Archive for the ‘Esenciales’ Category

21
Ago

Jesucristo no maldijo el dinero: maldijo el mal uso del dinero, a los malos ricos y la adoración del “ídolo inicuo, mammona inequitatis”

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El cambista y su mujer, from vailima.blogia.com

El cambista y su mujer, by Marinus Claeszon Van Reymerswaele Roemerswaele, from vailima.blogia.com

Esto se llama usura, y es la base del actual capitalismo

Por Leonardo Castellani *

Jesucristo no maldijo el dinero, como hicieron Proudhon, Papini o León Bloy: maldijo el mal uso del dinero, a los malos ricos y la adoración de dinero, al cual llamó el “ídolo inicuo, mammona inequitatis”: ídolo, porque lo idolatramos; inicuo, porque hacemos por él iniquidades (ustedes no, probablemente).

Jesucristo sabía lo que era el dinero. ¿Qué es el dinero? El dinero es un “ticket”, un boleto, como esos que nos dan en el colectivo, solamente que en vez de procurarnos solamente un viaje en colectivo, nos puede procurar todas las cosas, incluso la felicidad, según muchos creen. En sí mismo no vale nada, vale como signo. Un billete de mil pesos, hacerlo cuesta cincuenta centavos; y si no representara una cantidad de bienes (que en la Argentina va siendo menor cada vez) ni siquiera valdría cincuenta centavos: es un papel que no serviría para nada, ni siquiera para escribir una carta. Y sin embargo, el dinero se vende, se compra y se alquila, como si fuera una cosa en vez de un signo.

¿Por qué? Porque además de signo es un instrumento; con dinero puedo comprar instrumentos y producir más bienes -además de comer y vestir. Si yo presto una azada, ¿puedo cobrar un alquiler por prestarla? Sí, porque no puedo trabajar con ella mientras la tiene el otro, y además la azada se gasta; y esto se llama el “interés” o renta. Pero si yo le exijo al prestatario de la azada que me dé todo lo que gane con ella, menos una pequeña suma para que pueda comer y seguir trabajando para mí, ¿es justo? Esto se llama usura, y es la base del actual capitalismo. ¿Y si yo monopolizo tadas las azadas que hay en la República Argentina, y entonces al que quiero le alquilo, al que no quiero no, y puedo cobrar el alquiler que se me antoja, o si se mueren de hambre? Esto se llama Gran finanza, o Alta finanza, o Capital Financiero: ¿No podemos dejar que la Alta finanza se coma las azadas y nosotros comer trigo? No, porque no podemos producir trigo con las manos.

La Alta finanza, que es poder oculto y formidable, opera por medio del sistema bancario moderno. El sistema bancario moderno está basado en una ficción, o digamos una estafa, pues abre la puerta a innumerables y enormes estafas. Pongamos un ejemplo típico: el primer banco moderno que se fundó fue el Banco de Inglaterra, modelo y maestro de todos los bancos. (Los italianos inventaron los bancos, pero los primeros bancos lombardos y genoveses eran relativamente decentes: prestaban azadas). El Banco de Inglaterra se fundó en esta forma: el rey Guillermo III necesitaba 1.220.000 esterlinas, y se las prestó un prestamista judío de Frankfurt llamado Rothschild, o sea, escudo rojo; con esta condición: el rey recibía esa cantidad en oro, y la debía a Rothschild; y Rothschild recibía autorización para emitir un millón y pico de billetes y préstamos; eso se llamó “el activo” del Banco. De modo que, ustedes ven, el dinero se ha multiplicado por dos: el rey tiene un millón y lo gasta; el Banco tiene otro millón y lo presta; y el rey sigue debiendo un millón de libras. Como el dinero representa bienes (y si no, ningún valor tiene) y se ha multiplicado por dos, y los bienes no se han multiplicado por dos, los bienes cuestan ahora el doble; y ese aumento, que va a parar a los cofres Rothschild, lo paga el consumidor.

