nuevo.

Tras el Gran Crac de 1929, quienes se hallaban en la cúspide del comando de la economía y se habían enriquecido al tiempo que hacían creer a otros que, bajo su liderazgo, los EEUU habían alcanzado “un estadio de permanente prosperidad” (¿les suena?), se vieron atrapados en un torbellino de cólera, escarnio público y asolador ridículo. Como los John Thain de nuestros días, Jack Morgan, Charles Mitchell, Richard Whitney, Albert Wiggins y otros que encabezaban los principales bancos comerciales y de inversión del país, los consorcios, las compañías de seguros y la bolsa de Nueva York, nunca llegaron a discernir las razones de lo que se abatía sobre ellos. También ellos habían estado navegando por las confortables aguas del autoengaño durante tanto tiempo, que, como Thain y sus compadres, llegaron a creerse que eran los “mejores”, los más sabios, los más legitimados, los hombres más inexpugnables de los EEUU. Incluso entre las ruinas del mundo por ellos construido, se mostraban incapaces de reconocer que sus días habían pasado para siempre.

Bajo el inclemente escrutinio de las audiencias públicas en el Congreso, ante el Comité Pecora del Senado (así llamado por el nombre de su implacable presidente Ferdinand Pecora), se puso de manifiesto que Jack Morgan y sus colegas en la casa Morgan hacía años que habían dejado de pagar impuestos; que “Sunshine” Charlie Mitchell, jefe del National City Bank (el mayor del país), había estado haciendo ventas a corto plazo de acciones de su propio banco y transfiriendo activos a nombre de su mujer para evadir impuestos; que otros financieros como él, convertidos en héroes durante más de una década como verdaderos mesías financieros, habían hecho repetidamente negocio aprovechándose de información privilegiada, enriqueciéndose ellos, al tiempo que desplumaban a legiones de inversores mantenidos en la inopia.

El Comité Pecora no fuel único azote de la vieja elite financiera. Franklin Delano Roosevelt, tan moderado en sus formas públicas y acaso aún más amigable y charmant que el presidente Obama, empezó a desollarles vivos desde el momento mismo de su primer discurso inaugural. Los condenó en términos inequívocos por malversación del “dinero de otros” y por sus temerarias especulaciones; los culpó del lamentable estado del país; prometió perseguir a esos “traficantes de dinero sin escrúpulos” y destronarles de “sus encumbradas poltronas en los templos de la civilización americana”.

Jack Morgan, llamado que fue a testificar ante otra comisión investigadora del Congreso, compareció con una enana de circo en su regazo, para delicia de un enjambre de reporteros gráficos que inmortalizaron el momento para millones: una foto emblemática, una metáfora visual de una otrora soberbia y poderosa elite, ahora privada de gravitas, reducida a la impotencia, ridiculizada por su incompetencia e incapaz ya de intimidar a nadie.

Lo que le pasó a Jack Morgan, lo que le pasó luego a Richard Whitney –una muchedumbre de no menos de 6.000 personas acudió a la Gran Estación Central de Nueya York en 1938 para ver al ex-presidente de la Bolsa neoyorquina, escoltado y esposado, subir al tren que habría de llevarle al penal de Sing Sing tras ser condenado por malversación—, eran el equivalente político y social de una gran depresión. Representaban, esto es, una catastrófica deflación de la legitimidad del ancien régime. Fue parte de lo que hizo posible la llegada de algo completamente nuevo.

Especuladores y timadores

En circunstancias normales, el grueso de los norteamericanos habría estado perfectamente dispuesto a trazar una distinción nítida entre el especulador mal aconsejado y el comportamiento de todo punto felón del consejero. Uno es un banquero legítimo que se ha ido a pique; el otro, un forajido.

En las extraordinarias circunstancias de un derrumbe sistémico terminal, tal distinción va haciéndose cada vez más borrosa. Desde luego fue así en los primeros años de la primera Gran Depresión, cuando surgió la demoledora cuestión que sigue: ¿dónde exactamente estaba la diferencia entre la conducta de Charles Mitchell, Jack Morgan y Richard Whitney, leones del establishment de la época, y periféricos personajes circunstantes como “Sell-em” Ben Smith, Ivar Kreuger, “el rey del tablero”, Jesse Livermore, “el hombre con mal de ojo”, William Crappo Durant, maestro en la urdimbre de fondos de inversiones, o el una vez agente de entradas en Broadway y manipulador de valores en bolsa Michael Meehan, hombres, todos ellos, vetados en los santuarios finamente revestidos con madera de nogal de un elitista Wall Street, blanco, anglosajón y protestante?

Es verdad: sus demasías, osadas como el demonio, les había colocado a menudo fuera de la ley, y habrían de terminar sus días en rejas, como suicidas o en medio de la miseria y la desgracia. Sin embargo, entonces como hoy, muchos norteamericanos fueron aceptando progresivamente que la distinción entre el especulador bancario y el timador es irrelevante. Después de todo, a comienzos de los 30, todo le sistema financiero norteamericano parecía no ser otra cosa que un ignominioso juego de timadores merecedor del más profundo desprecio.

