Archivo para Octubre, 2010

El Roto lo vio y lo cuenta, desde escombrismo.blogspot.com

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DISCURSO HISTÓRICO DE MERVYN KING

El gobernador del Banco de Inglaterra apoya “eliminar la reserva fraccionaria”

El gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, critica Basilea III y apuesta por medidas “más radicales”, entre ellas, “eliminar la reserva fraccionaria”. El Parlamento británico debate restaurar la reserva 100% en los depósitos bancarios.

Libertad Digital
nocturnar.com, 28.10.10

Atención a las medidas que propone el dirigente del banco central británico. “De todas las formas posibles de organizar la banca, el sistema que tenemos hoy es, con mucho, el peor”. Ésta es tan sólo una de las perlas que soltó King durante su intervención en The Economist’s Buttonwood Gathering, celebrado el pasado lunes en Nueva York.

Tras recordar que el banco Northern Rock, nacionalizado por el Gobierno británico tras el estallido de la crisis financiera en 2007, era considerado una de las entidades más solventes del mundo bajo los criterios impuestos por Basilea II (normativa bancaria internacional), cargó con una dureza inusitada contra los nuevos requisitos que pretende imponer Basilea III.

Así, en su discurso, si bien tildó como algo positivo el endurecimiento de los criterios de solvencia y el aumento de los requisitos de capital que prevé implantar este nuevo acuerdo, calificó de “insuficiente” la reforma, ya que “Basilea III, por sí sola, no impedirá otra crisis” financiera. Por ello, King defendió ir mucho más allá, mediante la implantación de “medidas más radicales”.

En primer lugar, separar por completo la banca minorista (comercial) de la banca de inversión. Se trataría, pues, de restaurar la ley Glass-Steagall, tal y como proponía el ex banquero central Paul Volcker para reformar la banca de EEUU -aunque quedó algo diluida en el texto definitivo aprobado por el Congreso de EEUU-. En esencia, esta medida consiste en limitar la especulación bursátil de la banca (trading por cuenta propia) usando el dinero de los depósitos, operaciones que representan gran parte de las ganancias bancarias, y que King se atrevió a calificar como “alquimia financiera”.

Asimismo, abogó por exigir unas ratios de capital muy superiores a los marcados en Basilea III el pasado septiembre. Tras meses de intensas negociaciones, los reguladores financieros de los 27 países miembros que forman el Comité de Supervisión Bancaria acordaron en Suiza elevar la ratio mínima de capital (Tier 1) desde el 2% vigente hasta un total del 7%.

El Tier 1 mide los fondos propios de un banco (capital más los beneficios retenidos) con los activos (créditos), ajustados por su grado de riesgo. Basilea III obliga a aumentar las reservas bancarias (colchón) con el fin de hacer frente a un mayor volumen de pérdidas y deterioro de activos, tratando así de garantizar la solvencia de las entidades. Pero King consideró que es insuficiente y defendió elevar mucho más las ratios de capital exigidas a las entidades. Recordó que los activos más líquidos en poder de los bancos tan sólo representan ahora el 2% frente al 33% de décadas anteriores.

De este modo, su intervención se centró, sobre todo, en criticar la suavidad y tibieza de Basilea III. Fue entonces cuando, ante un auditorio sorprendido, comenzó a desgranar posibles medidas “más radicales” a tener en cuenta a fin de evitar en el futuro crisis financieras como la actual.

Por encima de todas ellas destacó, sobre todo, una: “Eliminar la reserva fraccionaria”, esto es, la vieja práctica por la que los bancos emplean los depósitos a la vista (cuentas corrientes) para conceder préstamos a medio o largo plazo, exacerbando así el temido descalce de plazos, raíz y origen de la crisis financiera. King se mostró, pues, favorable a reformar la reserva fraccionaria, base del sistema financiero moderno desde hace más de un siglo.

King parece tomar en consideración la propuesta presentada en el Parlamento británico el pasado septiembre, consistente en restaurar la reserva 100% en los depósitos bancarios, Tal y como avanzó Libertad Digital, Steve Baker y Douglas Carswell, diputados conservadores de la Cámara, defendieron una reforma financiera inédita, basada en las propuestas del economista español Jesús Huerta de Soto, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos.

La idea consiste, básicamente, en limitar la reserva fraccionaria de la banca. Es decir, el privilegio legal por el cual una entidad puede prestar los depósitos a la vista de sus clientes, expandiendo así el crédito. Y es que, un banco tan sólo está obligado por ley a conservar en caja el 2% de los depósitos a la vista para pagar a los clientes que deseen retirarlo, el resto lo presta una y otra vez.

Así, por ejemplo, cuando un cliente deposita 100 euros en una cuenta a la vista (cuenta corriente), su dinero, en realidad, se esfuma ya que, automáticamente, la entidad está autorizada legalmente por el gobierno para prestar hasta el 98% de esa cantidad. Esos 98 euros son, a su vez, depositados en otra cuenta y, nuevamente prestados a otro cliente con tal de reservar el 2% (coeficiente de caja), y así sucesivamente en un proceso que puede repetirse hasta 50 veces, aumentando de forma exponencial la oferta monetaria (expansión crediticia).

Descalce de plazos

La reforma de Baker y Carswell trata de restaurar la Ley de Peel de 1844, sólo que extendiéndola a los depósitos bancarios. Aunque, según otros analistas, esta propuesta por sí sola no podría eliminar al 100% el dañino descalce de plazos, supone una auténtica revolución y mejoraría sustancialmente la solvencia bancaria, tal y como explica Juan Ramón Rallo. King estudia ahora esta posibilidad, si bien es cierto que la unanimidad respecto a ésta y otras medidas brilla por su ausencia en el seno del Banco de Inglaterra. Pese a todo, ya es un hito que un banquero central simplemente considere viable esta opción.

“La respuesta al problema es probable que sea muy simple. Los bancos deben financiarse mediante activos mucho más sólidos en lugar de deuda a corto plazo. Mucha, mucha menos deuda a corto plazo… Las inversiones arriesgadas no pueden ser financiadas de otro modo”. King se refiere aquí al verdadero talón de Aquiles del actual sistema financiero: bancos que se endeudan a muy corto plazo (mediante depósitos a la vista o la venta de bonos y cédulas hipotecarias a tres o cinco años) e invierten a muy largo plazo (concesión de hipotecas a 30 años).

La carta de King

En cuanto a su postura concreta respecto a la reserva fraccionaria, King es mucho más claro en privado. Así, en una reciente carta privada, el gobernador indica que se muestra “favorable” a extender la Ley de Peel a los depósitos a la vista, aunque recuerda que no quiere “perjudicar el resultado de las deliberaciones de la Comisión de la Banca”, el grupo de expertos que en la actualidad debate la reforma financiera británica.

Según los analistas, el mensaje de King es el siguiente: “Estoy de acuerdo en que, probablemente, se debería impedir a los bancos la creación de dinero” mediante la citada expansión del crédito (el crédito cuenta como dinero en circulación). “Pero no depende de mí decidirlo” sino de la “Comisión Bancaria”. Independientemente del resultado final del debate lo relevente es que, por primera vez, un banquero central en ejercicio cuestiona la reserva fraccionaria. Algo inédito, un hito histórico.

http://www.nocturnar.com

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Con sonantes vocales, by Charis Tsevis, from agaudi.wordpress.com

Con sonantes vocales, by Charis Tsevis, from agaudi.wordpress.com

Intervención en la 3ª edición de los oXcars

Escribo con dedos analógicos palabras digitales

Por Belén Gopegui
EXGAE/ Rebelión, 31.10.10

“Se aguarda un colapso y el trigo apenas crece… pero no tengo miedo”

Escribo con dedos analógicos palabras digitales. Escribo desde los arrabales de la legalidad, perseguida por quienes hace ya varios años instauraron las tarifas premium en el lenguaje y pretendieron que los escritores aceptásemos esta nueva privatización de lo común, este expolio. Las tarifas básicas permiten solamente adjetivaciones obvias: folio blanco, labios rojos. Cualquier juntura de palabras que proyecte una luz diferente sobre la realidad exige un pago.

