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Procusto, Teseo y el ajuste de cuentas, from tabernadoguerreiro.blogspot.com

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Serruchan al muerto

Por Jorge Altamira
Especial para argenpress.info, 24.05.12

La disparada del dólar a seis pesos es un síntoma inequívoco del derrumbe irremediable del ‘modelo’ y el anticipo de un volantazo político. Los ‘cerebros’ oficiales subestiman -para la tribuna- la magnitud de la crisis, con el argumento de que el dólar paralelo representa a un mercado insignificante, pero no explican por qué, si ese es el caso, no liberan el mercado oficial o atenúan los controles.

El desborde del mercado de cambios se manifiesta, del mismo modo, en otro mercado que no es ya tan despreciable: el que negocia títulos de la deuda pública que se paga en dólares, donde también la cotización se fue a seis pesos. La política oficial tiene los trazos del “lecho de Procusto”: en lugar de adecuar el cajón al tamaño del muerto, serrucharon el muerto para acomodarlo al cajón.

Lo que todavía es peor: a pesar de que compra los dólares de exportadores, que no puede vender en el paralelo, el Banco Central sufrió en los últimos días una caída en su stock de reservas, a causa del retiro de depósitos en dólares de los bancos (que alcanzó los 400 millones). Se trata de un retiro de esos dólares del circuito económico. La escalada del dólar deberá provocar, también, un retiro de depósitos en pesos hacia la compra de moneda extranjera u otros refugios de valor, con la consiguiente desestabilización del sistema bancario.

Es claro que la crisis en curso es el resultado de la explosión de los desequilibrios engendrados por el ‘modelo’ oficial. La economía ha perdido las fuentes de financiamiento. En primer lugar, se encuentra por supuesto el déficit fiscal, el cual ya no puede ser cubierto por los fondos de la Anses o los habilitados para el Banco Central por la reciente reforma de la Carta Orgánica.

Se ha llegado al extremo de que el Central está haciendo lo contrario de lo que se esperaba a partir de esa reforma, porque está contrayendo la masa monetaria que emite para financiar el déficit público por temor a desatar una hiperinflación (lo hace a través de títulos del Central que compran los bancos). La consecuencia, a corto plazo, será encarecer el crédito y acentuar la tendencia a la recesión que ya ha comenzado a manifestarse.

Los detractores del oficialismo atribuyen el déficit fiscal a lo que llaman “exceso” de gasto público, para evitar señalar la cuenta de 15 mil millones de dólares que corresponde a la deuda externa del Estado -y la aún mayor del conjunto de la deuda pública (externa e interna) y de la deuda privada con el exterior.

Otro rubro -unos 80 mil millones de pesos- registra los subsidios a la energía y el transporte, cuyos beneficiarios desvían hacia otros negocios, como se acaba de demostrar en TBA y en Metrovías. TBA, según la Cipec, recibió subsidios por 600 millones de dólares a lo largo de la década, pero solamente invirtió 50. La factura de importación de gas y derivados de petróleo ha sido ocasionada por el vaciamiento energético propiciado por el kirchnerismo a lo largo de su gobierno.

Brasil, China

La presidenta Kirchner añadió a lo enumerado el desplome del mundo sobre Argentina, en una demorada referencia a la bancarrota capitalista mundial.

Brasil, el principal socio de comercio de Argentina, ha comenzado un proceso recesivo desde diciembre, según informa su Banco Central (O Estado de Sao Paulo, 22/5). Influye en el retroceso brasileño la caída de la demanda mundial, pero -por sobre todo- la demanda interna, la que sufre una incobrabilidad creciente de los créditos otorgados al consumo. El endeudamiento medio de las familias, en Brasil, ha alcanzado el 25% de los ingresos.

Un especialista habla de “señales de agotamiento del modelo” y denuncia que “el nivel de impagos subió de manera preocupante”. Otro observador señala la reversión operada en el ingreso de capital a corto plazo, el que ahora elige la puerta de salida. El resultado ha sido una desvalorización de la moneda brasileña, el real, del 30% en un par de semanas. Según un tercer economista, “hay un agotamiento del ciclo del crédito”; “la tasa de inversión cayó de 23 al 18%, y este año crecerá a una tasa inferior al PBI”. Atribuye esa tendencia “a una reducción de la rentabilidad de la economía”, que ya no puede ser alimentada por “ese patrón de crecimiento liderado por el consumo”.

La conclusión que sale de esta caracterización es clara: Brasil apunta para un ajuste. Un desarrollo similar se puede hacer con China, donde hay un retroceso espectacular en la tasa de crecimiento del PBI en lo que va de 2012 -mucho más abajo del 8% (para algunos especialistas, del 3%) que le atribuyen las estadísticas mentirosas de China. Hay un derrumbe de la importación de carbón para usinas térmicas y de cobre; hay una fuerte reducción del consumo de electricidad y un desplome de la inversión inmobiliaria.

Más allá de la reversión de las tendencias que alimentaron el crecimiento de las exportaciones de Argentina y de los llamados ‘emergentes’ en general, el “desplome” al que alude CFK tiene que ver con lo que los economistas llaman, en lenguaje deformado, “la aversión al riesgo” -o sea, el retiro de capitales de toda forma de inversión productiva y de la mayor parte de las inversiones especulativas, ante el derrumbe del sistema bancario europeo y la perspectiva de un derrumbe del euro.

Quiebra de una organización social

Estamos, en Argentina, en los umbrales de una explosión de la economía, que el método aplicado al pobre Procusto no hace más que acentuar. Las crisis abiertas con Scioli y con Macri están directamente ligadas a este final de modelo. Mientras los charlatanes oficiales se empeñan en disimular el derrumbe, la versión de que numerosos municipios y algunas provincias habrán de recurrir a cuasi monedas es cada vez más verosímil. Esto solo ya constituye una devaluación espectacular de la moneda.