En este sentido, Bernie Madoff, un antiguo presidente del índice NASDAQ de la bolsa de Nueva York, parece ya una sinécdoque de todo un estilo de vida. Técnicamente hablando, lo que hizo fue levantar un esquema Ponzi a partir de una empresa dedicada a la gestión de inversiones, un esquema tan fraudulento como el original inventado por Charles Ponzi, el italiano que traficó, contrabandeó y, tras una temporada en una cárcel norteamericana, llegó a ser, de regreso a la península transalpina, un funcionario fascista menor de la Italia de Mussolini.

Ponzi, empero, era un cortoplacista. Estafaba a gente común para sacarles sus billetes de cinco o diez dólares. El juego de Madoff, con 50 mil millones de dólares de por medio, ha sido ya otra cosa. Actuó de manera completamente dependiente de sus vínculos con los más augustos círculos de nuestro establishment financiero, con las mayores fondos hedge y aun con fondos de fondos, con las empresas consultoras en la cúspide, con empresas pata negra sin ánimo de lucro, y desde luego, con la aristocracia global de los archirricos. Bien es verdad que gentes de medianos medios, así como fondos de pensiones públicos y sindicales picaron también. Al final, no obstante, el esquema de Madoff, a diferencia del de Ponzi, se fundaba en una ubicua información privilegiada accesible sólo a los de dentro del sistema: anduvo de todo punto engranado con el modo de funcionamiento de nuestro sistema financiero en el último cuarto de siglo.

Una vez descubierto Madoff, todo el mundo cuestionó la credulidad de quienes invirtieron con él: ¿por qué no sospecharon de unas tasas de rendimiento tan altas? Pero una cuestión no menos razonable es ésta: ¿por qué debería haber sospechado? No es sólo que se necesitara una invitación autorizada antes de poder confiar los dineros a Madoff, sino que todo el sistema financiero había estado disfrutando de extraordinarios rendimientos durante muchísimo tiempo (desde luego que con ocasionales interrupciones, como durante el estallido de la burbuja punto.com en 1999-2000, que de alguna manera pareció borrarse pronto de la memoria).

Recuérdese también que todos esos lucrativos negocios  estaban basados en inversiones especulativas en títulos tan lejanos a cualquier bien tangible o aun inteligible, que parecían flotar en la ligereza del aire. Todo el sistema no era sino un esquema Ponzi a gran escala que, como las pilas del conejito del anuncio televisivo, duraba y duraba y duraba… hasta que, se calla por sabido, dejó de durar.

Atrapados en el rescate estatal

Después de 1929, cuando el viejo orden ardía por los cuatro costados, cuando había perdido todo crédito público y no tenía mayor legitimidad que un juego de timadores, se sintió la urgencia y la viva necesidad de regular tanto a los malhechores como a su canallesco sistema. En efecto, una nueva regulación financiera estaba entre las prioridades del programa del primer año de Roosevelt y representó una parte importante del New Deal. Eso incluía el Bank Holiday, la creación de la FDIC [Corporación Federal de Seguros de los Depósitos Bancarios, por sus siglas en inglés], la aprobación de la Ley Glass-Steagall Act, que separaba banca comercial y banca de inversión (la cohabitación de las mismas había sido un factor de primer orden en la incubación del desmadre financiero en la Era del Jazz de la década anterior), y la primera Ley de Títulos y Obligaciones, para controlar el mercado de valores.

Podría haberse esperado una reacción todavía más vigorosa hoy, dados los daños infligidos no sólo a nuestra economía nacional, sino a una economía mundial de la que dependerá considerablemente la recuperación económica norteamericana. Por ahora, sin embargo, la regulación financiera –o, mejor dicho, re-regulación, dadas las feroces políticas desreguladoras practicadas en Washington en los 30 últimos años— parece tener una prioridad sorprendentemente baja en los planes anunciados por la nueva administración. Poner coto a las bonificaciones, primas y opciones sobre acciones de la casta financiera en la cúspide está bien y es buena y urgente cosa, pero una regulación y una reforma serias deberían tener mucho más calado que eso.

En cambio, la nueva administración se halla evidentemente encerrada en el estado de rescate inventado por sus predecesores, la última versión del cual –la creación de un “banco malo” público (llámese finalmente así, o de otro modo) encargado de comprar títulos tóxicos al sector privado— despierta una atención creciente. Un “banco malo” parece una propuesta llamativamente perdedora: o bien nosotros, los contribuyentes, adquirimos o garantizamos esos títulos con un coste aproximadamente igual al de su valor ficticio y exageradamente hinchado, en cuyo caso lo que estaríamos es dando apoyo a esta segunda era de la codicia y la delincuencia financiera quién sabe por cuánto tiempo; o bien el “banco malo” público compra esos activos de pésima calidad a un precio rayano en su valor real, en cuyo caso los grandes bancos seguirán a medio gas, si es que logran sobrevivir. Peor aún: el último plan de la administración para instituir un “banco malo” ni siquiera obligaría a las instituciones rescatadas a comenzar a prestar dinero a nadie, actividad esta última que es, presumiblemente, la llave de bóveda del nuevo sistema de bienestar financiero.