Eso no es nada todavía: queda la llamada “reserva”. Los banqueros se dieron cuenta pronto que la gente que pone dinero en el banco, para que ellos lo vendan o alquilen, no lo saca de golpe, a lo más un 5 o 10% es exigido al banco habitualmente, contando lo que entra habitualmente. “Pongamos 20% para más segurirdad” -dice el banquero- “y podemos alquilar 80% más” -es decir, podemos prestar dinero que no existe, que le llaman “crédito”. Es decir que el banco presta y saca dinero del préstamo, no solamente por todo el activo que tiene sino por cuatro veces más de dinero que no existe y de bienes que no existen.

Es decir, que si tiene veinte pesos depositados, que son reales, hace préstamos por cien pesos; y cobra interés. Es decir que no solamente fabrica dinero, sino que saca dinero del aire: “dinero fantasma”, no para los financistas ciertamente, sino para nosotros.

¿Por qué pueden hacer eso? Porque la gente cree y tiene experiencia de que si va a exigir su dinero al banco, el banco se lo da. Pero es un error: si toda la gente fuese conjuntamente a sacar su dinero, el banco no puede pagar; se produce un pánico, lo que llaman una corrida, y el banco quiebra; y los depositantes pierden su dinero o parte de él.

(…) Pero, ¿no se pueden poner freno y riendas a los usureros de las Grandes finanzas? No se puede, ahora y aquí por los menos. La Gran finanza puede más que los gobiernos y los reyes -por lo menos de las naciones chicas y zonzas-, hace temblar a los políticos, e incluso puede provocar si quiere guerras internacionales.

(…) La Alta finanza presta capitales a los industriales y empresarios, que sin eso no se pueden sostener las grandes empresas industriales, necesarias hoy día; y les cobra intereses usurarios.

Los industriales, para no fundirse, naturalmente, mandan esos intereses a los precios. Guerras para mantener “mercados”. Cuestión social: intranquilidad, amargura, angustia. Y así hemos llegado a este estado absurdo: escasez en medio de la abundancia; pobreza en medio de las riquezas; hambre en medio de la superproducción de alimentos; en 1933 en San Julián de la Patagonia se degollaron y quemaron sesenta mil carneros; y al mismo tiempo en la India aldeas enteras se morían de hambre ¡y en la Argentina también! Escasez artificial -y criminal.

¿Quién puede arreglar todo esto? Ahora, nadie. Solamente Cristo o el Anticristo pueden arreglarlo.

* Leonardo Castellani, de su Homilía del Domingo de Septuagésima, 1963. Texto completo en Edición 4 por el 132° aniversario de Reconquista, 27-04-04.

Nacido en Reconquista, Provincia de Santa Fe, República Argentina, el 16 de noviembre de 1899. Era hijo de Héctor Luis Castellani y Catalina Contepomi. Héctor Luis llegó a la Argentina en 1872 a los 5 años con su padre Leonardo, arquitecto florentino y fundador de la colonia San Antonio de Obligado en el norte santafesino. Don Héctor fue maestro normal y ejerció el oficio de periodista. Fundó y dirigió el periódico “El Independiente”, el primero en el norte de Santa Fe. En la época de Leandro N. Alem, militó en la Unión Cívica Radical. Tras un confuso episodio con la policía provincial en 1906, Don Héctor recibió un pistoletazo que le produjo la muerte. Su madre, Catalina Contepomi, era nacida en la Argentina de una familia de inmigrantes friulianos, supuestamente descendientes de condes. Los Castellani Contepomi tuvieron otros tres hijos menores: María Magdalena, Luis Oscar y Armando Néstor.

En la ciudad eterna, se postuló al examen Ad Gradum, el cual exige el conocimiento y desarrollo de temas tan especializados y difíciles que, en cada siglo, uno o dos candidatos se presentan a rendirlos; mas, en ocasiones, ninguno los aprueba. Castellani, con notas todas sobresalientes, obtuvo el título más alto que la iglesia católica otorga a los más sabios entre sus doctores. Este título es el apodado “diploma bulado” por llevar como protocolización el mismo sello de plomo de las bulas pontificias. En él, el Su Santidad Pío XI y el General de la Compañía de Jesús, P. Wladimir Ledochowski, en 1931 acreditaron con su firma, que Leonardo Luis Castellani era “Doctor Sacro Universal” Cum licentia ubique docendi, cuyo título habilita a enseñar filosofía y teología en cualquier universidad católica del mundo sin reválida. El eximio título de Doctor Sacro Universal, asimismo, le daba derecho a publicar sus escritos sin censura previa, en los países donde no hubiese otro título igual o superior al suyo. Superior, no existía ninguno; igual, nadie lo tenía en la iglesia americana desde el Descubrimiento hasta él.