Lo que oficialistas y opositores coinciden en llamar ‘modelo’ no es otra cosa que la organización capitalista del país. Es esta organización la que se encuentra en quiebra, con mayor evidencia todavía cuanto que el derrumbe es internacional.

Los que nos denunciaban antes de la crisis en curso como catastrofistas deberían hacer un repaso de los adjetivos que agota la prensa internacional: catástrofe, colapso, bancarrota, derrumbe, armagedón, situación desesperante. Es decir que una salida real a la crisis debe tener un carácter de conjunto y un contenido anticapitalista.

La gravedad de la situación encuentra a la burocracia sindical y a las corrientes que medran con este sistema fuera de foco, anestesiando al movimiento obrero. Las paritarias cierran en forma ficticia, porque -además de establecer aumentos de salarios inferiores a la inflación- ignoran el desarrollo del colapso financiero.

Los ‘opositores’ desfilan por Tribunales o el Cabildo, para reclamar independencia judicial y acceso a la información, una coincidencia que tiene poco ver con reclamos democráticos y tiene sí las características de un movimiento preparatorio para la posibilidad de un derrumbe político.

La Mesa de Enlace se ha vuelto a poner en movimiento para que la derrota del proyecto de revalúo agrario en la Legislatura bonaerense se convierta en un golpe político contra la camarilla cristinista.

Con el colapso económico, se van reuniendo los factores que procuran adelantar o canalizar un derrumbe político.

http://www.argenpress.info/2012/05/serruchan-al-muerto.html

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Nada que ver, pero da risa. Martín Favelis, desde lacomunidad.elpais.com

Nada que ver, pero da risa. Martín Favelis, desde lacomunidad.elpais.com

Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa de la crisis financiera

Prólogo al libro “La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla”, de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa

Por Pascual Serrano, rebelión.org
Vía YVKE Mundial, 08.04.09

Nos dijeron que la economía estaba en crisis debido al alto precio del petróleo, que estaba encareciendo la mayoría de la producción. Dos meses después, la crisis era porque éste había bajado su precio a la mitad. Contaban que la economía iba bien cuando el precio de la vivienda estaba a tales niveles que ningún joven podía acceder a ella y, en cambio, se contabilizaban tres millones de casas vacías en España.

Incluso nos hacían felices porque los que teníamos vivienda ahora éramos ricos debido a la subida de los precios, pero en realidad lo que pasaba era que nuestros hijos no podían comprarse una. Nos inquietaban con el peligro de que explotara la burbuja inmobiliaria, lo cual provocaría la caída de los precios, a pesar de que ésa hubiera sido la única forma de que algunos pudiesen comprar una casa.

Durante toda nuestra vida habíamos pensado que un signo de mala situación económica era que subieran los precios de los productos esenciales, pero ahora dicen que con la crisis bajarán y eso es todavía peor. Hace diez años recomendaban que contratásemos un plan de pensiones privado, porque el sistema público no estaría en condiciones de garantizar el pago de nuestra jubilación, y ha resultado que ha sido el sistema público el que ha tenido que rescatar al privado de la bancarrota.

En nuestra sociedad, los “expertos” en economía vienen a ser como los brujos de las tribus primitivas, que advertían de una terrible sequía dos semanas antes de que el poblado se inundara por lluvias torrenciales y, a pesar de eso, seguían considerándolos como adivinos sagrados cuando dejaba de llover.

Muchos hemos llegado a la conclusión de que en este siglo XXI leer buenos –y honrados– libros de economía es tan importante como leer los de supervivencia si se va a una isla desierta. Por eso yo leo a Juan Torres, para sobrevivir en esta edad moderna.

De manera que llega un catedrático de Economía como él y nos dice que lo que argumentaban los grandes gurús de la economía mediante sofisticadas matemáticas era “una estupidez sin fundamento científico alguno, pero se divulgaba para que los multimillonarios puedan seguir jugando al casino”. O sea, el brujo de la tribu tomándonos el pelo en el siglo XXI. Y la prueba más clara es que hasta a Emilio Botín y a Alicia Koplowitz les sacó el dinero un estadounidense de nombre Madoff mediante el tocomocho de unas inversiones piramidales dignas de un trilero de la Gran Vía madrileña.

Todo lo que está sucediendo ahora lo advirtió hace cuatro años Juan Torres López en su libro Toma el dinero y corre. La globalización neoliberal del dinero y las finanzas (Icaria), pero él no gozaba del reconocimiento de “brujo de la tribu” que dan los grandes medios y las instituciones financieras, porque decía lo que a ellos no les interesaba. Y lo silenciaron.

Lo que sí pregonaban pocos meses antes de que se desplomaran las finanzas estadounidenses y europeas, el 5 de abril de 2008, eran titulares como este del diario El País: “BBVA y el riesgo venezolano”. Con él se hacían eco de que el banco español “BBVA acaba de advertir sobre la situación venezolana en el capítulo de riesgos del informe anual presentado ante la Comisión del Mercado de Valores de Estados Unidos”. Seis meses después, los gobiernos estadounidenses y europeos dedicaban sus fondos públicos a salvar la banca privada y el venezolano concedía 236,7 millones de dólares para 1.547 proyectos socioproductivos comunitarios.

Esos ejecutivos y banqueros que han provocado la crisis se siguen burlando de los ciudadanos cada día que pasa. Mientras conocemos los multimillonarios rescates bancarios con dinero público, en octubre de 2008 se inauguraba en Múnich, con gran éxito de asistencia, la Feria de Millonarios, donde se podía admirar un teléfono móvil que se vende por 178.000 euros, una almohada adornada con diamantes por 300.000 euros, cigarros envueltos en oro, el último Ferrari, el mayordomo perfecto, yates, casas de caviar y champán… Por aquellos días se supo que el dueño de la inmobiliaria española Fadesa se había ingresado en su cuenta personal 139 millones de euros de la empresa antes de declarar la suspensión de pagos; que los ejecutivos de la aseguradora AIG se gastaron más de 440.000 dólares en una semana de vacaciones, alojados en un hotel de California que cuesta mil dólares por noche… tras recibir los 85.000 millones de dólares del rescate del gobierno estadounidense.