¿Por qué tal timidez? ¿Por qué tal estrechez de miras, que más parece capitulación que reforma? Tal vez venga, en parte, del extraordinario peso económico y político del sector FIRE (finanzas, seguros y bienes raíces) en nuestra economía. Después de todo, en las últimas décadas ha crecido exponencialmente, y ahora es una parte vital de nuestra economía, algo que habría resultado inconcebible cuando los EEUU eran todavía una potencia industrial real.

Obviamente, la influencia política del sector FIRE creció en la medida en que los políticos fueron desmantelando el aparto regulador levantado por el New Deal. Todavía hoy, y aun en ruinas su mundo, es indudable que muchos beneficiarios del desmantelamiento esperan poder mantener las cosas de un modo más o menos parecido. Y desgraciadamente, los portavoces de ese mundo desjarretado y de su perspectiva –o cuando menos, las gentes que lo promovieron durante los años de Clinton, incluidos Larry Summers y Robert Rubin (quien “ganó” más de 115 millones de dólares en Citigroup entre 1999 y 2008)—, ocupan hoy cargos de enorme influencia, o son asesores informales, en la nueva administración de Obama.

Con todo, crecen cada día que pasa y se extienden una cólera popular y una befa pública parecidas a las que se dispararon entre nuestros ancestros del New Deal. Lo que, ni que decir tiene, explica los tonos de cólera justiciera que acaban de descubrir algunos de nuestros dirigentes políticos, conscientes de lo caldeado del ambiente. Algunos observadores han menospreciado la resistencia popular al rescate estatal como poco menos que un brote derechista derivado de una hostilidad instigada por los republicanos contra cualquier intervención pública. Es claro que eso puede explicar parte del asunto, pero buena parte de la cólera está justificada, es razonable, y procede de norteamericanos que, simplemente, están hartos.

Las gentes de mentalidad progresista, dentro y fuera del gobierno, tienen que hallar una vía que haga de la re-regulación una prioridad urgente, y tienen que hallarla fuera de los confines aprisionantes y políticamente suicidas del rescate estatal. Hace sólo unas semanas, la idea de nacionalizar la banca parecía irremisiblemente antiamericana. Ahora forma ya parte de las conversaciones cotidianas, aun si, por el momento, los sabios que asesoran a Obama la han descartado.

El viejo orden agoniza. Enterrémoslo. El futuro llama a nuestras puertas.

* Steve Fraser es profesor visitante en la New York University, co-fundador del American Empire Project, y, recientemente, autor del libro Wall Street: America’s Dream Palace.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón

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Castillo feudal, modelo de mundoradiocontrol.net

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Por qué está condenado al fracaso el paquete de estímulos económicos

No tiene pocas ventajas ver la crisis de nuestros días como una erupción superficial generada por derivas tectónicas profundas en el dispositivo espacio-temporal del desarrollo capitalista. Las placas tectónicas están ahora acelerando su desplazamiento, y casi con toda seguridad se incrementará la probabilidad de que las crisis del tipo de las que han venido ocurriendo más o menos desde 1980 se hagan más frecuentes y más violentas.

Por David Harvey  * - Revista Sin Permiso

Vía IARNoticias, 17.02.09

El modo, la forma, la espacialidad y el momento de esas disrupciones superficiales resultan prácticamente imposibles de predecir, pero se puede afirmar casi con certeza que se repetirán con frecuencia y profundidad crecientes. De manera, pues, que los acontecimiento de 2008 hay que situarlos en el contexto de unas pautas de mayor calado. Que esas tensiones sean internas a la dinámica capitalista (sin excluir acontecimientos dañinos aparentemente externos, como una pandemia catastrófica), es el mejor argumento, según dejó dicho Marx, “para que el capitalismo desaparezca y se abra camino algún modo de producir alternativo y más racional”.
Comienzo por esta conclusión porque me sigue pareciendo vital, si no poner énfasis dramático en, sí al menos destacar, según he venido haciendo durante años en mis escritos, que la incapacidad para entender la dinámica geográfica del capitalismo –o aun la consideración de la dimensión geográfica como algo en cierto sentido contingente o epifenoménico— monta tanto como perder el hilo conductor que permite comprender el desarrollo geográfico desigual del capitalismo y perder de vista posibilidades de construcción de alternativas radicales. Pero eso plantea una aguda dificultad añadida al análisis, porque nos enfrenta constantemente a la tarea de intentar inferir principios universales respecto del papel de la producción de espacios, emplazamientos y contextos medioambientales en la dinámica del capitalismo a partir de un océano de particularidades geográficas, a menudo volátiles. Así pues, ¿cómo integrar la inteligencia de los datos geográficos en nuestras teorías del cambio evolutivo? Observemos más detenidamente las derivas tectónicas.