17
Ago

La vulgarización del tabú: El mundo debe ser cumplido totalmente, la desacralización, el nihilismo y la entropía deberán ser totales

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Eros y Psique, by Antonio Canova, from mimajestad.blogspot.com

Eros y Psique, by Antonio Canova, from mimajestad.blogspot.com

Filosofía

Sobre el nihilismo y la rebeldía en la obra de Ernst Jünger

Por Ricardo Andrade Ancic
avizora.com

“Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad… El emboscado no permite que ningún poder, por muy superior que sea, le prescriba la ley, ni por la propaganda, ni por la violencia”.

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Ernst Jünger (1895-1998), autor de diarios clave sobre lo que se llamó la estética del horror, así como de un importante ensayo -El Trabajador- acerca de la cultura de la técnica moderna y sus repercusiones, está considerado, incluso por sus críticos más acerbos, como un gran estilista del idioma alemán, al que algunos incluso ponen a la altura de los grandes clásicos de la literatura germánica. Fue el último sobreviviente de una generación de intelectuales heredada de la obra de Oswald Spengler, Martin Heidegger, Carl Schmitt y Gottfried Benn. Apasionado polemista, nunca estuvo ajeno de la controversia política e ideológica de su patria; iconoclasta paradójico, enemigo del eufemismo, “anarquista reaccionario” en sus propias palabras, abominador de las dictaduras (fue expulsado del ejército alemán en 1944 después del fracaso del movimiento antihitlerista) y las democracias (dictaduras de la mayoría, como las llamó Karl Kraus, líder espiritual del círculo de Viena). En 1981, Jünger recibió el premio Goethe en Frankfurt, máximo galardón literario de la lengua germana. Sus obras, varias de ellas de carácter biográfico, giran sobre el eje de protagonistas en cuyas almas el autor intenta plasmar una cierta soledad y desencantamiento frente al mundo contemporáneo; al tema central, intercala disquisiciones acerca del origen y destino del hombre, filosofía de la historia, naturaleza del Estado y la sociedad. Por sobre esto, sus obras constituyen un llamado de denuncia y advertencia ante el avance incontenible y abrasador del nihilismo como movimiento mundial, a la vez que se convierten en guías para las almas rebeldes ante este proceso avasallador.

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Pero, ¿qué es el nihilismo? Jünger, en un intercambio epistolar con Martin Heidegger, expuso sus conceptos sobre el nihilismo en el ensayo Sobre la línea (1949). Basándose en La voluntad de poder de F. Nietzsche, lo define, en primer término, como una fase de un proceso espiritual que lo abarca y al que nada ni nadie pueden sustraerse. En sí mismo, es un proceso determinado por “la devaluación de los valores supremos”, en que el contacto con lo Absoluto es imposible: “Dios ha muerto“. Nietzsche se caracteriza como el primer nihilista de Europa, pero que ya ha vivido en sí el nihilismo mismo hasta el fin. De esto Jünger recoge un Optimismo dentro del Pesimismo característico de este proceso, en el sentido de que Nietzsche anuncia un contramovimiento futuro que reemplazará a este nihilismo, aun cuando lo presuponga como necesario. También recoge síntomas del nihilismo en el Raskolnikov de Dostoievski, que “actúa en el aislamiento de la persona singular”, dándole el nombre de ayuntamiento, proceso que puede resultar horrible en su epílogo, o ser la salvación del individuo luego de su purificación “en los infiernos”, regresando a su comunidad con el reconocimiento de la culpa. Entre las dos concepciones, Jünger rescata un parentesco, el hecho de que progresan en tres fases análogas: de la duda al pesimismo, de ahí a acciones en el espacio sin dioses ni valores y después a nuevos cometidos. Esto permite concluir que tanto Nietzsche como Dostoievski ven una y la misma realidad, sí bien desde puntos muy alejados.