La división aseguradora del desaparecido Fortis, cuyos restos fueron comprados a precio de saldo por BNP Paribas, se gastaron 150.000 euros en una cena en el prestigioso restaurante Louis XV del hotel monegasco Paris Monte-Carlo, el más caro de todo el Principado.

Aunque la crisis es básicamente financiera y del sector de la construcción, un estudio [1] señalaba que los directivos de las entidades financieras tienen un salario medio de entre 80.000 y 250.000 euros y los de las promotoras o constructoras entre 100.000 y 240.000 euros. Estos sueldos, según el estudio, sólo están por debajo de los asignados a los socios de los despachos de abogados. Sirva como ejemplo que durante 2008 la presidenta de Banesto, Ana Patricia Botín, obtuvo un aumento del 18 % en sus emolumentos para alcanzar un salario de 3,67 millones de euros. A éstos hay que añadirles “los 3,8 millones que el banco aportó a su plan de pensiones, que se eleva ya a 21,7 millones” [2].

Los demás miembros del Consejo de Administración percibieron durante 2008 un 36,9 % más que el año anterior y los once miembros de la alta dirección vieron su retribución aumentada un 34,6 %, hasta alcanzar un sueldo medio de 742.000 euros. En Estados Unidos no es diferente: mientras la financiera Merrill Lynch aprobaba los planes de despidos y recibía ayudas del gobierno, su presidente, John Thain, se gastaba 1,2 millones de euros en amueblar su despacho. Entre sus adquisiciones, alfombras de 67.000 euros y una mesa de 19.200. Así se viven las crisis cuando uno es directivo de una gran empresa o un banco. Al final tenía razón Bertolt Brecht cuando afirmaba que el delito no era robar un banco, sino fundarlo.

En realidad, como me dijo mi amigo Santiago Alba, a estar alturas no deberíamos escandalizarnos, esa gente siempre se dedicó a comer y a beber bien mientras la humanidad se muere de hambre. No hay ninguna novedad.

Y mientras sucede todo eso, y tras haber destinado el gobierno español millones de euros para la banca privada, el vicesecretario general del PSOE, José Blanco, se limitaba a declarar: “Yo confío en que las entidades financieras [...] tomen la decisión de garantizar crédito a los ciudadanos” [3] . Y la organización de consumidores OCU y el sindicato CCOO pedían al gobierno que, si un banco quiebra, se aumente la garantía del fondo de depósitos de los 20.000 euros de ahora hasta 150.000 [4] . Se trataría de que entre todos los ciudadanos, incluidos los que no tenemos ese dinero, pagásemos los 150.000 que alguien tenía ahorrados en una cuenta bancaria hasta que los directivos del banco se hubiesen largado con ellos.

Este libro de Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa, La crisis financiera. Guía para entenderla y explicarla, nos revela que el dinero que circula por el mundo es falso, puesto que en la economía financiera de los mercados de cambios y en las bolsas se mueven 5,5 billones de dólares, mientras que el comercio mundial es cien veces menor; que los prestamos hipotecarios eran NINJA (acrónimo de “No Income, No Job and No Asset”), es decir, se habían otorgado a personas sin ingresos, sin trabajo y sin patrimonio, que así creían tener algo; y que en Estados Unidos, al igual que en España, el 40 por ciento de las viviendas adquiridas no lo eran para ser habitadas.

El capitalismo ha creado un sistema en que el dinero no es dinero, a los pobres los hipotecan para que crean que no son pobres y las casas no son para vivir. ¿Y cómo puede suceder esto? Por eso comencé este prólogo diciendo que hay que leer libros honrados de economía como si fuesen guías de supervivencia.

Nos encontramos en una situación en la que ni los gestores del capitalismo se fían de él. Los autores de este libro afirman que no faltaba liquidez en los mercados, sino que la escasez de dinero se debió a que unos bancos desconfiaban de otros y se negaban a prestarse entre sí. En tal situación, un banco puede iniciar una campaña de rumores sobre la insolvencia de otro y conseguir hundirlo en la Bolsa para comprarlo a precio de saldo.

Como consecuencia, el dinero queda aprisionado en la psicosis que ellos mismos han creado y la economía se paraliza. Supimos que el Tesoro de EEUU estaba colocando sus letras a un interés del 0% porque “los inversores parecen sentirse mejor poniendo su dinero en manos del Gobierno que en las de los bancos” [5] . Al final, resulta que los neoliberales confían más en el maltrecho Estado, al que antes acusaban de incapaz, que en los bancos sacrosantos que ellos mismos gestionaban.

Y todo esto no sería tan grave si no fuese porque oculta la mayor de las crueldades. Algo mucho peor que explotar la fuerza de trabajo de un semejante mientras se lo mantiene en la pobreza –ése ha sido siempre el principio fundamental del capitalismo histórico–, es lanzarse a la especulación con la compra masiva de productos alimenticios básicos, lo cual provoca subidas espectaculares de precios y hace que millones de personas mueran de hambre al no poder comprarlos.

Este libro de economía incluye algo que los economistas del poder ya nunca nos recuerdan: la humanidad. La humanidad necesaria para tener en cuenta a quienes pasan hambre o no tienen un trabajo para sobrevivir. Esos economistas quieren hacer con la economía lo que han hecho con el periodismo: que con su neutralidad y asepsia mantenga la equidistancia entre nazis y víctimas del campo de concentración o que guarde el equilibrio informativo entre el “terrorista” palestino de Gaza –que a fin de cuentas tenía sólo cinco años– y el “defensor” de Israel que bombardeaba colegios desde un F-16.

