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Sombras nada más, by telegraph.co.uk

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Michael Moore y el caso de la General Motors: ¿Se avecina el fin del capitalismo?

Por Pedro Prieto y Manuel Talens
Rebelión y Tlaxcala, 12.06.09

“El arma de la crítica no puede reemplazar a la crítica de las armas,
pero se hace revolucionaria cuando se apodera de las masas.”
Karl Marx, Introducción a la Crítica de la Filosofía Hegeliana del Derecho Estatal

Introducción: El hombre que opina demasiado

El pasado mes de octubre de 2008, tras la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales de su país, Michael Moore publicó una carta sonrojante para pregonar su felicidad. Uno de nosotros la tradujo, pero le añadió un epílogo con el objetivo de marcar distancias. En aquel epílogo se leía lo siguiente: “Michael Moore es un autor muy querido en estas páginas. Básteme decir que sus diatribas contra las canalladas de todo tipo que comete su país alcanzan aquí cifras espectaculares de lectura. A mí, personalmente, me parece un personaje simpático, ingenioso, buen cineasta comprometido y mediano escritor, pero siempre me deja con la sensación de no llegar al fondo en sus análisis políticos, pues por muy a contracorriente que parezca su obra y por muy a la izquierda que se lo sitúe en la farándula usamericana, creo que fuera del ámbito imperial no pasaría de ser un lúcido socialdemócrata.”

Aquella descripción nos sigue gustando. Además, sus películas son refrescantes y divertidas y tienen la ventaja de fustigar situaciones que en su país son moneda corriente, mientras que en el resto del mundo producen vergüenza. Sobre todo porque no es normal que en el vergel de la democracia, de la libertad, del nosotros el pueblo y demás vaguedades, a uno puedan fácilmente descerrajarle un tiro en un mal día, y todo a causa de esa cuarta enmienda que permite comprar un pistolón a quien le apetezca (a muchos allí les apetece); o negarle a una anciana atención médica en un hospital por el hecho de ser pobre. A Michael Moore no le gustan esas cosas. Por eso las condena con imágenes. Tampoco le gustó nunca el tramposo de George Bush y no dudó en ridiculizarlo en una película. Más tarde, para sacarle de nuevo los colores, organizó una caravana de ayuda a Nueva Orleans cuando el Katrina. Es un buen tipo.

Pero escribe demasiado y a veces habla por hablar, como cuando en su libro ¿Qué han hecho con mi país, tío? [Dude, Where’s My Country, 2005] se le ocurrió “designar” a la presentadora de televisión Oprah Winfrey como candidata ideal para llevar al país a la tierra prometida desde el Despacho Oval. No estamos bromeando, vayan y lean. Eso es lo que tiene opinar de cualquier cosa: las carencias terminan por salir a la luz, porque no es posible saber de todo. Pero a Michael se le perdonan, es como el pariente gordinflón que uno tiene en la familia y que a veces se pasa de gracioso. Los sitios web de izquierda alternativa se lo rifan.

Hace unos días volvió a opinar de lo que no sabe. En Rebelión, cuando leímos el original inglés, “Goodbye, GM”, hubo apuestas sobre cuánto tiempo pasaría antes de que en algún lugar apareciese en español. Ganó la apuesta que vaticinó 48 horas, pues eso es lo que tardó La Jornada en traducirlo: “Adiós, General Motors”.

Con todos los respetos, nosotros dos creemos que el bueno de Michael se equivoca en las fabulaciones que allí cuenta y eso es lo que trataremos de explicar a partir de este punto y aparte.

El Imperio en el corazón

Moore inicia bien su relato. El certificado de defunción de la General Motors le sirve para hacer un recorrido por los cien años de historia de este emblema del capitalismo. Y no oculta su alegría por el acontecimiento: “…me siento rebosante de –me atrevo a decir– júbilo”. Es normal, ninguna persona bien nacida debería morir sin asistir al batacazo de al menos un enemigo del pueblo. Añade luego otros tres párrafos introductorios y, a partir de ahí, entra en faena. Pero esta vez ya no se trata de tirar cohetes por la llegada de Obama, sino de darle consejos de política económica: “…solicito que se preste honrada y sincera consideración a las sugerencias siguientes…”.

Y comienza recordando el pasado, cuando en 1942 el presidente Roosevelt transformó la industria automovilística en armamentista y la General Motors se puso a construir aviones, tanques y ametralladoras. Y entonces a Michael se le escapan un par de afirmaciones que invitan a reflexionar: “Todo el mundo participó. Los fascistas fueron derrotados.” Vaya, vaya, nuestro hombre no se sale ni un milímetro de la línea oficial, según la cual aquella guerra fue contra el fascismo, no un juego a cuatro bandas de poderes imperiales, cada uno de ellos con sus propios intereses bien calculados. Cualquiera diría que se ha creído el sofisma de que su país entró en la contienda para salvar la democracia. Como si el auténtico enemigo de Roosevelt hubiera sido Hitler, no Stalin. La verdad es que a Usamérica le salió tan bien la jugada que luego pudo escribir la historia a su medida y Michael ni siquiera la pone en duda. Pero, en fin, pelillos a la mar, no es éste detalle el que nos interesa aquí, por mucho que demuestre que el corazón de todo inconformista usamericano guarda siempre un rinconcito donde el Imperio dormita agazapado.

Michael Moore, que trabajó en la industria del automóvil antes de hacer cine, se muestra inquieto por el futuro de las gentes de su pueblo, Flint, situado en el epicentro del otrora poderosísimo sector de la industria automotriz, hoy casi convertido en aldea fantasma. Y empieza a enumerar su lista de consejos al presidente Obama: “No pongan otros 30 mil millones de dólares en las arcas de GM para fabricar automóviles. Usen ese dinero para mantener empleada a la actual fuerza de trabajo –y a la mayoría de los que han sido despedidos– para que pueda construir los nuevos modos de transporte del siglo XXI. Que el trabajo de conversión empiece ahora mismo.”

¿Una crisis económica?

Aquí arranca la primera distorsión. Michael Moore se resigna a que su gobierno haya tirado al retrete una cantidad ingente de dinero. Pero le parece inaceptable que Washington repita el mismo farol en esta jugada de póquer industrial y la General Motors siga fabricando más de lo mismo: automóviles con motor de combustión. Cabría entonces preguntarse –él no lo hace, pero nosotros sí–: ¿De dónde carajo provienen esos 30 mil millones de dólares? ¿Acaso existen? Es evidente que cuando alguien controla la máquina de imprimir papel con curso legal, la existencia de ese dinero es un hecho, ya se trate de billetes verdes, de bonos del Tesoro, de pagarés o del aval del Estado. Así que reformularemos la pregunta: ¿Acaso esos 30 mil millones de dólares representan alguna riqueza tangible? La respuesta es que no, son puro humo.

Según cálculos recientes, la suma de las deudas federal, estatal, municipal, corporativa y privada de ese país asciende a más de 48 billones de dólares, es decir, a cuarenta y ocho mil millones de millones (sí, con 12 ceros después del 48). Por pura curiosidad, dado que al común de los mortales le resulta difícil imaginar cuánta guita es eso, añadiremos que, depositados como un multikilométrico fajo de billetes de 1000 dólares a lo largo del espacio en línea recta, los 48 billones alcanzarían para cubrir la distancia entre Nueva York y Los Ángeles… y aún sería posible seguirles el rastro por sunny California hasta Tijuana. Ésa es la deuda de Usamérica, la que por contrato tiene que pagar con intereses. Cada persona de ese país –mujer, varón, niño o anciano– nace y vive con una deuda de 183.000 dólares a las espaldas.

Un fajo de billetes de 1000 dólares con 48 billones llegaría desde Nueva York hasta Tijuana, pasando por Los Ángeles. (Transfotografía de Abbé Nozal)

¿Y cual es el valor doméstico neto, es decir, lo que realmente “vale” el país? Según la Reserva Federal, en 2008 el valor doméstico neto ascendía a 51.200 billones de dólares, lo cual, a simple vista, no parece que esté mal. El problema –siempre hay un problema– es que esas cifras están trucadas por obra y gracia de la ingeniería estadística, como bien demuestra Chris Martenson en su Crash Course, ya que incluyen activos inmobiliarios ampliamente sobrevalorados y que hoy no valen nada, fondos de pensiones que el viento se llevó, acciones bursátiles fluctuantes y hasta la lavadora, el coche viejo o el horno de microondas que uno tiene en su casa. Tras largas décadas de trampas estadísticas continuadas, Washington ha logrado que sea imposible calcular el valor doméstico neto real del país.

