«El ‘trabajo’ es, en su esencia, la actividad no libre, no humana, no social, determinada por la propiedad privada y que crea a la propiedad privada. La superación de la propiedad privada se efectuará solamente cuando ésta sea concebida como superación del ‘trabajo’.»

Karl Marx, sobre el libro «El sistema nacional de la economía política» de Friedrich List, 1845.

Scream, by Munch, desde ciudadredonda.org

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Manifiesto contra el trabajo *

Grupo Krisis, 1999

«El propio capital es la contradicción en proceso, pues tiende a reducir el tiempo de trabajo a un mínimo, mientras que pone, por otro lado, el tiempo de trabajo como única medida y fuente de riqueza (…) Así, por una parte, convoca para la vida a todos los poderes de la ciencia y de la naturaleza, así como de la combinación y del intercambio social para hacer que la creación de la riqueza sea (relativamente) independiente del tiempo de trabajo empleado en ella. Por otro lado, pretende medir esas gigantescas fuerzas sociales, así creadas, por el tiempo de trabajo, y contenerlas dentro de los límites exigidos para mantener como valor el valor ya creado.» (Karl Marx, Grundrisse, 1857-1858)

«El principio moral básico es el derecho del hombre a su trabajo (…) desde mi punto de vista no hay nada más detestable que una vida ociosa. Ninguno de nosotros tiene derecho a esto. La civilización no tiene lugar para los ociosos.» (Henry Ford)

12. El fin de la política

Necesariamente, la crisis del trabajo tiene como consecuencia la crisis del Estado y, por tanto, la de la política. Por principio, el Estado moderno debe su trayectoria al hecho de que el sistema productor de mercancías requiere una instancia superior que le garantice, en el marco de la concurrencia, los fundamentos jurídicos normales y los presupuestos de la valorización –incluyendo un aparato de represión para el caso de que el material humano se insubordine contra el sistema. En su forma madura de democracia de masas, el Estado en el siglo XX precisaba asumir, de forma creciente, tareas socioeconómicas: a esto no sólo pertenece la red social, sino también la salud y la educación, la red de transporte y comunicación, infraestructuras de toda clase que son indispensables para el funcionamiento de la sociedad del trabajo industrial y que no pueden ser propiamente organizadas como proceso de valorización industrial. Pues como infraestructuras necesitan estar permanentemente a disposición en el ámbito de la sociedad total y cubriendo todo el territorio. Por tanto, no pueden seguir las coyunturas del mercado de la oferta y la demanda. Como el Estado no es una unidad de valorización autónoma, él mismo no transforma trabajo en dinero, y debe sacar dinero del proceso real de la valorización. Agotada la valorización, se agotan también las finanzas del Estado. El supuesto soberano social se presenta totalmente dependiente frente a la economía ciega y fetichizada de la sociedad del trabajo. Puede legislar cuanto quiera; cuando las fuerzas productivas superan el sistema de trabajo, el derecho estatal positivo, el cual sólo puede relacionarse siempre con sujetos del trabajo, se desvanece.

Con el creciente desempleo de masas, se agotan las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre los rendimientos del trabajo. Las redes sociales se rompen después que se alcanza una masa crítica de «superfluos», que sólo pueden ser alimentados de modo capitalista a través de la redistribución de otros rendimientos monetarios. En la crisis, con el proceso acelerado de concentración del capital, que sobrepasa las fronteras de las economías nacionales, son excluidas también las rentas estatales provenientes de los impuestos sobre las ganancias de las empresas. Los monopolios transnacionales obligan a los Estados que compiten por inversiones a hacer dumping fiscal, social y ecológico.

Es precisamente este desarrollo el que que hace que el Estado democrático se transforme en mero administrador de la crisis. Cuanto más se acerca al desastre financiero, tanto más se reduce a su núcleo represivo. Las infraestructuras se limitan a las necesidades del capital transnacional. Como antiguamente en los territorios coloniales, la logística se limita, crecientemente, a algunos centros económicos; en cuanto al resto, queda abandonado. Lo que puede ser privatizado se privatiza, aunque cada vez más personas queden excluidas de los servicios de abastecimiento más elementales. Donde la valorización del capital se concentra en un número cada vez más reducido de islas del mercado mundial, ya no interesa el abastecimiento que cubra todo el territorio.