El trabajo de Juan Torres y Alberto Garzón no termina dando recetas económicas milagrosas, porque sólo hay dos y son bien conocidas: la primera es subvertir la inmoralidad dominante para sustituirla por la ética y la decencia; la segunda, levantar la voz para amotinarse contra los miserables que nos han traído hasta aquí. Los autores tampoco evitan señalar a los responsables últimos del desastre: los gobiernos, los bancos centrales y los grandes organismos internacionales que, con su pasividad, permitieron esta situación, puesto que establecieron las normas y las reglas del juego para el saqueo y el crimen de los bancos.

Esto ha sido posible porque los dueños del dinero habían tomado de antemano el control de la política. Por eso Emilio Botín no rinde cuentas ante los jueces aunque su banco entregase a Hacienda información falsa sobre casi diez mil operaciones bancarias por valor de 145.000 millones de pesetas, presentando como titulares a testaferros del tipo de personas fallecidas, ancianos desvalidos, parados o emigrantes, que nada sabían de tales operaciones. Las leyes se hacen para quienes manejan el dinero; los gobiernos ejecutan las políticas que éstos desean, mientras que la justicia está a su servicio y les garantiza impunidad.

Por eso en esta sociedad una firma comercial tiene más derechos que una persona y hasta resulta preferible ser empresa que ser humano. Llevábamos años escuchando que no había dinero para luchar contra el hambre en el mundo, para asistir a los enfermos de sida o para garantizar cuidados sanitarios a toda la población mundial y, de la noche a la mañana, aparecen billones para salvar a los bancos. Este libro nos da las claves de la artimaña y la estafa. Estamos ante un golpe de Estado. O salimos a la calle o se instalarán definitivamente en el poder.

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Heracles, el primer trabajador, desde jh5.gght.com

Heracles, el primer trabajador, desde jh5.gght.com

El fracaso de las nacionalizaciones capitalistas

Por Jorge Altamira

especial para ARGENPRESS.info, 06.03.09

Desde septiembre pasado, los ‘gurús’ del capitalismo no se cansaron de repetir que la crisis mundial se había agravado enormemente como consecuencia de la decisión del gobierno de Bush de ‘dejar caer’ al banco de inversión Lehman Brothers, que cargaba con la mochila de algunos billones de dólares de deudas.

La decisión de retomar la ruta de los salvatajes bancarios, sin embargo, no ha mejorado las cosas. Lo muestra la intervención del Estado para evitar la quiebra del Citibank, del Bank of America o de la aseguradora AIG. Las principales bolsas han vuelto a caer un 50 por ciento, lo cual equivale a una desvalorización de los capitales en acciones -desde el inicio de la crisis (a finales de junio de 2007)- que se acerca al 70 por ciento. La crisis bancaria ha provocado una caída del stock de créditos para el comercio exterior de, aproximadamente, el 40 por ciento. Este drenaje supone una salida de capitales de varios billones de dólares, que se manifiesta en una crisis de pagos de los llamados países emergentes y, por sobre todo, en un derrumbe del comercio exterior: China, Japón o Alemania, para citar a algunos de los principales protagonistas, han visto una caída de alrededor de un 30%, en promedio, de su intercambio comercial en las últimas diez semanas. A la luz de estos números, el flamante presidente Obama dio muestra de una supina ignorancia cuando dijo, el lunes pasado, que no había que dejarse llevar por lo que llamó “las oscilaciones” de las Bolsas: no solamente porque las bolsas no ‘oscilan’ sino que caen en picada, sino porque ya no se trata de las bolsas sino del conjunto de las relaciones financieras, comerciales y productivas de la economía mundial.

Nacionalizaciones

La semana pasada, el gobierno norteamericano decidió convertir sus acciones preferidas en acciones ordinarias en el Citibank. Esto elevó su participación en estas últimas al 36 por ciento. Como lo mismo fue obligado a hacer un fondo soberano del emirato de Abu Dhabi, el porcentaje de los propietarios privados del Citi quedó reducido al 28 por ciento. Los accionistas privados vieron de este modo ‘diluido’ su capital de control, aunque las pérdidas que han sufrido han sido mucho mayores: un 92 por ciento desde el comienzo de la crisis. El Estado, sin embargo, pagó por las acciones ordinarias un precio superior al de su cotización en la bolsa, y lo hizo con acciones preferidas que ya habían dejado atrás, por más del 30 por ciento, el valor al que las compró (desde el comienzo de la crisis se desvalorizaron un 75 por ciento). Es decir que todo el mundo perdió a lo grande. Contra lo que diga el izquierdismo vulgar, la desvalorización del capital ocasionada por la crisis no puede ser neutralizada por ningún Estado.

Esto que ha sido llamado una “nacionalización parcial” del Citibank solamente tiende a evitar una declaración obligada de quiebra del banco, pero no resuelve ninguno de sus problemas. El problema del Citi, como el de cualquier otro banco que es ‘nacionalizado’, son sus deudas, por varios billones de dólares, que no pueden ser saldadas con la venta de activos que no valen nada. Al comienzo de la crisis, el balance del Citi superaba los dos billones de dólares (diez veces el capital de aquel momento y unas cien veces el capital actual). El Estado le ha otorgado una garantía de 300.000 millones de dólares, apenas el 15 por ciento de su balance. La ‘nacionalización parcial’ pretende reforzar esta garantía, o sea que el propósito de la nacionalización (como el de todas las otras que tuvieron lugar en Europa) es permitir la cancelación de las deudas acumuladas. “El gobierno norteamericano parece entender que podría desestabilizar por completo el sistema financiero si los tenedores de bonos de algunos de los grandes bancos son barridos“, aseguran dos analistas del Financial Times (23/2). Dada la escala de las obligaciones, sin embargo, el cumplimiento con los bonistas es un emprendimiento imposible. Los acreedores, por otro lado, raramente han aceptado cobrar sus créditos con un descuento o ‘quita’. En consecuencia, las ‘nacionalizaciones’ en curso se limitan a dejar en pie unos mega bancos ‘zombies’, que no pueden pagar sus deudas, ni prestar, ni obtener nuevos préstamos y que solamente evitan la quiebra gracias a inyecciones de dinero por parte del Estado. La paralización del crédito es casi total. Lo mismo vale para AIG, que se encuentra en un 80 por ciento bajo el control del Estado, con cuyo dinero hace frente a los pagos por seguros. Una quiebra del Citi o de AIG dejaría en la lona por varios billones de dólares, en uno y otro caso, a acreedores que a su vez se encuentran endeudados en otras operaciones financieras.

