Archivo para noviembre 9th, 2008

Por Rubén M. Lo Vuolo *

sinpermiso.info, 02.11.08

“Argentina necesita reconstruir su sistema de previsión social sobre la base de un pilar que garantice un ingreso básico y universal a las personas en edad pasiva, además de mejorar las relaciones técnicas y la sustentabilidad financiera del régimen de reparto que pasaría a ser único. La mayor parte de los trabajadores no están en condiciones de cumplir los requisitos que se exigen para acceder al sistema contributivo, sea este público o privado. La unificación del sistema y la eliminación del pilar de capitalización financiera de aportes es un paso que parece necesario para ello. Pero el proyecto de ley que se está discutiendo en el Congreso deja sin resolver muchos interrogantes y puede significar un salto al vacío similar al de la pasada década.”

La reforma que en 1994 creó el actual Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones (SIJYP) en Argentina, fue parte de una ola alentada por los Organismos Multilaterales en toda América Latina. Estas reformas se caracterizan por la incorporación de un componente de cuentas individuales que capitalizan aportes financieramente bajo la administración de empresas privadas. Ese componente se combinó de distintas formas con pilares públicos de reparto. Así, el sistema chileno, reformado durante la dictadura militar de Pinochet, sustituyó totalmente al antiguo régimen público. Las reformas de Bolivia (1997), México (1997) y El Salvador (1997), se asemejan en ese carácter sustitutivo. En Perú (1993) y Colombia (1994) serían sistemas “paralelos”; Uruguay (1996) sería “mixto”. El de Argentina es “paralelo” (porque hay dos regímenes que compiten entre sí) y, a la vez ,“mixto” (porque el beneficio combina varios pilares que se superponen).

Diversos trabajos han demostrado el fracaso de esas reformas. En la Argentina se profundizó el patrón regresivo de distribución de derechos e ingresos, bajó la cobertura de los activos y pasivos en un mercado laboral precario e informal, crecieron el déficit financiero, los costos administrativos y la evasión y cayó el valor de los beneficios pagados, incumpliendo normas legales. La reforma no sirvió para construir un mercado de capitales que financie la inversión de largo plazo y no hay la menor prueba de que haya aumentado el ahorro. Más de la mitad de los trabajadores argentinos no tienen expectativas de cumplir con los requisitos para acceder a una jubilación bajo el actual esquema.

Los aportantes efectivos al Régimen de Capitalización administrado por las AFJP son menos de la mitad de sus propios afiliados (del sector formal de mejores ingresos); la competencia entre administradoras es ficticia y se asienta en elevados gastos de promoción más que en costos y rentabilidades; las comisiones son muy elevadas; la mayoría y las más grandes AFJP pertenecen a grupos financieros (nacionales y extranjeros) que ofrecen el servicio como parte de su cartera de productos. El monto del beneficio es incierto por definición y depende del valor del fondo al momento de retirarse El valor del fondo muestra rentabilidades muy volátiles y vulnerables al ciclo económico y a las pocas oportunidades de colocación del mercado local. Tanto la crisis financiera y el default de la deuda pública argentina en 2001, como la actual crisis financiera internacional, han demostrado las contradicciones de estos sistemas que pretenden garantizar “seguridad social” mediante instrumentos que, por su naturaleza, son inseguros, fuertemente dependientes de los títulos de la deuda pública y de mercados volátiles.

La necesidad de una reforma integral del actual régimen de previsión social argentino está ampliamente justificada. Pero el proyecto de ley enviado por el Poder Ejecutivo al Congreso, que elimina el sistema de capitalización individual de aportes transfiriendo todos los afiliados al sistema de reparto público con el cual compite, adolece de múltiples problemas. Es razonable la pretensión de unificar los dos regímenes en uno solo de reparto, dejando que la capitalización financiera e individual de aportes sea un complemento voluntario. Esto permitiría además recuperar los recursos transferidos a las AFJP y utilizarlos para mejorar la cobertura, los actuales beneficios y la solidez financiera del sistema unificado. Pero nada de esto está garantizado y hay serias sospechas de que la reforma apunta más a atender las necesidades urgentes de caja del Tesoro y a la pretensión del Gobierno de derivar fondos a otros destinos.

En primer lugar, el proyecto no se acompaña por ningún estudio que avale la consistencia actuarial y financiera del sistema unificado. Tampoco se especifica cómo se han de reconocer los derechos de los afiliados que se traspasan del régimen de capitalización al de reparto, lo cual puede dar lugar a manipulaciones, injusticias y reclamos judiciales de todo tipo. Por su naturaleza, el beneficio de las cuentas individuales de capitalización es “indeterminado” hasta el día en que se accede a la jubilación, cuando se establece el valor del fondo financiero y el monto a cobrar según la alternativa de pago que se elija. El gobierno solo dice que se traspasan al sistema de reparto bajo las reglas de este último, pero esas reglas son muy diferentes y, por lo tanto, serán motivo de controversias.

En segundo lugar, no está claro cómo se han de manejar los activos de los Fondos propiedad de los trabajadores que hoy administran las AFJP y que pasarían a formar parte de un Fondo de Garantía y Sustentabilidad administrado por una dependencia del Poder Ejecutivo. No se crea ningún ente autárquico para la administración, ni se establecen reglas para la misma. La historia muestra que el valor de estos fondos de previsión se erosionó por efecto de malas inversiones y desvío para otros fines. Este gobierno ya goza de amplias y discrecionales facultades administrativas y hace años presenta presupuestos no confiables. Aquí también pueden generarse litigios judiciales de todo tipo.

En tercer lugar, tampoco se establece el destino de los aportes mensuales de los afiliados al régimen de capitalización que ahora van a engrosar la caja corriente del régimen de reparto. El gobierno no anuncia aumentos para los actuales beneficios ni propone ninguna reforma para ampliar la cobertura. El problema involucra al reparto con de los impuestos con las Provincias, porque hoy se destinan fondos de rentas generales para el sistema de previsión como resultado, entre otras cosas, del agujero fiscal generado por la reforma de 1994. De hecho, el sistema de previsión social hoy financia al Tesoro, pese al bajo nivel de beneficios y a que solo recientemente se reconoció la movilidad de los beneficios.

Argentina necesita reconstruir su sistema de previsión social sobre la base de un pilar que garantice un ingreso básico y universal a las personas en edad pasiva, además de mejorar las relaciones técnicas y la sustentabilidad financiera del régimen de reparto que pasaría a ser único. La mayor parte de los trabajadores no están en condiciones de cumplir los requisitos que se exigen para acceder al sistema contributivo, sea este público o privado. La unificación del sistema y la eliminación del pilar de capitalización financiera de aportes es un paso que parece necesario para ello. Pero el proyecto de ley que se está discutiendo en el Congreso deja sin resolver muchos interrogantes y puede significar un salto al vacío similar al de la pasada década. En esa disyuntiva está el país, donde muchos de los que lo embarcaron en los dogmas del Consenso de Washington, hoy lideran este cambio, justificable, pero muy cuestionable en su forma y en sus resultados prácticos.

* Rubén M. Lo Vuolo, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es Investigador Principal en el Centro Interdisciplinario para el Estudio de las Políticas Públicas (Ciepp) de Buenos Aires. Presidente de la “Red argentina de ingreso ciudadano”, la sección argentina del Basic Income Earth Network (BIEN), es autor del libro Falsas promesas. Sistemas de previsión social y régimen de acumulación, Miño y Dávila eds., Buenos Aires, 2007.

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La crisis mundial apareció primero bajo la forma de una turbulencia financiera empujada por el desinfle de la burbuja inmobiliaria norteamericana, incluso inicialmente no faltaron opiniones de expertos (muy difundidas por los medios de comunicación) asegurando que la tormenta duraría poco dada la fortaleza general de los Estados Unidos y cuando los problemas aumentaron sin superación a la vista una nueva andanada de pronósticos tranquilizadores nos informaba que las dificultades del Imperio no tenían porque propagarse a escala global (sino tal vez muy débilmente). Nació así la vida efímera de la “teoría del desacople” (geográfico) según la cual algunos espacios centrales o periféricos emergentes estarían lo suficientemente resguardados de la tormenta como para preservar sus economías e incluso proseguir la expansión sin mayores problemas.

Por Jorge Beinstein - jorgebeinstein@yahoo.com
Vía: IAR Noticias

Unos apostaban a la supuesta solidez europea, otros al empuje arrollador de China, India o Brasil y porque no a la renaciente potencia energético-militar rusa. Esos mismos medios de comunicación habían saturado al planeta durante muchos años con la idea de que ninguna nación grande o pequeña podía escapar a la globalización capitalista y que si un país o un grupo de países no insignificantes se resfriaban el contagio seguramente se propagaría a escala planetaria; ahora resultaba que cuando los Estados Unidos, el centro del mundo, sufría una enfermedad grave otros espacios decisivos de la economía global no serían perjudicados o lo serían mínimamente.

Que en 2007 la superpotencia representaba cerca del 25 % del Producto Bruto Mundial, una deuda total -pública más privada- cercana al PBM (y una deuda externa total equivalente al 22 % del PBM) no parecía afectar al pronóstico. Como es lógico los efectos de la intoxicación mediática duraron muy poco; Europa entró en recesión empujada por los Estados Unidos pero también cargando con sus propias taras parasitarias, la ola negra llegó también a Japón y e inundó a las llamadas potencias emergentes de la región como India. Corea del Sur o China y de otras zonas de la periferia como Brasil.