En noviembre de 2008, poco después de la elección de un nuevo presidente, el Consejo de Inteligencia Nacional de los EEUU (NCIS, por sus siglas en inglés) hizo públicas sus estimaciones délficas sobre cómo sería el mundo en 2025. Acaso por vez primera, un organismo norteamericano casi oficial predecía que en 2025 los EEUU, aun manteniendo su papel de actor poderoso, si no el más poderoso, de la política mundial, ya no sería la potencia dominante. El mundo sería multipolar y menos monocéntrico, y crecería el poder de los actores no estatales. El informe admitía que la hegemonía de EEUU había tenido en tiempos pasados sus más y sus menos, pero que ahora lo que estaba desvaneciéndose de modo sistemático era su predominio económico, político y hasta militar. Sobre todo (y vale la pena notar que el informe estaba ya listo antes de la implosión de los sistemas financieros norteamericano y británico), “la deriva sin precedentes que, en lo tocante a riqueza y poder económico relativos, observamos ahora en dirección Oeste-Este seguirá su curso.”

Esa “deriva sin precedentes” ha invertido el drenaje de riqueza que inveteradamente fluía del este, el sureste y el sur de Asia hacia Europa y el norte de América: un drenaje que comenzó en el siglo XVIII –y del que llegó a percatarse, lamentándolo, el propio Adam Smith en la Riqueza de las naciones—, pero que se aceleró implacablemente durante el siglo XIX. El auge del Japón en la década de los 60 del siglo XX, seguido del de Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong en los 70, y luego el rápido crecimiento de China después de 1980 (acompañado, acto seguido, por brotes de industrialización en Indonesia, India, Vietnam, Tailandia y Malaysia), han alterado el centro de gravedad del desarrollo capitalista, aunque no sin incidentes (la crisis financiera del este y el sureste asiáticos en 1997-98 vio, breve pero abundantemente, fluir otra vez la riqueza hacia Wall Street y los bancos europeos y japoneses). La hegemonía económica parece estar desplazándose hacia alguna constelación de potencias en el este asiático, y si las crisis, según he argüido, son momentos de radical reconfiguración del desarrollo capitalista, entonces el hecho de que los EEUU esté en vías de financiar con enormes déficits la salida de sus dificultades financieras y el hecho de que los déficits estén siendo en gran medida cubiertos por los países con excedentes ahorrados –Japón, China, Corea del Sur, Taiwán y los Estados del Golfo— sugieren que estamos en puertas de la consolidación de una deriva de este tipo.

Derivas así se han dado ya antes en la larga historia del capitalismo. En el concienzudo repaso que de la misma hace Giovanni Arrighi en su libro El largo siglo XX podemos ver cómo la hegemonía se desplaza desde las ciudades-estado de Génova y Venecia en el siglo XVI a Amsterdam y los Países Bajos en el XVII, para concentrarse en la Gran Bretaña a partir del siglo XVIII, antes de que los EEUU tomaran el control después de 1945. Arrighi destaca unos cuantos rasgos comunes a todas esas transiciones que son pertinentes para nuestro análisis. Cada deriva, observa Arrighi, se dio en la estela de una rotunda fase de financiarización (cita aquí con aprobación la máxima del historiador Braudel, según la cual la financiarización anuncia el otoño de alguna configuración hegemónica). Pero cada deriva trajo también consigo un cambio radical de escala, desde las pequeñas ciudades-estado iniciales hasta la economía de proporciones continentales de los EEUU en la segunda mitad del siglo XX. Ese cambio de escala cobra sentido, habida cuenta de la regla directriz capitalista de la acumulación sin tregua y del crecimiento compuesto de al menos un sempiterno 3%. Pero las derivas hegemónicas, sostiene Arrighi, no están determinadas de partida. Dependen de la aparición de alguna potencia económicamente capaz y política y militarmente dispuesta a desempeñar el papel de hegemón global (con las ventajas y desventajas que eso trae consigo). La renuencia de los EEUU a asumir ese papel antes de la II Guerra Mundial significó un interregno de tensiones multipolares que propició la deriva bélica (Gran Bretaña no estaba ya en disposición de afirmar su anterior papel hegemónico). Mucho depende también de cómo se comporte el antiguo hegemón enfrentado a la disminución de su papel tradicional. Puede pasar a la historia o pacífica o beligerantemente. Visto así, el que los EEUU sigan manteniendo un poder militar avasallador (particularmente, en el espacio exterior) en un contexto de declive de su poder económico y financiero y de creciente mengua de su autoridad moral y cultural crea escenarios inquietantes para cualquier transición venidera. Además, no es obvio que el principal candidato a desplazar a los EEUU, China, tenga la capacidad para o la voluntad de afianzarse en algún papel de potencia hegemónica, pues aunque su población es desde luego lo bastante grande como para subvenir a los requisitos de un cambio de escala, ni su economía ni su autoridad política (ni siquiera su voluntad política) apuntan a una ascensión fácil al papel de hegemón global. Dadas las divisiones nacionalistas existentes, la idea de que alguna asociación entre las potencias del este asiático podría cumplir la tarea resulta harto improbable. Y lo mismo ocurre en el caso de una Unión Europea fragmentada y fracturada o en el de las llamadas potencias BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Razón por la cual resulta plausible la predicción de que estamos aproados a un nuevo interregno multipolar de intereses encontrados y en conflicto.
Derivas tectónicas

Pero la deriva tectónica que está dejando atrás el predominio y la hegemonía estadounidenses de los últimos tiempos es cada vez más visible. La tesis de una excesiva financiarización añadida a la tesis de la “deuda como predictor principal de la hegemonía de una potencia mundial” ha encontrado un eco popular en los escritos de Kevin Phillips. Los intentos ahora en curso de reconstruir el predominio de los EEUU mediante reformas en la arquitectura del vínculo entre las finanzas nacionales y globales parece que no están funcionando. Al propio tiempo, las exclusiones impuestas a las tentativas del grueso del resto del mundo por reconfigurar esa arquitectura provocarán con casi total seguridad fuertes tensiones, cuando no abiertos conflictos económicos.