En cuanto no afecta directamente a esferas relevantes para la economía, no interesa si los trenes funcionan o si las cartas llegan. La educación se convierte en un privilegio de los vencedores de la globalización. La cultura intelectual, artística y teórica es remitida a los criterios de mercado y tolera a unos pocos. La salud no es financiable y se divide en un sistema de clases. Primero sin prisa y veladamente, después de manera abierta, se impone la ley de la eutanasia social: porque eres pobre y «superfluo», tienes que morir antes.

Después de entrar en vigor la ley irracional de la sociedad del trabajo, objetivada como «restricción financiera», todos los conocimientos, habilidades y medios de la medicina, la educación y la cultura que se hallaban abundantemente a disposición como infraestructura general son clausurados bajo siete llaves, siendo desmovilizados y vendidos como chatarra –siguiendo el ejemplo de los medios de producción industriales y agrarios que ya no se consideran rentables. El Estado democrático, transformado en un sistema de apartheid, ya no tiene nada que ofrecer a sus ex ciudadanos de trabajo más allá de la simulación represiva del trabajo, bajo formas de trabajo coercitivo y barato, con reducción de todos los beneficios. En un momento más avanzado, el Estado se desmorona totalmente.

El aparato del Estado se asilvestra bajo la forma de una cleptocracia corrupta, los militares bajo la de un bando bélico mafioso, y la policía bajo la del asaltante callejero. Este desarrollo no puede ser frenado por medio de ninguna política y aún menos revertirse. Pues la política es en su esencia una acción relacionada con el Estado que se vuelve, dentro de las condiciones de desestatización, sin objeto. La fórmula de la democracia izquierdista de la «configuración política» se hace, día tras día, más ridícula. Fuera de la represión infinita, la destrucción de la civilización y el auxilio al «terror de la economía», ya no hay nada que «configurar». Como el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo es el supuesto axiomático de la democracia política, no puede haber ninguna regulación política democrática para la crisis del trabajo. El fin del trabajo se transforma en el fin de la política.

Una obra de Hisashi Tenmyouya, desde rogerhiyane.com

Una obra de Hisashi Tenmyouya, desde rogerhiyane.com

13. La simulación casino-capitalista de la sociedad del trabajo
La conciencia social dominante se engaña sistemáticamente sobre la verdadera situación de la sociedad del trabajo. Las regiones de colapso son ideológicamente excomulgadas, las estadísticas del mercado de trabajo descaradamente falsificadas, las formas de pauperización disimuladas por los media. La simulación es, sobre todo, la característica central del capitalismo en crisis. Esto vale también para la propia economía. Si por lo menos en los países centrales occidentales parecía hasta ahora que el capital sería capaz de acumularse incluso sin trabajo, y que la forma pura del dinero sin sustancia podría garantizar la continua valorización del valor, esta apariencia se debe a un proceso de simulación de los mercados financieros. Como reflejo de la simulación del trabajo mediante medidas coercitivas de la administración democrática del trabajo, se formó una simulación de la valorización del capital mediante la desconexión especulativa del sistema crediticio y de los mercados accionarios de la economía real.

La utilización de trabajo presente es sustituida por la usurpación de la utilización de trabajo futuro, el cual nunca se realizará. Se trata, en cierto modo, de una acumulación de capital en un ficticio «futuro del subjuntivo». El capital-dinero, que ya no puede ser reinvertido de manera rentable en la economía real y que, por eso, no puede absorber más trabajo, tiene que desviarse forzosamente hacia los mercados financieros.

Ya el impulso fordista de la valorización, en los tiempos del «milagro económico» después de la Segunda Guerra, no era totalmente autosustentable. Más allá de sus ingresos fiscales, el Estado tomó créditos en cantidades hasta entonces desconocidas, puesto que las condiciones estructurales de la sociedad del trabajo ya no eran financiables de otra manera. El Estado empeñó todos sus ingresos reales futuros. De esta manera surgió, por un lado, una posibilidad de inversión capitalista financiera para el capital-dinero «excedente» –se prestaba al Estado con intereses. El Estado pagaba los intereses con nuevos empréstitos y reenviaba inmediatamente el dinero prestado al circuito económico. Por otro lado, financiaba los costos sociales y las inversiones de infraestructura, creando una demanda artificial, en el sentido capitalista, por tanto sin la cobertura de ningún gasto productivo de trabajo. El boom fordista fue prolongado así más allá de su propio alcance, en la medida en que la sociedad del trabajo sangraba su propio futuro.