Pero la diferencia entre el haber y el debe es tan pantagruélica que es posible afirmar, sin temor a equivocarse, que Usamérica, al menos técnicamente, está en la ruina más miserable y si hasta ahora ha sobrevivido fue gracias a los más de 2.000 millones de dólares diarios que entraban desde el extranjero en la economía nacional a cambio de bonos del Tesoro… y a la constante emisión de montañas de dólares que, sin respaldo alguno, salen calentitas del horno de la Reserva Federal.

Pero ¿qué sucederá ahora que prácticamente todas las economías del planeta también están arruinadas? ¿A quién le sobrarán unos billetes para invertir en el Imperio? Los rescates multimillonarios de Obama –y los de Europa también, sobre todo ahora que el Banco Central Europeo ha empezado a darle a la maquinita mágica de los billetes para disimular el caos económico de la Unión Europea– no son más que una manera de ganar tiempo antes de la quiebra. Lo mismo da que Washington “nacionalice” la General Motors por 30 mil que por 60 mil millones, porque está comprando un cadáver caliente y lo paga con papel de Monopoly. Nadie gana ni pierde nada en la transacción.

Wall Street, de Abbé Nozal, 1999 (óleo sobre lienzo)

Wall Street, de Abbé Nozal, 1999 (óleo sobre lienzo)

Pero sigamos con Michael Moore y sus consejos, pues lo más interesante está aún por analizar. “Anuncien que en los próximos cinco años tendremos trenes balas cruzando el país”, suplica. Y continúa: “Emprendan un programa para poner líneas de tren ligero masivo en todas nuestras ciudades grandes y medianas. Construyan esos trenes en las fábricas de GM. […] Para los habitantes de zonas rurales que no sean atendidos por los trenes, que las plantas de GM produzcan autobuses limpios y eficientes en el uso de energía. […] Por el momento, que algunas fábricas construyan vehículos híbridos o eléctricos (y baterías).”

La economía de la energía

A simple vista, la idea parece socialmente certera e invita a aplaudir, pues el hecho de que alguien abogue sin rodeos por el transporte en común en el país que inventó el coche privado podría ser incluso revolucionario. Pero a Michael lo pierde su fe ciega en la virtud capitalista del crecimiento exponencial y se ha olvidado de echar cuentas. No sólo hoy es ya imposible repetir un nuevo New Deal rooseveltiano a causa la situación catastrófica de la economía mundial (Roosevelt, al menos, confiscó todo el oro del país para poner a la gente a trabajar; hoy no hay oro que valga, sólo papel), sino que al capitalismo le ha salido un achaque donde menos lo esperaba, en el corazón… ¡Disculpen!, queríamos decir en el motor: le está fallando el petróleo que hasta ahora le servía de bendita sangre oxigenada para crecer sin descanso. Porque lo que a Michael Moore no se le ha ocurrido hacer, incluso si está enterado de que algo falla en ese asunto (“Y conforme los días finales del petróleo se acercan, prepárense para ver a algunas personas muy desesperadas, dispuestas a matar o morir por un litro de gasolina”), es sentarse a estudiar el pico del petróleo, el momento geológico natural en que todo pozo petrolífero alcanza inexorablemente el máximo de su producción. Tras dicho pico (situado entre ahora mismo y dentro de unos pocos años, aunque desde el punto de vista histórico eso es irrelevante), la curva estadística adopta una forma de campana y empieza a decrecer hasta que el rendimiento del pozo cae a cero. No hay camino de retorno. Pero esas tres palabras sencillas –pico del petróleo– son algo más: la pícara venganza póstuma que el destino está a punto de ofrecerle en bandeja a Karl Marx, la insuficiencia cardíaca del capitalismo.

Os lo dije... (Transfotografía de Abbé Nozal)

Os lo dije... (Transfotografía de Abbé Nozal)

¿Y por qué sucede eso? La Tierra, ya lo saben los lectores, es esférica, lo cual quiere decir que los recursos que contiene en el subsuelo son finitos. El petróleo –recurso energético por antonomasia– también lo es: el que aún queda en el vientre de la Tierra es todo el petróleo con el que podemos contar y, cuando se termine, será para siempre. Por el momento, retengan esta frase, que enlaza retóricamente con lo dicho en el párrafo anterior: “La energía es la sangre que da vida a cualquier economía”. Es de Chris Martenson; sí, el autor del Crash Course ya citado, al que regresaremos.

Explicaremos ahora el falso equívoco cardiovascular que acabamos de utilizar. La alusión a una insuficiencia cardíaca no ha sido casual. Hace unos meses, en un intercambio de correos electrónicos con un amigo latinoamericano a propósito de la crisis económica actual, uno de nosotros (MT) utilizó un símil de la ciencia médica para tratar de explicar el sorprendente mutismo de los economistas “televisivos” ante el auténtico problema de la crisis, que no es de dinero, sino de energía o, mejor aún, de escasez de energía. Lo siguiente es una copia textual de aquel largo mensaje:

«No acabo de entender cómo esos economistas y ‘expertos’ de todo pelaje siguen diciendo que el problema de nuestro tiempo es económico, no de recursos. A lo más que llegan en ese terreno es a poner el dedo no en la llaga de su escasez, sino en la del exceso de residuos y de cómo eliminarlos.

»Si bien es cierto que el exceso de residuos es abrumador, yo no creo que la escasez de recursos haya dejado de ser lo fundamental. Es más, creo que es lo fundamental y lo que destruirá el sistema en que vivimos, y me estoy refiriendo a ese recurso básico sin el cual nada es posible, el petróleo. La energía que se obtiene de él es la base material de la reproducción del sistema capitalista y su escasez permite entender que las manifestaciones financieras de la crisis deberían ubicarse en ese contexto, si es que de verdad deseamos desenmascarar las limitaciones de la respuesta crediticia elegida por los Estados al servicio del capital, así como la futilidad de esas inyecciones de dinero intangible.

»El esquema es inviable, como también lo será muy pronto la financiación del dominio imperial con ingresos diarios en sus arcas de miles de millones de dólares procedentes del resto del mundo. No hay capacidad económica en este planeta para colmar la gigantesca brecha de la deuda yanqui. Ni siquiera la suma de los excedentes que pudieran ofrecer, suponiendo que quisieran hacerlo, chinos, indios, japoneses y rusos, además de algunos asiáticos ‘emergentes’ y las petrocracias de Oriente Próximo, podría financiar un nuevo ‘organismo’ para la economía del Imperio. Esa economía sufre una grave enfermedad terminal y ya sólo dispone de la fuerza bruta. Su cacareado potencial tecnológico y de innovación también depende de la disponibilidad de hidrocarburos fósiles. Una prueba intuitiva de que el capitalismo no puede funcionar sin petróleo es la feroz disputa por los recursos que llevan a cabo las potencias a lo largo y ancho del planeta, que Michael T. Klare expone con abundante información en Planeta sediento recursos menguantes. Los costos en vidas humanas, en terror y en destrucción medioambiental de esa disputa invitan a concluir que la socialdemocracia, el único residuo de una izquierda edulcorada que todavía ostenta el poder en algunos países, es incapaz de entender el momento histórico que vivimos.

»El pico del petróleo (y luego el del gas) están a la vuelta de la esquina. Échale un vistazo a lo que dice la ASPO. Todo, la agricultura, la industria, la automoción, el transporte, las comunicaciones, todo, todo, todo de este mundo que hemos creado en los últimos 150 años, incluso algo tan minúsculo como este mensaje que ahora mismo te estoy escribiendo, se basa al 80% en la energía fósil y, sin ella, se derrumbará. El capitalismo, estoy convencido, no morirá por ninguna revolución, sino de inanición energética.