Pero las derivas tectónicas de este tipo no se producen por arte de magia. Aunque la geografía histórica de una deriva de hegemonía, según la describe Arrighi, manifiesta una clara pauta, y aunque del registro histórico resulta también claro que esas derivas vienen siempre precedidas de períodos de financiarización, Arrighi no ofrece un análisis en profundidad de los procesos generadores de tales derivas. Es verdad que menciona la “acumulación sin tregua”, y por consiguiente, el síndrome del crecimiento (la regla del 3% de crecimiento compuesto) como elementos críticos explicativos de la deriva. Eso implica que la hegemonía se desplaza con el curso del tiempo de entidades políticas pequeña (id est, Venecia) a otras más grandes (por ejemplo, los EEUU). También arguye que la hegemonía tiene que radicar en aquella entidad política que produce el grueso del excedente (o a la que fluye el grueso del excedente en forma de tributos o exacciones imperialistas). De un producto global total cercano a los 45 billones de dólares en 2005, los EEUU participan con 15 billones, lo que le convierte, por así decirlo, en el accionista principal que domina y controla el capitalismo global, con capacidad para dictar (como suele hacer en su papel de accionista en jefe en las instituciones internacionales como el Banco Mundial y el FMI) las políticas globales. El informe del NCIS basa en parte su predicción en la pérdida de predominio paralela al mantenimiento de una robusta posición en la menguante participación en el producto global de los EEUU en relación con el resto del mundo en general y con China en particular.

Pero como el propio Arrighi señala, el cauce político de esa deriva dista por mucho de estar claro. La apuesta de los EEUU por la hegemonía global bajo Woodrow Wilson durante e inmediatamente después de la I Guerra Mundial se vio obstaculizada por las preferencias aislacionistas prevalentes en la tradición política nacional norteamericana (de ahí el colapso de la Liga de las Naciones), y sólo después de la II Guerra Mundial (en la que la población norteamericana no quería entrar, hasta que ocurrió Peral Harbour) se libraron los EEUU a su papel de hegemón global mediante un política exterior bipartidista anclada en los Acuerdos de Bretton Woods, que establecieron la forma de organizar el orden internacional postbélico (frente a la Guerra Fría y a la amenaza que para el capitalismo representaba un comunismo internacional en plena onda de propagación). Que los EEUU habían venido inveteradamente desarrollándose como un Estado capaz en principio de cumplir un papel de hegemón global, resulta evidente desde los primeros días de su andadura como nación. Estaban pertrechados con las oportunas doctrinas, como la del “Destino manifiesto” (expansión geográfica a escala continental, eventualmente hasta el Pacífico y el Caribe, antes de hacerse global sin necesidad de conquistas territoriales) o la Doctrina Monroe, que exigía a las potencias europeas dejar en paz a las Américas (la doctrina fue en realidad formulada por el secretario británico de Exteriores, Canning, en la década de lo 20 del siglo XIX, y hecha suya casi inmediatamente por los EEUU). Los EEUU poseían el dinamismo necesario para aspirar a una creciente participación en el producto global, y estuvieron quintaesencialmente comprometidos con alguna que otra versión de lo que puede calificarse de la manera más feliz como “mercado arrinconado” o capitalismo “monopólico”, aupado por una ideología apologética del individualismo más descarnado. De modo, pues, que hay un sentido en el que puede decirse que los EEUU habían venido preparándose, durante la mayor parte de su historia, para el papel de hegemón global. Lo único sorprendente es que tomara tanto tiempo el llegar cumplirlo, y que fuera la II Guerra y no la primera la ocasión que les llevó finalmente a jugar ese papel, permitiendo que los años de entre-guerras fueran tiempos de multipolaridad y caótica competición entra ambiciones imperiales como las que ahora teme vislumbrar el informe del NCIS para 2025.

Las derivas tectónicas ahora en curso están, sin embargo, hondamente influidas por la radical desigualdad geográfica en las posibilidades económicas y políticas de responder a la presente crisis. Se me permitirá ilustrar el modo en que opera ahora esa desigualdad por la vía de un ejemplo muy plástico. A medida que ha ido profundizándose la crisis comenzada en 2007, muchos han tomado el partido de una solución plenamente keynesiana como la única capaz de sacar al capitalismo global del desastre en que se halla sumido. Con este fin, se propuso una variedad de paquetes de estímulos y medidas de estabilización bancaria. Muchas de esas propuestas fueron hasta cierto punto puestas por obra en distintos países y de diferentes maneras en la esperanza de hacer frente a las crecientes dificultades. El espectro de soluciones ofrecidas variaba inmensamente según las circunstancias económicas y los perfiles imperantes en la opinión pública (colocando, por ejemplo, a Alemania frente a Francia y a Gran Bretaña en la Unión Europea). Pero pensemos, por ejemplo, en las distintas posibilidades económico-políticas abiertas a los EEUU y a China y en las potenciales consecuencias tanto para la deriva de hegemonía como para el posible modo de resolver la crisis.