Mis dedos necesitan sueño y alimento, los atraviesa la sangre, se cansan, mueren y escriben sin embargo palabras que son bits, que no se gastan: algo de esto se hace visible mediante la expresión “mis dedos analógicos” pero no puedo, según las nuevas leyes, usarla con una cuota de menos de doscientos euros al mes. También los tiempos de los verbos han sido sometidos. Lo primero que prohibieron a los usuarios de la tarifa básica fue el subjuntivo, el tiempo de los deseos y la crítica, el que permite enunciar hipótesis: qué habría, por ejemplo, sucedido si quiénes hoy tarifican la sintaxis hubieran comprendido que las historias, las canciones, los sueños, no les pertenecen, ni tampoco la red.

Todavía no se atreven a reclamar la propiedad del lenguaje pero afirman poseer los soportes. Sólo mis cuerdas vocales podrían sostener esto que os digo ahora sin que nadie me obligue a pagar por ello, sólo los cuerpos: en el instante en que un cable o una onda radioeléctrica intervienen comienza la tarificación y hay que pagar por franjas que dan derecho o no al futuro imperfecto, a la metáfora.

Por eso escribo desde los arrabales de la ilegalidad. No sé qué día darán conmigo, entonces embargarán mi ordenador, mi cama, mis bolígrafos, y después me llevarán a mí. Hubo algunos colegas que aceptaron las primeras fronteras, la acumulación primitiva del idioma por unas pocas empresas pensando que sólo de este modo su trabajo sería retribuido.

Se equivocaban; quien escribe no inventa, el lenguaje es de todos, la comunidad escribe a través del individuo y no a la inversa y lo único que sí nos pertenece es el tiempo análogico, el tiempo separado en que estuvimos armando las historias mientras otros subían escaleras o persianas. Por ese tiempo podríamos los artistas, electricistas, banqueros, programadoras ser retribuidos con igualdad. Por los dedos que se gastan, las vértebras y el hígado. El resto es común, como también comunes debieran ser las vías que transportan pensamiento e imaginación. Sólo el tiempo ha de remunerarse para que todos vivan, nunca la propiedad.

Durante años han tratado lo analógico como si fuera digital, y los ríos, la sangre, el mar o la energía como si no se gastaran, como si los átomos no pudieran recibir daño y el agua perder la posibilidad de albergar vida. Durante años pareció que el dinero analógico era digital, que cuando alguien sacaba su tarjeta y la pasaba sólo eran números los que se movían, bits infinitos y no el sudor finito de los cuerpos.

Pero con ese sudor pagamos, eso nos cobran. Las anotaciones contables son registros de espaldas y ojos fatigados. Sale un hombre de una reunión del consejo de administración y, por un trabajo de tres horas, recibe no cien mil euros digitales sino lechos en donde yacen las vidas y los órganos que se consumieron trabajando para producir esos cien mil a razón de cuatrocientos, o menos, al mes.

La tarifa básica no me permite citar letras de canciones. Desde los arrabales de la ilegalidad las cito y pido que recuerdes, London calling, The Clash: “Londres llamando a las ciudades lejanas, ahora que se ha declarado la guerra y viene la batalla …Londres llamando al inframundo… la era del hielo se acerca, el sol se hace más fuerte, se aguarda un colapso y el trigo apenas crece… pero no tengo miedo”.

Escribo con dedos analógicos, las venas se han hecho más azules, la piel desprende células a diario, los huesos empiezan a tener sus torceduras y sé que cuando me impidan usarlos otros vendrán. Londres llamando al inframundo, salid quienes creéis que sólo han regulado el uso del lenguaje para obtener más dinero, no, no es sólo por eso: el lenguaje es digital y no se gasta, sin embargo los hombres y mujeres analógicos que no lo usan pierden rectitud, inteligencia.

Hasta el momento han limitado los tiempos de los verbos, la objeción de las adversativas, algunas junturas de palabras y casi todas las metáforas. Cuando ya no sepamos decir lo que nos pasa, a qué se parece lo que sentimos, empezará la lista de palabras concretas, prohibirán verdad pero también compartir, innegociable, magenta, revolución.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=115814

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Strawberry cru, Bruce Evans, corrie wanson images, flickr.com

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En el camino de la insurgencia global

Declinación del capitalismo, fin del crecimiento global, ilusiones imperiales y periféricas, alternativas.

Por Jorge Beinstein
Espai Marx
rebelion.org, 28.10.10

Primer Encuentro Internacional sobre “El derecho de los pueblos a la rebelión” Caracas 7-8-9 de Octubre de 2010, día del guerrillero heroico

Las fanfarronerías de los lejanos años 1990 acerca del mileno capitalista-neoliberal han pasado a ser curiosidades históricas, tal vez sus últimas manifestaciones (ya a la defensiva) han sido las campañas mediáticas que nos señalaban el pronto fin de las “turbulencias financieras” y el inmediato retorno de la marcha triunfal de la globalización.

Ahora, al comenzar el último trimestre de 2010 las expectativas optimistas de los altos mandos del planeta (jefes de estado, presidentes de bancos centrales, gurúes de moda y demás estrellas mediáticas) van dando paso a un pesimismo abrumador. Se habla de trayectoria de las economías centrales en forma de W como si después del desinfle iniciado en 2007-2008 hubiera ocurrido una verdadera recuperación a la que ahora seguiría una segunda caída y a cuyo término llegaría la expansión durable del sistema, algo así como una segunda penitencia que permitiría a las élites purgar sus pecados (financieros) y retomar el camino ascendente.

La «recuperación» no ha sido otra cosa que un alivio efímero obtenido gracias a una sobredosis de “estímulos” que prepararon las condiciones para una recaída que se anuncia terrible. Porque el enfermo no tiene cura, su enfermedad no es la consecuencia de un accidente, de un mal comportamiento o del ataque de algún virus (que la súper ciencia de la civilización más sofisticada de la Historia podrá más temprano que tarde controlar) sino del paso del tiempo, del envejecimiento irreversible que ha ingresado en la etapa senil.

La modernidad capitalista ya casi no tiene horizonte de referencia, su futuro visible se retrae a una velocidad inesperada, su posible supervivencia aparece bajo la forma de escenarios monstruosos marcados por militarizaciones, genocidios y destrucciones ambientales cuya magnitud no tiene precedentes en la historia humana.

El capitalismo ha llegado a ser finalmente mundial en el sentido más riguroso del término, ha conseguido llegar hasta los rincones más escondidos. En ese sentido puede afirmarse que la civilización burguesa de raíz occidental es hoy la única civilización del planeta (incluyendo adaptaciones culturales muy diversas). Pero la victoria de la globalización llega en el mismo momento en que comienza su decadencia, dicho de otra manera, si miramos a este comienzo de siglo desde el largo plazo la concreción del dominio planetario del capitalismo aparece como el primer paso de su decadencia, en consecuencia la condición necesaria pero no suficiente para la emergencia del post capitalismo ya está instalada.

Estamos ingresando en una nueva era caracterizada por el enfriamiento del capitalismo global y los fracasos para relanzar a las economías imperialistas que coinciden con el empantanamiento de la guerra colonial de Eurasia. En esa zona los Estados Unidos y sus aliados están sufriendo un desastre geopolítico que presenta en una primera aproximación la imagen de un Imperio acorralado. Pero por debajo de esa imagen se desarrolla un sordo proceso de redespliegue imperialista, de nueva ofensiva apoyada en su aparato militar y un amplio abanico de dispositivos comunicacionales e ideológicos que lo acompañan.