»Otro ‘experto’ de lenguaje hueco dijo ayer en la tele, con tono paternalista, que ‘incluso si la Tierra tiene recursos suficientes para todos, más de la mitad de sus habitantes carecen de los mínimos para sobrevivir’. Pero del petróleo, ni pío. Supongo que cuando hablaba de recursos se refería a los más básicos, como la alimentación, que hoy están producidos al 90% por energía fósil, la cual ha permitido la superpoblación del planeta. Lo que no explicó es que esos alimentos están artificialmente hinchados. Somos el homo petroleus y dejaremos de serlo, con una mortandad por hambruna que ya está calculada en la ecuación, cuando el petróleo se agote. No olvidemos que los demás recursos, como los procedentes de la minería, también necesitan energía para ir a buscarlos bajo tierra, de manera que, aunque sigan existiendo, no se podrán extraer en las cantidades de crecimiento infinito que exige el capitalismo. No entiendo cómo a ningún periodista se le ocurre arrinconar a esos expertos económicos, que siguen viviendo en su atalaya de fórmulas matemáticas y explicaciones que no entiende nadie, con preguntas sobre la energía, pues sin ese factor todo el resto el discurso económico se convierte en el cuento de la lechera.

»Cualquiera diría que para ellos la economía es una ciencia autista que ejerce su efecto sin feedback energético alguno y no se les ocurre analizarla como componente de un biosistema en el que todas las partes interactúan. Es como si estudiásemos la hemodinámica del corazón sin tener en cuenta que lo primero que necesita el paciente es comer, pues si no come se morirá de hambre y, una vez muerto, a ver quién es el guapo que pone en marcha de nuevo su corazón para seguir estudiando hemodinámica. El corazón del capitalismo es su motor y funciona con energía, que es su alimento; el petróleo es como la sangre oxigenada que permite latir sin descanso, sístole, diástole, sístole, diástole, sístole, diástole… Esto que te digo, la integración de la economía en un biosistema, es lo que hacen autores como, por ejemplo, Charles A.S. Hall, David Pimentel, Mario Giampietro o Ugo Bardi y sus conclusiones son muy distintas de las de esos economistas que salen en la tele.»

Estos seis párrafos resumen de manera satisfactoria la argumentación que utilizaremos en un instante para deconstruir los sueños utópicos de Michael Moore. Entretanto, invitamos a los lectores a que se informen como es debido sobre el pico o cenit del petróleo en sitios web como Crisis Energética, The Oil Drum o ASPO. Asimismo, uno de nosotros está completando estos días la traducción del Crash Course de Chris Martenson, un curso económico-energético de 22 capítulos en vídeo, que en breve publicaremos en español en estas páginas. Pero a continuación, antes de iniciar el análisis de las opiniones de Moore, veamos en pocas palabras qué es y cómo funciona el capitalismo.

Brevísima definición del capitalismo para los no iniciados

El capitalismo es el sistema de dominación de quienes detentan la propiedad del capital y de los medios de producción mientras que otros, asalariados, trabajan produciendo para ellos. Ese esfuerzo, ese trabajo ajeno, se convierte en una mercancía más dentro del sistema. Más que una forma específica de producir y distribuir mercancía, el capitalismo es un modo de producción en el que la organización del sistema económico y social garantiza la extracción de plusvalía y permite la acumulación continua y creciente de capital. Ese crecimiento es exponencial, ya que a mayor capital mayores beneficios, los cuales se van añadiendo al capital inicial. La plusvalía, concepto original de Karl Marx, es el valor que el trabajo no retribuido del obrero asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo, del cual se apropia gratuitamente el capitalista para hacerlo fructificar. La plusvalía expresa la esencia y la particularidad de la forma capitalista de explotación.

Las quimeras irrealizables de Michael Moore

Los trenes bala que menciona Moore en su artículo –en España se llama AVE (Alta Velocidad Española) y en Francia TGV (Train à Grande Vitesse)– no son ninguna solución de cara al futuro, sino más bien un despropósito. Considerado por pasajero o kilo y kilómetro recorrido, el tren bala es algo más económico en consumo de energía que el avión, pero no deja de pertenecer a un sistema económico, el capitalista, de muy alta movilidad y muy baja eficiencia energética. Se lamenta Moore de que Japón tenga muchos y ellos ninguno. Al parecer, nuestro cineasta quiere que su país llegue a ser Japón, esto es, que imite a los antiguos imitadores del capitalismo, que “compita” con ellos. Y se deslumbra con sus enormes velocidades y puntualidad, que son la quintaesencia de un sistema económico que no sabe a dónde va, pero quiere ir rápido y llegar a la hora señalada. En España, con un gobierno socialdemócrata que saca pecho por haber construido más kilómetros de líneas de alta velocidad que el de ningún otro país en los últimos años, se puede observar el uso que le damos a estos sistemas de transporte ultrarrápido: escasísima capacidad de carga y pasajeros de alto nivel económico, que se desplazan de Madrid a Sevilla o a Barcelona con maletín de ejecutivo y ordenador portátil, mientras millones de toneladas de mercancías vitales tienen que viajar por carretera en camiones privados… porque el capitalismo necesita autopistas y coches, muchos coches, para seguir funcionando.

Si consideramos que en diez o quince años el petróleo habrá entrado en crisis y, por falta de oro negro, el capitalismo habrá cesado de crecer, con el corolario de menos producción, menos trabajo, más desempleo y, probablemente, hambrunas por escasez alimentaria (un inciso: los cubanos saben mucho de esto, porque en el Período Especial tuvieron que reinventarse la agricultura en cuestión de meses cuando la URSS desapareció y dejó de enviarles petróleo)… si consideramos todo eso, ¿para qué servirían esos trenes bala que quiere Moore y ese hipotético viaje relámpago de Nueva York a Los Ángeles en 17 horas? ¿Tendría sentido una alta velocidad ferroviaria, cuyo único objetivo es contribuir al crecimiento vertiginoso de la plusvalía, en un sistema obligado a decrecer a causa de la escasez energética?

Segundo inciso: en el párrafo anterior hemos dicho que “en diez o quince años el petróleo habrá entrado en crisis…”. Pues bien, en la edición de 2009 del Statistical Review of World Energy, traducido al español en el sitio web Crisis Energética, British Petroleum señala “que las reservas de petróleo han disminuido respecto al año anterior por primera vez en una década. La caída, de tan solo un 0,2% deja en 1,258 billones de barriles de petróleo el volumen de reservas probadas […] Asimismo, el mayor consumidor del planeta, los EEUU, consumió en 2008 un 6,4 % menos. […] En su conjunto, el mundo consumió 84.455.000 barriles de petróleo diarios durante 2008, sólo un 0,6% menos que en 2007. Es una cantidad relativamente pequeña (una media de 423.000 barriles diarios durante 2008), pero datos más recientes de la Agencia Internacional de la Energía establecerían proyecciones de demanda para 2009 de unos 83,2 millones de barriles diarios.” [las cursivas son nuestras] Leamos entre líneas: en 2008 se consumieron en el mundo 84.455.000 de barriles, un 0,6 % menos que en 2007, y las proyecciones son que este año de 2009 se consumirán 83.200.000, es decir otro 1,49% menos, en total una disminución del 2,09 % en dos años del consumo de petróleo. ¿Será que ha empezado ya el pico del petróleo? Sigamos.

¿Y qué decir de los “vehículos limpios y eficientes en el uso de la energía” y de los coches “híbridos y eléctricos”? Se ve que Moore no ha profundizado en el asunto. ¿Los coches híbridos? Lean este artículo y verán. Al parecer nadie le dijo, y Moore no lo estudió, que esos coches son energéticamente inviables si se pretende utilizarlos para mantener en funcionamiento este sistema económico al mismo ritmo que durante la era del petróleo… pero sin petróleo.

El 75% de la energía que utiliza Usamérica es de origen fósil: según el Statistical Review of World Energy Full Report 2009, en 2008 consumió un total de 19.419.000 millones de barriles al día. De esos casi veinte millones, el 70 % se quema en todo tipo de transportes. Y si el petróleo sirve sobre todo para el transporte es a causa de su versatilidad y su poder energético. Ninguna otra energía es capaz de dar tanto con tan poca cantidad. Sin petróleo, se habrá terminado el transporte tal y como lo hemos conocido: la velocidad, las largas distancias sin repostar durante muchos centenares de kilómetros. Incluso desaparecerán los coches con motor de combustión (lo cual creará un problema adicional de qué hacer con tanta chatarra).