China, los EEUU y las soluciones keynesianas

En los EEUU, cualquier tentativa de hallar una adecuada solución keynesiana ha sido condenada de partida, levantándole unas barreras económicas y políticas prácticamente imposibles de franquear. Para funcionar, una solución keynesiana precisaría de una financiación masiva y duradera con déficit. Se dicho con razón que el intento de Roosevelt de regresar a un presupuesto equilibrado en 1937-38 es lo que volvió a hundir a los EEUU en la depresión y que fue la II Guerra Mundial lo que salvó la situación, y no el timorato proyecto rooseveltiano de financiación con déficit que fue el New Deal. Así pues, aun si las reformas institucionales y unas políticas más igualitarias pusieron los fundamentos de la recuperación posterior a la II Guerra Mundial, el New Deal como tal fracasó en punto a resolver la crisis en los EEUU.

El problema para los EEUU en 2008-09 es que parte de una posición de endeudamiento crónico con el resto del mundo (ha estado tomando préstamos a un ritmo de más de 2 mil millones de dólares diarios en los últimos diez o más años), y eso significa una limitación económica para las dimensiones del déficit extra que puede permitirse ahora. (Lo que no fue un problema serio para Roosevelt, quien empezó con un presupuesto equilibrado.) Hay también una limitación geopolítica, puesto que la financiación de cualquier déficit extra depende de la disposición de otras potencias (principalmente del este asiático y de los Estados del Golfo) a prestar. Habida cuenta de ambas limitaciones, hay que dar por prácticamente seguro que el estímulo económico factible en los EEUU no será ni lo bastante amplio ni lo bastante duradero como para subvenir a la tarea de reflotar la economía. Este problema se ve exacerbado por la reluctancia ideológica de ambos partidos a aceptar los enormes montos de de gasto deficitario requeridos para salir de la crisis. Irónicamente, y al menos en parte, porque la anterior administración republicana trabajó conforme al principio de Dick Cheney, según el cual. “Reagan nos enseñó que los déficits no importan”. Como ha dicho Paul Krugman, el primer abogado público de una solución keynesiana, los 800 mil millones de dólares votados a regañadientes por el Congreso en 2009, aunque son mejor que nada, distan mucho de ser suficientes. Se necesitaría una cifra del orden de los 2 billones de dólares, una cantidad excesiva dado el nivel actual de partida del déficit estadounidense. La única opción económica posible sería cambiar el débil keynesianismo de los excesivos gastos militares por un keynesianismo mucho más fuerte abocado a programas sociales. Recortar a la mitad el presupuesto norteamericano de defensa (acercándolo a los niveles europeos en porcentaje de PIB) podría resultar técnicamente útil. Huelga decirlo: quienquiera proponga semejante cosa cometerá suicidio político, dada la posición política mantenida por el Partido Republicano y por tantos Demócratas.

La segunda barrera es más puramente política. Para funcionar, el estímulo ha de administrarse de forma tal, que se asegure su gasto en bienes y servicios para que la economía recupere alegría. Eso significa que hay que dirigir todas las ayudas a quienes harán efectivamente uso de ellas y se gastarán los dineros, es decir, a las clases sociales más humildes, porque las clases medias, puestas a gastar algo, lo más probable es que lo hagan pujando al alza por valores de activos (comprando casas hipotecariamente ejecutadas en subasta, por ejemplo), y no comprando más bienes y servicios. En cualquier caso, en los malos tiempos mucha gente tiende a usar los ingresos extraordinarios inopinadamente recibidos para cancelar deudas o para ahorrar (como ocurrió en muy buena medida con el reembolso de 600 dólares propiciado por la administración Bush a comienzos del verano de 2008).

Lo que parece prudente y racional desde el punto de vista del presupuesto doméstico resulta dañino para el conjunto de la economía. (Análogamente: los bancos han procedido racionalmente al servirse del dinero público recibido para atesorarlo o para comprar activos, antes que para prestarlo.) La hostilidad, preponderante en los EEUU, a “diseminar la riqueza” y a gestionar cualquier ayuda pública que no sean los recortes fiscales a los individuos, viene del núcleo duro de la doctrina ideológica neoliberal (focalizada, pero en modo alguno confinada en el Partido Republicano), según la cual “los hogares saben más”. Esas doctrinas han llegado a gozar en los EEUU de amplia aceptación, como si de un evangelio se tratara, tras treinta años de adoctrinamiento político neoliberal. Según he argüido en otra ocasión, “todos somos neoliberales ahora”, las más veces sin saberlo. Hay una aceptación tácita, por ejemplo, de que la “represión salarial” –un componente clave del problema presente— es un “estado normal” de las cosas en los EEUU. Una de las tres patas de una solución keynesiana –mayor capacidad de negociación de los trabajadores, salarios al alza y redistribución favorable a las clases bajas— es hoy por hoy políticamente imposible en los EEUU. La sola sugerencia de que un programa así equivale al “socialismo” hace temblar al establishment político. Los trabajadores organizados no son lo suficientemente fuertes (tras treinta años de ser machacados por las fuerzas políticas), y no se ve ningún otro movimiento social lo bastante amplio como para presionar por una redistribución a favor de las clases trabajadoras.

