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In Go(l)d we trust, desde artifiles.art.com

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Augurios y tendencias: es hoy aquel mañana de ayer

Hay cuatro pronósticos publicados hace más de tres años en Mercado, que podrían ser visualizados de manera conjunta. La suba del precio del petróleo, unida al debilitamiento de la economía estadounidense (precipitada por el desinfle de la burbuja inmobiliaria), empuja el dólar hacia abajo y el oro hacia arriba. Todo en un contexto de expansión financiera sin precedentes.

Por Jorge Beinstein
mercado.com.ar, 24.02.09

Según la mitología griega, Casandra (“la que enreda a los hombres”), hija de los reyes de Troya, había hecho un pacto con el dios Apolo: a cambio del don de la profecía, ella mantendría relaciones carnales con él. Apolo cumplió lo pactado pero Casandra no. Entonces el dios traicionado decidió maldecirla; ella seguiría teniendo el don de la predicción pero nadie creería en sus pronósticos. Así fue como anunció ante la indiferencia general la caída de Troya y otras calamidades.

Al parecer la maldición de Apolo ha persistido hasta nuestros días ampliando incluso su influencia. Los incrédulos se han multiplicado pese a que los descendientes de Casandra poseen hoy títulos académicos y conforman equipos profesionales de primer nivel integrados a los círculos dirigentes de las empresas transnacionales y de los Estados del Primer Mundo. Entre los principales negadores de malos augurios macroeconómicos se encuentran los grandes medios de comunicación global, empecinados en la creencia de que lo que es será, vieja utopía conservadora siempre desmentida por la historia pero renaciendo prepotente una y otra vez. Ello ha generado entre expertos y dirigentes lo que podríamos denominar “complejo de Casandra”: ante el temor a ser señalados como “pesimistas”, anunciadores de tempestades, prefieren ocultar sus malos augurios o bien diluirlos en el océano del “sentido común”.

No ha sido ese el criterio que adoptamos en Mercado donde desde mediados de 2005 vengo publicando una serie de artículos sobre temas de economía global uno de cuyos objetivos es cuestionar mitos, modas y prejuicios (a veces apabullantes) que bloquean la racionalidad.

La crisis energética

En septiembre de 2005 publiqué un artículo titulado “¿Hacia una crisis energética global?” con el subtítulo: “La irresistible suba del precio del petróleo” que a lo largo de ese mes rondaba US$ 65. Anunciaba su marcha hacia los US$ 70 y que era razonable pensar que antes del fin de la década llegaría a US$ 100 para luego alcanzar niveles más altos.

Ese era, por ejemplo, el punto de vista de Matthew Simons, director del banco de inversiones energéticas Simons & Co y asesor del presidente Bush o de los directivos de Goldman Sachs, el mayor negociante mundial de productos financieros en el área energética. Por su parte David J. O’Reilly, CEO de la mega firma petrolera global Chevron declaraba a comienzos de ese año: “una cosa es cierta: la era del petróleo fácil ha terminado”.

De todos modos se trataba todavía de opiniones minoritarias e incluso marginales en el espacio de los medios de comunicación masiva. Los Gobiernos de las grandes potencias, en especial el Departamento de Energía de Estados Unidos y la Agencia Internacional de Energía (que agrupa a los países de alto desarrollo) seguían negando la posibilidad de una crisis energética apoyándose en cifras de reservas petroleras y de extracción futura que despejaban cualquier temor respecto del suministro en el próximo medio siglo.

Detalle curioso: la Agencia Internacional de Energía, sin abandonar su hiper optimismo oficial, publicaba en su página web con fecha 28 de febrero de 2005 un “borrador” con recomendaciones para el caso hipotético de una catástrofe energética global con foco en el campo de los transportes. Entre otras medidas recomendaba una descentralización radical de los sistemas industriales y estatales, el desarrollo prioritario del trabajo a domicilio, la eliminación del transporte privado, etc. (1) ¿Para qué elaborar ese informe catastrofista y difundirlo globalmente si, como la misma AIE informaba, la humanidad dispondría de petróleo abundante al menos durante el próximo medio siglo?

Mientras tanto el precio continuaba su tendencia ascendente iniciada a comienzos de la década actual. Ante cada suba, lo medios encontraban una o varias “causas” coyunturales políticas (por ejemplo alguna turbulencia en Medio Oriente), financieras o climáticas que la justificaban… la lista de factores inesperados se alargaba indefinidamente. ¿Qué se estaba ocultando?