¿Acaso ha calculado Michael Moore cómo va a ser posible reemplazar el poder energético de esos 19 millones de barriles de petróleo cuando éste desaparezca? ¿Con qué cree que lo hará, con el 25% de energías secundarias? Repasemos, pues, ese 25%. A comenzar por la energía nuclear. Dice Chris Martenson que 15 millones de barriles diarios equivalen en poder energético a 750 centrales nucleares, lo cual es siete veces más de las que ya hay en ese país y casi el doble del número total de las que existen en el mundo. Sin duda 750 son muchas centrales nucleares, pero lo peor es que su energía no sirve para el transporte, que es la condición sine qua non del capitalismo mundializado, sino para la electricidad. Por otra parte, Carlos de Castro, profesor de Física Aplicada y de Ecología y Desarrollo, de la Universidad de Valladolid (citado en un artículo por uno de nosotros, PP), ha calculado que el equivalente energético que se necesitaría para cubrir el hueco dejado por la caída del flujo de petróleo mundial en la década más conflictiva (2010-2020) obligaría a la construcción de unas 4.000 centrales nucleares. Son, desde luego, muchas centrales, pero sigamos.

¿Y las células fotovoltaicas, los molinos eólicos, el carbón? Ninguna de esas fuentes energéticas es adaptable al transporte, la actividad económica básica del sistema capitalista. Esos tipos de energía sí servirán, desde luego, para un coche eléctrico en el que ir de excursión sin prisas al pueblo cercano. Pero nada de aviones, nada de trenes bala, nada de atravesar el continente en 17 horas. Nada de nada.

Y un último detalle, destinado a aquellos que apuestan o piden abrir debates sobre la energía nuclear: también ésta se acerca a su propio pico. Al uranio, por ejemplo, le queda un máximo de 40 años de producción… pero con las centrales actuales; si se construyen más, el pico llegará mucho antes. En siglo y medio hemos esquilmado de tal manera la naturaleza que ahora no nos queda más remedio que afrontar las consecuencias.

Años hasta el agotamiento del uranio a las tasas actuales de extracción (30-40 años)

Años hasta el agotamiento del uranio a las tasas actuales de extracción (30-40 años)

Conclusión: ¿Se avecina el fin del capitalismo?

Con fin de la era del petróleo el mundo se verá obligado a decrecer, volverá a ser un lugar familiar, con distancias como las de antaño, mucho más pobre pero más humano. Porque la fiesta se acabó: es así como el profesor Richard Heinberg titula su muy recomendable libro dedicado a este asunto (The Party’s Over).

El capitalismo, cuya razón de ser es el crecimiento exponencial, sin límites, ha logrado sus gestas gracias al petróleo, pero sin él no podrá seguir existiendo, al menos en sus aspectos más demoníacos y planetarios, de sobra conocidos, que le exigen explotación masiva de los pueblos, guerras y destrucción medioambiental. Y todos esos cambios reductores van a suceder durante los próximos diez o quince años a causa del pico del petróleo. No habrá salida de esta crisis, por mucho que nuestros ministros de economía se empeñen en lanzar mensajes tranquilizadores para ganar tiempo. En nombre de la sociedad civilizada que supuestamente somos, más valdría que nos preparásemos a decrecer en orden y concierto. Pero el ejemplo de nuestros políticos profesionales no ofrece mucha esperanza: prefieren negarse a ver los gritos de alarma de la Tierra, ignorar las advertencias de los geólogos, pretender contra toda lógica racional que la crisis es sólo un tropiezo pasajero y proseguir su loca huida hacia adelante.

¿Será que los poderes vasallos –la Unión Europea entre ellos– están dando manotazos de asfixia? Quizá, pero no nos parece que las potencias capitalistas estén a la defensiva, por mucha angustia que les genere la debilitación de la simiente que les procura su bienestar, el petróleo. ¿Será esto que vivimos el principio del fin del capitalismo? Si anunciásemos su muerte en un contexto analítico como éste, basado en la organicidad del sistema, estaríamos quizá sucumbiendo a una reformulación de la teoría del derrumbe, que condujo a la izquierda revolucionaria de principios del siglo XX a cometer serios errores de táctica y estrategia. Frente a dicha teoría, según la cual “el desenvolvimiento del capitalismo, llevado hasta los límites teóricos de su desarrollo, desemboca necesariamente en su derrumbe económico automático”, nos asaltan incluso más incertidumbres que certezas.

El capitalismo está herido de muerte. Sin duda no es eterno, pero también existió antes del petróleo. La única diferencia es que hoy, por primera vez en la historia, se va a topar contra un muro insalvable: no existe patrón energético fuera de los hidrocarburos fósiles que le permita funcionar como lo viene haciendo bajo el dominio anglosajón. Su derrumbe, si es que llega, no sería ya por la tendencia descendente de la tasa de beneficios ni por las contradicciones que lo empujan a socavar su capacidad para extraer plusvalía, sino porque su propia dinámica depredadora destruye la savia energética que le da sustento. Volvamos al símil de la hemodinámica cardiovascular: al capitalismo dejará de latirle el corazón por pura caquexia, en principio ni siquiera será necesario ayudarlo un poquito con la lucha revolucionaria. Pero tampoco deseamos ser aquí la imagen especular de la candidez que muestra Michael Moore: lo más probable es que, llegado el momento, el Imperio muera matando. Ojalá no suceda.

Michael Moore no sabe de lo que habla cuando propone continuar el mismo modelo económico de siempre, pero ahora basado en unas energías alternativas que son incapaces de mantener el ritmo de trasporte del capitalismo, su alcance y su velocidad, pues se trata de sistemas no renovables que capturan parte de la energía de fuentes renovables –el viento, el sol, la biomasa–; las cuales, además, se distribuyen de forma muy natural, es decir, dispersa, tranquila, apacible, humana… no como esa otra energía concentrada y enloquecida que requiere el capitalismo (la plasmación material de ese feroz enloquecimiento energético es el avión de combate; también el bólido de carreras de Fórmula 1).

Reiteramos lo dicho al principio, Moore es un buen tipo y carece de maldad. Pero su ingenuo discurso es peligroso por el mero hecho de ser irrealizable. ¿Por qué hemos tratado de deconstruir aquí el contenido de su carta, si en el fondo él ni siquiera es nuestro adversario político? ¿Qué razón nos mueve? Hela aquí: Moore es también un famoso y sus textos alcanzan cifras de muchos miles de lecturas en sitios web alternativos como éste. Ahí está el peligro. Si nuestros políticos y economistas televisivos quieren seguir ocultando la verdad energética de esta crisis, si desean prolongar la borrachera de miles de millones de dinero inexistente, inyectados en un sistema que ya no tiene salvación, allá ellos. Pero la izquierda que leerá la carta de Moore es otra cosa y necesita conocer la opinión contraria para sacar sus propias conclusiones sin el intermediario alucinador de la fama. Es una izquierda generosa, dispuesta a tener menos y repartir más, mentalmente preparada para el mundo que se avecina. No se merece que la desorienten con quimeras. Aunque sean las de un tipo con buen corazón como Michael Moore.

Artículo relacionado: “Adiós, General Motors” .

Pedro Prieto es editor del sitio web www.crisisenergetica.org. Manuel Talens es miembro de www.rebelion.org y www.tlaxcala.es. Los autores desean expresar su gratitud a Atenea Acevedo y Fernando Sánchez Cuadros por su impagable relectura de este artículo y sus certeras acotaciones.

Ilustraciones de Abbé Nozal, miembro de Tlaxcala.