Los Estados Unidos van configurando sobre la marcha una renovada estrategia global, política de Estado cuyos primeros pasos fueron dados hacia el fin de la presidencia de George W. Bush y que tomó cuerpo con la llegada de Obama a la Casa Blanca. El Imperio decadente -al igual que otros imperios decadentes del pasado- busca superar su declinación económica utilizando al máximo lo que considera su gran ventaja comparativa: el dispositivo militar. Su agresividad aumenta al ritmo de sus retroceso industriales, comerciales y financieros, sus delirios militaristas son la compensación psicológica de sus dificultades diplomáticas y económicas y alienta el desarrollo de peligrosas aventuras, de masacres periféricas, de emergencias neofascistas.

La nueva estrategia implica el lanzamiento de una combinación de acciones militares, comunicacionales y diplomáticas destinada a hostigar a enemigos y competidores, provocar disputas y desestabilizaciones apuntando hacia conflictos y situaciones más o menos caóticas capaces de debilitar a potencias grandes y medianas y a partir de allí restaurar posiciones de fuerza actualmente en declive. Extensión de la agresión contra Afganistán-Pakistán, amenazas (y preparativos) de guerra contra Irán, contra Corea del Norte, provocación de contradicciones entre Japón y China, etc.

También desde el fin de la era Bush se desarrollan grandes ofensivas sobre Africa y especialmente sobre América Latina, el tradicional patio trasero hoy atravesado por gobiernos izquierdizantes, más o menos progresistas que han terminado por conformar un espacio relativamente independiente del amo colonial. Allí la ofensiva norteamericana aparece como un conjunto de acciones concertadas con fuerte dosis de pragmatismo destinadas a recontrolar a la región. Su esencia queda al descubierto cuando detectamos su objetivo, no se trata ahora principalmente de ocupar mercados, dominar industrias, extraer beneficios financieros, ya no estamos en el siglo XX.

La mira imperial apunta hacia recursos naturales estratégicos (petróleo, grandes territorios agrícolas como productores de biocombustibles, agua, litio, etc.), en muchos casos las poblaciones locales, sus instituciones, sindicatos y más en general el conjunto de sus entramados sociales constituyen obstáculos, barreras a eliminar o a reducir al estado vegetativo (en ese sentido lo ocurrido en Irak puede ser considerado un caso ejemplar).

Es necesario tomar conciencia de que el poder imperial ha puesto en marcha una estrategia de conquista de largo plazo del estilo de la que implementó en Eurasia, se trata de una tentativa depredadora-genocida cuyo único precedente comparable en la región es lo ocurrido hace quinientos años con la conquista colonial. El fenómeno es tan profundo e inmenso que se torna casi invisible para las miradas progresistas maravilladas con los éxitos fáciles obtenidos durante la década pasada.

Los progresistas buscan y buscan vías de negociación, equilibrios “civilizados” deambulando de fracaso en fracaso porque el interlocutor racional a sus propuestas sólo existe en su imaginación. Hoy el sistema de poder del imperio se apoya en una “razón de Estado” fundada en la desesperación, producida por un cerebro senil, en última instancia razón delirante que ve a los acuerdos, a las negociaciones diplomáticas o a las maniobras políticas de sus propios aliados-lacayos como puertas abiertas para sus planes agresivos. Lo único que realmente le interesa es recuperar territorios perdidos, desestabilizar los espacios no controlados, golpear y golpear para volver a golpear, su lógica se monta sobre una ola de reconquista cuya magnitud suele a veces desbordar a los propios estrategas imperiales (y por supuesto a una amplia variedad de dirigentes políticos norteamericanos).

Pero el imperio está enfermo, es gigantesco pero está plagado de puntos débiles, el tiempo es su enemigo, aporta nuevos males económicos, nuevas degradaciones sociales y amplifica las áreas de autonomía y rebelión.

Agotamiento de los estímulos

Hacia fines de 2010 presenciamos el agotamiento de los estímulos financieros lanzados en las potencias centrales a partir de la agudización de la crisis global en 2007-2008.

El caso norteamericano ha sido descripto de manera contundente por Bud Comrad, economista jefe de Casey Research: “en 2009 el gobierno federal tuvo un déficit fiscal del orden de los 1,5 billones (millones de millones) de dólares, por su parte la Reserva Federal gastó cerca de 1,5 billones de dólares para comprar deudas hipotecarias y así impedir el colapso de ese mercado. Es decir que el gobierno gastó 3 billones de dólares para obtener una pequeña recuperación evaluada en un 3 % del Producto Bruto Interno, aproximadamente 400 mil millones de dólares de crecimiento económico. Ahora bien gastar 3 billones de dólares para obtener 400 mil millones es un pésimo negocio” (1).

Con las políticas de “estímulos” (una suerte de neokeynesianismo-neoliberal) no llegó la recuperación durable de las grandes potencias, lo que sí llegó fue una avalancha de deudas públicas: entre 2007 (último año previo a la crisis) y 2010 la relación entre deuda pública y Producto Bruto Interno pasará en Alemania del 64 % al 84%, en Francia del 64% al 94 %, en los Estados Unidos del 63 % al 100 %, en Inglaterra de 44 % al 90 % (2).

Luego ocurrió lo que inevitablemente tenía que ocurrir: se inició la segunda etapa de la crisis a partir del estallido de la deuda pública griega que anticipaba otras en la Unión Europea afectando no sólo a los países deudores más vulnerables sino también a sus principales acreedores ante quienes se alzaba la amenaza de sobreacumulación de activos crediticios basura: hacia fines de 2009 las deudas de los llamados “PIIGS” (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España, es decir los países europeos expuestos por el sistema mediático como los más vulnerables) hacia Francia, Inglaterra y Alemania sumaban unos 2 millones de millones de dólares suma equivalente al 70 % del producto Bruto Interno de Francia o al 75 % del de Inglaterra.

Si la primera etapa de la crisis estuvo marcada por los estímulos estatales al sector privado y la expansión de las deudas públicas, la segunda etapa se inicia con el comienzo del fin de la generosidad estatal (más allá de algunos posibles futuros intentos desesperados de reactivación), la llegada de los recortes de gastos, de reducciones salariales, de aumentos en las tasas de interés, en síntesis la entrada a una era de contracción o estancamiento económico que se irá prolongando en el tiempo y extendiendo en el espacio.

Nos encaminamos hacia el enfriamiento del motor de la economía global, los países del G7 aplastados por las deudas luego de una reactivación débil y efímera gracias a las políticas de subsidios. Sus deudas públicas y privadas han venido creciendo hasta acercarse ahora a su punto de saturación, en 1990 las deudas totales del G7 (públicas + privadas) representaban cerca del 160 % de la suma de sus Productos Brutos Internos, en el 2000 habían subido al 180% y en el 2010 superarán el 380 % (110 % las deudas públicas y 270% las deudas privadas) (3).

La opción que ahora enfrentan es simple: tratar de amontonar más deudas, lo que les permitiría postergar la recesión por muy poco tiempo (con alta probabilidad de descontrol, de alta turbulencia en el sistema global) o entrar a la brevedad en un período recesivo (con esperanza de control) que anuncia ser muy prolongado, en realidad no se trata de dos alternativas antagónicas sino de un único horizonte negro al que pueden llegar por distintos caminos y a varias velocidades.

Hipertrofia financiera

La lluvia de estímulos, masivas transferencias de ingresos hacia las elites dominantes (con rendimientos aceleradamente decrecientes) aparece como el capítulo más reciente de un largo ciclo de hipertrofia financiera originado en los años 1970 (y tal vez un poco antes) cuando el mundo capitalista inmerso en una gigantesca crisis de sobreproducción debió acudir a partir de su centro imperial, los Estados Unidos, a sus dos muletas históricas: el militarismo y el capital financiero. Detrás de ambos fenómenos se encontraba un viejo conocido: el Estado, aumentando sus gastos bélicos, aflojando los controles sobre los negocios financieros, introduciendo reformas en el mercado laboral que retrasaban a los salarios respecto de los incrementos de la productividad.