A mediados de los años 1950, el prestigioso geólogo estadounidense King Hubbert había pronosticado que hacia 1970 la extracción petrolera en Estados Unidos comenzaría a declinar, su anunció fue recibido con incredulidad, sin embargo tres lustros más tarde los hechos le dieron la razón.

Sus cálculos se apoyaban en la experiencia productiva del sector: cuando se ha extraído de un pozo aproximadamente la mitad de su reserva inicial la explotación ingresa en la etapa difícil, los costos suben y el ritmo de extracción desciende hasta llegar a un punto (por lo general anterior al agotamiento completo) en que la producción deja de tener sentido económico. Esa curva descendente puede ser generalizada a una región, a un país o al planeta.

Esa primera constatación motivó a un grupo creciente de geólogos por lo general retirados de altos cargos en empresas petroleras transnacionales: Hubbert habia sido geólogo jefe de Shell, Colin Campbell fue vicepresidente de British Petroleum, Chris Skrebowski (actual editor de Petroleum Review) era en los años 70 planificador a largo plazo para BP, Jean Laherrere fue geólogo jefe de Total. Casi todos ellos habían decidido decir la verdad al desvincularse de esas empresas, como afirmó recientemente Campbell: “Si fuese el jefe de una compañía petrolera nunca diría la verdad. No es parte del juego”. (2)

Desde fines de la década pasada existe consenso entre estos expertos en torno del período en el que se llegaría al fatídico 50% de agotamiento de las reservas originales de petróleo a escala mundial, más conocido como Peak Oil (cima de la producción petrolera). Debería producirse aproximadamente entre 2006-7 y 2010-12. Según Samsam Bkhtiari (alto ejecutivo petrolero iraní), Matthew Simons o Skrebowski ya nos encontramos encima o muy cerca del Peak Oil; Campbell sitúa la fecha en torno de 2010, Laherrere en 2012.

Cuando publicamos el articulo en Mercado todavía se trataba de una debate “teórico”; ahora con el precio del barril acercándose a US$ 100 las pasiones se agitan. Más aún cuando desde hace casi dos años la producción petrolera global permanece estancada (ver el gráfico: “Producción mundial de petróleo”).

Actualmente el debate está centrado en esa “meseta”.
Todavía quedan algunos optimistas para sostener que se trata de un respiro antes de una etapa de expansión apoyada en los altos precios y las mejoras tecnológicas que permitirían explotar reservas hasta ahora descuidadas. Otros consideran que la meseta llegó para quedarse por varios años y finalmente están quienes afirman que la meseta se convertirá pronto en tendencia declinante. En el primer caso se supone que el enfriamiento de la economía estadounidense y su impacto negativo global desacelerarían la demanda, lo que sumado a la próxima expansión petrolera (no necesariamente fuerte) frenará la suba del precio.

En el segundo, el precio seguiría subiendo al ritmo actual (si la economía mundial crece poco) y en el tercer caso no estaríamos demasiado lejos del cumplimiento de la profecía de Hugo Chávez: el barril de petróleo a US$ 200.

La burbuja inmobiliaria

En noviembre de 2005 (ver edición 1052, página 32) apareció en Mercado un artículo que titulé “Detonadores para la próxima crisis” donde desarrollaba una lista de siete “detonadores” entre los que se destacaba la burbuja inmobiliaria con centro en Estados Unidos y dimensión global.

En ese momento, The Economist, citado en la misma nota, señalaba que nos encontrábamos frente a la burbuja especulativa más grande de la historia, muy superior a la burbuja bursátil que la había precedido hacia fines de los años 90. En el origen del fenómeno se encontraba la política anti recesiva de Bush apoyada en una masa de créditos baratos.

Hacia 2005, ésto había llevado el valor total de las viviendas residenciales en Estados Unidos a unos US$ 15 billones (millones de millones) contra US$ 7 billones siete años atrás. Por mi parte, estimaba que la “burbuja” (sobrevaluación de esos activos) rondaba los US$ 3 billones “que podrían esfumarse de un día para otro… y [que] si llevamos ese cálculo a escala mundial oscilaría entre US$ 5 y 6 billones”, para concluir: “Para entender el fenómeno debemos retrotraernos a los años 70 cuando se inició un proceso de ‘financierización’ global que en los 90 recorrió una sucesión de estallidos de burbujas: Japón al iniciarse la década, Asia del Este en 1997, Rusia en 1998, Estados Unidos en 2000. Cada desinfle fue sucedido por un globo de mayor magnitud que el anterior, pero la sucesión está arribando ahora a una altura que hace imposible su control”. Es precisamente lo que está empezando a ocurrir ahora…

Ocaso de la hegemonía de EE.UU.