Estas ‘nacionalizaciones’, que no resuelven nada pero sí agravan la situación presupuestaria, están agotadas (el presupuesto de Obama prevé un déficit de casi dos billones de dólares y una deuda pública de doce billones, esto sin contar las emisiones sin respaldo de la Reserva Federal). Es casi seguro que en las próximas semanas se den a conocer los planes para transferir las deudas de los bancos al Estado (mediante el desmembramiento de los bancos pseudo nacionalizados o la creación de los llamados ‘bancos malos’), naturalmente con un descuento. En el momento actual de derrumbes generalizados, ese descuento sería enorme y provocaría el desmoronamiento de los acreedores. Pero si el gobierno aceptara reconocer una porción elevada del valor original de la deuda se desmoronaría el Estado. El compromiso del presidente de la Comisión Europea, el portugués Barroso, de que “la gestión de los activos tóxicos (que son los activos que garantizan la deuda de los bancos) será efectuada de acuerdo a reglas continentales” -que se establecerían a mediados de marzo- suena a un intento de ganar tiempo, pues supone que los capitales y los Estados se hayan puesto de acuerdo en un reparto equilibrado de las quiebras. El impasse, sin embargo, por definición, no puede continuar, sería roto en cualquier momento por los diversos detonantes que esperan turno a escala mundial - desde el ‘defol’ masivo de Europa oriental o diversos países sudamericanos, hasta el cese de la compra de bonos del Tesoro por parte de China y Japón, cuyos excedentes de comercio (y por lo tanto de divisas) se están reduciendo a cero. China tiene una deuda pública elevada, esto si se cuenta la creada por la absorción de moneda nacional emitida por el ingreso de divisas. Una caída de las reservas por el cese del saldo comercial o por la salida de capitales provocaría una caída o incluso un desmoronamiento de la deuda pública de China.

El ‘defol’ y las ‘quitas’ son inevitables. En realidad, la desvalorización del capital mundial es la condición para reanudar la acumulación capitalista a cargo de nuevos capitales que aprovecharían el abaratamiento de los capitales quebrados - y el abaratamiento de la fuerza de trabajo desempleada. Pero el tamaño del ‘defol’ y de la ‘quita’ que sufrirán los capitales en crisis (y el daño social que está dispuesta a aceptar la clase obrera) es un problema de fuerza, no de mercado. Por eso entraña no solamente crisis políticas enormes, sino la perspectiva de un derrumbe generalizado de las naciones y capitales más débiles, o sea un hundimiento de la industria y el comercio mundiales. En este punto, la reanudación de la acumulación de capital que ha dejado de producirse con la crisis no es un proceso automático ni menos un tránsito pacífico, supone guerras y revoluciones, o sea la posibilidad del tránsito hacia otro régimen social. La quiebra generalizada plantea, incluso para la sociedad y el Estado capitalista, una reestructuración económica de fondo. El carácter que debe asumir esta reestructuración se convierte en un tema decisivo para todas las clases sociales. La nacionalización, como bandera de los trabajadores, no solamente supone que los capitalistas no reciban compensación (sean accionistas o acreedores). La expropiación del capital la sancionó el sacrosanto mercado, que dictaminó que los valores anotados son inexistentes; a los trabajadores, convertidos en poder político, sólo les cabe hacerla efectiva. La nacionalización debe ser una medida de rescate social; o sea, una herramienta para la reestructuración social sobre nuevas bases.

La cortina de hierro

Pero la atención recibida por la quiebra de la gran banca de los Estados Unidos ha sido desplazada por dos grandes colapsos: el de Europa oriental y Rusia, y el del comercio exterior y su financiamiento.

Los países de Europa oriental tienen una deuda externa impagable de 1,7 billones de dólares, de los que 400 mil millones vencen en 2009. La semana pasada, los gobiernos de la Unión Europea rechazaron, sin embargo, salir a su rescate generalizado. Del mismo modo, el FMI anunció que no reunía suficiente dinero para el socorro. La conclusión es que han votado una caída a la Argentina 2001. Como se ve, en algunos casos (naciones más débiles) los gobiernos capitalistas conceptúan más conveniente el ‘defol’ a la Lehman Brothers. La razón de esto parece clara: los alemanes y los franceses no quieren pagar la factura que recae en mayor medida sobre austríacos e italianos, cuyos bancos son los que más prestaron en la región. En todo caso, saldrán a responder por las pérdidas de sus propios bancos. El problema es que el capital de la Unión Europea ha acumulado deudas internas de casi el 100 por ciento del PBI, bastante más que el 70 por ciento de los endeudados Estados Unidos. Con tasas de ‘riesgo-país’ de casi 5.000 puntos, Ucrania, los países del Báltico y Hungría prontamente declararán el cese de pagos y pasarán a renegociar su deuda con ‘quitas’ que, para algunos bancos, podrían ser mortales. La crisis industrial está haciendo crecer la morosidad de los deudores de los bancos a un ritmo frenético -en España, para tomar un ejemplo, ha pasado del 2 por ciento al 8 por ciento de las carteras.