La crisis es mundial y será larga, la acumulación de desajustes, su magnitud, no sugieren una rápida recuperación del sistema sino todo lo contrario aun si restringimos el análisis a sus aspectos económicos (a comienzos de octubre de 2008 la crisis financiera se convirtió en un colapso que ha puesto bajo signo de interrogación a todos los escenarios de supervivencia del capitalismo).

El segundo desacople

Pero queda en pie otro desacople no menos ilusorio: el sectorial. Existe una deformación cultural en nuestra civilización que empuja hacia la fragmentación del conocimiento, hacia la negación del mundo como totalidad, como sistema complejo en movimiento. Lucien Goldman solía oponer de manera tajante “ideología” (reduccionista, disociadora) y “visión del mundo”, encontrando allí una de las claves de la reproducción de la opresión burguesa y en consecuencia del camino para emanciparnos de ella marcado por la recuperación de la percepción de la realidad como conjunto amplio, plural, coherente, contradictorio, dinámico.

La crisis actual ha llevado hasta el extremo las tendencias psicológicas disociadoras, en buena medida alentadas por los medios de comunicación. Las turbulencias financieras, energéticas y alimentarias aparecen saturadas de explicaciones superficiales acerca de “errores” gerenciales o de políticas públicas. A veces se establecen vínculos entre ellas, por ejemplo la especulación financiera como causa de la inestabilidad de los precios del petróleo o de ciertos productos agrícolas o bien la relación entre costos energéticos y precios de los alimentos, pero esas interacciones quedan reducidas a juegos de corto plazo o a ciertas tendencias perversas de mediano plazo. La incertidumbre es encubierta con explicaciones anecdóticas casi siempre girando en torno de los cambios de humor en los llamados “inversores”, por su parte las autoridades económicas de los países centrales o de los organismos internacionales que los representan (OCDE, FMI. Banco Mundial, etc.) no cesan de hacer declaraciones contradictorias, un día anuncian los peligros de una recesión inflacionaria, otro día alertan acerca de las amenazas de recesión deflacionaria, por la mañana aseguran que la crisis será pronto superada y por la tarde declaran que el enfriamiento económico puede ser de larga duración.

Todo al ritmo de los movimientos erráticos de bolsas y precios y de las corridas impredecibles de los especuladores manipulando masas de fondos cuyo volumen las hace ingobernables. Ni los especuladores ni las autoridades entienden realmente lo que está ocurriendo, se les ha venido encima una avalancha de desastres y cada uno trata de sobrevivir con el instrumental disponible.

Junto a esas crisis se hace presente la de los Estados Unidos (en tanto centro, pilar decisivo del sistema global) a menudo sólo mostrada desde su especificidad “nacional”, por ejemplo como resultado de políticas irracionales (por lo general reversibles) impuestas por ciertos grupos de poder; su subordinación estratégica a la dinámica mas amplia del sistema global suele ser ignorada o subestimada.

Una de sus componentes principales es la crisis del Complejo-Militar-Industrial a menudo atribuida a sus “errores” en Irak y Afganistán endosados a su vez al aventurerismo de George W. Bush y sus halcones. La hipótesis de que la misma podría estar expresando la crisis del militarismo burgués (fenómeno engendrado por la evolución del capitalismo mundial) y su probable ingreso en fase terminal, de decadencia, no es tema de debate.

Igual suerte corre la crisis del Estado imperial, acorralada en su especificidad, subestimada, desconectada de fenómenos paralelos en un amplio abanico de países centrales y periféricos y de la historia universal del capitalismo, en especial el ciclo del estatismo iniciado hacia fines del siglo XIX.

Por otra parte la reflexión acerca de la crisis de la tecnología, es decir de la cultura técnica moderna (incluida la perspectiva de su agotamiento histórico), está por lo general ausente. El “optimismo tecnologista” preserva un predicamento aplastante, nuestro sistema tecnológico es visualizado como una compleja maraña de instrumentos, de conocimientos muy flexibles, cuya dinámica aunque influida por el poder político, económico o ciudadano vigente (y en consecuencia relativamente manipulable) respondería en ultima instancia al movimiento más general, sobreterminante, del llamado progreso humano, desde la edad de piedra hasta el siglo XXI.

En fin, la crisis ambiental suele ser atribuida a comportamientos irracionales modificables a partir de la intervención ciudadana. Queda así impuesto un “debate único” en torno de alternativas presentadas como posibles, positivas, constructivas, realistas, etc., alejadas del catastrofismo, del pesimismo y otras perversiones practicadas por los profetas del fin del mundo. De ese modo es desplegada una mega operación de censura ideológica, de bloqueo de la razón, del esfuerzo por conectar la catástrofe ambiental con la lógica de la civilización (burguesa) que la sobre determina.

Sacar a la luz e integrar estas y otras “crisis” en una visión general constituye una tarea extremadamente difícil, pero dramáticamente necesaria, urgente. La aceleración y expansión del desorden global nos impone la necesidad de ver más allá de la superficie y de los aspectos parciales, única manera de comprender el mundo que vivimos.

Crisis financiera

La crisis financiera debe ser entendida como expresión de la hipertrofia de las actividades especulativas, es necesario ir más allá de la sucesión de burbujas que se desarrolló desde mediados de los años 1990 hasta la actualidad (burbujas bursátiles, inmobiliarias) y abarcar las cuatro últimas décadas durante la cual una crisis crónica de sobreproducción de carácter global (cuyo inicio podría ser establecido en 1968-1973) fue alimentando al globo especulativo que a su vez reforzó la enfermedad del sistema económico. La crisis de los países centrales pudo ser amortiguada, postergada, gracias a un complejo mecanismo de desarrollo mundial de negocios financieros pero dicha postergación prolongada terminó por engendrar uno de los factores decisivos de la crisis total del sistema (que ahora estamos empezando a recorrer).

La prosperidad de la postguerra terminó en 1973-74 con el shock petrolero que encontró a una economía mundial muy frágil debido a la suma de hechos negativos que lo precedieron como los desordenes monetarios, la caída en la rentabilidad empresaria, la desaceleración del circuito de endeudamiento y consumo privados, el incremento de la capacidad productiva ociosa. Con el telón de fondo de una crisis de sobreproducción las economías industrializadas ingresaron en la llamada “estanflación”, los precios subían al igual que la desocupación y los aparatos productivos se estancaban. A partir de allí la tasa de crecimiento económico mundial fue cayendo tendencialmente, el fenómeno persistió hasta la actualidad (ver el gráfico 1).

Esto se tradujo en altos niveles de desocupación y precarización laboral agravados por la guerra tecnológica entre las empresas que buscaban preservar o conquistar mercados cada vez mas duros. En consecuencia se fue imponiendo una tendencia pesada, de larga duración de desaceleración de la demanda de las naciones ricas, en los países de la OCDE la tasa de crecimiento real promedio del consumo privado final había llegado al 5,1% en el período 1961-73 pero descendió al 3,1% en 1974-79, al 2,7 % en 1980-89 y al 2,3 % en 1990-99 (1). Lo que a su vez frenó la expansión productiva convirtiendo a la sobreproducción real o potencial desatada desde comienzos de los 1970 en un fenómeno crónico que persistió en el largo plazo.

La desaceleración económica causó déficits fiscales. Un achicamiento del gasto público o una mayor presión tributaria habrían tenido efectos recesivos, por otra parte existían excedentes financieros de empresas y bancos (petrodólares, etc.) con serias dificultades para convertirse en inversiones productivas debido a la situación de estancamiento.

La solución al problema fue encontrada por medio del crecimiento de la deuda pública, de ese modo el endeudamiento de los países ricos desde los 1980 sucedió al endeudamiento de países pobres del segundo lustro de los 1970.

Esto se vio facilitado por la liberalización financiera y cambiaria que en esa época empujó hacia arriba las tasas reales de interés y eternizó la inestabilidad de las paridades entre las monedas fuertes. Los estados necesitaban fondos (para sostener las demandas internas a través de pagos de pensiones, subsidios a desempleados, gastos militares, etc.) que desbordaban las disponibilidades monetarias locales, entonces acudieron a los inversores internacionales lo que les obligó a eliminar las trabas a la libre circulación de monedas, a la compra-venta de títulos públicos y privados y al desarrollo de negocios financieros. La financierización empresaria completó el círculo; las empresas colocaban fondos en títulos públicos pero también en papeles que intercambiaban entre ellas o bien empapelaban el mercado bursátil con sus acciones.

La interacción perversa de tres fenómenos: desaceleración del crecimiento económico, crecimiento del endeudamiento público y financierización empresaria, generó un monstruo que creció sin cesar hasta convertirse en hipertrofia financiera global alimentada por tasas de interés relativamente altas que desaceleraban la inversión y la demanda.

Hacia comienzos de los 1990 los endeudamientos estatales comenzaron a ser percibidos negativamente por los gobiernos centrales y los grandes grupos económicos (el salvavidas liberal se hacia cada vez más pesado amenazando con hundir a las economías desarrolladas). Por otra parte los excedentes acumulados por el sistema financiero mundial requerían nuevas áreas de expansión que les permitieran preservar sus niveles de rentabilidad, diversos mecanismos adicionales posibilitaron el sostenimiento de su reproducción ampliada.