Otro pronóstico no menos polémico que los dos anteriores lo desarrollé tanto en ese artículo como en otros publicados en 2006. En “Detonadores de la próxima crisis” además de la burbuja inmobiliaria como expresión de un ascenso especulativo sin precedentes, señalaba los desajustes financieros crónicos y crecientes (déficit del balance de pagos, déficit fiscal), la declinación del saldo neto de ingresos de inversiones externas, la caída gradual del dólar, etc., que convertían a Estados Unidos en un gigante enfermo. A ello se agregaban el creciente endeudamiento público y privado, el descenso persistente del ahorro personal y la cada vez mayor concentración de ingresos en medio de un consumismo desenfrenado. El paralelo histórico con otras naciones dominantes en decadencia resultaba inevitable.

En esa nota y más adelante en “El juego euroasiático” (Mercado, diciembre de 2005, edición 1053, página 42) y en “Todo empezó en Shangai. El súper gigante inesperado” (Mercado, agosto de 2006, edición 1061, página 58), señalaba el empantanamiento de la ofensiva político-militar estadounidense en Eurasia después de las invasiones de Afganistán e Irak. Y como dicho fracaso le abría el espacio a China y Rusia que se estaban convirtiendo en el eje de un gigantesco reagrupamiento regional de Estados grandes, medianos y pequeños: la Organización para la Cooperación de Shangai, que reducía la influencia de Estados Unidos. En su interior se destacaba un triángulo estratégico formado por Rusia, China e Irán.

La era de la despolarización (o de la multipolaridad flexible) había comenzado.

Ese anuncio que parecía demasiado osado en 2005 e incluso en 2006, ahora ha pasado a formar parte de las reflexiones habituales sobre política y economía internacional.

La declinación de la hegemonía estadounidense (del unilateralismo imperial) es no sólo económica y político-militar sino también cultural y psicológica, en especial a nivel del sistema de poder que elabora e implementa su estrategia global con dosis de irracionalidad cada vez mayores.

Ahora se ha puesto de moda un viejo concepto introducido en los años 50 por el sociólogo Wright Mills al referirse al comportamiento de la elite dirigente de esa época: el “crackpot realism”, que podría traducirse como la visión o lógica del loco. En nuestro caso, de un conjunto de dirigentes cuyo comportamiento obedece a dinámicas autistas y extremadamente brutales, originadas en supuestos arbitrarios, y donde su extremismo les impide percibir matices, o posibles soluciones negociadas. (3)

Por otra parte, las estrechas relaciones financieras y comerciales entre las grandes potencias otorgan a dicha decadencia una enorme capacidad de arrastre que pone en serio riesgo al buque global común. Aquí no se aplica la experiencia de los siglos 19 y 20: el descenso de una potencia no implica necesariamente su reemplazo por otra. Por ejemplo, una fuerte recesión en Estados Unidos golpeará duramente a China, Japón y la Unión Europea facilitando la irrupción de graves conflictos sociales en cada uno de ellos.

El auge del oro

Cerramos la lista de pronósticos con el de la suba del precio del oro. En abril de 2006 (ver edición 1057, página 38) publiqué un artículo bajo el nombre de “La tercera burbuja. El irresistible ascenso del oro”. En ese momento la onza troy de oro ya había superado la barrera de US$ 500 que un año atrás aparecía como un muro infranqueable, y desde Mercado pronosticaba que “el precio de US$ 800 por onza puede ser alcanzado en alguna próxima suba fuerte; entre el 1° de septiembre de 2005 y el 1° de marzo de 2006 creció casi 30%, el mercado se hace cada día más atractivo para toda clase de especuladores que buscan refugio cargados con inmensas masas de papeles (dólares, acciones, bonos de deuda pública, etc.). Es evidente que los bancos centrales no cuentan con un volumen de oro capaz de calmar las tormentas que se avecinan. Uno de los motores de la suba del metal precioso es la fragilidad estratégica del dólar”.