La respuesta de la UE a la crisis europeo oriental es una muestra de la incapacidad del capital para dar una respuesta unificada a la bancarrota. Es que la reestructuración capitalista que podría emerger de la crisis, sólo tendrá lugar en torno a los capitales y Estados que hayan salido más sólidos del derrumbe. Por el momento, sin embargo, la anarquía estructural del modo de producción capitalista agrava el desplome de la economía mundial.

El aspecto más serio es la caída del comercio mundial y en especial del capital orientado a su financiamiento, que ha retrocedido en forma sustancial por primera en varias décadas. Lejos de recibir un adelanto por sus exportaciones o un diferimiento en cuotas del pago de las importaciones, los bancos reclaman una cancelación anticipada de las deudas. Según informa el corresponsal de O Estado de Sao Paulo, “el ‘colapso’ de los flujos de exportaciones hizo desembarcar la crisis con fuerza en los países emergentes. En el caso específico de Brasil, hubo una reducción del stock de créditos de los bancos internacionales, de 101 mil millones de dólares… en septiembre (de 377 a 276 mil millones de dólares). La tendencia es que el cuadro se complique aún más en los próximos meses… Brasil, según el Banco de Basilea, fue uno de los más afectados”.

Es necesario conectar estos datos, por un lado, con el derrumbe exportador de China, Japón, Alemania y los países del sudeste asiático. Los dínamos de la economía mundial se paralizan; en estas condiciones todos los capitales y naciones enfrentan el peligro del ‘defol’, pues sin ventas la mayor parte de las empresas quiebran bajo el peso de sus deudas. La envergadura de la crisis del comercio internacional la mide la caída de los fletes marítimos en el norte de Europa a niveles raramente vistos.

De acuerdo con una estimación reciente, la crisis ha dejado una capacidad ociosa tan alta en los Estados Unidos que para colmarla sería necesario un crecimiento anual de 4,5 por ciento durante seis años. Lamentablemente, no hay un cálculo similar para China, que ha quedado con una capacidad ociosa aún mayor, ya que antes de la crisis se caracterizaba por la sobreinversión. La penetración febril del capitalismo en China ha dejado una contrapartida onerosa, que se manifiesta con la crisis. Sin embargo, China continúa comprando bonos del Tesoro norteamericano, o sea que es incapaz de aplicar el excedente del comercio exterior en forma de capital para el desarrollo interior. El derrumbe mundial replantea, objetivamente, el ‘modelo’ económico de China, o sea la restauración del capitalismo. Sea en Estados Unidos o en el Lejano Oriente, el carácter y la amplitud de la crisis se identifican con los temas estratégicos de la revolución social.

De nuevo, nacionalización

No ha sido el proletariado sino la burguesía la que ha echado a rodar la consigna de la nacionalización. Hasta ahora no ha pasado de una operación vulgar de rescate financiero del capital (inmediatamente a los acreedores, a mayor plazo a los accionistas). La envergadura de la crisis la torna inviable. Tiene aún la alternativa de asumir el control efectivo de la banca y mandar los capitales comprometidos a un fondo de quiebra (como lo sopló desde Europa Eduardo Duhalde). En ese caso, el Estado debería asumir una forma más independiente, o sea bonapartista, y desatar crisis políticas e internacionales. Pero también debería ir más lejos, mediante la adopción de medidas de reestructuración industrial, porque sin ellas la nacionalización bancaria opera en el vacío. Incluso en este caso, como lo demostró la crisis de los años ‘30, sea en Estados Unidos, Alemania (nazismo), Italia (fascismo) o los países escandinavos (socialdemocracia), el Estado capitalista no es capaz de encarar más que operaciones episódicas o muy parciales de reestructuración industrial, nunca de conjunto y, por lo tanto, sin posibilidad de superar la crisis.

Las pseudo-nacionalizaciones ya emprendidas (en Argentina, la de las AFJP) cambian el escenario político, pues las clases sociales son empujadas, aún más que en el pasado, a reclamar salidas al poder público. La vista del gasto descomunal que hacen los gobiernos para salvar a un banco contrasta con la incapacidad de los mismos para rescatar a un deudor hipotecario u ofrecer un seguro permanente al desocupado o, peor, con el envío de leyes para postergar aumentos de salarios, reducir las indemnizaciones por despido, bajar los gastos sociales o aumentar la edad para jubilarse -todo esto incentiva la necesidad de una movilización de cara al Estado. Pero la primera tanda de pseudo nacionalizaciones ha culminado en un fracaso; todos los Estados se van a ver obligados a ir más allá de sus primeros pasos. La nacionalización se convierte, entonces, en la cuestión central. Para los trabajadores y otras capas sociales, se transforma en la única vía para preservar el trabajo y la estructura industrial. La reivindicación de la nacionalización pasa a ser fundamental. Se trata de cambiar su contenido: de medida impotente de rescate del capital, en medida de reconocimiento del derrumbe del capital y en instrumento de defensa del trabajo y de la reestructuración industrial.

Por la nacionalización, sin compensación, de la banca, la gran industria, los latifundios y los monopolios del comercio exterior -al servicio de un plan único de reestructuración de las fuerzas productivas, bajo la dirección de los trabajadores.

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Filo, de Baldwin, desde tribunahispanausa.com

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Lo que nos enseñan otras crisis financieras

Por Carmen M. Reinhart y Kenneth S. Rogoff *
The Wall Street Journal, 04.02.09

Tal vez el gobierno Obama podrá poner un punto final temprano a la actual crisis financiera que vive EE.UU. Así lo esperamos, pero no va a resultar fácil. Hasta ahora, la economía de EE.UU. ha estado siguiendo el mismo recorrido que las pasadas crisis financieras graves, al menos en lo que se refiere a los indicadores macroeconómicos estándar que evaluamos en un estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER por sus siglas en inglés) el pasado diciembre.