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Puente de la Mujer, Buenos Aires, from wikimedia.org

Puente de la Mujer, Buenos Aires, from wikimedia.org

UNO DE LOS PRINCIPALES AFECTADOS ES EL COMERCIO INTERNACIONAL

La crisis golpea fuerte sobre el transporte marítimo y los puertos

En Buenos Aires, la caída en el movimiento de contenedores superó el 30%. La flota amarrada equivale a 1,2 millones de TEUs.

cronista.com, 07.06.09

La crisis económica que enfrenta el mundo desde mediados de agosto de 2008 tuvo un mayor impacto sobre el comercio internacional que sobre la producción industrial. Según los datos del FMI, el comercio internacional se redujo en el último trimestre de 2008 un 45% medido en términos de valor, mientras que la producción sólo lo hizo en un 14%. Ante este escenario, la Organización Mundial de Comercio (OMC) pronosticó una caída del 9% en las exportaciones mundiales para este año. Esta es la mayor caída desde la segunda guerra mundial y contrasta fuertemente con el crecimiento registrado hasta 2008.

La Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (Unctad) también estimó que las exportaciones de los países en desarrollo caerán cerca del 15,5%, pudiendo incluso ser mayor a ese número. El porcentaje se explica, entre otras razones, por la ausencia de motores que muevan el comercio mundial ante la recesión declarada en los Estados Unidos y las principales economías de Europa.

Tarifas bajas

Los efectos de la crisis impactaron de lleno sobre las navieras. Según datos de Drewry Shipping, la caída en las tarifas entre noviembre de 2008 y enero de 2009 les produjo una merma importante y, de mantenerse la tendencia durante todo 2009, provocaría pérdidas del orden de los u$s 70.000 millones.

En promedio las tarifas se redujeron un 20% entre los meses de noviembre y enero, aunque el monto varía de ruta en ruta.

Ante este escenario, las navieras han abordado distintos métodos para hacer frente a la baja de tarifas, justamente en momentos en que la flota se ha expandido considerablemente, con la lógica sobreoferta de servicios.

Entre las medidas adoptadas, se encuentra la readecuación de servicios, suprimiendo puertos o agregándolos a recorridos más largos, con el fin de reducir la oferta de espacios y subir de esta forma los fletes. Esto determinó que se requieran menos buques para ofrecer el mismo servicio, con lo cual ha aumentado la flota ociosa.

Otras empresas simplemente han decidido cancelar y rediseñar algunas rutas, de modo de optimizar sus servicios y reducir los costos. Muchas de ellas ya cancelaron, o reprogramaron sus proyectos financieros de desarrollo, como la adquisición de nuevos barcos con mayor capacidad, hasta sortear la crisis que las reprime.

Como consecuencia directa, AXS Alphaliner estima que hoy existe una flota amarrada de 486 barcos, equivalente a 1,3 millones de TEUs. Esto representa el 10,4% de la flota mundial o el movimiento de contenedores que tiene la Argentina durante un año.

Para este año, se espera que el sector reduzca su actividad respecto a lo registrado en los años anteriores.

De hecho, el movimiento de contenedores operado en el Puerto de Buenos Aires bajó un 30,3% promedio durante el primer trimestre de 2009 en relación con igual período de este año.

Según expertos de la Cepal, el impacto será aún mayor en aquellos puertos que no logren articular una adecuada y eficiente relación pública privada, que beneficie la competitividad, productividad y desarrollo social de la nación.

El consejo desde Cepal es elaborar y actualizar los planes de inversión con una mirada de largo plazo.

En la relación entre el Estado y las concesionarias, desde la Cepal se señala la necesidad de revisar la madurez de los proyectos, y proyecciones de tráfico para que el canon o contraprestación sea razonable y atingente al giro del negocio.

“Ante el actual escenario económico, resultará difícil encontrar un privado dispuesto a invertir en proyectos riesgosos y con futuro incierto aún cuando en el pasado lo hubiese hecho”, se señaló desde Cepal.

http://www.cronista.com/notas/190737-la-crisis-golpea-fuerte-el-transporte-maritimo-y-los-puertos

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Nada que ver, pero da risa. Martín Favelis, desde lacomunidad.elpais.com

Nada que ver, pero da risa. Martín Favelis, desde lacomunidad.elpais.com

Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa de la crisis financiera

Prólogo al libro “La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla”, de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa

Por Pascual Serrano, rebelión.org
Vía YVKE Mundial, 08.04.09

Nos dijeron que la economía estaba en crisis debido al alto precio del petróleo, que estaba encareciendo la mayoría de la producción. Dos meses después, la crisis era porque éste había bajado su precio a la mitad. Contaban que la economía iba bien cuando el precio de la vivienda estaba a tales niveles que ningún joven podía acceder a ella y, en cambio, se contabilizaban tres millones de casas vacías en España.

Incluso nos hacían felices porque los que teníamos vivienda ahora éramos ricos debido a la subida de los precios, pero en realidad lo que pasaba era que nuestros hijos no podían comprarse una. Nos inquietaban con el peligro de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo cual provocaría la caída de los precios, a pesar de que ésa hubiera sido la única forma de que algunos pudiesen comprar una casa.

Durante toda nuestra vida habíamos pensado que un signo de mala situación económica era que subieran los precios de los productos esenciales, pero ahora dicen que con la crisis bajarán y eso es todavía peor. Hace diez años recomendaban que contratásemos un plan de pensiones privado, porque el sistema público no estaría en condiciones de garantizar el pago de nuestra jubilación, y ha resultado que ha sido el sistema público el que ha tenido que rescatar al privado de la bancarrota.

En nuestra sociedad, los “expertos” en economía vienen a ser como los brujos de las tribus primitivas, que advertían de una terrible sequía dos semanas antes de que el poblado se inundara por lluvias torrenciales y, a pesar de eso, seguían considerándolos como adivinos sagrados cuando dejaba de llover.

Muchos hemos llegado a la conclusión de que en este siglo XXI leer buenos –y honrados– libros de economía es tan importante como leer los de supervivencia si se va a una isla desierta. Por eso yo leo a Juan Torres, para sobrevivir en esta edad moderna.

De manera que llega un catedrático de Economía como él y nos dice que lo que argumentaban los grandes gurús de la economía mediante sofisticadas matemáticas era “una estupidez sin fundamento científico alguno, pero se divulgaba para que los multimillonarios puedan seguir jugando al casino”. O sea, el brujo de la tribu tomándonos el pelo en el siglo XXI. Y la prueba más clara es que hasta a Emilio Botín y a Alicia Koplowitz les sacó el dinero un estadounidense de nombre Madoff mediante el tocomocho de unas inversiones piramidales dignas de un trilero de la Gran Vía madrileña.

Todo lo que está sucediendo ahora lo advirtió hace cuatro años Juan Torres López en su libro Toma el dinero y corre. La globalización neoliberal del dinero y las finanzas (Icaria), pero él no gozaba del reconocimiento de “brujo de la tribu” que dan los grandes medios y las instituciones financieras, porque decía lo que a ellos no les interesaba. Y lo silenciaron.

Lo que sí pregonaban pocos meses antes de que se desplomaran las finanzas estadounidenses y europeas, el 5 de abril de 2008, eran titulares como este del diario El País: “BBVA y el riesgo venezolano”. Con él se hacían eco de que el banco español “BBVA acaba de advertir sobre la situación venezolana en el capítulo de riesgos del informe anual presentado ante la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos”. Seis meses después, los gobiernos estadounidenses y europeos dedicaban sus fondos públicos a salvar la banca privada y el venezolano concedía 236,7 millones de dólares para 1.547 proyectos socioproductivos comunitarios.

Esos ejecutivos y banqueros que han provocado la crisis se siguen burlando de los ciudadanos cada día que pasa. Mientras conocemos los multimillonarios rescates bancarios con dinero público, en octubre de 2008 se inauguraba en Múnich, con gran éxito de asistencia, la Feria de Millonarios, donde se podía admirar un teléfono móvil que se vende por 178.000 euros, una almohada adornada con diamantes por 300.000 euros, cigarros envueltos en oro, el último Ferrari, el mayordomo perfecto, yates, casas de caviar y champán… Por aquellos días se supo que el dueño de la inmobiliaria española Fadesa se había ingresado en su cuenta personal 139 millones de euros de la empresa antes de declarar la suspensión de pagos; que los ejecutivos de la aseguradora AIG se gastaron más de 440.000 dólares en una semana de vacaciones, alojados en un hotel de California que cuesta mil dólares por noche… tras recibir los 85.000 millones de dólares del rescate del gobierno estadounidense.