Este proceso simulativo del proceso de valorización, aún aparentemente intacto, ya alcanzó sus límites junto con el endeudamiento estatal. No sólo en el Tercer Mundo, sino también en los centros, las «crisis de la deuda» estatales no permitirán más la expansión de este procedimiento. Este fue el fundamento objetivo para el avance victorioso de la desregulación neoliberal que, conforme a su ideología, sería acompañada de una reducción drástica de la aportación estatal en el producto social. En verdad, la desregulación y la reducción de las obligaciones del Estado están compensadas por los costos de la crisis, aunque sea bajo la forma de costos estatales de represión y simulación. En muchos Estados, la aportación estatal incluso aumenta.

Pero la acumulación subsecuente del capital ya no puede ser simulada a través del endeudamiento estatal. Por eso se transfiere, desde los años 80, la creación complementaria de capital ficticio a los mercados de acciones. Allí, desde hace tiempo, no se trata más de dividendos, de la participación en las ganancias de la producción real, sino más bien de ganancias de cotización, por el aumento especulativo del valor de los títulos de propiedad en escalas astronómicas. La relación entre la economía real y el movimiento especulativo del mercado financiero se invirtió completamente. El aumento especulativo de la cotización ya no anticipa la expansión de la economía real, sino que, al contrario, el ascenso de la creación ficticia de valor simula una acumulación real que ya no existe.

El dios-trabajo está clínicamente muerto, pero recibe respiración artificial a través de la expansión aparentemente autonomizada de los mercados financieros. Hace tiempo que las empresas industriales tienen ganancias que no resultan de la producción y venta de productos reales –lo cual se ha convertido en un negocio deficitario–, sino de la participación en la especulación de acciones y divisas elaborada por un departamento financiero «experto». Los presupuestos públicos muestran ingresos que no derivan de impuestos o tomas de créditos, sino de la participación aplicada de la administración financiera en los mercados de casino. Los presupuestos privados, en los cuales los ingresos reales de salarios se han reducido dramáticamente, consiguen mantener todavía un consumo elevado a través de los préstamos de las ganancias en los mercados accionarios. Se crea así una nueva forma de demanda artificial que, a su vez, tiene como consecuencia una producción real y unos ingresos estatales reales «sin suelo para los pies».

De esta manera, la crisis económica mundial está siendo aplazada por el proceso especulativo; pero como el aumento ficticio del valor de los títulos de propiedad sólo puede ser una anticipación de la utilización o futuro gasto real de trabajo (en la escala astronómica correspondiente) –lo que ya no ocurrirá–, entonces el engaño objetivado será desenmascarado necesariamente, después de un cierto período de incubación. El colapso de los emerging markets de Asia, América Latina y el Este europeo ofreció apenas el primer sabor. Es sólo cuestión de tiempo el que colapsen los mercados financieros de los EE.UU., la Unión Europea y Japón.

Este contexto es percibido de una forma totalmente distorsionada en la conciencia fetichizada de la sociedad del trabajo y, principalmente, en la de los «críticos del capitalismo» tradicionales de la izquierda y la derecha. Fijados en el fantasma del trabajo, que fue ennoblecido en cuanto condición existencial suprahistórica y positiva, confunden sistemáticamente causa y efecto. El aplazamiento temporal de la crisis, por la expansión especulativa de los mercados financieros, aparece así de manera invertida como supuesta causa de la crisis. Los «especuladores malvados», así llamados a la hora del pánico, arruinan a toda la sociedad del trabajo porque gastan el «buen dinero» que «existe de sobra» en el casino, en vez de invertirlo de una manera sólida y bien educada en maravillosos «puestos de trabajo», a fin de que una humanidad loca por el trabajo pueda tener su «pleno empleo».

Simplemente no entra en estas cabezas, en modo alguno, que la especulación hizo que las inversiones reales se detuvieran, aunque éstas ya se convirtieron en no rentables en el decurso de la tercera revolución industrial, y el alza especulativa es sólo un síntoma de ello. El dinero que aparentemente circula en cantidades infinitas ya no es, incluso en el sentido capitalista, un «buen dinero», sino apenas «aire caliente» con el que se levantó la burbuja especulativa. Cada intento de reventar esta burbuja por medio de cualquier proyecto de medida fiscal (tasa Tobin, etc.) para dirigir nuevamente el capitaldinero hacia los engranajes pretendidamente «correctos» y reales de la sociedad del trabajo, sólo puede llevar a malgastarla más rápidamente.