Citaba luego a Adam Hamilton, especialista en el tema: “nacida en el año 2001, la evolución de la burbuja del oro es altamente dependiente de los avatares de las fortunas monetizadas en dólares. Como en la imagen invertida de un espejo, el oro sube cuando el dólar baja y viceversa: el oro compite con el dólar, aunque hasta el presente la demanda global de los inversores no ha conseguido despegar el oro de la hegemonía del dólar”. Y yo comentaba que “cuando ese despegue se produzca el alza del oro no tendrá más contrapesos” . Y al final de esa nota señalaba que “un creciente número de inversores empieza a orientar sus miradas hacia un refugio que a lo largo de muchos siglos ha demostrado su solidez: el oro. Sus orígenes como reserva de valor son muy antiguos; los historiadores señalan que en el siglo 6 antes de la era cristiana los reyes de Persia ya hacían circular monedas de oro. Luego tuvo épocas de esplendor y de decadencia, por ejemplo después de la caída del imperio romano, pero con la irrupción y victoria del mundo moderno, a partir de los siglos 15 y 16, su reinado se instaló nuevamente y hacia el 1900, un patrón-oro universal gobernaba al mundo económico.

Más adelante, sobre todo después de los acuerdos de Bretton Woods (1944) el keynesianismo dominante pasó a considerarlo una rémora (bárbara) del pasado destinada a desaparecer, según la célebre expresión de Keynes. Finalmente, al llegar a la era de la globalización neoliberal (y su culto por el dinero virtual) su muerte parecía definitivamente asegurada. Ironías de la historia, en medio de sus viejos enterradores del lejano siglo 20 acosados por los achaques, el oro renace como en sus mejores tiempos y promete nuevas proezas”.

Ahora la incesante caída del dólar empuja el oro hacia otro “muro infranqueable”: el de US$ 1.000 por onza. ¿Cuál es el límite? Es casi imposible establecerlo.

En China el mercado del oro se ha ido liberalizando y según los anuncios oficiales será (casi) totalmente libre hacia el final de la década actual cuando, según esas mismas fuentes, un tercio de los ahorros familiares podrían volcarse hacia el oro, con lo que alcanzaría una demanda equivalente a unas 3 mil toneladas de oro, que no podrá ser satisfecha por la producción nacional (200 toneladas anuales), ni por la producción mundial (del orden de las 2500 toneladas). A esta presión privada debemos agregar la creciente preocupación de las autoridades chinas que han acumulado reservas dolarizadas por US$ 1,3 billones. Ante la progresiva desvalorización de dicha moneda seguramente buscarán diversificar sus reservas orientando una porción de las mismas hacia el oro.

Un segundo ejemplo es el de India, que representa la mayor acumulación privada de oro del mundo (13 mil toneladas en 2004, aproximadamente 11-12% de las existencias mundiales totales, públicas más privadas) y con un nivel importante de reservas (US$ 185 mil millones en febrero de 2007). Se trata de un mega país con buenas tasas de crecimiento cuyos sectores medios-superiores incrementan rápidamente sus ingresos. Además, las autoridades han explicitado reiteradamente su voluntad de diversificación de reservas tratando así de protegerse de la desvalorización del dólar. Esa convergencia entre crecimiento de ingresos, tradición muy arraigada favorable a la acumulación de oro en diversas formas y voluntad gubernamental de diversificación de reservas, constituye una fuente internacional de demanda de oro de primera importancia.

Un tercer ejemplo es el de Rusia, cuyas reservas llegaban en febrero de 2007 a US$ 310 mil millones que las autoridades buscan desdolarizar. Según información del FMI, Rusia viene incrementando sistemáticamente sus reservas oficiales de oro desde mediados 2006, y para algunos analistas, en los últimos meses el ritmo de esas compras ha aumentado de manera sensible como parte de la decisión gubernamental de elevar el porcentaje en oro de sus reservas hasta llegar a 10%, a lo que debe sumarse la tendencia de la población a desdolarizar sus ahorros.

A estos tres casos “nacionales” podríamos agregar algunos datos de carácter global.

Las existencias mundiales de oro rondan actualmente las 150 mil toneladas, equivalentes a US$ 3,8 billones, cifra ligeramente superior al valor de las reservas (dolarizadas) de los países periféricos. Como se dijo, la producción mundial de oro no supera las 2.500 toneladas anuales, con un valor aproximado de US$ 65.000 millones.