La división aseguradora del desaparecido Fortis, cuyos restos fueron comprados a precio de saldo por BNP Paribas, se gastaron 150.000 euros en una cena en el prestigioso restaurante Louis XV del hotel monegasco Paris Monte-Carlo, el más caro de todo el Principado.

Aunque la crisis es básicamente financiera y del sector de la construcción, un estudio [1] señalaba que los directivos de las entidades financieras tienen un salario medio de entre 80.000 y 250.000 euros y los de las promotoras o constructoras entre 100.000 y 240.000 euros. Estos sueldos, según el estudio, sólo están por debajo de los asignados a los socios de los despachos de abogados. Sirva como ejemplo que durante 2008 la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, obtuvo un aumento del 18 % en sus emolumentos para alcanzar un salario de 3,67 millones de euros. A éstos hay que añadirles “los 3,8 millones que el banco aportó a su plan de pensiones, que se eleva ya a 21,7 millones” [2].

Los demás miembros del Consejo de Administración percibieron durante 2008 un 36,9 % más que el año anterior y los once miembros de la alta dirección vieron su retribución aumentada un 34,6 %, hasta alcanzar un sueldo medio de 742.000 euros. En Estados Unidos no es diferente: mientras la financiera Merrill Lynch aprobaba los planes de despidos y recibía ayudas del gobierno, su presidente, John Thain, se gastaba 1,2 millones de euros en amueblar su despacho. Entre sus adquisiciones, alfombras de 67.000 euros y una mesa de 19.200. Así se viven las crisis cuando uno es directivo de una gran empresa o un banco. Al final tenía razón Bertolt Brecht cuando afirmaba que el delito no era robar un banco, sino fundarlo.

En realidad, como me dijo mi amigo Santiago Alba, a estar alturas no deberíamos escandalizarnos, esa gente siempre se dedicó a comer y a beber bien mientras la humanidad se muere de hambre. No hay ninguna novedad.

Y mientras sucede todo eso, y tras haber destinado el gobierno español millones de euros para la banca privada, el vicesecretario general del PSOE, José Blanco, se limitaba a declarar: “Yo confío en que las entidades financieras [...] tomen la decisión de garantizar crédito a los ciudadanos” [3] . Y la organización de consumidores OCU y el sindicato CCOO pedían al gobierno que, si un banco quiebra, se aumente la garantía del fondo de depósitos de los 20.000 euros de ahora hasta 150.000 [4] . Se trataría de que entre todos los ciudadanos, incluidos los que no tenemos ese dinero, pagásemos los 150.000 que alguien tenía ahorrados en una cuenta bancaria hasta que los directivos del banco se hubiesen largado con ellos.

Este libro de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa, La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla, nos revela que el dinero que circula por el mundo es falso, puesto que en la economía financiera de los mercados de cambios y en las bolsas se mueven 5,5 billones de dólares, mientras que el comercio mundial es cien veces menor; que los prestamos hipotecarios eran NINJA (acrónimo de “No Income, No Job and No Asset”), es decir, se habían otorgado a personas sin ingresos, sin trabajo y sin patrimonio, que así creían tener algo; y que en Estados Unidos, al igual que en España, el 40 por ciento de las viviendas adquiridas no lo eran para ser habitadas.

El capitalismo ha creado un sistema en que el dinero no es dinero, a los pobres los hipotecan para que crean que no son pobres y las casas no son para vivir. ¿Y cómo puede suceder esto? Por eso comencé este prólogo diciendo que hay que leer libros honrados de economía como si fuesen guías de supervivencia.

Nos encontramos en una situación en la que ni los gestores del capitalismo se fían de él. Los autores de este libro afirman que no faltaba liquidez en los mercados, sino que la escasez de dinero se debió a que unos bancos desconfiaban de otros y se negaban a prestarse entre sí. En tal situación, un banco puede iniciar una campaña de rumores sobre la insolvencia de otro y conseguir hundirlo en la Bolsa para comprarlo a precio de saldo.

Como consecuencia, el dinero queda aprisionado en la psicosis que ellos mismos han creado y la economía se paraliza. Supimos que el Tesoro de EEUU estaba colocando sus letras a un interés del 0% porque “los inversores parecen sentirse mejor poniendo su dinero en manos del Gobierno que en las de los bancos” [5] . Al final, resulta que los neoliberales confían más en el maltrecho Estado, al que antes acusaban de incapaz, que en los bancos sacrosantos que ellos mismos gestionaban.

Y todo esto no sería tan grave si no fuese porque oculta la mayor de las crueldades. Algo mucho peor que explotar la fuerza de trabajo de un semejante mientras se lo mantiene en la pobreza –ése ha sido siempre el principio fundamental del capitalismo histórico–, es lanzarse a la especulación con la compra masiva de productos alimenticios básicos, lo cual provoca subidas espectaculares de precios y hace que millones de personas mueran de hambre al no poder comprarlos.

Este libro de economía incluye algo que los economistas del poder ya nunca nos recuerdan: la humanidad. La humanidad necesaria para tener en cuenta a quienes pasan hambre o no tienen un trabajo para sobrevivir. Esos economistas quieren hacer con la economía lo que han hecho con el periodismo: que con su neutralidad y asepsia mantenga la equidistancia entre nazis y víctimas del campo de concentración o que guarde el equilibrio informativo entre el “terrorista” palestino de Gaza –que a fin de cuentas tenía sólo cinco años– y el “defensor” de Israel que bombardeaba colegios desde un F-16.

El trabajo de Juan Torres y Alberto Garzón no termina dando recetas económicas milagrosas, porque sólo hay dos y son bien conocidas: la primera es subvertir la inmoralidad dominante para sustituirla por la ética y la decencia; la segunda, levantar la voz para amotinarse contra los miserables que nos han traído hasta aquí. Los autores tampoco evitan señalar a los responsables últimos del desastre: los gobiernos, los bancos centrales y los grandes organismos internacionales que, con su pasividad, permitieron esta situación, puesto que establecieron las normas y las reglas del juego para el saqueo y el crimen de los bancos.

Esto ha sido posible porque los dueños del dinero habían tomado de antemano el control de la política. Por eso Emilio Botín no rinde cuentas ante los jueces aunque su banco entregase a Hacienda información falsa sobre casi diez mil operaciones bancarias por valor de 145.000 millones de pesetas, presentando como titulares a testaferros del tipo de personas fallecidas, ancianos desvalidos, parados o emigrantes, que nada sabían de tales operaciones. Las leyes se hacen para quienes manejan el dinero; los gobiernos ejecutan las políticas que éstos desean, mientras que la justicia está a su servicio y les garantiza impunidad.

Por eso en esta sociedad una firma comercial tiene más derechos que una persona y hasta resulta preferible ser empresa que ser humano. Llevábamos años escuchando que no había dinero para luchar contra el hambre en el mundo, para asistir a los enfermos de sida o para garantizar cuidados sanitarios a toda la población mundial y, de la noche a la mañana, aparecen billones para salvar a los bancos. Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa. Estamos ante un golpe de Estado. O salimos a la calle o se instalarán definitivamente en el poder.

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Gap between Supply and Demand, by ExxonMobil, tal vez de 2008.

Gap between Supply and Demand, by ExxonMobil, tal vez de 2008.

¿Megacrisis en el 2013?

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) advierte de una escasez de petróleo en el 2013 que podría desembocar en una crisis económica peor que la actual.

deutsche welle, 28.02.2009

Según la AIE, dentro de cuatro años el mundo puede sufrir de una escasez de petróleo y un consecuente aumento del crudo nunca antes visto. “Todo parece indicar que vamos rumbo a una crisis peor que la que sacude actualmente al mundo”, dijo Nobuo Tanaka al diario alemán “Süddeutsche Zeitung”. La razón es el bajo precio actual de crudo: las empresas petroleras no invierten en nuevos proyectos de prospección y extracción.

