Archivo para noviembre 13th, 2008

Adan y Eva Simpsons, de tiendaociojoven.com

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Los regímenes de centro-izquierda en América Latina y el colapso económico

Por James Petras *
Rebelión Org
Traducido por Manuel Talens **

Deslumbrados por el reaccionario y retrógrado modelo económico de los regímenes latinoamericanos de centro-izquierda, la casi totalidad de los intelectuales occidentales ignoró el hecho de que se basaban en la “primarización” de la economía y en el auge de la inversión especulativa y prefirieron centrarse en sus medidas “populistas” marginales:

—en el Brasil de Lula, la cesta de la compra de 30 dólares mensuales (45 reales) para 10 millones de familias pobres (que pasaron a formar parte de la maquinaria clientelista electoral del presidente en el noroeste del país);

—la promoción de los derechos humanos y el subsidio mensual de desempleo de 50 dólares (150 pesos) promocionado por Kirchner en Argentina;

—el indigenismo cultural de Evo Morales y su colaboración con las compañías internacionales de gas y petróleo (falsamente tachada de nacionalización)

—y las declaraciones de Rafael Correa a favor del socialismo del siglo XXI y el aumento del gasto social en Ecuador.

Lo que los ideólogos de los regímenes de centro-izquierda no supieron analizar fue que esos aumentos marginales en el gasto social tenían lugar en el interior del marco socio-económico y político, el cual conservaba todos los rasgos sociales de una economía neoliberal. Tras el colapso exterior de los precios de los productos primarios, las primeras reducciones presupuestarias gubernamentales afectan a… los programas contra la pobreza, que eran la hoja de vid destinada a tapar las vergüenzas del rapaz modelo económico basado en la especulación y la explotación agromineral. Todo el “espectro de la izquierda” ignoró el hecho de que los excedentes presupuestarios de la balanza de pagos que financiaban las reformas sociales estaban subordinadas a la entrada de “dinero caliente” (especulativo) que, por naturaleza, entra y sale con rapidez en respuesta a cualquier adversidad en su mercado natural, por no mencionar ante un colapso financiero mundial. Por eso, las ya exiguas medidas sociales adoptadas por los regímenes de centro-izquierda eran frágiles y no dependían de la retórica de izquierdas de los presidentes progresistas, sino del volátil comportamiento del capital especulativo y de los mercados mundiales.

La alegación de los regímenes de centro-izquierda, según la cual América Latina se estaba divorciando del mercado usamericano e incrementaba sus lazos con Asia (China, Corea, Japón e India) para convertirse en un poder global (como parte del bloque BRIC, esto es, Brasil, Rusia, India y China) ha demostrado ser falsa. Las exportaciones agrominerales de Brasil a Asia estaban condicionadas por los precios mundiales, que a su vez estaban determinados por la demanda de Usamérica, la Unión Europea y otras muchas regiones y países. La profunda recesión mundial y el colapso del crédito han afectado profundamente las exportaciones de Asia a Usamérica y a la Unión Europea, lo que a su vez ha conducido a la disminución de las exportaciones de productos primarios latinoamericanos. Ninguno de los países asiáticos puede reemplazar los mercados de exportación con un aumento del consumo interior, porque la capacidad adquisitiva de millones de campesinos es muy baja.

América Latina no se divorció, formaba parte de la cadena global, que la vinculaba con los caprichos de la economía usamericana (una economía especulativa y de guerra, hoy en crisis). Los intentos del presidente de Lula por echarle la culpa de las crisis en Brasil al “capitalismo de casino” de Usamérica para desviar cualquier crítica de sus políticas de gran dependencia estructural de las exportaciones de productos primarios y del dinero caliente, carecen de base: fueron las políticas del gobierno brasileño lo que abrió las puertas de par en par a los efectos adversos del desplome del capital especulativo usamericano.

Ninguno de los regímenes de centro-izquierda se desvió del “modelo exportador” neoliberal ni tampoco hizo esfuerzo alguno para dinamizar la economía del mercado interno con la estructura de la renta. La industrialización estaba subordinada a las exportaciones de productos primarios y las rentas urbanas de la patronal eran siempre superiores a las de los trabajadores. Los intereses y regalías siguieron favoreciendo al capital, debilitando así el mercado interno. El énfasis absoluto que se puso en la elite de la agroexportación y el rechazo de la reforma agraria hicieron caer el poder adquisitivo interno de millones de campesinos sin tierra con lo justo para subsistir, de trabajadores rurales y de pequeños agricultores. Los subsidios impositivos y los incentivos reemplazaron a la imposición progresiva, eliminando así la posibilidad de reconstruir servicios sociales (salud pública, educación, pensiones y programas de seguridad social), que podrían haber incrementado la producción y la inversión internas. Las inversiones para crear una parrilla de producción que vinculase regiones diversas/internas (el denominado “modelo radial”) con sectores económicos pasaron a segundo lugar por detrás de las inversiones que vinculan las áreas locales con los puertos relacionados con los mercados externos.

* El sociólogo marxista usamericano James Petras ha publicado más de sesenta libros de economía política y, en el terreno de la ficción, cuatro colecciones de cuentos. Es colaborador permanente de Rebelión.