Jünger se encarga de limpiar y desmitificar el concepto de nihilismo, debido a todas las definiciones confusas y contradictorias que intelectuales posteriores a Nietzsche desarrollaron en sus trabajos, problema para él lógico debido a la “imposibilidad del espíritu de representar la Nada”. Como problema principal, distingue el nihilismo de los ámbitos de lo caótico, lo enfermo y lo malo, fenómenos que aparecen con él y le han dado a la palabra un sentido polémico. El nihilismo depende del orden para seguir activo a gran escala, por lo que el desorden, el caos serían, como máximo, su peor consecuencia. A la vez, un nihilista activo goza de buena salud para responder a la altura del esfuerzo y voluntad que se exige a sí mismo y los demás. Para Nietzsche, el nihilismo es un estado normal y sólo patológico, por lo que comprende lo sano y lo enfermo a su particular modo. Y en cuanto a lo malo, el nihilista no es un criminal en el sentido tradicional, pues para ello tendría que existir todavía un orden válido.

El nihilismo, señala Jünger, se caracteriza por ser un estado de desvanecimiento, en que prima la reducción y el ser reducido, acciones propias del movimiento hacia el punto cero. Si se observa el lado más negativo de la reducción, aparece como característica tal vez más importante la remisión del número a la cifra o también del símbolo a las relaciones descarnadas; la confusión del valor por el precio y la vulgarización del tabú. También es característico del pensamiento nihilista la inclinación a referir el mundo con sus tendencias plurales y complicadas a un denominador; la volatización de las formas de veneración y el asombro como fuente de ciencia y un “vértigo ante el abismo cósmico” con el cual expresa ese miedo especial a la Nada. También es inherente al nihilismo la creciente inclinación a la especialización, que llega a niveles tan altos que “la persona singular sólo difunde una idea ramificada, sólo mueve un dedo en la cadena de montaje”, y el aumento de circulación de un “número inabarcable de religiones sustitutorias”, tanto en las ciencias, en las concepciones religiosas y hasta en los partidos políticos, producto de los ataques en las regiones ya vaciadas.

Según lo expresado en Sobre la línea, es la disputa con Leviatán -ente que representa las fuerzas y procesos de la época, en cuanto se impone como tirano exterior e interior-, es la más amplia y general en este mundo. ¿Cuáles son los dos miedos del hombre cuando el nihilismo culmina? “El espanto al vacío interior, obligando a manifestarse hacia fuera a cualquier precio, por medio del despliegue de poder, dominio espacial y velocidad acelerada. El otro opera de afuera hacia adentro como ataque del poderoso mundo a la vez demoníaco y automatizado. En ese juego doble consiste la invencibilidad del Leviatán en nuestra época. Es ilusorio; en eso reside su poder”. La obra de Jünger trastoca el tema de la resistencia; se plantea la pregunta sobre cómo debe comportarse y sostenerse el hombre ante la aniquilación frente a la resaca nihilista.

“En la medida en que el nihilismo se hace normal, se hacen más temibles los símbolos del vacío que los del poder. Pero la libertad no habita en el vacío, mora en lo no ordenado y no separado, en aquellos ámbitos que se cuentan entre los organizables, pero no para la organización”. Jünger llama a estos lugares “la tierra salvaje”, lugar en el cual el hombre no sólo debe esperar luchar, sino también vencer. Son estos lugares a los cuales el Leviatán no tiene acceso, y lo ronda con rabia. Es de modo inmediato la muerte. Aquí dormita el máximo peligro: los hombres pierden el miedo. El segundo poder fundamental es Eros; “allí donde dos personas se aman, se sustraen al ámbito del Leviatán, crean un espacio no controlado por él”. El Eros también vive en la amistad, que frente a las acciones tiránicas experimenta sus últimas pruebas. Los pensamientos y sentimientos quedan encerrados en lo más íntimo al armarse el individuo una fortificación que no permite escapar nada al exterior; “En tales situaciones la charla con el amigo de confianza no sólo puede consolar infinitamente sino también devolver y confirmar el mundo en sus libres y justas medidas”. La necesidad entre sí de hombres testigos de que la libertad todavía no ha desaparecido harán crecer las fuerzas de la resistencia. Es por lo que el tirano busca disolver todo lo humano, tanto en lo general y público, para mantener lo extraordinario e incalculable, lejos.