La ingeniería financiera aceleró ese desarrollo, fondos de pensión y de inversión, bancos y empresas encontraron en la revolución informática el atajo tecnológico que les permitió crear “productos financieros derivados” de alta complejidad (ver el gráfico 1), articular una red bursátil y cambiaria internacional muy dinámica y otras innovaciones que los medios de comunicación pintaban como las cabeceras de playa del nuevo capitalismo planetario triunfante. Esos negocios atraparon también a familias y pequeños ahorristas que se incorporaban de manera directa o indirecta, principalmente en los Estados Unidos, a la euforia de las elites. Se inflaron valores de acciones y otros activos especulativos, aumentó la masa financiera global.

Por otra parte se acentuó y generalizó el llamado fenómeno de las “economías emergentes”, hacia allí fueron flujos monetarios que adquirieron e instalaron empresas, compraron papeles públicos y privados, todo ello en una lógica de beneficios altos y rápidos que expandieron aun más la marea financiera. El desmantelamiento de la URSS y otros países del este europeo generó en los años 1990 una gran evasión de capitales hacia las economías centrales reforzando dicho proceso.

Lo que fue presentado como la incorporación de países subdesarrollados y ex-socialistas al sistema global de mercado, a las ventajas del Primer Mundo, no fue sino la implantación de sistemas de depredación que desarticularon aún más a esas economías. En ciertos casos presentados como “exitosos” (como los de Brasil, India, China y otros países de Asia) fueron instalados o reforzados mecanismos de superexplotación de trabajadores y/o recursos naturales al servicio del consumo y la producción de los países centrales (vía materias primas o productos industriales baratos).

Finalmente se desarrolló un fenómeno en sus comienzos marginal pero que luego se fue instalando en el corazón de la economía internacional: el espacio de los negocios ilegales, visibles, desembozados en la periferia, discretos en el centro (donde residen sus jefaturas estratégicas). Estos negocios de muy alta rentabilidad se expandieron como una mancha de aceite cubriendo de áreas mafiosas al sistema global. Tráfico de drogas y armas, prostitución, golpes de mano sobre patrimonios públicos periféricos, etc., forjaron una masa de negocios que por su volumen y dinamismo pasó a constituir un factor decisivo de la reproducción de la economía mundial.

La crisis asiática de 1997 apareció en su momento como una catástrofe financiera de la periferia emergente, sin embargo debería ser vista como una crisis global cuyo corazón se encontraba en los países centrales envueltos por la desaceleración productiva y el parasitismo (la burbuja especulativa asiática de aquellos años no fue mas que una epifenómeno del cáncer financiero central). Pero al iniciarse la década actual el motor visible del desorden se presenta claramente en el centro del mundo: los Estados Unidos y las otras grandes potencias.

La profundización de la crisis nos permite ver mas allá de los juegos conceptuales que fabricaban universos económicos “monetarios” y “virtuales” despegados de la llamada “economía real”. Las interrelaciones concretas entre los fenómenos descriptos demuestran el carácter ilusorio de las fronteras entre esas supuestas esferas diferenciadas, no se trata sino de una sola realidad, estructural, material, social donde la producción de bienes, su intercambio, los medios monetarios, el empleo, pero también la política, el Estado, la tecnología, etc., conforman un único sistema a la deriva.

Al comenzar el siglo XXI el desborde financiero provoca turbulencias de gravedad creciente en los países centrales, sus mecanismos de exportación de la crisis (hacia la periferia) y de control interno de la marea especulativa devienen insuficientes ante el volumen alcanzado por esos negocios. Los productos financieros derivados registrados por el Banco de Basilia en el año 2000 equivalían a cerca de dos veces el Producto Bruto Mundial de ese momento, a mediados de 2008 los derivados registrados (algo más de 600 millones de millones de dólares) equivalen a algo más de diez veces el actual PBM. Si a ese volumen le sumamos los otros negocios especulativos en danza llegaríamos a unos mil millones de millones de dólares, aproximadamente unas 18 veces el PBM, que algunos autores califican como el “mega agujero negro financiero de la economía mundial”. Pero la marea parasitaria no podía expandirse indefinidamente, tarde o temprano tenía que colapsar y como es lógico el puntapié inicial fue dado en el centro del centro del mundo; los Estados Unidos.

Dos observaciones de carácter general son necesarias.
En primer lugar constatemos que la sobrevalorización de activos financieros no ha sido otra cosa que un mecanismo de concentración mundial de ingresos y de saqueo (desarticulador) económico que ampliaba cada vez mas la brecha entre los aparatos productivos (globalizados) dominados por la lógica del parasitismo especulativo y masas crecientes de pobres y excluidos (principalmente, pero no solamente, en la periferia). La sobreproducción crónica se autoalimentaba con su propio veneno marginalizador-concentrador-financiero.

En segundo término tenemos que ver al movimiento de financiarizacion de las últimas cuatro décadas como etapa superior, final, del proceso de expansión financiera del capitalismo iniciado hacia fines del siglo XIX, evaluado por los textos célebres de Lenin, Hilferding, Bujarin y otros autores. Sobre todo es necesario tomar en consideración las referencias de Lenin acerca del carácter decadente del fenómeno (2) y de Bujarin respecto de la formación de una clase capitalista parasitaria, cada vez mas alejada de la cultura productiva (3).

Podríamos diferenciar (utilizando la conceptualización gramsciana) una primera etapa (desde fines del siglo IXX hasta fines de los años 1960) de “dominación” financiera donde esos negocios controlaban crecientemente el corazón del sistema pero lo hacían bajo el disfraz cultural del productivismo industrial. Le siguió una segunda etapa (iniciada en los años 1970) de “hegemonía” financiera donde el cáncer parasitario controla integralmente al sistema, arroja a un costado los discursos productivistas que aún sobrevivían y convierte su estilo de vida en el centro de la cultura universal.

Tal vez debamos establecer una tercera etapa, marcada por una suerte de parasitismo decadente, irrumpiendo en la primera década del siglo XXI, caracterizada por la saturación financiera de la economía mundial empujando hacia el colapso del sistema donde emergen dinámicas de autodestrucción del capitalismo pero también de recomposición salvaje, de barbarie, reedición actualizada y a escala ampliada de la tentativa hitleriana (si adoptamos esa hipótesis Bush y sus halcones serían los pioneros de la nueva era).

Las crisis energética y alimentaria

Habiéndose cumplido el pronóstico formulado por King Hubbert en 1956 acerca del momento de máximo nivel de la producción petrolera norteamericana, que como él lo anunció comenzó a decaer desde comienzos de los años 1970, parecen ahora cumplirse (utilizando la misma metodología) los pronósticos más pesimistas referidos al máximo nivel de la producción petrolera mundial que fijaban la llegada del techo para antes del fin de la década actual. Desde hace algo más de dos años y medio la curva de extracción tiende a aplanarse dentro de una franja que oscila entre los 84 millones y los 88 millones de barriles diarios, tal vez rompa ese techo pero lo haría muy probablemente forzando la capacidad productiva racional en áreas claves del sistema internacional de explotación del recurso y sin conseguir modificar la tendencia hacia el estancamiento. ¿En que momento la actual evolución productiva levemente ascendente se convertirá en declinación?, todo parece indicar que la duración del estancamiento es directamente proporcional a la futura tasa anual de declinación. Si la presión de los grandes consumidores globales consigue someter a los principales productores (Medio Oriente, Cuenca del Mar Caspio, Rusia, etc.) obligándoles a súper explotar sus yacimientos; tarde o temprano podrían producirse colapsos productivos importantes en algunos de ellos.

La recesión internacional en la que estamos ingresando anuncia la desaceleración del consumo petrolero incluso su descenso, ello debilita la suba del precio haciéndolo bajar en ciertos períodos, tendencia reforzada por el repliegue de fondos especulativos que apostaban al alza de su cotización. Sin embargo el hecho de que nos encontremos en la cima extractiva global (el “Peak Oil”) o muy próximos de la misma nos indica la existencia de disparadores inflacionarios (dinámicas alcistas en el precio del petróleo) que cuando la extracción comience a descender irán apareciendo desde niveles cada vez más bajos del Producto Bruto Mundial. En síntesis, la tendencia de largo plazo es hacia la suba del precio que no tiene por qué ser ordenada, fácilmente previsible, sino todo lo contrario. Sucesivas entradas y repliegues de fondos especulativos en dicho mercado atraídos o repelidos por hechos reales o imaginarios de cada coyuntura prolongarán hacia el futuro la trayectoria zigzagueante-ascendente que se viene desarrollando en los últimos años, provocando inflación, bloqueando el instrumental anti recesivo de los países capitalistas centrales.

Una nueva era de crecimiento económico prolongado necesitaría sincronizar sistemáticos ahorros de energía y reemplazos de recursos energéticos y mineros en general no renovables por recursos renovables o por recursos no-renovables (¿cuales?) sometidos a nuevas técnicas de explotación cuyas “inmensas” reservas (relativas) alejarían para un futuro muy lejano el tema de su agotamiento (esto último es lo que ocurrió desde fines del siglo XVIII con la explotación del carbón mineral primero y del petróleo mucho tiempo después).

Ello requeriría un salto innovativo, una ruptura capaz de superar casi dos siglos y medio de una cultura tecnológica muy densa basada en la explotación intensiva de recursos no-renovables. No se dispone ni del menor indicio serio de que esa ola innovadora este apareciendo ni de que pueda aparecer durante la próxima década.

La irrupción de los biocombustibles demuestra que efectivamente esa ola no existe. Su expansión, incluso la más osada, no consigue superar la penuria energética y el acaparamiento de tierras fértiles y productos agrícolas con fines energéticos reduce la oferta alimentaria, trae hambre e inflación.