En vez de comprender que todos nosotros nos convertiremos incesantemente en no rentables, y que por ello se deben atacar tanto el propio criterio de rentabilidad como los fundamentos de la sociedad del trabajo, prefieren satanizar a los «especuladores». Esta imagen barata del enemigo es cultivada al unísono por los radicales de la derecha y los autónomos de la izquierda, funcionarios sindicalistas pequeñoburgueses y nostálgicos keynesianos, teólogos sociales y presentadores de talk shows, en suma, por todos los apóstoles del «trabajo honrado». Pocos son conscientes de que de aquí a la removilización de la locura antisemita sólo hay un pequeño paso. Apelar al capital real «productivo» y de «sangre nacional» contra el capital-dinero «judaico», internacional y usurero, amenaza con ser la última palabra de la «izquierda de los puestos de trabajo», intelectualmente perdida. De cualquier manera, ésta ya es la última palabra de la «derecha de los puestos de trabajo», desde siempre racista, antisemita y antiamericana.

El carro de heno, de El Bosco, desde arteyartistas.files.wordpress.com

El carro de heno, de El Bosco, desde arteyartistas.files.wordpress.com

«Se ha comprobado que de acuerdo con las leyes inevitables de la naturaleza humana algunos hombres están expuestos a la necesidad. Éstas son las personas infelices que en la gran lotería de la vida sacaron la mala suerte.» (Thomas Robert Malthus)

16. La superación del trabajo

La ruptura categorial con el trabajo no encuentra ningún campo social inmediato y objetivamente determinado, como en el caso de la lucha de intereses limitada e inmanente al sistema. Se trata de la ruptura con una falsa normatividad objetivada de una «segunda naturaleza», por tanto no de la repetición de una ejecución casi automática, sino de una concientización negadora –rechazo y rebelión sin ninguna «ley de la historia» como apoyo. El punto de partida no puede ser ningún nuevo principio abstracto general, sino sólo el asco ante la propia existencia en cuanto sujeto del trabajo y de la competencia, y el repudio categórico del deber de continuar «funcionando» en un nivel cada vez más miserable.

A pesar de su predominio absoluto, el trabajo nunca consiguió extinguir totalmente la repugnancia contra las coerciones impuestas por él. Al lado de todos los fundamentalismos regresivos y de todos los desvaríos de competencia de la selección social, existe también un potencial de protesta y resistencia.

El malestar en el capitalismo está masivamente presente, pero es reprimido en el subsuelo sociopsíquico. No se apela a este malestar. Por eso es necesario un nuevo espacio libre intelectual para poder tornar pensable lo impensable. El monopolio de interpretación del mundo por el campo del trabajo debe ser roto. La crítica teórica del trabajo recibe así un papel de catalizador. Ésta tiene el deber de atacar frontalmente las prohibiciones dominantes del pensar; y expresar, abierta y claramente, aquello que nadie se atreve a saber, pero que muchos sienten: la sociedad del trabajo ha llegado definitivamente a su fin. Y no hay la menor razón para lamentar su agonía.

Sólo la crítica del trabajo formulada expresamente y el debate teórico correspondiente pueden crear aquella nueva contra-esfera pública, que es un presupuesto indispensable para construir un movimiento de práctica social contra el trabajo. Las disputas internas al campo del trabajo se agotarán y se volverán cada vez más absurdas. En consecuencia, es más urgente redefinir las líneas de conflictos sociales en las cuales pueda formarse una unión contra el trabajo.

Se hace preciso esbozar en líneas generales cuáles son las directrices posibles para un mundo más allá del trabajo. El programa contra el trabajo no se alimenta de un cánon de principios positivos, sino a partir de la fuerza de la negación. Si la imposición del trabajo fue acompañada por una larga expropiación del hombre de las condiciones de su propia vida, entonces la negación de la sociedad del trabajo sólo puede consistir en que los hombres se reapropien de su relación social en un nivel histórico superior. Por eso, los enemigos del trabajo desean ardientemente la constitución de uniones mundiales de individuos libremente asociados, para que arranquen de la máquina de trabajo y valorización que gira en falso los medios de producción y de existencia, tomándolos en sus propias manos. Solamente en la lucha contra la monopolización de todos los recursos sociales y potenciales de riqueza por las fuerzas alienantes del mercado y el Estado pueden ser ocupados los espacios sociales de emancipación.