Otro modo de lograr objetivos keynesianos es el suministro de bienes colectivos. Eso, tradicionalmente, ha implicado inversiones en infraestructuras físicas y sociales (los programas WPA [Works Progress Administration] de los años 30 del siglo pasado fueron un precedente). De aquí que la tentativa de insertar en los paquetes de estímulo programas para reconstruir y ampliar infraestructuras públicas de transporte y comunicaciones, energía y otras obras públicas en paralelo a un incremento del gasto en atención sanitaria, educación, servicios municipales, etc. Esos bienes colectivos tienen el potencial para generar multiplicadores tanto en el empleo como en la demanda efectiva de más bienes y servicios. Pero lo que se presume es que esos bienes colectivos entrarán, en cierto momento, en la categoría de “gastos públicos productivos” (es decir, que estimulan un ulterior crecimiento), no que se convertirán en una serie de “elefantes blancos” públicos que, según observó Keynes en su día, carecen de otra utilidad que la que tendría poner a la gente a cavar fosas para volver a llenarlas luego. En otras palabras, una estrategia de inversión en infraestructuras ha de orientarse a la sistemática recuperación del crecimiento del 3% a través, pongamos por caso, del metódico rediseño de nuestras infraestructuras y nuestros modos de vida urbanos. Eso no puede funcionar sin una refinada planificación estatal añadida a una base productiva ya existente que pueda aprovecharse de las nuevas infraestructuras. También aquí, el dilatado proceso de desindustrialización experimentado por los EEUU en las últimas décadas, así como la intensa oposición ideológica a la planificación estatal (elementos, éstos últimos, incorporados por Roosevelt al New Deal, y que persistieron hasta los 60, para ser abandonados tras el asalto neoliberal de los 80 a este particular ejercicio del poder del Estado) y la obvia preferencia por los recortes fiscales frente a las transformaciones públicas de las infraestructuras, torna imposible en los EEUU la puesta por obra de una solución plenamente.

En China, por otro lado, se dan realmente tanto las condiciones políticas como las económicas para una solución plenamente keynesiana, y hay allí rebosantes signos de que esa será probablemente la vía a seguir. Para empezar, China posee una gran reserva de excedente extranjero en efectivo y resulta más fácil financiar la deuda partiendo de esa base que de unos gastos de deuda ya acumulada como en el caso de los EEUU. Vale la pena notar también que desde mediados de los 90 los “activos tóxicos” (los préstamos que no funcionan) de los bancos chinos –algunas estimaciones los sitúan en el 40% de todos los préstamos en 2000) han desaparecido de la contabilidad bancaria merced a ocasionales inyecciones de excedente en efectivo procedente de las reservas del comercio exterior. Los chinos han tenido en funcionamiento durante mucho tiempo el equivalente a un programa TARP [el programa estadounidense de rescate bancario puesto en práctica en los últimos meses de 2008], y evidentemente saben cómo manejarlo (aun si muchas de las transacciones llevan la impronta de la corrupción). Los chinos tienen capacidad económica bastante como para embarcarse en un programa masivo de financiación con déficit y disponen de una arquitectura financiera estatal centralizada apta, si se lo proponen, para administrar ese programa con eficacia. Los bancos, durante mucho tiempo de propiedad estatal, puede que fueran nominalmente privatizados para satisfacer las exigencias de la OMC (Organización Mundial de Comercio) y atraer capital y pericia foráneos, pero todavía pueden ser fácilmente sometidos a la voluntad del Estado central, mientras que en los EEUU aun el más vagaroso signo de directriz estatal, por no hablar de nacionalización, da pie a todo tipo de furores políticos.

Análogamente, no hay allí la menor barrera ideológica para una generosa redistribución de recursos a favor de los sectores más necesitados de la sociedad, aunque puede haber necesidad de vencer lo acorazados intereses de los miembros más ricos del partido y de una incipiente clase capitalista. La imputación, según la cual eso sería tanto como el “socialismo”, o todavía peor, el “comunismo”, apenas si despertaría en China sonrisas divertidas. Pero la reaparición en China del desempleo masivo (de acuerdo con los últimos informes, la ralentización de los últimos meses habría provocado ya 20 millones de desempleados), así como los indicios de un extendido malestar social aceleradamente creciente, forzarán seguramente al Partido Comunista chino a emprender masivas redistribuciones, estén o no ideológicamente convencidos de la justicia de las mismas. A comienzos de 2009, esa política redistributiva parece encaminada en primera a revitalizar las atrasadas regiones rurales a las que regresan los trabajadores emigrantes que han perdido sus empleos, frustrados con la constatación de la escasez de puestos de trabajo en las zonas manufactureras. En esas regiones, en las que faltan infraestructuras sociales y físicas, una robusta inyección de recursos por parte del gobierno central contribuirá a aumentar los ingresos, a expandir la demanda efectiva y a dar el tiro de salida para el largo proceso de consolidación del mercado interno chino.