** El escritor y traductor Manuel Talens es miembro de los colectivos de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente

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Con parche, desde unaplauso.com

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Los bonos del Tesoro son activo de riesgo

Por S. McCoy, 13.11.08
Cotizalia.com

El proceso acelerado de recuperación de la confianza ciudadana en el sistema financiero que han acometido los gobiernos, de uno u otro signo político, alrededor del globo, y cuya manifestación principal ha sido el establecimiento de una garantía explícita, y más o menos ilimitada, de los depósitos bancarios de empresas y particulares ha traído consigo, como no podía ser de otra manera, consecuencias en cascada. La primera, y más evidente, la salida de flujos dinerarios de los activos en riesgo, realidad que ha sido mayor en aquellas naciones en las que, las imperiosas necesidades de las entidades financieras privadas por captar pasivo, iban acompañadas de tipos remuneratorios más altos para los activos de sus clientes. De hecho, es este fenómeno el que, en última instancia, se encuentra en la raíz del cierre a los reembolsos de sus partícipes adoptado por la mayoría de los fondos inmobiliarios abiertos alemanes, tradicionalmente considerados como complementos de rentabilidad segura por parte del inversor teutón. (…)

Pero no ha sido el único efecto de la intervención pública. Se ha producido igualmente un renovado interés por la deuda fija con garantía estatal, algo que venía observándose de forma manifiesta desde el verano gracias a las compras masivas de aquellos gestores que buscaban un puerto seguro donde refugiar sus carteras en tiempos de marejada. Un fenómeno de contracción de rentabilidades (que se mueven de forma inversa al precio) al que, sin duda, han contribuido las sucesivas bajadas de tipos de interés adoptadas por las autoridades monetarias en los últimos meses y que no deja de ser paradójico ya que, en la medida en que los gobiernos se echan el sistema financiero a sus espaldas, su propia solvencia, como se ha visto en la reciente ampliación de diferenciales respecto a Alemania de la renta fija soberana de Grecia, Italia, Irlanda y, en menor medida España, es la que queda en entredicho. Pero ya se sabe, el miedo es libre.

El problema es que esa decisión puede conducir igualmente a escenas de pánico en un futuro no muy lejano. No tanto en los plazos más cortos o cuando el interés comprador se canaliza de forma individual y el adquirente quiere cobrar el cupón y tener una garantía del repago de su apuesta, dándole en cierto modo igual el valor de la misma por el camino. Sino en la inversión en deuda pública que se realiza de forma colectiva, a través de los vehículos destinados a tal fin, llámense éstos fondos de inversión o de pensiones. O en aquellas carteras de las propias entidades financieras, bancarias o aseguradoras, que están obligadas de forma periódica a hacer mark to market, o ajuste a los precios de mercado, de sus posiciones. Y es que se empiezan a alzar voces que defienden que la cuadratura del círculo es imposible, por más que uno se empeñe, y que o bien esto es el acabose, que entiendo que es lo que defiende el gurú de las materias primas Jim Rogers al afirmar que los bonos son dinero muerto los próximos 10 o 20 años al anticipar una trampa de liquidez a la japonesa (en cuyo caso los bonos aún tendrían un recorrido que sería pan para hoy y hambre para mañana), o bien que, si todos los gobiernos piden pasta a la vez, los retornos ofrecidos han de subir y las curvas de tipos ganar pendiente con el consiguiente daño para los compradores de última hora que verían caídas respecto al coste de adquisición.

Quizá el más ardiente defensor de esta última teoría es el analista de UPI Martin Hutchinson en un artículo reproducido por el Asian Times, y que provocadoramente titula “2009, el año del brutal crash de los bonos”, pieza que ha circulado de modo intensivo por la Red. Aunque circunscrita al ámbito americano, su tesis se podría extrapolar al resto de las economías desarrolladas. Vaya por delante que no comparto el dramatismo de sus pronunciamientos. De hecho, creo que el proceso salvaje de desapalancamiento que estamos viviendo traerá consigo un paréntesis deflacionario que las necesidades de aprovisionamiento de algunas economías emergentes acortará en el tiempo. La duración del periodo de contracción de precios es, a día de hoy, impredecible. Estamos ante una crisis que no admite comparación posible con ninguna anterior. Nunca el desequilibrio entre lo real y lo financiero había alcanzado tales dimensiones y nunca habían cobrado las nuevas potencias un papel tan relevante en la corrección de las dificultades. Estamos, por mucho que nos empeñemos en hablar de Bretton Woods II, en territorio inexplorado.

Dicho esto, coincido con Hutchinson en dos considerandos. Uno, desgraciadamente la asignación de activos se hace en muchos casos inspirada por los psicológicos factores del fear y el greed, esto es: el pánico y la avaricia. Y estos son siempre motivadores de corto plazo. En definitiva, cuando Warren Buffett defiende ahora las compras de acciones, a mi juicio de forma precipitada, no está sino tratando de hacer de ese error estratégico generalizado una oportunidad de ganar dinero a largo. La seguridad no es un elemento decisorio; la divergencia entre precio y valor sí. Esto último recibe el nombre de criterio y es lo mínimo que hay que exigir al gestor. Algo que, por cierto, se debe poder percibir de forma transversal en toda su cartera. A eso llamamos consistencia. Dos, la deuda soberana con la mejor calificación crediticia es un activo teóricamente sin riesgo a vencimiento. Pero con una incertidumbre brutal de tipos de interés y, por ende, valoración, durante su vida. Y más cuando se acude a ella en periodos de cotizaciones aparentemente extremas (que no digo que no estén justificadas) como el actual. No crean que es una obviedad tan evidente. El año que viene puede ser el de la sorpresa de la renta fija. Por si acaso, quedan avisados.

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