La utilización a gran escala de energía nuclear, además de plantear graves problemas de seguridad, enfrentaría un rápido agotamiento de las reservas de uranio, por su parte la expansión del empleo del carbón enfrenta problemas de costos de reconversión, de muy difíciles adaptaciones tecnológicas, de polución y finalmente de agotamiento del recurso. Según recientes evaluaciones las explotaciones intensivas de las reservas de uranio y carbón (en el nivel necesario como para suavizar la crisis energética) llevarían a la declinación de su extracción aproximadamente a partir del año del año 2030 y posiblemente antes (4).

Las fuerzas productivas mundiales tal como ahora las conocemos se encuentran bloqueadas por un techo energético producto de su propio desarrollo, de su interacción con la “naturaleza”, aprehendida desde la lógica de la modernidad, es decir como objeto de depredación (el notable éxito energético del capitalismo industrial fue en realidad la antesala de un desastre universal). Por otra parte el bloqueo energético al crecimiento económico plantea el tema crucial de la expansión incesante del producto bruto global, necesidad vital para el capitalismo pero no para otras formas de organización social donde el consumo, la posesión de objetos materiales, serían subordinados a la convivencia humana.

Dicho en otros términos, la humanidad podría reducir sustancialmente su gasto de energía produciendo globalmente menos a condición de reorganizar su sistema productivo en torno de las necesidades básicas de la reproducción social liberadas de dictaduras elitistas y parasitarias, es decir de la cultura occidental-burguesa. Esto que aparece aún como una propuesta utópica, inalcanzable, sera cada vez más (a medida que avance la crisis general del sistema) un programa urgente de sobrevivencia (rehumanización del “sentido común”).

Pero hoy estamos sumergidos en plena crisis capitalista donde la penuria energética constituye una realidad ineludible, en consecuencia ocupa el centro de la escena la lucha por la apropiación de dichos recursos entre las potencias dominantes (USA, Japón, Unión Europea) y sus asociados emergentes periféricos (China, India). Aparece entonces la guerra por el control de los yacimientos y las vías de distribución (oleoductos y gasoductos) y su impacto no solo sobre el mundo subdesarrollado sino también sobre la evolución social de los países centrales (por ejemplo la tesis acerca del “fascismo energético”).

Esa guerra comenzó en los años 1990 cuando el tema del agotamiento de los recursos energéticos tenía una difusión marginal. La ofensiva militar norteamericana sobre Eurasia en algunos casos solitaria y en otros asociada con la Unión Europea se inició con la primera guerra del Golfo, siguió con las guerras de Yugoslavia (flanco izquierdo de la franja eurasiática) y continuó con las invasiones de Afganistán e Irak, las amenazas occidentales contra Irán hasta llegar a las recientes aperturas de nuevos frentes militares en el Caucaso (enfrentando a Rusia) y en Pakistán. Se trata de una loca fuga hacia adelante acompañada por la incesante expansión de la OTAN.

La crisis económica en curso podría en principio frenar el ímpetu imperialista aunque no es seguro que ello suceda, también podría imponerse la alternativa opuesta: la escalada militarista de Occidente, la experiencia histórica occidental nos enseña que su anterior mega crisis (aproximadamente 1914-1945) generó fascismo y guerra. La descomposición y la recomposición autoritaria constituyen tendencias visibles que pueden alternarse e incluso combinarse trágicamente.

Por su parte la crisis alimentaria está estrechamente asociada al tema energético. Las transformaciones neoliberales que liquidaron economías campesinas tradicionales contribuyeron al problema, por su parte la aparición de nuevas presiones de demanda de alimentos (por ejemplo de China) y las avalanchas especulativas sobre esos productos empujaron en su momento los precios hacia arriba. Pero fue principalmente la crisis energética la que impulsó los costos agrícolas a través de los mayores precios de los hidrocarburos.

Las llamadas modernizaciones agrarias, las “revoluciones verdes” aplicando tecnologías avanzadas, mas “productivas”, generaron una aguda dependencia respecto de los hidrocarburos en los principales sistemas agrarios del planeta. Luego cuando llegó la crisis de la energía el remedio buscado a través de los biocombustibles encareció tierras y productos agrícolas.

Nos encontramos ahora ante la perspectiva de una subproducción relativa de alimentos a escala global (paralela a la subproducción energética) causada por la dinámica general (el llamado progreso) del capitalismo, su desarrollo tecnológico.

La crisis de los Estados Unidos

La economía norteamericana se presenta como el centro generador de las tres crisis arriba mencionadas, su voracidad energética opera como la principal catalizadora de las turbulencias en los mercados petrolero y alimentario, su hipertrofia parasitaria (especulativa, militar, consumista) alimenta el desorden financiero mundial. Se trata de un largo proceso de desarrollo de tendencias internas-externas que hundieron en la decadencia a la sociedad estadounidense que por su enorme peso relativo global condicionó la evolución del resto del mundo (5).

En el último cuarto de siglo los Estados Unidos sufrieron una profunda transformación de carácter elitista y parasitario. La concentración de ingresos fue decisiva, el 1 % más rico de la población concentraba entre el 7 % y el 8 % del Ingreso Nacional a comienzos de los años 1980, dicha cifra se eleva actualmente a cerca del 20 %, por su parte el 10 % más rico pasó en el mismo período del 33 % al 50% del Ingreso Nacional.

Pero las clases altas no convirtieron sus mayores ingresos en mayor ahorro e inversión sino en la base de una desenfrenada carrera consumista. El ahorro personal medio (originado en su mayor parte en las clases medias y superiores) representaba a comienzos de los años 1990 entre 7 % y 8 % del ingreso medio disponible, actualmente y desde hace algo más de un lustro está muy próximo de cero. En el polo opuesto de la sociedad los salarios de los más pobres fueron perdiendo velocidad hasta declinar en términos reales a lo largo de la década actual, ello acompañado por una creciente precarización laboral. Como resultado de eso el ingreso real medio de los norteamericanos es hoy inferior al del año 2000.

El consumismo avanzó paralelo a la financierización generalizada, en primer lugar de las grandes empresas que hacia mediados de los años 1980 obtenían de sus negocios financieros cerca del 16 % de todos sus beneficios logrados en el territorio estadounidense, veinte años después esa cifra se había elevado al 40 % (6).

El avance parasitario impulsó un proceso de degradación de la integración social y del cumplimiento de las normas de convivencia, la transgresión y la criminalidad penetraron en los más diversos sectores de la población cuya dinámica elitista generó la criminalización de los sectores inferiores.

Actualmente las cárceles norteamericanas son las más pobladas del planeta, hacia 1980 alojaban unos 500 mil presos, en 1990 cerca de 1.150.000 , en 1997 eran 1.700.000 a los que había que agregar 3.900.000 en libertad vigilada (probation, etc.), pero a fines de 2006 los presos sumaban unos 2.260.000 y los ciudadanos en libertad vigilada unos 5 millones; en total más de 7.200.000 norteamericanos se encontraban bajo custodia judicial (7). En abril de 2008 un articulo aparecido en el New York Times señalaba que los Estados Unidos con menos del 5 % de la población mundial alojan al 25 % de todos los presos del planeta, uno de cada cien de sus habitantes adultos se encuentra encarcelado; es la cifra más alta a nivel internacional(8).

La precarización laboral en las clases bajas sumado al clima consumista-parasitario proveniente de las clases altas degradaron severamente la cultura productiva, lo que hizo cada vez menos competitivo al sistema industrial. El resultado fue un déficit comercial crónico que llegó en 2007 a los 800 mil millones de dólares, un factor adicional (y decisivo) del problema es el déficit energético que se fue acentuando desde comienzos de los años 1970 cuando empezó a declinar la producción petrolera de los Estados Unidos que actualmente importa cerca del 65 % de su consumo. Dicho deterioro fue acompañado por un déficit fiscal permanente y creciente.

En consecuencia el Estado, las empresas y las familias fueron acumulando deudas mientras el dólar declinaba, así se resquebrajaba el pilar central de la posición financiera internacional de los Estados Unidos.
El 4 de octubre de 2008 la deuda del estado federal alcanzaba los 10,1 millones de millones de dólares (a un ritmo diario de unos 3 mil millones de dólares si tomamos como referencia los últimos doce meses) mientras que la deuda total (pública más privada) había llegado a los a los 53 millones de millones de dólares hacia fines de 2007 (equivalente al Producto Bruto Mundial de ese año o bien a 3,8 veces el PBI norteamericano). Se trata en síntesis de una economía que funciona (cada vez peor) sobre la base del endeudamiento acelerado.

La degradación económica y social es agravada por el fracaso de la estrategia militar del Imperio centrada en la conquista de una extendida franja territorial eurasiática que va desde los Balcanes hasta Pakistán pasando por Turquía, Irak, Arabia Saudita, Irán, los países de Asia central hasta llegar a Afganistán. En el centro de dicha franja se encuentran la zonas del Golfo Pérsico y de la Cuenca del Mar Caspio que albergan cerca del 70 % de las reservas globales de petróleo. Los Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría fueron cubriendo ese espacio con bases militares y ocuparon algunos de sus países. Su victoria les habría permitido avanzar sobre Rusia, seguramente realizando una mega tarea de desmembramiento, réplica a gran escala de lo obtenido en la ex Yugoslavia, para luego acorralar y someter a China. No se trataba sólo de objetivos energéticos sino a través de los mismos reasegurar su dominio sobre el sistema financiero internacional.