Ello tendrá consecuencias, advierte Tanaka: “Cuando la demanda de crudo vuelva a aumentar”, y de que ello sucederá cuando pase la actual crisis económica nadie tiene duda, “puede producirse un cuello de botella en el abastecimiento”. Tanaka agrega poder pronosticarlo incluso bastante concretamente: para el 2013.

Y Tanaka no está solo. También otros expertos prevén una recuperación de la economía mundial a más tardar para el 2010 y con ello un aumento de la demanda de petróleo. Un cuello de botella en el abastecimiento y la especulación podrían hacer explotar en ese caso el precio del petróleo, lo que haría aumentar la inflación y podría poner en peligro nuevamente el crecimiento económico en todo el mundo.

Crudo probablemente a 200 dólares por barril

Tanaka está alarmado, porque los datos de los que dispone indican claramente que las capacidades mundiales de extracción de petróleo disminuyen actualmente y las reservas se reducirán considerablemente hasta el 2013.

En caso de un cuello de botella, el precio del petróleo podría superar incluso los precios máximos pagados hasta ahora, a mediados de 2008, y llegar hasta los 200 dólares por barril. “Por ello nosotros recomendamos insistentemente a los grupos petroleros que inviertan ahora”, agrega Tanaka. Cuanto más fuertemente aumente la demanda de crudo en caso de una buena coyuntura económica a partir de 2010 –sobre todo en Estados Unidos, China e India– tanto más rápidamente se producirá el cuello de botella, ahogando el crecimiento económico mundial.

El año pasado, el precio del petróleo trepó hasta alcanzar hasta más de 140 dólares por barril: una era de oro para países productores de petróleo como Venezuela y Rusia, que lograron acumular enormes reservas de divisas. Ahora las necesitan urgentemente, ya que el precio del barril de crudo oscila actualmente alrededor de los 40 dólares.

“Necesario es un cambio radical en la política energética”

No obstante, es sabido que el petróleo, en su calidad de combustible de origen fósil, lenta pero seguramente se acaba. Por ello, Tanaka llamó a los países industriales a un cambio radical en su política energética y lamentó que debido a la crisis económica también disminuyan actualmente las inversiones en las energías renovables y atómica.

El experto japonés agregó que si no se toman medidas más consecuentes y las emisiones de anhídrido carbónico continúan aumentando como hasta ahora podría registrarse un aumento de la temperatura media en el mundo de hasta seis grados a fines del siglo XXI. “Ello sería una catástrofe”, concluye Tanaka.

Pablo Kummetz/AP/AFP/SZ (jov

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13
Feb

2009, el-año-de-todos-los-peligros

   Publicado por: admin  en Economía, Entradas

Peligro, desde acuerdoandino.org, by helektron

Peligro, desde acuerdoandino.org, by helektron

Acople depresivo global (radicalización de la crisis)

Por Jorge Beinstein *

alainet.org

A comienzos de 2007 fue Alan Greenspan (por entonces ya había abandonado la presidencia de la Reserva Federal) quien dio el alerta acerca de la próxima llegada de la recesión en los Estados Unidos; la profecía se cumplió hacia el fin de ese año. Ahora ha sido Gordon Brown, primer ministro de Inglaterra, el que ante la Cámara de los Comunes a comienzos de febrero de 2009, en plena recesión, anunció la llegada de la depresión global.  Como era de esperarse la palabra maldita fue rápidamente desmentida oficialmente que la atribuyó a una “gaffe” (1), una expresión involuntaria de Brown, pero el tema quedo instalado precedido por un cierto número de comentarios y artículos de especialistas coincidentes con esa afirmación.  Casi al mismo tiempo el presidente de Francia, Nicolás Sarkozi, calificó a la crisis como “la peor desde hace un siglo” y en su conferencia de prensa del 9 de febrero Barak Obama coincidió con esas visiones “catastrofistas” (realistas).

2009 aparece como el-año-de-todos-los-peligros, es muy difícil pronosticar el ritmo de la crisis en curso sobre todo porque no tiene precedentes en la historia del capitalismo; su carácter sistémico, su pluralidad (económica, energética, militar, institucional, tecnológica, ambiental, ideológica) y las interrelaciones entre sus diversas componentes le confieren un comportamiento errático, casi (pero no totalmente) impredecible.

De todos modos un conjunto de indicadores nos están señalando que el acople recesivo global que se fue desarrollando durante 2008 está ahora ingresando en una nueva etapa caracterizada por grandes caídas productivas y aumentos de la desocupación en los países centrales y en la mayor parte de la periferia.  Se trata de la instalación de un acople depresivo global avanzando ante la impotencia de los gobiernos de los países ricos que constatan como las lluvias de millones de millones de dólares, euros, etc., arrojados sobre sus mercados no consiguen frenar la avalancha.

Al igual que en el comienzo de la etapa anterior el motor de la crisis se encuentra en los Estados Unidos donde durante el último trimestre de 2008 y en el comienzo de 2009 aparecieron datos alarmantes anunciando la inminente llegada de la depresión.

En el cuarto trimestre de 2008 el Producto Bruto Interno promedio cayó a una tasa anual de 3,8% (si descontamos la acumulación de inventarios la caída supera el 5%), la producción industrial bajó 11 %, el consumo de bienes durables 22 %, el de bienes no durables 7 % y las exportaciones 22 %, las informaciones disponibles del primer mes de 2009 (consumo, desocupación, cotizaciones bursátiles, algunos sectores industriales decisivos como el del automóvil, etc.) indican que la tendencia recesiva se profundiza.  A las caídas en la producción y el consumo se agrega el rápido aumento del ahorro personal, impulsado por el temor a la desocupación y a la pérdida de ingresos, que reducirá aún más el consumo lo que a su vez empujará hacia abajo a la producción industrial.  A lo largo de 2008 se puso en marcha el clásico círculo vicioso recesivo donde el consumo, la producción y la inversión interactúan negativamente: la recesión provoca más y más recesión. Se ha producido un rápido empobrecimiento del grueso de la población, en algunos casos se trata de pérdidas de riquezas ilusorias como lo fue el aumento burbujeante de acciones y valores inmobiliarios que impulsaban el consumo de sus beneficiarios y en otros de pérdidas reales de empleos, salarios y viviendas.

Dos informaciones pueden ser útiles para evaluar la magnitud del desastre, la primera referida a la contracción de la riqueza provocada por el colapso financiero.  La llamada riqueza neta de la población norteamericana (valor de las propiedades, acciones, etc., menos deudas) había descendido a comienzos de 2009 en unos 14 billones (millones de millones) de dólares corrientes respecto del valor promedio de 2007, cifra equivalente al Producto Bruto Interno de los Estados Unidos (2).

La segunda información nos ilustra sobre el impacto social de la crisis: la desocupación “oficial”, es decir la registrada de ese modo por el gobierno, creció gradualmente a lo largo de 2007 y se aceleró desde mediados de 2008, en octubre incluía a más de 10 millones de personas, en diciembre superaba 11 millones (7,2% de la población económicamente activa).  Sin embargo esa cifra subestima el problema porque a los 11,1 millones de desocupados oficiales de diciembre de 2008 (3,6 millones más que en diciembre de 2007) es necesario agregar 2,6 millones de desocupados de “larga duración” (con 27 semanas o más sin empleo), ese sector aumento en 1,3 millones de personas durante 2008, por otra parte los trabajadores precarios llegaban a unos 8 millones (eran 4 millones 600 mil un año antes).  Sumando desocupados oficiales. crónicos y trabajadores precarios se llega en diciembre de 2008 a casi 22 millones de personas, eran 13 millones 500 mil un año antes (3); se trata del salto al vacío de más de 8 millones de personas.

Evolución de la desocupación en los United States desde 2006.

Evolución de la desocupación en los United States desde 2006.

Insolvencia y aceleración de la crisis

Los principales indicadores económicos y sociales nos señalan que la crisis se acelera y que el aumento de ritmo apunta hacia una gran salto cualitativo, un hundimiento catastrófico de la economía norteamericana que seguramente arrastrará al conjunto del sistema global.

El Producto Bruto Interno real creció a una tasa anual del 3,3 % en el segundo trimestre de 2008, tuvo una leve cifra negativa en el tercero (-0,5%) y cayó con fuerza en el cuarto (-3,8%).