Supongamos que una fuerte caída del dólar o alguna catástrofe político-militar impulsa a dichos países a destinar 2% de sus reservas (unos US$ 75 mil millones) a la compra de oro. Estarían agregando al mercado una demanda adicional superior al valor de la producción anual. Tomemos además en consideración que el negocio con productos “derivados” es hoy superior a US$ 370 billones e imaginemos que una pequeña porción de esa masa financiera es volcada a la compra-venta de oro…

Asociando pronósticos

En realidad, los cuatro pronósticos señalados podrían ser visualizados de manera conjunta. Es evidente que estamos ingresando en un período sumamente inestable, de fuertes cambios donde las referencias al pasado van perdiendo eficacia cuando queremos entender hacia dónde vamos. En épocas estables, quienes viven aferrados a la utopía conservadora subestiman los pronósticos de cambios. Para ellos, algunas pocas extrapolaciones son más que suficientes: el futuro se les presenta como una ruta estrecha sin mayores sorpresas; cuando llegan tiempos turbulentos vuelven a subestimar los pronósticos porque los consideran inútiles. Piensan el futuro como algo sumamente misterioso y caótico; la ruta ha desaparecido por completo.

Obviamente, el futuro no tiene un solo camino sino varios, más allá del grado de estabilidad o turbulencia del presente, el desarrollo de la racionalidad permite esbozarlos, jerarquizarlos, para a partir de allí tomar decisiones.

El mito de Casandra promueve numerosas interpretaciones, una de ellas es la del desafío del cambio, inteligible desde una visión prospectiva, a la tozudez (negadora de la realidad) apegada a las rutinas.

(1) “Saving Oil in a Hurry: Measures for Rapid Demand Restraint in Transport”, International Energy Agency, 28 February 2005.

(2) Daniel Howden, “A World Without Oil”, The Independent, 14 June 2007.

(3) Según la recordada frase de un general estadounidense dirigiéndose al general belga Briquemont (Bosnia, 1994… cuando Estados Unidos daba los pasos iniciales de su proyecto de conquista de Eurasia): “en Estados Unidos no resolvemos los problemas, los aniquilamos”.

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Que viene el lobo, desde fondoescritorio.net

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La política del desastre económico

Por Immanuel Wallerstein
La Jornada, 01-03-2009

Todos los días leo que otro economista, periodista o funcionario del gobierno opina sobre la mejor manera de lograr una recuperación económica en éste o en otro país. No es necesario decir que tales remedios se contradicen, todos, unos con otros. Mas todos estos expertos parecen vivir en fantasilandia. Parecen creer que sus remedios funcionarán en un periodo de tiempo relativamente corto.

El hecho es que el mundo está apenas en el inicio de una depresión que durará bastante y que se pondrá mucho peor de lo que es ahora. El asunto inmediato para los gobiernos no es cómo recuperarnos, sino cómo sobrevivir al creciente enojo popular que, sin excepción, enfrentan todos.

Comencemos con las realidades económicas del presente. Casi todo el mundo –gobiernos, empresas, individuos– ha estado viviendo por encima de su ingreso durante los últimos 10 o 30 años, y lo ha hecho pidiendo prestado. El mundo se hizo frívolo con ingresos inflados y un consumo también inflado. Pero las burbujas tienen que estallar. Ahora, ésta ha estallado (o de hecho varias burbujas estallaron). La imposibilidad de continuar por este sendero ha penetrado en la conciencia y de repente todos se asustan de que se les agota el dinero real: gobiernos, empresas e individuos.

Cuando ese miedo se apodera de la gente, ésta deja de gastar y de prestar. Y cuando gastar y prestar bajan significativamente, las empresas dejan de producir o disminuyen su paso. Pueden cerrar por completo, o por lo menos despedir trabajadores. Esto es un círculo vicioso, debido a que cerrar o despedir trabajadores conduce a reducir la demanda real y causa una reticencia adicional a gastar o prestar. Se le llama depresión y deflación.

Hasta el momento, el gobierno de Estados Unidos, que todavía está en posición de pedir dinero prestado o imprimir dinero, intenta lanzar algún dinero nuevo a la circulación. Esto podría funcionar si el gobierno lanzara grandes cantidades de este dinero, y lo circulara sabiamente. Pero es muy probable que no lo haga con sabiduría. Y es muy probable que lanzar la cantidad que podría funcionar no signifique mucho más que crear otra burbuja. Y el dólar caería entonces mucho más rápido que las otras divisas, hundiendo el último soporte importante de la economía-mundo.