Más aún, es necesario superar el reduccionismo económico y percibir el trasfondo cultural colonialista de Occidente asumido por la elite dominante norteamericana. Siguiendo la vieja utopía geopolítica anglosajona descripta por MacKinder hace más de un siglo esa gran conquista le habría permitido al Imperio poseer el control planetario (9), los ideólogos de los halcones llevaron hasta el extremo (grotesco) dicha ilusión heredera además del “milenio germánico” anunciado por Hitler.

Pero la estrategia eurasiática fracasó, la economía decadente de los Estados Unidos no está en condiciones de asumir una larga guerra universal, la degradación de su cohesión social limita las posibilidades de reclutamiento de tropas lo que les obliga a incorporar mercenarios. Como otros imperios declinantes del pasado se encuentran atrapados en una formidable “sobre extensión estratégica” (Paul Kennedy) que profundiza su crisis.

La decadencia norteamericana arrastra al mundo capitalista, los Estados Unidos constituyen el espacio esencial de la interpenetración productiva, comercial y financiera a escala planetaria que se fue acelerando en las tres últimas décadas hasta conformar una trama muy densa de la que ninguna economía capitalista desarrollada o subdesarrollada puede escapar (salir de esa red significa romper con la lógica, con el funcionamiento concreto del capitalismo integrado por clases dominantes locales altamente transnacionalizadas).

Por otra parte la crisis norteamericana no es el resultado exclusivo de factores endógenos, su consumismo parasitario, sus déficits y endeudamientos han sido funcionales a la crisis crónica de sobreproducción de carácter global. Las grandes economías centrales y las nuevas economías emergentes (como China o India) han podido crecer gracias a la capacidad de absorción de mercancías y capitales por parte del mercado estadounidense. En algunos casos se trata de colocaciones directas de excedentes, en otros de ventas e inversiones en mercados a su vez enlazados con los Estados Unidos, pero siempre el Imperio aparece como el motor en última instancia del sistema universal.

Ahora cuando los Estados Unidos entran en recesión son seguidos por las otras potencias.
Podríamos establecer un lazo histórico entre los dos imperios atlánticos que dominaron todo el desarrollo del capitalismo industrial desde su origen hacia fines del siglo XVIII hasta el presente. Primero el Imperio inglés desbaratando en su etapa juvenil, a comienzos del siglo XIX, la tentativa hegemónica francesa, más adelante, desde las últimas décadas de ese siglo acosado por el imperialismo alemán finalmente derrotado, subordinado luego de dos guerras mundiales en el siglo XX. Donde la decadencia de Inglaterra fue más que compensada por el ascenso de los Estados Unidos su hijo cultural hoy a su vez declinante (pero que antes de acelerar su descenso derrotó a su enemigo estratégico global: la URSS). Además este ciclo imperial anglo-norteamericano debe ser asociado al ciclo energético apoyado en la explotación intensiva de recursos naturales no renovables hoy también declinante (carbón-hegemonía de Inglaterra-siglo XIX ==> petróleo-hegemonía de los Estados Unidos-siglo XX).

Crisis militar

En el centro del fracaso eurasiático se encuentra el del Complejo Militar Industrial norteamericano. Su crisis adquiere dimensión global no sólo por la magnitud de su estructura sino también porque su decadencia arrastra al conjunto de la OTAN, en especial los grandes aparatos europeos como los de Inglaterra o Francia.
Irak es el pantano de los estadounidenses, pero Afganistán (y cada vez más Afganistán-Pakistán) es el pantano común de todas la fuerzas occidentales.

El gasto militar real ha llegado en los Estados Unidos a niveles nunca antes alcanzados, si a las erogaciones del Departamento de Defensa (unos 700 mil millones de dólares) sumamos los gastos militares de las demás áreas del Estado se llega para este año a cerca de 1,1 millones de millones de dólares (10).
Limitándonos a los gastos de los Departamentos o Ministerios de defensa de los países de la OTAN llegaríamos al 70 % de los gastos militares globales calculados de ese modo. Y sin embargo no pueden ganar la guerra en Afganistán luego de más de seis años de combates (las últimas informaciones disponibles señalan que mas bien es la resistencia afgana la está obteniendo victorias) ante lo cual la OTAN ha respondido extendiendo la guerra hacia Pakistán.

Por otra parte los Estados Unidos han respondido recientemente a su empantanamiento en Irak desatando una guerra en el Cáucaso, empujando al combate a la minúscula Georgia contra Rusia, la segunda potencia militar del mundo.

En ambos casos para los occidentales el resultado es catastrófico. Podríamos sumar un tercer ejemplo, el del fracaso de la ultima invasión israelí al Libano desplegando fuerzas militares abrumadoramente superiores a las de la guerrilla Hezbollá y apoyada por las fuerzas norteamericanas instaladas en la región. También allí se trataba de una “fuga hacia adelante” que además apuntaba hacia Irán.

Dos observaciones me parecen útiles.

Primero, nos encontramos ante una grave “crisis de percepción” de los mandos militares de la OTAN (principalmente de los norteamericanos) extensible a las elites dominantes de esos países. No es una crisis pasajera, expresa una degradación psicológica profunda, un autismo muy desarrollado, que por su permanencia y avance solo puede ser comprendido si lo incluimos dentro de un proceso de degradación más amplio (cultural, económico, político, social).

Segundo, estas guerras coloniales fracasadas del siglo XXI muestran la confrontación entre aparatos militares imperialistas extremadamente costosos y sofisticados y resistencias armadas populares que pese a la pobreza de sus integrantes, a sus escasos recursos, demuestran una enorme creatividad técnico-militar.

A diferencia de las guerras coloniales del pasado donde la modernidad occidental se enfrentaba al “atraso” periférico sometiéndolo brutalmente al capitalismo ascendente, ahora la sofisticada maquinaria bélica imperial lucha contra fuerzas lo suficientemente “modernas” e informadas como para combatir con alta probabilidad de éxito. La victoria cultural planetaria de la modernidad occidental ha terminado por engendrar un enemigo formidable a sus proyectos de dominación, la periferia ha profundizado su subdesarrollo, se ha integrado completamente a la civilización burguesa y cuando ésta entra en decadencia los rebeldes periféricos disponen gracias a ella de la cultura técnica que les permite derrotar a su enemigo imperial.

Tal vez estemos presenciando la última etapa de la larga historia del capitalismo de estado blindado, del mega aparatismo autoritario militar fundado en la convergencia entre ciencia, tecnología, industria y administración pública, originada en la Europa de fines del siglo XIX pero con antecedentes en el desarrollo militar de sus estados burgueses desde la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la Revolución Industrial inglesa. El Complejo Militar Industrial norteamericano habría llevado este desarrollo hasta su límite superior, hasta la sofisticación tecnológica más irracional, hasta un gigantismo operativo que le impide percibir al “pequeño mundo” real que pretende dominar. Este probable colapso del militarismo burgués coincide con la crisis de la financiarización del capitalismo, etapa caracterizada la virtualización parasitaria de la economía, donde los grandes operadores financieros confunden a la realidad con un videojuego. Entre la virtualización financiera y la virtualización militar existen numerosos lazos culturales, mafiosos, políticos, psicológicos.

Crisis del Estado

También la crisis del Estado norteamericano irradia hacia el resto del mundo y al mismo tiempo expresa un fenómeno universal. No se trata sólo de asociar a Bush, con Berlusconi y Sarkozy como muestra de la degradación política de los Estados occidentales, debemos ir más allá y enfocar la crisis de los Estados integradores keynesianos (centrales y periféricos, imperialistas y nacional-desarrollistas) desde los años 1970 -y tal vez antes- y su apropiación por parte de las elites neoliberales. Dicha revolución política se correspondió con la financiarización acelerada del capitalismo coincidente a su vez con el fracaso de casi todos los socialismos del siglo XX: derrumbe de la URSS y su esfera de influencia, vía libre al capitalismo en China.

El Estado intervencionista fue el producto superador de las crisis capitalistas ocurridas desde comienzos del siglo XX, su ascenso estuvo siempre asociado al del militarismo, a veces de manera visible y otras, luego de la segunda guerra mundial, bajo disfraz democrático (si observamos la evolución de los Estados Unidos desde los años 1930 comprobaremos que el “keynesianismo militar” ha constituido hasta hoy la espina dorsal de su sistema).

En numerosos países subdesarrollados durante el siglo XX el Estado (“socialista”, “nacionalista”, “popular”, etc.) fue el pilar fundamental de una amplia variedad de proyectos emancipadores. En el origen más remoto de todas esas experiencias encontraremos a la transformación cultural que permitió la superación del capitalismo liberal desde fines del siglo XIX reinstalando la expansión del sistema. La herramienta decisiva de dicha proceso fue el Estado interventor, adoptando para su funcionamiento soluciones extraídas de la actividad militar como la planificación centralizada, el verticalismo, etc.

De manera extremadamente sintética es posible afirmar que el desarrollo de las fuerzas productivas universales, hasta llegar a su degeneración parasitaria-financiera actual, terminó por desbordar a sus reguladores estatales sumergiéndolos en la mayor de sus crisis.

El neoliberalismo aparentó ser la expresión de una globalización superadora de los estrechos capitalismos nacionales, el mercado era postulado como espacio superior de desarrollo y su libertad como la condición indispensable para el éxito de esa nueva transformación; en realidad se trataba del vigoroso monstruo financiero devorando a su padre estatal-productivo-keynesiano.