También la propiedad privada debe ser atacada de un modo diferente y nuevo. Para la izquierda tradicional, la propiedad privada no era la forma jurídica del sistema productor de mercancías, sino sólo un poder de «disposición» ominoso y subjetivo de los capitalistas sobre los recursos. Así, pudo aparecer la idea absurda de querer superar la propiedad privada en el terreno de la producción de mercancías. Entonces, como oposición a la propiedad privada, apareció generalmente la propiedad estatal («estatización»). Pero el Estado no es otra cosa que la asociación coercitiva exterior o la universalidad abstracta de productores de mercancías socialmente atomizados, y la propiedad estatal sólo una forma derivada de la propiedad privada, tanto da si con el adjetivo de socialista o sin él.

En la crisis de la sociedad del trabajo, tanto la propiedad privada como la propiedad estatal resultan obsoletas porque las dos formas de propiedad presuponen del mismo modo el proceso de valorización. Por eso los correspondientes medios materiales quedan crecientemente en «barbecho» o presos. Funcionarios estatales, empresariales y jurídicos vigilan celosamente para que esto continúe así y para que los medios de producción antes se pudran que sean utilizados para otro fin. La conquista de los medios de producción por asociaciones libres contra la administración coercitiva estatal o jurídica sólo puede significar que esos medios de producción ya no serán movilizados bajo la forma de producción de mercancías para mercados anónimos.

En lugar de la producción de mercancías, se introduce la discusión directa, el acuerdo y la decisión conjunta de los miembros de la sociedad sobre el uso sensato de los recursos. La identidad institucional social entre productores y consumidores, impensable bajo el dictado del fin en sí mismo capitalista, será construida. Las instituciones alienadas por el mercado y por el Estado serán sustituidas por el sistema en red de consejos, en los cuales las libres asociaciones, de escala barrial a mundial, determinan el flujo de recursos conforme a los puntos de vista de la razón sensible social y ecológica.

Ya no es más el fin en sí mismo del trabajo y de la «ocupación» el que determina la vida, sino una organización de la utilización sensata de las posibilidades comunes, que no estarán dirigidas por una «mano invisible» automática, sino por una acción social consciente. La riqueza producida es apropiada directamente según las necesidades, no según el «poder de compra». Junto con el trabajo, desaparece la universalidad abstracta del dinero, tal como la del Estado. En lugar de naciones separadas, una sociedad mundial que ya no necesita fronteras y en la cual todas las personas pueden desplazarse libremente y exigir en cualquier lugar el derecho de permanencia universal.

La crítica del trabajo es una declaración de guerra contra el orden dominante, sin la coexistencia de terrenos acotados con sus respectivas coerciones. El lema de la emancipación social sólo puede ser: ¡Tomemos lo que necesitamos! ¡No nos arrastremos más de rodillas bajo el yugo de los mercados de trabajo y de la administración democrática de la crisis! El supuesto de esto es el control ejercido por nuevas formas sociales de organización (asociaciones libres, consejos) sobre las condiciones de reproducción de toda la sociedad. Esta pretensión diferencia fundamentalmente a los enemigos del trabajo de todos los políticos de cotos y de todos los espíritus mezquinos de un socialismo de colonias de pequeñas huertas.

El dominio del trabajo escinde al individuo humano. Separa al sujeto económico del ciudadano, al animal de trabajo del hombre de tiempo libre, la esfera pública abstracta de la esfera privada abstracta, la masculinidad producida de la feminidad producida, oponiendo así al individuo aislado su propia relación social como un poder extraño y dominador. Los enemigos del trabajo anhelan la superación de esa esquizofrenia mediante la apropiación concreta de la relación social por hombres conscientes, que actúan de manera autorreflexiva.

* Fragmentos del documento accesible en http://www.hommodolars.org/web/IMG/pdf/manifiesto-contra-el-trabajo.pdf. Este texto fue tomado de la edición en portugués de la revista Krisis (Alemania) http://www.krisis.org. E-mail: ntrenkel@aol.com La publicación original (Manifest Gegen Arbeit) es de junio de 1999. Traducción portuguesa: Heinz Dieter Heidemann, con la colaboración de Claudio Roberto Duarte, para Cadernos do Labur, nº 2 (Laboratorio de Geografía Urbana/Departamento de Geografia/Universidad de San Pablo). Contactos: labur@edu.usp.br
Traducción del portugués: R. D.

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Esta entrada fue creada el Viernes, mayo 1st, 2009 a las 10:10 pm y está archivada bajo la Categoría Entradas, Esenciales. Puedes seguir las respuestas con el feed RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta, o trackback desde tu propio site.


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