Entre tanto, hay menos y menos dinero para el consumo diario de todo tipo para 90 por ciento inferior de la población del mundo (y tampoco se ve muy bien la cosa para 10 por ciento superior). La gente comienza a inquietarse. Justo el pasado mes, hemos visto gente que protesta en las calles por las dificultades económicas, en un número creciente de países –Grecia, Rusia, Letonia, Gran Bretaña, Francia, Islandia, China, Corea del Sur, Guadalupe, Reunión, Madagascar, México– y probablemente en muchos más que no se notan aún en la prensa mundial. De hecho, ha estado relativamente leve hasta ahora, pero los gobiernos, todos, están en gran tensión.

¿Qué hacen los gobiernos cuando su principal preocupación es lidiar con el desasosiego interno? Tienen en realidad dos opciones: disparar a los manifestantes o apaciguarlos. Dispararles funciona solamente hasta cierto punto. Para empezar, los agentes de esta fuerza deben estar también lo suficientemente remunerados y deseosos de hacerlo. Y cuando hay un descalabro económico, arreglar esto no es fácil para los regímenes.

Entonces los regímenes comienzan a apaciguar a sus poblaciones. ¿Cómo? Primero que nada mediante el proteccionismo. Todo el mundo ha comenzado a quejarse del proteccionismo de los otros países. Pero los quejosos lo practican también. Y le sacarán mucho más provecho. Todos los economistas neoliberales nos dicen que el proteccionismo empeora la situación económica general. Tal vez eso sea cierto, pero es bastante irrelevante en lo político cuando hay gente en las calles que quiere empleos ¡ahora!

La segunda forma en que los gobiernos apaciguan cuando hay desasosiego es mediante las medidas de bienestar socialdemócrata. Pero para emprenderlas los gobiernos necesitan dinero. Y los gobiernos obtienen dinero de los impuestos. Todos los economistas neoliberales nos dicen que subir impuestos (de cualquier tipo) durante un descalabro económico torna la situación económico general aún más difícil. Eso puede ser cierto, pero en el corto plazo también eso es irrelevante. La cosa es que en un descalabro, la recepción de impuestos cae. Los gobiernos no pueden lidiar ni siquiera con los gastos actuales, ya no digamos con el pago de gastos mayores. Así que impondrán impuestos de un modo o de otro.

Finalmente, el tercer modo de apaciguar es mediante una saludable dosis de populismo. La brecha real de ingresos entre uno por ciento superior y 20 por ciento inferior dentro de los países y a escala mundial ha crecido enormemente en los últimos 30 años. La brecha se reducirá ahora a la más normal que existía en 1970, que sigue siendo muy grande, pero de algún modo menos escandalosa. Como tal, tenemos gobiernos que hablan ahora de un tope al ingreso para los banqueros, como sucede en Estados Unidos y Francia. O se puede procesar a la gente por corrupción, como en China.

Es un poco como estar en el sendero del tornado. Lo peor puede caerle a los gobiernos de repente. Cuando eso ocurra, tendrán apenas unos minutos para refugiarse en sus sótanos. Cuando el tornado haya pasado, y si queda alguien vivo, uno sale a evaluar el daño. Resultará que los daños son muy extensos. Sí, puede uno reconstruir. Pero ahí es donde comienza la verdadera discusión. ¿Cómo puede uno reconstruir, y qué tan justamente uno comparte los beneficios de la reconstrucción?

¿Cuánto tiempo durará el sombrío panorama? Nadie lo sabe ni puede estar seguro, pero probablemente un buen número de años. Entretanto, los gobiernos enfrentan periodos electorales, y los votantes no serán afables con los gobernantes. El proteccionismo y los programas de bienestar socialdemócrata le sirven a los gobiernos del mismo modo que un sótano sirve durante un tornado. La cuasi nacionalización de los bancos es otro modo de refugiarse en los sótanos.

Lo que la gente debe pensar es qué vamos a hacer cuando emerjamos del sótano, cuando sea que esto ocurra, y prepararnos para ello. La pregunta fundamental es cómo vamos a reconstruir. Ésa será la batalla política real. El paisaje será poco familiar. Y toda nuestra retórica anterior será sospechosa. El punto clave que hay que reconocer es que reconstruir nos puede llevar a un mundo mucho mejor, pero también nos puede meter a uno peor. En cualquier caso, será uno muy diferente.
© Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera

http://www.jornada.unam.mx/2009/02/28/index.php?section=opinion&article=024a1mun

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