La superación estatista del capitalismo liberal del siglo XIX no sólo marcó culturalmente a las sociedades centrales sino también a la periferia donde apareció como el instrumento idóneo para el desarrollo independiente ante la debilidad o ausencia de burguesías locales medianamente nacionalistas. Además fue desde comienzos del siglo XX el componente decisivo de los proyectos de superación del capitalismo, en esos casos se trataba de romper con el capitalismo adaptando, “proletarizando”, vistiendo de socialista a los métodos del por entonces joven y aparentemente muy eficaz estatismo burgués.

Pero ese estatismo envejeció y finalmente fue sometido al poder financiero globalizado, no fue derribado por el movimiento insurgente anticapitalista central y/o periférico presentado como su hijo negador-superador, que rebelándose desde sus entrañas, regeneraba el desarrollo de las fuerzas productivas. Está siendo devorado por otro hijo suyo, astuto y tonto a la vez, improductivo, cuyo único proyecto es la depredación (financiera, ecológica, social).

Crisis tecnológica

El sistema tecnológico enlaza en un todo coherente técnicas, equipos, productos, estilos de consumo, materias primas, redes de comunicación y transporte, visto de un modo más amplio el mismo se corresponde con, es el núcleo central de, la civilización burguesa.

El despegue del capitalismo industrial fue posible hacia fines del siglo XVIII gracias a un conjunto de innovaciones que imprimieron velocidad al proceso de acumulación, extendiéndolo de manera global. Paralela a la expansión colonial las nuevas técnicas permitieron a la industria independizarse de los ritmos de reproducción natural de materias primas, principalmente energéticas. La explotación intensiva de recursos energéticos naturales no renovables proporcionó una primera fuente de energía barata y abundante: como ya señalé el ciclo del carbón mineral se corresponde con el del capitalismo inglés. La llegada en Inglaterra de la cima de la producción de carbón a comienzos del siglo XX marcó el inicio de la declinación del Imperio, fue una de sus causas. Pero antes de que esto ocurriera se había iniciado el ciclo ascendente del petróleo con centro en los Estados Unidos que llegó a su cenit hacia 1970.

Este lazo entre capitalismo industrial y explotación intensiva de recursos naturales no renovables ha sido decisiva en la primera configuración y evolución posterior del sistema tecnológico moderno, sesgó los modelos de producción, consumo, transporte y comunicaciones. Definió incluso finalmente al sistema de explotación de los recursos naturales renovables, como la agricultura y la pesca, insertándolos en un proceso más amplio de depredación acelerada que desata ahora una crisis ambiental que se va extendiendo acompañada por lo que podríamos definir como el comienzo de la etapa de declinación en la explotación de los recursos no renovables (Peak Oil, por ejemplo).

Conviene ahora introducir el concepto de “limite estructural” (¿porque no “cultural” o “civilizacional”?) del sistema tecnológico definido por Bertrand Gille como el punto en el que dicho sistema es incapaz de aumentar la producción en general o disminuir sus costos o por lo menos impedir que estos últimos sigan aumentando ante “necesidades humanas” crecientes (11). No se trata de necesidades humanas en general, ahistóricas, sino de necesidades sociales históricamente determinadas (con sus clases sociales, imperios, poblaciones sometidas, lujos, etc.), en ese sentido es posible instalar la hipótesis de que el sistema tecnológico del capitalismo estaría llegando a su límite superior más allá del cual va dejando de ser la columna vertebral del desarrollo de las fuerzas productivas para convertirse en la punta de lanza de su destrucción.

Este límite tecnológico puede ser visto como parte del fenómeno de agotamiento de la civilización burguesa dominada por el parasitismo financiero (que no hubiera podido alcanzar su nivel actual sin el respaldo de las tecnologías de punta).

Colapsos ambiental y urbano

Los colapsos ambientales son tan viejos como las decadencias de las civilizaciones. Ritchie Carlder comienza su historia de las técnicas con el siguiente relato:

«La magnificencia de la Babilonia de Nabucodonosor no existe más. Junto a sus múltiples guerras la obra principal de Nabucodonosor fue la extensión y embellecimiento de Babilonia, reparó el gran templo de Marduk y construyó el enorme palacio imperial cubierto con numerosas terrazas y sus jardines colgantes que fueron una de las siete maravillas del mundo. Reconstruyó la Torre de Babel, edificio piramidal en cuya cima se levantaba un vasto templo.

«Pero luego la naturaleza agregó a eso una nota irónica apuntando hacia las ambiciones del hombre y la explotación a que éste la sometió. El río Eufrates tantas veces manipulado, desviado de su lecho natural, terminó por vengarse. Un buen día transformó los alrededores de Babilonia en un pantano esponjoso donde proliferaron los mosquitos del paludismo, expandiendo la enfermedad y la muerte, debilitando a la población hasta el punto en que no estuvo más en condiciones de mantener la red de canales y cultivar los campos: la decadencia se aceleró. Es posible afirmar que fueron los mosquitos y no los mongoles los que precipitaron la ruina de Babilonia. Antes de que los hordas asiáticas se convirtieran en la avalancha pagana que destruyó Babilonia cumpliendo la profecía de Isaias, los mosquitos habían jugado el rol de comandos del Señor de los ejércitos.

«Alejandro Magno conquistó Babilonia, invadió Persia e India para convertirse en amo de civilizaciones más antiguas que la suya, luego, a la cabeza de su ejército regresó a las tierras de Babilonia y cuando llegó a ellas cayó enfermo y murió. “Aqui murió Alejandro Magno“, me decía el técnico irakí mientras atravesábamos el pantano de Babilonia, “murió de malaria, el mosquito era el verdadero rey de Babilonia, recuerde usted que el más poderoso de los dioses babilónicos, Nergal, era representado bajo el aspecto de un mosquito” (12).»

Georg Simmel (avanzando en una ruta visitada antes por Marx) establecía en su obra póstuma la contraposición, el antagonismo entre la dinámica de la vida creadora y sus productos (“fijos”) que se “autonomizan” de su realizador bloqueando o incluso destruyendo su desarrollo (13). Podríamos llevar ese enfoque hacia una secuencia bien conocida: el hombre domina a la naturaleza a través de técnicas que a su vez lo condicionan, asumiendo una cierta “autonomía” respecto de su creador, desarrollando rigideces que bloquean el despliegue de sus fuerzas productivas. Obviamente dicha “autonomía” no es realmente exterior, está presente en tanto rigidez civilizacional dentro de su propio sistema social y puede llegar hasta impedirle modificar (superar) una dinámica técnica que lo conduce hacia la depredación de su medio ambiente, es decir hacia la destrucción de su entorno vital. Cuando eso ocurre es porque la civilización que engendró ese sistema técnico ha llegado a su etapa senil (la destrucción del medio ambiente es en realidad autodestrucción del sistema social existente). La historia de las civilizaciones ha repetido esa secuencia, ahora es evidente que el capitalismo que no era el fin de la historia (sino una etapa siniestra de la misma) la vuelve a repetir, pero la diferencia esencial con los tiempos premodernos es que hoy ya no nos encontramos frente a una catástrofe ambiental limitada a una región del mundo sino ante un desastre de extensión planetaria y de intensidad nunca antes alcanzada. La radicalidad del fenómeno cuestiona a la técnica (convertida en “tecnología”) en tanto instrumento de lucha del hombre contra la naturaleza, concebida como espacio exterior (hostil) que es necesario dominar, controlar integralmente, manipulando a gusto sus ritmos de reproducción, gastando a voluntad sus tesoros. Además la separación ideológica entre el hombre y la naturaleza considerada como objeto de explotación es indisociable de la división del trabajo entre los hombres superiores, opresores y los inferiores oprimidos considerados también ellos materia pasiva de explotación.

El capitalismo no inventó ese estilo pero lo llevó hasta el extremo límite, hasta un nivel tal que la supervivencia de la especie humana dependerá cada vez más de la perspectiva de superación de esa larga historia de disociación ideológica cuyos resultados prácticos plantean el peligro del colapso planetario. La radicalidad del fenómeno exige entonces cerrar un prolongado ciclo de civilizaciones cuya última etapa es la del mundo burgués.

Estrechamente vinculado a la cuestión ambiental aparece el tema de la crisis urbana. También en este caso es necesario remontarnos hasta un pasado muy lejano, hasta los orígenes de la civilización. Marx fue terminante al respecto: “La más importante división entre el trabajo intelectual y el trabajo material fue la separación de la ciudad y el campo. La oposición entre la ciudad y el campo inicia el paso de la barbarie a la civilización, del régimen de tribus al Estado, de la localidad a la nación, y prosigue a través de toda la historia de la civilización hasta nuestros días” (14). A ello es necesario agregar que la expansión urbana se desarrolló a través de una sucesión interminable (ascendente en el muy largo plazo) de éxitos y fracasos, de progresos y degradaciones, donde la ciudad, centro del poder, de la organización social y de la creación técnica, emergía como motor decisivo del desarrollo de las fuerzas productivas pero también como generadora de parasitismo cuya hipertrofia terminaba siempre por empujar a cada civilización hacia la decadencia. El proceso fue descripto mucho antes de la modernidad, por ejemplo en el siglo XIV árabe, Ibn Jaldún, establecía una teoría de ciclos de civilización que comenzaba con la imposición de la hegemonía urbana generando progreso general, continuaba con el ascenso del parasitismo en la ciudad (donde residía el poder) y concluía con la decadencia parasitaria y el colapso del sistema (15).