La producción industrial aceleró su descenso a lo largo del año pasado, el índice promedio del segundo trimestre cayo 0.9 % respecto del primero, el del tercero bajó 2,3 % respecto del segundo y el de cuarto trimestre descendió 3 % (4).

El consumo personal que se había mantenido estancado en términos reales durante los primeros meses de 2008 inició un persistente descenso en el segundo semestre que tiende a acentuarse a comienzos de 2009 (5).

A lo largo de 2007 y hasta abril de 2008 la masa de desocupados oficiales presentaba una curva ascendente suave, pero en mayo pegó un salto del orden del 11 % a partir de allí el crecimiento de la desocupación se aceleró, en los cinco trimestres que van entre enero de 2007 y marzo de 2008 la tasa trimestral promedio de incremento del volumen de desocupados nunca superó el 1,5 %, pero en el tercer trimestre de 2008 subió al 3,5 % y el el cuatro al 5 %.  En diciembre de 2008 se produjeron 630 mil nuevos desocupados netos, en enero de 2008 se repitió aproximadamente dicha cifra (6).

El índice de precios de las viviendas desciende a velocidad creciente desde mediados de 2008, 10 % de caída a lo largo de todo 2008 (7).

En los 12 meses que van entre octubre de 2007 y mediados de septiembre de 2008 la capitalización bursátil norteamericana descendió unos cuatro billones (millones de millones) de dólares, pero sòlo en los cuatro meses siguientes descendió en un cifra similar, la baja mensual promedio pasó entonces de 333 mil millones de dólares para el primer período a un billón de dólares para el segundo (casi 7 % del PBI por mes) (8). En fin, la tasa de ahorro respecto del ingreso personal disponible que se había mantenido próxima de cero en los últimos años pasó del 1,2 % en el tercer trimestre de 2008 a 2,9 % en el cuarto trimestre y existe consenso entre los pronósticos conocidos para situarla en torno del 5 % antes de fin de año acentuando así la retracción del consumo (9).

Si la tendencia a la aceleración de la caída económica no puede ser frenada todo parece indicar que 2009 se producirá la Gran Depresión, mucho más grande que la de los años 1930.

Desde que se produjo el colapso financiero de mediados de septiembre del año pasado el gobierno (Bush y luego Obama) ha tratado de suavizar la caída a través de millonarios subsidios a los bancos primero y después a industrias clave como la automotriz y finalmente a los consumidores.  Sin embargo estas inyecciones de fondos que aumentan peligrosamente la deuda y el déficit público no han conseguido el objetivo buscado, ha sido así porque detrás de la crisis de liquidez, de la falta de crédito, se encuentra el fenómeno de sobreendeudamiento publico y sobre todo privado que ha colocado a numerosas empresas y a una enorme masa de consumidores en la insolvencia o al borde de la misma.  Eso no se arregla inyectando dinero en el mercado, con esas intervenciones se producen algunos alivios pasajeros que evitan uno que otro derrumbe, postergan un poco la depresión sin poder impedir su llegada.  A su vez la insolvencia y el sobreendeudamiento son el resultado de una prolongada decadencia productiva asociada al ascenso del parasitismo financiero de aproximadamente cuatro décadas de duración, es el conjunto del sistema lo que ha entrado en crisis.

Trampa global

Al igual que en el período recesivo (2008) no existe ninguna posibilidad de desacople, la articulación comercial, productiva y financiera de la economía mundial opera como una gigantesca trampa de la que nadie puede escapar.  Habrá que esperar a que el tiempo (la prolongación de la crisis) genere factores de desarticulación, de fractura capaces de quebrar la unidad del sistema, para que ello ocurra debería producirse una quiebra duradera del comercio y de la trama monetaria internacional (queda abierta la reflexión acerca de la posibilidades de supervivencia del capitalismo como cultura universal si eso llegara a ocurrir).

Por ahora el hundimiento es general, la mayor parte de los países europeos están pasando de la recesión a la depresión, Japón sigue el mismo camino. China transita hacia una fuerte baja en su tasa de crecimiento del PBI, algunos pronósticos la sitúan en torno del 6 % para 2009 con consecuencias económicas y sociales equivalentes a una recesión, Brasil y Rusia ya se han acoplado al desinfle global, la Organización Internacional del Trabajo acaba de presentar un escenario para 2009 que incluye cincuenta millones de desocupados adicionales (10).

Depresión psicológica

La depresión económica viene precedida por una ola de depresión psicológica que luego de algunos primeros pasos tímidos en medio de la recesión de 2008 se expande actualmente a toda velocidad entre las elites dominantes del mundo, el pesimismo se está adueñando del universo cultural del capitalismo, sus ilusiones de dominación imperial del mundo se van disolviendo en el océano de la crisis.  Ese clima fue bien expresado en su momento inicial por Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Internacionales de los Estados Unidos, cuando en un articulo publicado en Mayo de 2008 señalaba el fin de la hegemonía global norteamericana y el nacimiento de un mundo crecientemente despolarizado (11), es decir el principio del fin de la plurisecular y compleja construcción colonial de Occidente.  Hacia mediados de diciembre James Rickards, figura clave del aparato de inteligencia norteamericano presentó un informe auspiciado por la U.S. Navy plagado de pronósticos siniestros: desde el derrumbe del dólar y de los títulos públicos norteamericanos hasta reducciones del Producto Bruto Interno del orden del 30 % en los próximos cinco años y tasas de desocupación similares a las de los años 1930 (12).  Finalmente el último encuentro de Davos, en otros tiempos reunión estelar de la cumbre de la globalización neoliberal, estuvo dominado por las constataciones de impotencia ante una crisis avasalladora, empresarios transnacionales y dirigentes de las grandes potencias lloraron sobre los restos de un mundo que llegaron a creer eterno.

Este acople mundial del pesimismo ideológico y la depresión económica podría ser visto en una primera aproximación al tema como el principio del fin de la post guerra fría, período de dos décadas de duración marcado por la dominación global de los Estados Unidos, un auge sin precedentes de la especulación financiera y una integración transnacional muy avanzada de los sistemas productivos, también podría ser descripto como era neoliberal enterradora del keynesianismo, del estatismo burgués desarrollista.  Sin embargo esas serían interpretaciones muy limitadas, carentes de una visión histórica más amplia ya que el llamado neoliberalismo no fue otra cosa que el discurso triunfalista de la degeneración financiera, parasitaria del capitalismo keynesiano.  En los Estados Unidos el estado militarista e interventor nunca se retiró de la escena y en las otras grandes potencias la intervención voluntarista del Estado estuvo siempre presente aunque al servicio de un capitalismo globalizado y financierizado cuya dinámica terminó por desquiciar, corromper profundamente a los sistemas institucionales en los que se apoyaba. Es toda la historia del capitalismo (sus grandes paradigmas científicos y tecnológicos, su estilo de consumo, sus sistemas productivos, su cultura imperial) lo que ahora está comenzando a navegar a la deriva.

* Jorge Beinstein es economista argentino, docente de la Universidad de Buenos Aires

Notas

(1), Philip Webster, “Comment: Brown on depression - a gaffe and that’s official”, Times Online, February 4, 2009.

(2), Federal Reserve Statistical Release, Flow of Funds Account in United States y estimaciones propias..

(3), U.S. Bureau of Labor Statistics, “The employment situation: December 2008”.

(4), Federal Reserva Statistical Release, Industrial Production and Capacity Utilization.

(5), Bureau of Economic Analysis, National Economic Accounts, Real Personal Consumption Expenditures.

(6), U.S. Bureau of Labor Statistics-

(7), House Price Index, OFHEO, U.S. Office of Federal Housing Entreprise Oversight.

(8), World Federation of Exchanges.

(9), Personal Saving Rate, U.S. Bureau of Economic Analysis, National Economic Accounts.

(10), “Global jobs losses could hit 51 m”, BBC News, 2009-01-28.

(11), Richard Haass, “The Age of Nonpolarity. What Will Follow U.S. Dominance”, Foreign Affairs,  May/June 2008.

(12), Eamon Javers, “Four really, really bad scenarios”, Politico.com, 17 de diciembre de 2008.

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