En particular, cuando se compara la crisis de EE.UU. a crisis financieras serias en países desarrollados (por ejemplo, España en 1977, Noruega en 1987, Finlandia en 1991, Suecia en 1991 y Japón en 1992) o incluso a crisis bancarias en importantes economías emergentes, los paralelos resultan sorprendentes como mínimo.

Empecemos por las buenas noticias. Las crisis financieras, incluso las graves, no duran para siempre. De veras. De hecho, los episodios de crecimiento negativo normalmente terminan en poco menos de dos años. Si uno acepta la aseveración por parte de la NBER de que la recesión empezó en diciembre de 2007, entonces la economía de EE.UU. debería dejar de contraerse hace fines de 2009. Evidentemente, si uno fecha el inicio de la verdadera recesión a septiembre de 2008, como muchos en Wall Street hacen, la argumentación de su fin en 2009 es menos convincente.

En otros frentes, las noticias son igualmente lúgubres, aunque tal vez no estén en disonancia con las expectativas del mercado. En la típica crisis financiera grave, el precio real (ajustado a la inflación) de las viviendas tiende a caer 36%, con un lapso de cinco a seis años entre su punto más alto al más bajo. Dado que los precios de la vivienda en EE.UU. llegaron a su máximo a fines de 2005, eso significa que el mínimo no llegará antes de fines de 2010, con una caída de entre 8% y 10% respecto a los precios reales de la vivienda en la actualidad.

Los precios de las acciones tienden a tocar fondo un poco más deprisa, con sólo tres años y medio entre su máximo y mínimo — perdiendo un promedio de 55% en términos reales, una marca que ya ha alcanzado el S&P. Sin embargo, dado que la mayoría de índices bursátiles alcanzaron su máximo a mediados de 2007, los precios de las acciones todavía podrían tardar un par de años más en repuntar, al menos según datos históricos.

En el tema del desempleo, donde el nuevo gobierno está concentrando su atención, las malas noticias sólo empeorarán por al menos dos años más. En las últimas crisis, la duración del periodo de aumento del desempleo fue de cinco años en promedio, con una tasa media de incremento del desempleo de siete puntos porcentuales, lo que situaría al desempleo en EE.UU. cifras de dos dígitos.

De modo interesante, el desempleo es la categoría en la que los países ricos, con sus mayores niveles de seguro de desempleo y protecciones laborales más fuertes, tienden a experimentar mayores problemas tras una crisis financiera que los mercados emergentes. Las economías de los mercados emergentes registran mayores caídas en la producción después de crisis bancarias, pero los paralelos en otras áreas como los precios de la vivienda son fuertes.

Tal vez el mensaje más sorprendente de la historia de las crisis es sencillamente el extraordinario aumento en la deuda gubernamental que experimentan la mayoría de países.
La deuda del gobierno central suele aumentar más de 85% en términos reales durante los primeros tres años después de una crisis bancaria. Esto significaría otros US$8 billones (millones de millones) a US$9 billones en el caso de EE.UU.

Por doloroso que sea, el motivo principal por el que la deuda se dispara no es el costo del rescate al sistema financiero, como tanto se comenta. El culpable real, en cambio, es el inevitable colapso de los ingresos fiscales provocado por una recesión honda y prolongada. Las políticas agresivas anti-cíclicas también tienen su parte de responsabilidad, como estamos a punto de comprobar por nosotros mismos aquí en EE.UU. con la aprobación de una ley de estímulo de más de US$800.000 millones.

Sobra decir tiene que la casi duplicación de la deuda nacional estadounidense sugiere que el final de esta crisis eventualmente traerá consigo tasas de interés mucho mayores y un colapso de la burbuja actual del mercado de bonos. El legado de una deuda gubernamental alta es otra de las razones por las que la crisis actual podría significar un estancamiento del crecimiento en EE.UU. por al menos entre cinco y siete años más.

Efectivamente, existen importantes diferencias entre la crisis estadounidense y las crisis financieras cíclicas pasadas, pero no representan una ventaja. Ciertamente, de momento el gobierno de EE.UU. se encuentra en la afortunada posición de poder pedir prestado a tasas de interés más reducidas que antes de la crisis, y el dólar de hecho se ha fortalecido. Pero a pesar de eso, las crisis financieras profundas en el pasado han solido delimitarse a países o regiones particulares, permitiendo a dichos países recurrir a la exportación para salir de ellas.

La crisis actual es definitivamente global. El colapso en las acciones extranjeras y los mercados de bonos han infligido pérdidas masivas en los activos extranjeros tenidos por EE.UU. Al mismo tiempo, la débil demanda global limita cuánto EE.UU. puede depender de las exportaciones para amortiguar el continuado colapso en el consumo doméstico y en la inversión.

¿Puede EE.UU. evitar el profundo estancamiento de las pasadas crisis financieras y recesiones? En estos momentos, las recetas efectivas en cuanto a políticas gubernamentales — como una estimación realista del tamaño del agujero en los balances bancarios — requieren un cálculo sobrio de la dirección de la economía.

Por demasiado tiempo, las evaluaciones oficiales sobre la trayectoria del crecimiento de EE.UU. han sido absurdamente positivas y siempre poco ajustadas, provocando una respuesta gubernamental débil, sobre todo en relación a la necesaria reestructuración del sistema financiero. En cambio, las autoridades deberían estar preparadas para permitir que las instituciones financieras se reestructuren a través de una bancarrota acelerada, de ser necesario colocándolas de manera temporal en cesación de pagos y luego recapitalizándolas y reprivatizándolas. Este no es el momento para que EE.UU. evite una dolorosa pero necesaria reestructuración convenciéndonos a nosotros mismos de que somos distintos de todos los demás.