Pero con la irrupción del capitalismo industrial el sistema urbano se expandió sin frenos como nunca antes lo había hecho, la tendencia se aceleró desde mediados del siglo XX y más aún en sus últimas décadas hasta llegar al establecimiento de la vida urbana burguesa como patrón único de la cultura universal (en 2008 la población urbana global alcanzará las 3.300 millones de personas) (16).

Desde comienzos de los años 1980, cuando la desocupación y el empleo precario en los países centrales se hicieron crónicos y cuando la exclusión y la pobreza urbanas se expandieron velozmente en la periferia, el crecimiento de las grandes ciudades fue cada vez mas el equivalente de involución de las condiciones de vida de las mayorías (megaurbanización = subdesarrollo caótico). En 1980 la población urbana periférica era del orden de las 930 millones de personas contra cerca de 770 millones en el centro (relación 1,2 a 1), en el año 2000 la relación pasó a ser de 2 a 1, las ciudades desarrolladas crecieron moderadamente llegando a 960 millones y las subdesarrolladas llegaron a los 1960 millones aproximadamente la mitad de estos últimos viviendo en suburbios miserables. La era neoliberal con su avalancha de privatizaciones, recortes de gastos públicos sociales y de infraestructura (principalmente en los países pobres), exclusión productiva y desregulación operó como un catalizador de la entropía urbana.

La descomposición de las ciudades es claramente visible en la periferia pero no es su exclusividad, se trata de un fenómeno global aunque es en el mundo subdesarrollado donde se suceden los primeros colapsos, expresiones más agudas de una marea multiforme, irresistible. Pierre Chaunu señalaba como uno de los síntomas decisivos de la decadencia “la aparición de ciudades cancerosas de crecimiento anárquico, destructoras del medio ambiente” haciendo el paralelo entre los procesos de declinación civilizacional en el Mundo Antiguo, por ejemplo el Imperio Romano, y la situación actual (17).

Ciclos largos e integración de las crisis

El panorama global asume el aspecto de una convergencia de numerosas crisis de diferente ritmo e impacto en el corto plazo. Esta simultaneidad sugiere la existencia de un fenómeno mayor que las incluye a todas, la idea de crisis-sistémica-general aparece como respuesta inmediata al interrogante; sin embargo el concepto de sistema se presenta cargado de ambigüedades. ¿De que “sistema” estamos hablando?, ¿de los sistemas financiero, económico, de hegemonía norteamericana mundial, de hegemonía occidental o bien del sistema capitalista como un todo? Además: ¿se trata de crisis o de algo mucho más grave?, ¿nos encontramos tal vez ante el comienzo de un mega colapso potencialmente mortal para el “sistema”? Por otra parte con el correr del tiempo son percibidas nuevas “crisis” que se incorporan a la lista, por ejemplo a las nueve turbulencias arriba descriptas podríamos agregar la de los símbolos legitimadores de la modernidad, sus normas, valores, visiones del futuro, identidades y todos aquellas representaciones que otorgan sentido a la existencia (18), más que evidente en los países centrales y también en los espacios (preferentemente urbanos) de las zonas más modernas de la periferia.

Empezando la lista de las crisis con el ocaso de los Estados Unidos, el mismo aparece como la etapa terminal del ciclo de la hegemonía anglo-norteamericana que abarca toda la historia del capitalismo industrial, desde sus orígenes hacia fines del siglo XVIII, luego derrotando sucesivamente a sus oponentes francés (guerras napoleónicas), alemán (las dos guerras mundiales y soviético (guerra fría). Una evaluación prospectiva rigurosa nos llevaría a la conclusión de que no existen en un horizonte temporal razonable sucesores imperiales dignos de ese nombre. La crisis actual, sobre todo las turbulencias financieras en curso y sus secuelas comerciales e industriales, confirman plenamente esa afirmación: las otras grandes potencias están completamente atadas al destino de los Estados Unidos y viceversa.

Ese ciclo bicentenario coincide (se encuentra estrechamente asociado) con el de la explotación intensiva de los recursos energéticos no renovables (superciclo carbón-petróleo) corazón del desarrollo industrial capitalista que pudo despegar y expandirse vertiginosamente porque sometió a sus ritmos a las fuentes energéticas (objetivo técnicamente imposible si se hubiera tratado de recursos energéticos renovables).

Hacia los años 1970 comenzó a declinar la producción petrolera norteamericana y el crecimiento económico global de las décadas posteriores, centrado en los países de alto desarrollo (energéticamente deficitarios) aceleró la depredación planetaria de esos recursos hasta llegar al agotamiento (en el transcurso de la década actual) de aproximadamente la mitad de las reservas. Es decir lo que se conoce como “peak oil”, cima de la extracción petrolera global, antesala de su declinación que a su vez (re)introduce después de dos siglos el tema de la penuria alimentaria.

Por su parte la financiarización acelerada del capitalismo se desarrolló desde fines de los años 1960 hasta llegar a una hipertrofia imposible de controlar y que ahora ingresa en un período de alta turbulencia. El ascenso del capital financiero como centro dominante del sistema fue detectado hace casi un siglo, pero no deberíamos detener la historia allí, es necesario remontarnos a los orígenes del capitalismo industrial y sus crisis de sobreproducción a lo largo del siglo XIX. Luego de cada una de ellas y producida la depuración correspondiente, el sistema no renacía como si nada hubiera ocurrido, no sólo acumulaba las innovaciones de la etapa anterior a las que agregaba otras sino que heredaba también algunas heridas, algunas taras, algunos segmentos parasitarios (por ejemplo financieros) que pasaban a formar parte de la nueva etapa.

Podemos así ver, siguiendo a Marx, como el capitalismo va transitando una sucesión de crisis superables apuntando hacia una crisis de carácter general. La misma no se produjo hacia fines del siglo XIX o a comienzos del siglo XX porque el capitalismo no es sólo una “estructura económica” sino algo mas amplio, se trata de un sistema social muy complejo capaz de generar correctivos, parches o incluso grandes transformaciones que le han permitido sobrevivir y crecer. No se trata de la imposición de soluciones salvadoras desde lo no-económico (por ejemplo desde la esfera política) impuestas a la irracionalidad económica, sino de una interacción plural al interior de las clases dominantes que va diseñando la alternativa más eficaz, el estatismo, el militarismo, la expansión financiera se conjugaron para salvar al sistema. Podemos entonces trazar un solo ciclo capitalista bicentenario bajo hegemonía industrial primero y financiera después.

El militarismo moderno tampoco fue una innovación que apareció de improviso a fines del siglo XIX, su primer desarrollo fue paralelo a la consolidación del estado burgués en Occidente y su periferia colonial. La introducción de la ciencia en la esfera militar y la transformación de esta última en una estructura de carácter industrial se fue conformando gradualmente a los largo de ese siglo al final del cual dio un salto cualitativo. Su hipertrofia aparatista actual, impulsa y es impulsada por la crisis general, tiene que ver con el horizonte de penuria energética (guerras eurasiáticas) y con su expansión incesante bajo predominio europeo durante todo el siglo XIX y comienzos del siglo XX cuando despegó el moderno Complejo Militar-Industrial y más adelante, desde la segunda guerra mundial, bajo predominio norteamericano (marcado por el “keynesianismo militar”). Lo que lo convirtió en la era de la financiarización acelerada (desde mediados de los años 1970) en un pilar decisivo de los negocios industrial-financieros más concentrados cuya degradación parasitaria lo sobredetermina.

El mito del Estado ausente o marginal durante la era del capitalismo liberal del siglo XIX debe ser revisado, fue la resultante de vulgarizaciones fuertemente impregnadas de ideologismo burgués que retornaron con fuerza en la era neoliberal. El Estado aún débil a comienzos de dicho siglo fue creciendo e incrementando sus funciones a medida que la expansión económica lo permitía y que las crisis del sistema lo exigían hasta convertirse en el Estado-interventor del siglo XX. La actual degradación del Estado (financiera, cultural, técnica) es el fin de un largo ciclo y está enlazada con las otras crisis ya mencionadas, la hipertrofia burocrática-militar del Imperio lo afecta de manera directa, los altos círculos financieros controlan los Estados de las grandes potencias convirtiéndolos en marionetas de los especuladores.

Tanto la crisis militar, como las crisis energética y alimentaria, como en última instancia la crisis de la financiarización originada en la crisis de sobreproducción crónica nos están alertando acerca de la existencia de una profunda crisis del sistema tecnológico de la modernidad, de la civilización burguesa, incapaz de superar sus bloqueos, de generar una ola global de innovaciones que posibilite ampliar a largo plazo la expansión del capitalismo introduciendo transformaciones decisivas (por ejemplo en el perfil de consumo energético). El mundo burgués ha quedado prisionero de su cultura productiva, de sus proezas científicas y tecnológicas, es decir de una acumulación cultural demasiado pesada como para que sea removida (renovada) por una civilización vieja.

La crisis urbana se deriva directamente del proceso de financiarización que desestructuró aparatos productivos periféricos, concentró ingresos a escala mundial, elitizó los Estados anulando o disminuyendo su anterior rol integrador.

En fin la crisis ambiental aparece con lazos directos hacia todas las crisis mencionadas y de manera muy evidente con el agotamiento del sistema tecnológico cuya rigidez lo convierte en el motor de la destrucción ecológica.