El proceso fue encabezado por la superpotencia hegemónica pero integrando a los dos espacios subimperialistas asociados (Europa Occidental y Japón). Es necesario aclarar que la unipolaridad en el mundo capitalista, con sus consecuencias económicas, políticas, culturales y militares, se inició en 1945 y no en 1991 aunque a partir de esa última fecha (con el derrumbe de la URSS) devino planetaria.

Se trató de un cambio de época, de una transformación que permitió controlar la crisis aunque degradando al sistema de manera irreversible. Las altas burguesías centrales se desplazaron en su mayor parte hacia las cúpulas de los negocios especulativos, fusionando intereses financieros y productivos, convirtiendo a la producción y al comercio en complejas redes de operaciones gobernadas cada vez más por comportamientos cortoplacistas.

La hegemonía parasitaria, rasgo distintivo de la era senil del capitalismo acaparó los grandes negocios globales y engendró una subcultura, en realidad una degeneración cultural desintegradora basada en el individualismo consumista que fue desestructurando los fundamentos ideológicos e institucionales del orden burgués. De ello se derivaron los fenómenos de crisis de legitimidad de los sistemas políticos y de los aparatos institucionales en general y sirvió de caldo de cultivo para las deformaciones mafiosas de las burguesías centrales y periféricas (complejo abanico de lumpenburguesías globales).

Techo energético y “destrucción creadora” (de más destrucción)

Desde el punto de vista de las relaciones entre el sistema económico y su base material la depredación (en tanto comportamiento central del sistema) comenzó a desplazar a la reproducción. En realidad el núcleo cultural depredador existió desde el gran despegue histórico del capitalismo industrial (hacia fines del siglo XVIII, principalmente en Inglaterra) y aún antes durante el largo período precapitalista occidental. Marcó para siempre a los sistemas tecnológicos y al desarrollo científico, empezando por su pilar energético (carbón mineral primero, luego petróleo) y siguiendo por una amplia variedad de explotaciones mineras de recursos naturales no renovables (esa exacerbación depredadora es uno de los rasgos distintivos de la civilización burguesa respecto de las civilizaciones anteriores), sin embargo durante las etapas de juventud y madurez del sistema la depredación estaba subordinada a la reproducción ampliada del sistema.

La mutación parasitaria de los años 1970-1980-1990 no permitió superar la crisis de sobreproducción sino hacerla crónica pero controlada, amortiguada, exacerbando el pillaje de recursos naturales no renovables e introduciendo a gran escala técnicas que posibilitaron la súperexplotación de recursos renovables violentando, destruyendo sus ciclos de reproducción (es el caso de la agricultura basada en transgénicos y herbicidas, como el glifosato, de alto poder destructivo). Esto ocurría cuando varios de esos recursos (por ejemplo los hidrocarburos) se aproximaban a su máximo nivel de extracción.

La avalancha del cortoplacismo (de la financierización cultural del capitalismo) liquidó toda posibilidad de planificación a largo pazo de una posible reconversión energética, lo que deja planteado el tema de la viabilidad histórica-civilizacional de las vías de reconversión (ahorro de energía, recursos energéticos renovables, etc.). Viabilidad en el contexto de las relaciones de poder, de las estructuras industriales y agrícolas, en síntesis: del capitalismo concreto inseparable de la obtención de “ganancias-aquí-y-ahora” y no de la probable supervivencia de las generaciones venideras.

El sistema tecnológico del capitalismo no estaba preparado para una reconversión energética, el tema tampoco era de interés prioritario para las élites dominantes (lo que no les impedía “preocuparse” por el problema). No es la primera vez en la historia de la decadencia de las civilizaciones en que los intereses inmediatos de las clases superiores entran en antagonismo con su supervivencia a largo plazo.

El techo energético que ha encontrado la reproducción del capitalismo converge con otros techos de recursos no renovables que afectarán pronto a un amplio espectro de actividades mineras, a ello se suma la explotación salvaje de recursos naturales renovables. Se presenta así un escenario de agotamiento general de recursos naturales a partir del sistema tecnológico disponible, más concretamente del sistema social y sus paradigmas es decir del capitalismo como estilo de vida (consumista, individualista, autoritario-centralizador, depredador).

De la crisis crónica de sobreproducción a la crisis general de subproducción. El ciclo largo del capitalismo industrial

Por otra parte la crisis de recursos naturales indisociable del desastre ambiental converge con la crisis de la hegemonía parasitaria. En las primeras décadas de la crisis crónica el proceso de financierización impulsó la expansión consumista (sobre todo en los países ricos), la concreción de importantes proyectos industriales y de subsidios públicos a las demandas internas, de grandes aventuras militares imperialistas, pero al final del camino las euforias se disiparon para dejar al descubierto inmensas montañas de deudas públicas y privadas. La fiesta financiera (que tuvo en su recorrido numerosos accidentes) se convierte en techo financiero que bloquea el crecimiento.

Las turbulencias de 2007-2008 pueden ser consideradas como el punto de arranque del crepúsculo del sistema, la multiplicidad de “crisis” que estallaron en ese período (financiera, productiva, alimentaria, energética) convergieron con otras como la ambiental o la del Complejo Industrial-Militar del Imperio empantanado en las guerras asiáticas. Esa sumatoria de crisis no resueltas impiden, frenan la reproducción ampliada del sistema.

Visto desde el largo plazo la sucesión de crisis de sobreproducción en el capitalismo occidental durante el siglo XIX no marcó un sencillo encadenamiento de caídas y recuperaciones a niveles cada vez más altos de desarrollo de fuerzas productivas sino que luego de cada depresión el sistema se recomponía pero acumulando en su recorrido masas crecientes de parasitismo.

El cáncer financiero irrumpió triunfal, dominante entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y obtuvo el control absoluto del sistema siete u ocho décadas después, pero su desarrollo había comenzado mucho tiempo antes financiando a estructuras industriales y comerciales cada vez más concentradas y a los estados imperialistas donde se expandían las burocracias civiles y militares.

La hegemonía de la ideología del progreso y del discurso productivista sirvió para ocultar el fenómeno, instaló la idea de que el capitalismo a la inversa de las civilizaciones anteriores no acumulaba parasitismo sino fuerzas productivas que al expandirse creaban problemas de inadaptación superables al interior del sistema mundial, resueltos a través de procesos de “destrucción-creadora”. El parasitismo capitalista a gran escala cuando se hacía evidente era considerado como una forma de “atraso” o una “degeneración” pasajera en la marcha ascendente de la modernidad.

Esa marea ideológica atrapó también a buena parte del pensamiento anticapitalista (en última instancia “progresista”) de los siglos XIX y XX, convencido de que la corriente imparable del desarrollo de las fuerzas productivas terminaría por enfrentar a las relaciones capitalistas de producción, saltando por encima de ellas, aplastándolas con una avalancha revolucionaria de obreros industriales de los países más “avanzados” a los que seguirían los llamados “países atrasados”. La ilusión del progreso indefinido ocultó la perspectiva de la decadencia, de esa manera dejó a medio camino al pensamiento crítico, le quitó radicalidad con consecuencias culturales negativas evidentes para los movimientos de emancipación de los oprimidos del centro y de la periferia.

Por su parte el militarismo moderno hunde sus raíces más recientes en el siglo XIX, desde las guerras napoleónicas, llegando a la guerra franco-prusiana hasta irrumpir en la Primera Guerra Mundial como “Complejo Militar-Industrial” (aunque es posible encontrar antecedentes importantes en Occidente en las primeras industrias de armamentos de tipo moderno aproximadamente a partir del siglo XVI). Fue percibido en un comienzo como un instrumento privilegiado de las estrategias imperialistas y como reactivador económico del capitalismo, pero éste fue sólo un aspecto del fenómeno que ocultaba o subestimaba su profunda naturaleza parasitaria, el hecho de que detrás del monstruo militar al servicio de la reproducción del sistema se ocultaba un monstruo mucho más poderoso a largo plazo: el del consumo improductivo, causante de déficits públicos que al final del recorrido no incentivan más la expansión sino el estancamiento o la contracción de la economía.