En segundo lugar, hay un fuerte deseo de proceder a inversiones masivas en infraestructuras que todavía faltan en China. –En cambio, los recortes fiscales apenas tienen allí atractivo político— Y aunque es posible que algunas de esas inversiones terminen siendo “elefantes blancos”, la probabilidad de que así sea es allí harto más baja, dada la inmensa cantidad de trabajo que todavía se necesita para integrar el espacio nacional chino y, así, enfrentarse al problema del desarrollo geográfico desigual entre las regiones costeras de alto desarrollo y las empobrecidas provincias del interior. La existencia de una ancha –aun si problemática— base industrial y manufacturera necesitada de racionalización espacial hace más probable que el esfuerzo chino entre en la categoría del gasto público productivo. En el caso chino, buena parte del excedente puede ser canalizado hacia la ulterior producción de espacio, y eso aun admitiendo que la especulación en los mercados de propiedad urbana en ciudades como Shanghái, lo mismo que en los EEUU, es parte del problema y no puede, por consiguiente, convertirse en parte de la solución. Los gastos en infraestructuras, siempre que se hagan a una escala lo suficientemente grande, son de largo aliento y sirven tanto para canalizar el trabajo excedente como para reducir las posibilidades disturbios sociales, contribuyendo ellos también, además, a impulsar el mercado interior.

Implicaciones internacionales

Esas posibilidades completamente distintas que tienen los EEUU y China de propiciar una solución plenamente keynesiana tienen hondas implicaciones internacionales. Si China emplea más recursos procedentes de sus reservas financieras para impulsar su mercado interior, como con casi total seguridad se verá forzada a hacer por razones políticas, dejará menos recursos para posibles préstamos a los EEUU. El descenso de compras de bonos del Tesoro estadounidense terminará por forzar unos tipos de interés más altos, lo que incidirá negativamente en la demanda interna norteamericana, lo cual, a su vez, y a menos que se haga una gestión meticulosa, podría disparar lo que todo el mundo teme y que hasta ahora ha conseguido evitarse: un desplome del dólar. Una paulatina desvinculación de los mercados norteamericanos y la progresiva substitución de los mismos por el propio mercado interno como fuente de la demanda efectiva de la industria china alterarían significativamente los equilibrios de poder (un proceso que, dicho sea de paso, estaría cargado de tensiones, tanto para China como para los EEUU). La divisa china se robustecerá necesariamente frente al dólar (una situación tan largamente pretendida por las autoridades estadounidenses, como secretamente temida), lo que obligará a los chinos a basarse todavía más en su mercado interior para la demanda agregada. El dinamismo que de ellos resultará en el interior de China (contrastable con las condiciones de recesión duradera que prevalecerán en los EEUU) atraerá a más y más productores de materias primas a la órbita comercial china y erosionará la importancia relativa de los EEUU en el comercio internacional. El efecto global de todo lo cual será la aceleración del desplazamiento de la riqueza de Oeste a Este en la economía mundial y la rápida alteración de los equilibrios de poder económico hegemónico. El movimiento tectónico que operará en el equilibrio del poder capitalista global intensificará todo tipo de ramificaciones económicas y políticas impredictibles en un mundo en el que los EEUU dejarán de estar en una posición dominante aun cuando sigan manteniendo un poder importante. La suprema ironía, huelga decirlo, es que las barreras políticas e ideológicas puestas en los EEUU a cualquier programa plenamente keynesiano contribuirán seguramente a acelerar el derrumbe del predominio norteamericano en los asuntos globales, a pesar de que las elites de todo el mundo (incluidas las chinas) preferirían preservar ese predominio el mayor tiempo posible.

Que un genuino keynesianismo baste o no para que China (junto a otros Estados en posición similar) logre compensar el inevitable fracaso del reticente keynesianismo occidental, es cuestión de todo punto abierta. Pero esas diferencias, sumadas al eclipse de la hegemonía norteamericana, bien podrían ser el preludio de una fragmentación de la economía global en estructuras hegemónicas regionales que podrían terminar pugnando ferozmente entre sí con tanta facilidad como colaborando en la miserable cuestión de dirimir quién tiene que cargar con los estropicios de una depresión duradera. No es ésta una idea precisamente alentadora, pero tener en mente la posibilidad de una perspectiva de este tipo podría acaso contribuir a despertar a buena parte del mundo occidental y a percatarse de la urgencia de la tarea que tiene enfrente; a que sus dirigentes políticos dejen de predicar banalidades sobre restaurar la confianza y se pongan a hacer lo que hay que hacer para rescatar al capitalismo de los capitalistas y de su falsaria ideología neoliberal. Y si eso significa socialismo, nacionalizaciones, robustas directrices estatales, forja de colaboraciones internacionales y una nueva y harto más inclusiva (“democrática”, si puedo adelantarme a decirlo así) arquitectura financiera internacional, pues que así sea.

* David Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism [traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007]. Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx’s Capital blog.


Traducción para www.sinpermiso.info: Minima Estrella

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