Precisamente esta multiplicación al infinito de “crisis” y su creciente virulencia e interacción nos está señalando que nos encontramos frente a la crisis del sistema como totalidad civilizacional, el mismo ha venido experimentando en las últimas cuatro décadas diversas crisis parciales, sobre todo financieras, en el marco de una larga decadencia general donde el parasitismo depredador fue avanzando de manera irresistible en todas las esferas de la vida social. De ese modo la larga crisis del capitalismo convertida en decadencia derivó finalmente ahora, al final de la primera década del siglo XXI, en un colapso financiero que podría llegar a combinarse con otras turbulencias agudas y transformarse en colapso general de la civilización vigente. Colapso no equivale de manera inmediata a muerte pero si se extiende y perdura puede engendrar la desintegración imparable del sistema (el paralelo con la decadencia del Imperio Romano es inevitable).

Estábamos acostumbrados a ver las crisis del capitalismo como crisis de sobreproducción, de ese modo nos acercábamos a la realidad pero no conseguíamos entenderla bien. La crisis crónica, larga, de sobreproducción no impidió el crecimiento económico, pero exacerbó las tendencias parasitarias, la cultura del corto plazo, la frivolidad como patrón de comportamiento, la depredación de fuerzas productivas y ecosistemas, y empieza a derivar en una crisis de subproducción (centrada por ahora de manera visible en el techo energético) lo que nos permite establecer afinidades con decadencias y colapsos de civilizaciones anteriores al capitalismo (que después de todo no es tan original como habíamos creído).

En este nuevo contexto se abren escenarios futuros girando en torno de desarrollos potenciales visibles e invisibles. La instauración de un tecno-fascismo imperial cuenta al parecer en el presente con serias bases de apoyo evidenciadas a lo largo de la era Bush. Aunque ese poderío está demasiado enlazado con la crisis en curso, ¿hasta que punto la crisis puede llegar a deteriorar seriamente dicha alternativa hasta hacerla impracticable? Otra perspectiva “visible” es la de supervivencia de capitalismos de baja intensidad tanto en el actual centro como en la periferia, serían la expresión de una prolongada decadencia sin superaciones en el camino (una suerte de “mas-de-lo-mismo” pobre y degradado).

La superación humanista, extendiendo la libertad y la solidaridad, aboliendo desigualdades, parecería una utopía enterrada en el pasado, sin embargo una mirada histórica profunda nos permitiría descubrir un increíble siglo XX (casi invisible) sepultado por el virtualismo neoliberal. En ese siglo y por primera vez en la historia de las civilizaciones centenares de millones de seres humanos ejercieron sus derechos democráticos aunque en numerosos casos estos fueron luego bastardeados o aplastados, ingresaron en sindicatos, eligieron autoridades, hicieron revoluciones populares e incluso algunas socialistas.

Más aun, bajo la reciente modernización financerizada (neoliberal) se han multiplicado las redes de comunicación (internet) haciendo posibles formas futuras de participación y de ejercicio de democracia directa nunca antes imaginadas. Este enorme potencial democrático ha empezado a desplegar algunas expresiones de lo que podría llegar a constituir una alternativa o un abanico plural de alternativas de dimensión universal.

Periodización

Podríamos periodizar todo el desarrollo del capitalismo industrial utilizando una curva en forma de campana que representaría la trayectoria temporal de un indicador del dinamismo del sistema dividida en cuatro períodos.

Un primer período, el más largo podría ser definido como de “capitalismo joven”, sus crisis de sobreproducción fueron en última instancia crisis de crecimiento, luego de cada gran turbulencia el sistema se expandía, mejoraba cuantitativamente y cualitativamente, el optimismo histórico (progresismo derivado del iluminismo) dominaba la cultura de las clases dominantes, sus saqueos coloniales eran visualizados como históricamente positivos desde las sociedades centrales (y desde las elites coloniales). También era vista de manera positiva la superexplotacion de recursos naturales no renovables presentada como proeza técnica y científica, el mito de una revolución tecnológica infinita se instaló de manera durable.
Pero en el capitalismo joven se sucedían crisis que aunque superadas dejaban secuelas negativas hasta engendrar finalmente un poder parasitario financiero que hacia comienzos del siglo XX devino dominante.

Ingresamos entonces en un segundo período de “capitalismo maduro” donde la intervención estatal, junto a los parasitismos militar y financiero, consiguieron controlar las sucesivas crisis de sobreproducción de las que emergieron algunos síntomas de decadencia. Esta confusión histórica entre componentes de decadencia con otros de eficacia y progreso colocó sucesivas bombas de tiempo en los procesos de ruptura periférica, con mayor carga trágica en aquellos que anunciaban la superación del capitalismo. Las primeras fisuras graves del mundo burgués brindaron espacios favorables para las revoluciones antiimperialistas y socialistas periféricas pero la hegemonía cultural del capitalismo las encadenó a muchos de sus mitos consumistas, tecnológicos, administrativos, etc. Vistas desde la larga duración de la historia podríamos ver a estas revoluciones como procesos pioneros, culturalmente débiles, ante los cuales el mundo burgués cedió espacio (a empujones) aunque pudo finalmente acorralarlos, vencerlos, integrarlos a su decadencia.

La tercera etapa es la del capitalismo senil (19) iniciado en los años 1970 a lo largo del cual se desarrolló una crisis crónica de sobreproducción que aceleró la financiarización del capitalismo hasta ser hegemónica imponiendo su sello a la cultura universal. Junto al cáncer financiero se expandieron las más variadas formas de parasitismo y de saqueo de recursos naturales y estructuras productivas periféricas. El crecimiento del Complejo Militar Industrial no se detuvo con el fin de la Guerra Fría sino que llegó a niveles nunca antes alcanzados.

Durante la mayor parte de la era del capitalismo senil las crisis catastróficas fueron impedidas, reguladas gracias al instrumental de intervención heredado de la era keynesiana, la gran crisis fue postergada pero no eliminada del horizonte. La crisis crónica de sobreproducción asociada a la superexplotación de los recursos naturales apunta ahora claramente hacia una crisis general de subproducción iniciada con las crisis energética y alimentaria. De ese modo el sistema tecnológico del capitalismo que proclamaba haber terminado con las crisis de subproducción de las civilizaciones anteriores, sólo afectado por crisis de sobreproducción hasta ahora controladas, termina hacia el final de su ciclo generando una crisis de subproducción planetaria, la mayor de la historia humana.

Finalmente estallan todas las “crisis” de manera casi conjunta y el sistema va ingresando en una zona de colapso.

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Notas

(1), OECD, “National Accounts-Main Aggregates, 1960-1996”, OECD, Paris, 1998; OECD “OECD Economic Outlook” (varios números).
(2), “El capitalismo que inció su desarrollo con el pequeño capital usurario llega al final de este desarrollo como un capital usurario gigantesco… Todas las condiciones de la vida económica sufren una modificación profunda a cosecuencia de esta degeneración del capitalismo” (pág. 767) … “¿Donde está la base de este fenómeno histórico universal?. Se encuentra en el parasitismo y en la descomposición del capitalismo inherentes a su fase histórica superior…” (pág. 729). Lenin, “El Imperialismo, fase superior del capitalismo”, en V.I.Lenin, Obras Escogidas, tomo I, Ediciones de Lenguas Extranjeras, Moscu, 1960.
(3), Nikolai Bukharin, “Theory of the Leisure Class”, International Publishers, 1927.

http://www.marxists.org/archive/bukharin/works/1927/leisure-economics/index.htm

(4), Energy Watch Group (http://www.energywatchgroup.org/Reports.24+M5d637b1e38d.0.html); “Oil Report”, “Coal Report”, “Uranium Report”.
(5), un análisis mas detallado del tema puede ser encontrado en: Jorge Beinstein. “El hundimiento del centro del mundo. Estados Unidos entre la recesión y el colapso”, Rebelión, 08-05-2008, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=67099
(6), “Economic Report of the President”, 2008.
(7), U.S. Department of Justice – Bureau of Justice Statistics.
(8), Adam Liptak, “American Exception. Inmate Count in U.S. Dwarfs Other Nations”, The New York Times, April 23, 2008
(9), MacKinder escribió que “quién domine el corazón continental -de Asia- dominará la isla mundial -Eurasia y África-; quién domine la isla mundial dominará el mundo”. Halford John Mackinder, “Britain and the British Seas”, su primera edición fue realizada por Heinemann, London, 1902.
(10), Chalmers Johnson, “Going bankrupt: The US’s greatest threat”, Asia Times, 24 Jan 2008.
(11), “Histoire des techniques”, sous la direction de Bartrand Gille, La Pléiade, Paris, 1978.
(12), Ritchie Calder, “L’homme et ses techniques”, Payot, Paris, 1963.
(13), Georg Simmel, “Intuicion de la vida”, Caronte Filosofía, La Plata, 2004.
(14), Karl Marx, Oeuvres Philosophiques, tome VI, Editions Costes, Paris, 1950.
(15), Ibn Jaldún, “Introducción a la historia universal (Al-Muqaddinmah)”, Fondo de Cultura Económica, México, D.F, 1977.
(16), United Nations Population Fund, Estado de la población mundial-2007.
(17), Pierre Chaunu, “Histoire et décadence”, Perrin, Paris, 1981.
(18), Alain Bihr, “Actualiser le communisme”, http://www.plusloin.org/textes/Commu.PDF
(19), El concepto de capitalismo senil fue elaborado en los años 1970 por Roger Dangeville (Roger Dangeville, “Marx-Engels. La crise”, editions 10/18, Paris 1978) y retomado en la década actual por varios autores (Jorge Beinstein, “Capitalismo Senil”, Ediciones Record, Rio de Janeiro, 2001), Samir Amin , “Au delà du capitalisme senile”, Actuel Marx -PUF, Paris 2002).

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