Actualmente el Complejo Militar-Industrial norteamericano (en torno del cual se reproducen los de sus socios de la OTAN) gasta en términos reales más de un billón (un millón de millones) de dólares, contribuye de manera creciente al déficit fiscal y por consiguiente al endeudamiento del Imperio (y a la prosperidad de los negocios financieros beneficiarios de dicho déficit). Su eficacia militar es declinante pero su burocracia es cada vez mayor, la corrupción ha penetrado en todas sus actividades, ya no es el gran generador de empleos como en otras épocas, el desarrollo de la tecnología industrial-militar ha reducido significativamente esa función (la época del keynesianismo militar como eficaz estrategia anti-crisis pertenece al pasado).

Al mismo tiempo es posible constatar que en los Estados Unidos se ha producido la integración de negocios entre la esfera industrial-militar, las redes financieras, las grandes empresas energéticas, las camarillas mafiosas, las “empresas” de seguridad y otras actividades muy dinámicas conformando el espacio dominante del sistema de poder imperial.

Tampoco la crisis energética en torno de la llegada del “Peak Oil” (la franja de máxima producción petrolera mundial a partir de la cual se desarrolla su declinación) debería ser restringida a la historia de las últimas décadas, es necesario entenderla como fase declinante del largo ciclo de la explotación moderna de los recursos naturales no renovables, desde el comienzo del capitalismo industrial que pudo realizar su despegue y posterior expansión gracias a esos insumos energéticos abundantes, baratos y fácilmente transportables desarrollando primero el ciclo del carbón bajo hegemonía inglesa en el siglo XIX y luego el del petróleo bajo hegemonía norteamericana en el siglo XX. El ciclo energético condicionó todo el desarrollo tecnológico del sistema y expresó, fue la vanguardia de la dinámica depredadora del capitalismo extendida al conjunto de recursos naturales y del ecosistema en general.

En síntesis, el desarrollo de la civilización burguesa durante los dos últimos siglos (con raíces en un pasado occidental mucho más prolongado) ha terminado por engendrar un proceso irreversible de decadencia; la depredación ambiental y la expansión parasitaria, estrechamente interrelacionadas, están en la base del fenómeno. La dinámica del desarrollo económico del capitalismo marcada por una sucesión de crisis de sobreproducción constituye el motor del proceso depredador-parasitario que conduce inevitablemente a una crisis prolongada de subproducción (el capitalismo obligado a crecer-depredar indefinidamente para no perecer termina por destruir su base material).

Existe una interrelación dialéctica perversa entre la expansión de la masa global de ganancias, su velocidad creciente, la multiplicación de las estructuras burocráticas civiles y militares de control social, la concentración mundial de ingresos, el ascenso de la marea parasitaria y la depredación del ecosistema.

Esto significa que la superación necesaria del capitalismo no aparece como el paso indispensable para proseguir “la marcha del progreso” sino en primer lugar como tentativa de supervivencia humana y de su contexto ambiental.

La decadencia es la última etapa de un largo súper ciclo histórico, su fase declinante, su envejecimiento irreversible (su senilidad). Extremando los reduccionismos tan practicados por las “ciencias sociales” podríamos hablar de “ciclos” de distinta duración: energético, alimentario, militar, financiero, productivo, estatal, etc., y así describir en cada caso trayectorias que despegan en Occidente entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX con raíces anteriores e involucrando espacios geográficos crecientes hasta asumir finalmente una dimensión planetaria para luego declinar cada uno de ellos.

La coincidencia histórica de todas esas declinaciones y la fácil detección de densas interrelaciones entre todos esos “ciclos” nos sugieren la existencia de un único súper ciclo que los incluye a todos. Se trata del ciclo de la civilización burguesa que se expresa a través de una multiplicidad de “aspectos” (productivo, moral, político, militar, ambiental, etc.).

Declinación del Imperio, redespliegue militarista, ilusiones periféricas e insurgencia global

Toda la historia del capitalismo gira desde fines del siglo XVIII en torno de la dominación primero inglesa y luego estadounidense. Capitalismo mundial, imperialismo y predominio anglo-norteamericano constituyen un solo fenómeno (ahora decadente).

La articulación sistémica del capitalismo aparece históricamente indisociable del articulador imperial pero resulta que en el futuro previsible ningún nuevo imperialismo global ascendente, en consecuencia el planeta burgués va perdiendo una pieza decisiva de su proceso de reproducción. La Unión Europea y Japón son tan decadentes como los Estados Unidos, China ha basado su espectacular expansión en una gran ofensiva exportadora hacia los mercados ahora declinantes de esas tres potencias centrales.

El capitalismo va quedando a la deriva a menos que pronostiquemos el próximo surgimiento de una suerte de mano invisible universal (y burguesa) capaz de imponer el orden (monetario, comercial, político-militar, etc.). En ese caso estaríamos extrapolando al nivel de la humanidad futura la referencia a la mano invisible (realmente inexistente) del mercado capitalista pregonada por la teoría económica liberal.

La decadencia de la mayor civilización que ha conocido la historia humana nos presenta diversos escenarios futuros, alternativas de autodestrucción y de regeneración, de genocidio y de solidaridad, de desastre ecológico y de reconciliación del ser humano con su entorno ambiental. Estamos retomando un viejo debate sobre alternativas interrumpido por la euforia neoliberal, la crisis rompe el bloqueo y nos permite pensar el futuro.

Volvamos a la reflexión inicial de este texto: el comienzo del siglo XXI señala una paradoja decisiva, el capitalismo ha asumido claramente una dimensión planetaria pero al mismo tiempo ha iniciado su declinación.

Por otra parte cien años de revoluciones y contrarrevoluciones periféricas produjeron grandes cambios culturales, ahora en la periferia (completamente modernizada, es decir completamente subdesarrollada) existe un enorme potencial de autonomía en las clases bajas. Allí se presenta lo que de manera tal vez demasiado simplista podríamos definir como patrimonio histórico democrático forjado a lo largo del siglo XX.

Los periféricos sumergidos han construido sindicatos, organizaciones campesinas, han participado en votaciones de todo tipo, han hecho revoluciones (muchas de ellas con banderas socialistas), reformas democratizantes, la mayor parte de las veces han fracasado. Todo ello forma parte de su memoria, no ha desaparecido, por el contrario es experiencia acumulada, procesada por lo general de manera subterránea, invisible para los observadores superficiales. Eso ha sido reforzado por la propia modernización que por ejemplo le suministra instrumentos comunicacionales que le permite interactuar, intercambiar informaciones, socializar reflexiones. Finalmente, la decadencia general del sistema, el posible comienzo del fin de su hegemonía cultural abre un gigantesco espacio a la creatividad de los oprimidos.

La guerra eurasiática engendró un inmenso pantano geopolítico del que los occidentales no saben cómo salir, el traspié ha consolidado y extendido espacios de rebelión y autonomía cuya contención es cada día más difícil ante lo cual el Imperio redobla sus amenazas y agresiones. Corea del Norte no ha podido ser doblegada al igual que Irán, la resistencia palestina sigue en pie e Israel, por primera vez en su historia sufrió una derrota militar en el sur del Líbano, la guerra de Irak no pudo ser ganada por los Estados Unidos lo que les plantea allí una situación donde todos los caminos conducen a la pérdida de poder en ese país.

En el otro extremo de la periferia, América Latina, el despertar popular trasciende a los gobiernos progresistas y deteriora estratégicamente a las pocas oligarquías derechistas que que aún controlan el poder político. El proyecto estadounidense de restauración de “gobiernos amigos” tropieza con un escollo fundamental, la profunda degradación de las élites aliadas, su incapacidad para gobernar en varios de los países candidatos al derechazo aunque el Imperio no puede (no está en condiciones) de detener o desacelerar su ofensiva a la espera de mejores contextos políticos. El ritmo de su crisis sobredetermina su estrategia regional, en última instancia no es demasiado diferente la situación en Asia donde la dinámica imperial combina la sofisticación y variedad de técnicas y estructuras operativas disponibles con el comportamiento grosero.