* Reinhart es profesora de economía en la Universidad de Maryland. Rogoff es profesor de economía en Harvard y ex economista jefe en el Fondo Monetario Internacional.

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Aves de mal agüero, desde rankia.com

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DEBIDO A LA EXPANSIÓN MONETARIA Y FISCAL

Morgan Stanley no descarta la hiperinflación en EEUU, Gran Bretaña y Europa

Morgan Stanley alerta. La expansión monetaria de los bancos centrales y el creciente endeudamiento público de los gobiernos podrían disparar el nivel de precios hasta tasas insostenibles en EEUU, Gran Bretaña e, incluso, otros países de la UE. Recomienda refugiarse ante la hiperinflación.

Libertad Digital, 02-02-2009

Por M. Llamas. Se suceden las advertencias. En su último informe, la OCDE alertaba sobre la posibilidad de entrar en una peligrosa espiral inflacionista que, en caso de producirse, será muy difícil de frenar. El propio Rodrigo Rato, ex director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), dejaba entrever esta misma posibilidad la pasada semana.

Ahora, la señal de alarma proviene de Morgan Stanley. La entidad financiera acaba de publicar un informe bajo el título ¿Podría surgir de nuevo la hiperinflación? Los analistas ya no descartan ni siquiera esta gran amenaza para el poder adquisitivo de los ciudadanos.

En la actualidad, las principales economías del planeta se dirigen hacia una intensa recesión que, incluso, amenaza con transformarse en depresión (estancamiento durante años) en algunos países como, por ejemplo, EEUU y España. A ello, se añade un escenario deflacionista (caída generalizada de precios) debido a la restricción del crédito, la depreciación de activos, el menor consumo, el desplome de la actividad y la búsqueda desesperada de liquidez por parte de los agentes económicos.

Expansión monetaria de la banca central

Sin embargo, el horizonte podría ser aún más aterrador. La hiperinflación acecha. El estudio analiza la posibilidad de que los precios se disparen en EEUU, Gran Bretaña y gran parte de Europa. Y ello, debido a la expansión monetaria desarrollada hasta el momento por la banca central con el objetivo de salvar al sistema financiero, así como a los rescates públicos aprobados por la gran mayoría de los gobiernos con el fin de rescatar a sus respectivas economías.

El crecimiento de la base monetaria (dinero en circulación) y el excesivo endeudamiento público podrían provocar una “inflación muy elevada o, incluso, una hiperinflación”. Es decir, una subida de precios superior al 50% mensual. No sería la primera vez. Durante las últimas décadas, este proceso ha tenido lugar en numerosos países: Austria, Alemania, Hungría, Polonia o Rusia durante los años 20; o Argentina, Bolivia, Perú,  Brasil, Ucrania y Zimbabue desde los años 50.

La raíz de este problema reside, según el documento, en el “excesivo crecimiento de la oferta monetaria, por lo general a causa de las instrucciones dictadas por los gobiernos a los bancos centrales con el fin de ayudar a financiar el creciente gasto público mediante la creación de dinero rápido”. Es decir, mediante la impresión de billetes para adquirir deuda pública de los distintos gobiernos.

Excesivo endeudamiento público

Precisamente, en las últimas fechas, tanto la Reserva Federal de EEUU como el Banco Central de Inglaterra vienen anunciando la posibilidad de poner en marcha medidas “no convencionales” para reactivar la economía ante el fracaso de las inyecciones de liquidez aplicadas hasta el momento a la banca.

La estrategia consistiría en la compra de deuda pública mediante la impresión de nuevos billetes. De hecho, el Banco Central Europeo (BCE) tampoco descarta esta posibilidad. Y es que, las terapias monetarias de choque se agotan, después de que los principales bancos centrales del planeta iniciaran la rebaja coordinada de tipos hasta niveles próximos al 0%, tal y como avanzó LD.

Morgan Stanley advierte de que si la banca central insiste en esta estrategia de expansión monetaria, la hiperinflación no se puede descartar. El problema es que el crecimiento que presenta la base monetaria en la actualidad carece de precedentes, sobre todo, en EEUU.

El segundo factor de riesgo que identifican estos analistas consiste en que los gobiernos se encuentren con dificultades para financiar sus gigantescos planes de rescate público. Es decir, la posibilidad de que algunos países no puedan colocar toda la emisión de deuda pública que tienen previsto ya que, en ese caso, el coste de la financiación pública se dispararía hasta niveles insostenibles.

Por último, los inversores podrían empezar a desconfiar de la capacidad de algunos gobiernos para poder hacer frente a los pagos de su deuda pública sin tener que recurrir a la impresión de dinero ex novo. En ese caso, el riesgo es que algunos Estados terminen en bancarrota. Todos estos factores, en caso de suceder, podrían generar la temida hiperinflación.

Buscar refugio

No obstante, la entidad advierte de que , “teniendo en cuenta el tamaño de los actuales y futuros problemas económicos y financieros, y dado el tamaño de los estímulos monetarios y fiscales que los bancos centrales y los gobiernos están aplicando, los inversores no deberían descartar este riesgo”. La entidad recomienda, incluso, que se refugien en algún activo que sirva de “seguro” para contrarrestar la pérdida de poder adquisitivo, ahora que “todavía es relativamente barato”.

Tras la caída del muro de Berlín y la descomposición del bloque soviético, los países del Este de Europa se enfrentaron a una situación similar. Entonces, los ciudadanos se refugiaron de la depreciación de sus divisas mediante la compra de dólares en el mercado negro. Sin embargo, en la actualidad, y dado que la hiperinflación podría sacudir también a EEUU, el dólar ya “no sería una opción”. En este sentido, algunos de los clientes más importantes de Merrill Lynch apuestan por la compra de oro.

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