Si observamos al conjunto de la periferia actual desde el largo plazo histórico constataremos que de un lado se sitúa un poder imperial desquiciado enfrentado a una gigantesca ola plural de pueblos sumergidos desde Afganistan hasta Bolivia, desde Colombia hasta Filipinas, expresión de la crisis de la modernidad subdesarrollada. Es el comienzo de un despertar popular muy superior al del siglo XX.

En medio de esas tensiones aparece un colorido abanico de ilusiones periféricas fundadas en la posibilidad de generar un desacople encabezado por las naciones llamadas emergentes, fantasía que no toma en consideración el hecho decisivo de que todas las “emergencias” (las de Rusia, China, Brasil, India, etc.) se apoyan en su inserción en los mercados de los países ricos. Si esos Estados que vienen practicando neokeyneesianismos más o menos audaces compensando el enfriamiento global quisieran profundizar esos impulsos mercadointernistas e/o interperiféricos se encontrarían tarde o temprano con las barreras sociales de sus propios sistemas económicos o para decirlo de otra manera: con sus propios capitalismos realmente existentes, en especial los intereses de sus burguesías financierizadas y transnacionalizadas.

A medida que la crisis se profundice, que las debilidades del capitalismo periférico se hagan más visibles, que las bases sociales internas de las burguesías imperialistas se deterioren y que la desesperación imperial se agudice; la ola popular global ya en marcha no tendrá otro camino que el de su radicalización, su transformación en insurgencia revolucionaria. Compleja, a distintas velocidades y con construcciones (contra)culturales diversas, avanzando desde distintas identidades hacia la superación del infierno.

Es sólo desde esa perspectiva que es posible pensar al postcapitalismo, al renacimiento (a la reconfiguración) de la utopía comunista, ya no como resultado de la “ciencia” social elitista, desde la superación al interior de la civilización burguesa a través de una suerte de “abolición suave” sino de su negación integral en tanto expansión ilimitada de la pluralidad recuperando las viejas culturas igualitarias, solidarias, elevándolas hacia un colectivismo renovado.

Los movimientos insurgentes de la periferia actual suelen ser presentados por los medios globales de comunicación como causas perdidas, como resistencias primitivas a la modernización o como el resultado de la actividad de misteriosos grupos de empecinados terroristas. La resistencia en Afganistán y Palestina o la insurgencia colombiana aparecen en dicha propaganda protagonizando guerras que nunca podrían ganar ante aparatos superpoderosos, no faltan los pacificadores profesionales que aconsejan a los combatientes deponer su intransigencia y negociar alguna forma de rendición ventajosa “antes de que sea demasiado tarde” .

El siglo XX debería ser una buena escuela para quienes se encandilan ante el gigantismo y la eficacia de los aparatos militares (y de los aparatos burocráticos en general) porque ese siglo vio el nacimiento victorioso de los grandes aparatos modernos como lo es hoy el Complejo Militar Industrial de los Estados Unidos y también fue testigo de su ruina, de su derrota ante pueblos en armas, ante la creatividad y la insumisión de los de abajo.

En los años 1990 los neoliberales nos explicaban que la globalización constituía un fenómeno irreversible, que el capitalismo había adquirido una dimensión planetaria que arrasaba con todos los obstáculos nacionales o locales. No se daban cuenta que esa irreversibilidad transformada poco después en decadencia global del sistema le abría las puertas a un sujeto inesperado: la insurgencia global del siglo XXI; el tiempo (la marcha de la crisis) juega a su favor. El Imperio y sus aliados directos e indirectos quisieran hacerla abortar, empezando por intentar borrar su dimensión universal, tratando mediáticamente de convertirla (fragmentarla) en una modesta colección de residuos locales sin futuro, pero esas supuestas resistencias residuales poseen una vitalidad sorprendente, se reproducen, sobreviven a todos los exterminios y cuando observamos el recorrido futuro de la declinación civilizacional en curso, la profunda degradación del mundo burgués, su despliegue de barbarie anticipando crímenes aún mayores; entonces la globalización de la insurgencia popular aparece como el camino más seguro para la emancipación de las mayorías sumergidas, que es a su vez su única posibilidad de supervivencia digna.

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(1), Bud Conrad, “Beyond the Point of No Return”, GooldSeek, 12 May 2010

(2), “La explosión de la deuda pública. Previsiones de la OCDE para 2010”, AFP, 25-11- 2009
(3), Fuente: FMI. OCDE, McKinsey Global Institute.

Vía: http://marat-asaltarloscielos.blogspot.com

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=115648

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Trabajadores de Kraft, por Mariano Ferreyra. Desde lmcordoba.com.ar

Trabajadores de Kraft, por Mariano Ferreyra. Desde lmcordoba.com.ar

Argentina: el asesinato de Mariano Ferreyra y su significado político

Por Carlos Abel Suárez *
sinpermiso.info, 24.10.10

Una marcha de unas  60.000 personas repudió el jueves pasado en las calles de Buenos Aires el asesinato de Mariano Ferreyra, un joven militante sindicalista de 23 años. Otros miles se manifestaron en las principales ciudades de Argentina.

Mariano ingresó el miércoles 20 de octubre en esa larga lista de víctimas del terror estatal o paraestatal que durante más de un siglo –con distintos grados de intensidad y frecuencia– ha pretendido silenciar la protesta social, el grito de los trabajadores democráticamente autoorganizados y de los oprimidos. Elsa Rodríguez, una luchadora social y política de 60 años, se halla también entre la vida y la muerte, con una bala alojada en el cerebro, consecuencia del mismo ataque criminal que segó la vida de Mariano Ferreyra.

Desde el gobierno y desde la oposición, desde todos los grandes medios de comunicación –los proguberbamentales, lo mismo que los antigubernamentales–, y superando milagrosamente diferencias coyunturales, parecieron ponerse de acuerdo a la hora de unificar el mensaje: Ferreyra había muerto como consecuencia de un enfrentamiento entre “bandas sindicales”. O sea, reaparece la tesis de los dos demonios. Idéntico mensaje se quiso pasar cuando, no muy lejos geográficamente de dónde esta vez ocurrieron los hechos –en el Puente Pueyrredón, el 26 de junio de 2002—,  la policía acribilló a los jóvenes Maximiliano Kosteky y Darío Santillán. Precisamente: la participación en aquella movilización del puente Pueyredón y el impacto que le provocaron aquellas cobardes ejecuciones marcaron los primeros pasos de Mariano en la lucha social y política, según cuentan quienes lo conocieron.

El discurso oficial, lo mismo que el de la oposición establecida, fue entonces como el de ahora: “bandas enfrentadas”. Y ahora como entonces, no ha tardado en desbaratarse el premeditado ideologema de los dos demonios en que tienden a confluir los mensajes del poder del gobierno y los del poder de la oposición establecida. Pues la cosa está clara como el agua: de un lado están quienes protestan y se enfrentan a las injusticias establecidas, que son muchos; del otro, los establecidos, que no son muchos ni están muy bien avenidos, pero que, a lo que se ve, no han perdido el instinto de unirse cuando de lo que se trata es de acallar el griterío de las victimas y defender como sea el “orden”. Un “orden” manifiestamente propicio a los victimarios.

¿Cómo fueron los hechos?

Existe un inveterado conflicto en la línea del ex Ferrocarril Roca con los trabajadores  llamados “tercerizados”. Muchos, por reclamar el fin de contratos infames, han sido despedidos; otros persisten en pedir su incorporación al trabajo formal.

No era la primera vez que los “tercerizados” se disponían a tomar medidas o a emprender acciones para hacer visibles sus elementales exigencias laborales, a manifestarse en las estaciones o atravesarse con piquetes en las vías. En esta ocasión, cuando intentaban una nueva protesta, fueron rechazados por un grupo de choque de la burocracia de la Unión Ferroviaria,  una casta corrupta adueñada del sindicato con el beneplácito y aun el sostén de todos los ministros de Trabajo desde hace décadas. Tanto la policía de la provincia de Buenos Aires, como la Federal –con competencia en las instalaciones ferroviarias— fueron impávidos testigos de los acontecimientos.  Cuando los tercerizados se replegaban ante la embestida de la “patota”, aparecen, según varios testimonios, dos tiradores que, no sin pericia, abren fuego a discreción sobre los manifestantes desarmados.  Tres de ellos son alcanzados por los disparos: Mariano, en la región hepática, Elsa Rodríguez, en la cabeza, y otros dos, en las piernas.

La burocracia sindical y el Estado

La muerte de Mariano, un muchacho particularmente querido por quienes lo conocían, un militante empeñado en entender y cambiar a mejor el mundo, un aplicado estudiante de historia con formación de obrero metalúrgico –ahora desocupado– y miembro del Partido Obrero (de orientación trotskista),  vuelve a colocar en el centro del debate público argentino un viejo y decisivo problema político de nuestro país.

La cristalización de excrecencias burocráticas en la vida sindical o política no es un fenómeno ni nuevo ni endémico de la Argentina.  Pero el desarrollo de la burocracia sindical argentina presenta unas particularidades muy llamativas, que tampoco cabe asociar necesaria ni, menos aún, exclusivamente al peronismo de Perón.

Fue el dictador Juan Carlos Onganía quien, a mediados de los 60. provocó la primera distorsión con la Ley de Asociaciones Profesionales, una disposición legal nacida del acuerdo con un sector de los viejos dirigentes para frenar el ascenso de una nueva generación obrera combativa. Esta norma preparó el caldo de cultivo para el nacimiento de un nuevo tipo de burócrata sindical, desconocido hasta entonces: el burócrata sindical convertido en empresario. La legislación y el modelo de ella dimanante persisten hasta el día de hoy.  Por la vía así abierta en los años 60, ocurrió en los 70 que varios dirigentes sindicales se transformaron en delatores; primero, al servicio del terrorismo de la ultraderechista Triple A; luego, a las órdenes de los grupos de tarea de la dictadura militar. Cuando tuvieron que ir a declarar en el juicio democrático contra las Juntas militares, ya no recordaban nada. Ahora sólo quedan en actividad algunos que en aquellos días eran pichones implumes y de vuelo corto.  ¿Cómo reprocharle al Papa su juvenil paso por las juventudes hitlerianas, o su posible fascinación intelectual de entonces con el nazi Heidegger o con el nazi Carl Schmitt, que ahora, encima, y vaya usted a saber porqué, fascinan a cierta confusionaria izquierda académica más amiga de la inane vanidad mediática o del rentable enredo cortesano que de la lucha abierta en la calle o del trabajo honrado y discreto en la biblioteca o en el laboratorio?

Pero alguna memoria hay que tener. Y es lo cierto que se dio un cambio cualitativo en varios dirigentes gremiales durante el gobierno de Carlos Menem.  Todavía existía entonces una estructura clásica que, quieras que no, se atravesaba en el camino del proceso de desguace del Estado, de las contrarreformas neoliberales, de las privatizaciones y las desregulaciones.

No era suficiente contar con las oprobiosas leyes de la Reforma del Estado y de la Emergencia Económica, esas leyes que la mayoría de peronistas y radicales aceptaron sin decir ni mu, con la honrosa excepción de un pequeño grupo de resistentes. Pese a que la hiperinflación había hundido en la miseria a los más pobres, subsistían todavía fuerzas dispuestas a oponerse al shock neoliberal.

Para erradicarlas, la llave maestra fue transformar a los jefes de los principales dirigentes de los sindicatos en socios del desguace, en cómplices activos de las privatizaciones y en beneficiarios directos de las desregulaciones. Era un negocio en el que había para repartir. Y esa fue la táctica descubierta por el ingenmio truhanesco de Menem, quien contó, para llevarla a cabo, con varios “expertos” en diseño de institucional amalgamador de bribones: Domingo Cavallo, Caro Figueroa, Horacio Liendo, entre otros.

Los burócratas sindicales, hasta aquel momento corrompidos, si así puede decirse, por pasiva, pasaron entonces, por activa, a ser emprendedores dueños de supuestas cooperativas o Pymes, cuyo “negocio” consistía en  “tercerizar” las tareas y recontratar a precio vil a los mismos trabajadores que, relativamente bien pagados y mejor formados, habían sido despedidos de las empresas públicas privatizadas o concesionadas. También había algunos dólares de esta fiesta para el sector privado: joint-ventures con bancos y financieras, nacionales y trasnacionales, negocietes con la previsión social, con las ART (Aseguradores de Riesgo de Trabajo) y emprendimientos tan variados como daba a entender la rebosante imaginación de unos novoempresarios penetrados de la ambiciosa avidez de una época sin escrúpulos.

Empresas y empresitas de tal espurio origen pueden reconocerse hoy en los ferrocarriles, en el transporte en general, en lo que quedó de YPF, en Yacimientos Carboníferos, en la flota Petrolera del Estado –que pasó enterita a la burocracia novoempresarial—, en el sector telefónico (en todas y cada una de las provincias)… En fin, la lista es muy larga; pero todos y cada uno de los trabajadores de esas empresas saben quiénes son los dueños y cómo llegaron a serlo…

Y si entre tantos casos criminales hubiera que elegir una perlita, hay que decir que en los ferrocarriles se encuentra una verdadera joya. José Pedraza es uno de los socios concesionarios del Belgrano Cargas, una empresa que ayudó a destruir, labor por la que sigue recibiendo jugosos subsidios: desde los tiempos de Menem, y sin interrupción alguna. Otro de sus socios en el control de la Unión Ferroviaria es el actual subsecretario de Transportes de la Nación.

Pedraza fue también procesado por ilícitos de una empresa en la que había puesto como titular a su mujer. Y en ese caso, como en otros, fue defendido por un gabinete jurídico del que es socio el actual procurador de la Nación, Esteban Righi, jefe, a su vez, de todos los fiscales. Casi una costumbre la del hoy funcionario kirchnerista: hace un tiempo fue el defensor del los burócratas del Smata, acusados de haber promovido en la época de Isabel Martínez de Perón  –y en connivencia con la patronal—  la desaparición forzada de los trabajadores que formaban parte de la Comisión Interna de Mercedes Benz.

Para seguir la historia de José Pedraza y sus amigos resulta muy recomendable la lectura de El Ferrocidio, el excelente libro de Juan Carlos Cena, o ver La última estación, el imponente documental de Fernando “Pino” Solanas.

La criminalidad de estos burócratas sindicales trocados en empresarios ha traspasado en la Argentina límites que ni siquiera habrían podido soñar algunos de los mayores mafiosos de la historia universal. Un solo ejemplo (mero ejemplo): la causa que se sigue por falsificación de medicamentos y por la que está preso el legendario dirigente de los bancarios José Zanola. Su especialidad era adulterar los fármacos oncológicos, particularmente los de mayor valor en el mercado, que se distribuían entre las obras sociales sindicales. Tal vez se intente argumentar en su defensa –y en la de sus colegas de asociación ilícita– que sus fines en última instancia han sido humanitarios, una suerte de propiciador de la eutanasia para el caso de los enfermos de cáncer terminal. En este juicio también tendrá algo que decir Pedraza.

Entre todos estos burócratas empresarios y sus protectores se halla el autor intelectual del asesinato de Mariano Ferreyra.

El mundo de la tercerización

Pero hay otro asunto que esta muerte pone también sobre el tapete. Argentina, tras un crecimiento económico espectacular en los últimos años, padece una calamitosa situación social y laboral.  Es decir, sigue en pie, con algunos retoques más o menos cosméticos, la teoría neoliberal del derrame. Largos años de dictadura y ajuste neoliberal trajeron consigo la generalización del empleo precario, la pobreza abundante y la fragmentación extrema del mercado laboral. (Véase al respecto la excelente entrevista con Susana Torrado reproducida en la entrega anterior de SinPermiso.)

Algo se recuperó en relación con el momento de mayor depresión del año 2001, aunque resulta difícil de cuantificar por la manipulación de las estadísticas del INDEC en 2007. De todas maneras, se admite que en varios sectores se habría recuperado el nivel de 1968, anterior a la larga crisis nacional.

Pero aún admitiendo los datos oficiales, se constata que sólo un cuarto de los jóvenes menores de 30 años tiene un empleo en blanco. Y en el caso del empleo en negro e informal, que es el caso de quienes trabajan en las empresas tercerizadas, paradójicamente reciben un tercio del salario de quienes están en blanco, es decir en el trabajo formal.  Ese es el origen del reclamo y de la lucha de los obreros “tercerizados” de la ex línea Roca, una causa justa –eminente y hasta elementalmente justa— por la que murió Mariano Ferreyra.

La tesis de las bandas o los dos demonios

La tesis, farisaica hasta la indecencia, de las bandas extremistas pugnazmente enfrentadas fue siempre el primer reflejo del gobierno, de este gobierno y de todos los gobiernos anteriores. Es también el primer titular que acomoda a los medios; pero en este caso, como en otros, se estrella enseguida con hechos tan palmarios como sencillos. Y el esbozo de “argumento”, apenas incoado, queda pulverizado y aventado en el acto, sin siquiera necesidad de soplar: una de estas pretendidas “bandas” pone las balas; la otra se limita a poner los muertos y los regueros de sangre.

Tampoco se tiene el guión prestablecido de la supuesta neutralidad de la policía o de las fuerzas de seguridad.  La policía no tiene credibilidad ninguna para investigar estos casos. Ni siquiera cuando muere un chico atacado por un “patovica” en la puerta de una discoteca. No es imposible que, en algún momento, los testigos superen el temor y se resuelvan a decir lo que saben ante fiscales y jueces probos. Mientras tanto, el crimen de Mariano Ferreyra quedará impune, más allá del “perejil” que encuentren esta vez para cargarle el muerto.

* Carlos Abel Suárez es miembro del Comité de Redacción de SinPermiso.

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3666

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American plutocracy, from waltersorrentino.com.br

American plutocracy, from waltersorrentino.com.br

Se llama plutocracia

Por Robert Reich
Progreso Semanal
rebelion.org, 25.10.10

Es la tormenta perfecta. Y no estoy hablando de los peligros inminentes que enfrentan los demócratas. Estoy hablando de los peligros que enfrenta nuestra democracia.

En primer lugar, los ingresos en Estados Unidos están hoy más concentrados en menos manos de lo que han estado en 80 años. Casi una cuarta parte del ingreso total generado en los Estados Unidos va al primer uno por ciento de los estadounidenses.

Los individuos al tope de la décima parte del uno por ciento de la población estadounidense ganan tanto como los últimos 120 millones de nosotros.

¿Quiénes son estas personas? Con la excepción de unos pocos empresarios como Bill Gates, son los altos ejecutivos de grandes corporaciones y de Wall Street, gerentes de fondos de cobertura, y administradores de capital privado. Entre ellos están los hermanos Koch, cuya riqueza aumentó en miles de millones de dólares el año pasado y que en la actualidad financian a los candidatos del Tea Party en todo el país.

Lo que nos lleva a la segunda parte de la tormenta perfecta. Relativamente pocos estadounidenses están comprando nuestra democracia como nunca antes. Y lo hacen totalmente en secreto.

Cientos de millones de dólares son invertidos en publicidad a favor y en contra de candidatos –sin haber huellas de dónde vienen los dólares. El dinero es lavado mediante un puñado de grupos. Fred Maleck, a quien ustedes recordarán como director adjunto en la administración Nixon del famoso Comité para Reelegir al Presidente (llamado CREEP en el escándalo Watergate), encabeza uno de esos grupos. El operativo republicano Karl Rove dirige otro. La Cámara de Comercio de EE.UU., un tercer grupo.

El juicio Ciudadanos de la Corte Suprema Unidos vs. la Comisión Federal de Elecciones lo hizo posible. La Comisión Federal de Elecciones dice que sólo el 32 por ciento de los grupos que pagan los anuncios electorales divulgan los nombres de sus donantes. En comparación, en la elección intermedia del 2006, el 97 por ciento los divulgaron; en 2008, casi la mitad lo hicieron.

Hemos vuelto a fines del Siglo XIX, cuando los lacayos de los barones ladrones literalmente depositaban sacos de dinero en efectivo sobre los escritorios de los legisladores amigos. El público nunca supo quién sobornaba a quién.

Justo antes de entrar en receso, la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de ley que requeriría que los nombres de todos los donantes fueran divulgados públicamente. Pero no pudo pasar por el Senado. Todos los republicanos votaron en contra. (Para ver hasta qué punto el Partido Republicano ha llegado, casi diez años atrás la divulgación de fondos de campaña fue apoyada por 48 de los 54 senadores republicanos.)

Y aquí está la tercera parte de la tormenta perfecta. La mayoría de los estadounidenses está en apuros. Sus puestos de trabajo, ingresos, ahorros y hasta sus hogares están en peligro. Ellos necesitan un gobierno que trabaje para ellos, no para los privilegiados y los poderosos.

Sin embargo, sus impuestos estatales y locales están aumentando. Y sus servicios son reducidos. Los maestros y los bomberos son despedidos. Las carreteras y puentes que necesitamos se están desmoronando, las tuberías se quiebran, las escuelas están en mal estado, y las bibliotecas públicas son clausuradas.

Prácticamente no hay ley de empleos. No hay WPA [Work Projects Administration] que contrate a aquellos que no pueden encontrar trabajo en el sector privado. El seguro de desempleo no cubre a la mitad de los desempleados.

Washington dice que nada se puede hacer. No queda dinero.

¿No queda dinero? La tasa de impuesto sobre la renta marginal entre los más ricos es la más baja que ha existido en más de 80 años. Durante la presidencia de Dwight Eisenhower (a quien nadie hubiera acusado de ser un radical) la tasa fue del 91 por ciento. Ahora es de 36 por ciento. El Congreso sigue luchando por poner fin al recorte temporal de impuestos decretado por Bush para los ricos y por devolverlos a la tasa Clinton del 39 por ciento.

En todo caso, gran parte de los ingresos de los mayores ganadores son tratados como ganancias de capital – sujetas a un impuesto del 15 por ciento. El típico gerente de fondos de cobertura y de capital privado pagó sólo el 17 por ciento el año pasado. Sus ingresos no eran precisamente modestos. Los 15 principales administradores de fondos de inversión ganaron un promedio de mil millones de dólares.

El Congreso ni siquiera quiere volver al impuesto sobre el patrimonio que existía durante el gobierno de Clinton – que se aplica sólo a aquellos en el primer 2 por ciento de los ingresos.

No va a limitar las deducciones fiscales de los más ricos, que incluyen pagos de intereses sobre hipotecas de varios millones de dólares. (Sin embargo, Wall Street se niega a permitir que los propietarios de viviendas que no pueden cumplir con los pagos hipotecarios incluyan su residencia principal en solicitudes de bancarrota personal.)

Hay un montón de dinero para ayudar a los estadounidenses varados, pero no existe la voluntad política para hacerlo disponible. Y en la forma en que el dinero secreto está inundando nuestro sistema político, habrá aún menos voluntad política en el futuro.

La tormenta perfecta: una concentración sin precedentes de ingresos y riqueza al nivel superior, una cantidad récord de dinero secreto que inunda nuestra democracia, y un público cada vez más airado y cínico ante un gobierno que está aumentando sus impuestos, reduciendo sus servicios, e incapaz de darle trabajo.

Estamos perdiendo nuestra democracia a un sistema diferente. Se llama plutocracia.

Fuente: http://progreso-semanal.com/4/index.php?option=com_content&view=article&id=2746:se-llama-plutocracia&catid=3:en-los-estados-unidos&Itemid=4

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=115432

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