Este proceso de devaluación de los valores supremos ha alcanzado, de algún modo, caracteres de “perfección” en la actualidad. Esta “perfección” del nihilismo hay que entenderla en la acepción de Heidegger, compartida por Jünger, como aquella situación en que este movimiento “ha apresado todas las consistencias y se encuentra presente en todas partes, cuando nada puede suponerse como excepción en la medida en que se ha convertido en el estado normal.” El agente inmediato de este fenómeno radica en el desencuentro del hombre consigo mismo y con su potencia divina. La obra de Jünger, en este sentido, da cuenta del afán por radicar el fundamento del hombre.

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Uno de los síntomas de nuestra época es el temor. Aquel temor que hace afirmar al autor que toda mirada no es más que un acto de agresión y que hace radicar la igualdad en la posibilidad que tienen los hombres de matarse los unos a los otros. A lo anterior, hay que agregar la inclinación a la violencia que desde el nacimiento todos traemos, según lo señalado en su novela “Eumeswil” (1977). . Por eso el mundo se torna en imperfecto y hostil. Su historia no es sino la de un cadáver acechado una y otra vez por enjambres de buitres. Esta visión lúgubre de la realidad, en la que se encuentra una reminiscencia schopenhaueriana, fue sin duda alimentada por la experiencia personal del autor, testigo del horror de dos guerras implacables que no hicieron más que coronar e instaurar en el mundo el culto a la destrucción, al fanatismo y la masificación del hombre. El avance de la técnica, a pesar de los beneficios que conlleva, a juicio de Jünger tiene la contrapartida de limitar la facultad de decisión de los hombres en la medida en que a favor de los alivios técnicos van renunciando a su capacidad de autodeterminación conduciendo, luego, a un automatismo generalizado que puede llevar a la aniquilación. La pregunta que surge entonces es cómo el hombre puede superarlo, a través de que medios puede salvarse. La respuesta de Jünger, en boca de uno de sus personajes principales, el anarca Venator: la salvación está en uno mismo. El anarca, que nada tiene que ver con el anarquista, expulsa de sí a la sociedad, ya que tanto de ésta como del Estado poco cabe esperar en la búsqueda de sí mismo. El no se apoya en nadie fuera de su propio ser; su propósito es convertirse en soberano de su propia persona, porque la libertad es, en el fondo, propiedad sobre uno mismo.

Aparecen en este momento dos afirmaciones que pueden aparecer como contradictorias: el hombre inclinado a la violencia desde su nacimiento, y el hombre que debe penetrar en un conocimiento interior con el fin de descubrir su forma divina. Jünger afirma que la riqueza del hombre es infinitamente mayor de lo que se piensa. ¿Cómo conciliar esto con el carácter perverso que le atribuye al mismo? Al responder esto, el escritor apela a una instancia superior a la que denomina Uno, Divinidad, lo Eterno, según lo que se colige sobre todo en su obra posterior a 1950. La relación entre el hombre y lo Absoluto, expuesta por el maestro alemán, se entiende del siguiente modo: el ser, forma o alma de cada uno de nosotros ha estado, desde siempre, es decir, antes de nacer, en el seno de la Divinidad, y, después de la muerte, volverá a estar con ella. Antes de nacer, es tal el grado de indeterminación de esa unidad en lo Uno que el hombre no puede tener conciencia de la misma. Sólo cuando el nacimiento se produce, el hombre se hace consciente de su anterior unidad y busca desesperadamente volver a ella, al sentirse un ser solitario. Es allí cuando debe dirigirse hacia sí mismo, penetrar en su alma que es la eterna manifestación de lo divino. En el conócete a ti mismo, el hombre puede acceder a la forma que le es propia, proceso que para Jünger es un “ver” que se dirige hacia el ser, la idea absoluta. Señala en El trabajador que la forma es fuente de dotación de sentido, y la representación de su presencia le otorga al hombre una nueva y especial voluntad de poder, cuyo propósito radica en el apoderamiento de sí mismo, en lo absoluto de su esencia, ya que el objeto del poder estriba en el ser-dueño… En consecuencia, en ese descubrimiento de ser atemporal e inalterable que le confiere sentido, el hombre puede hacerse propietario de éste y convertirse en un sujeto libre. En caso contrario, quien no posea un conocimiento de sí mismo es incapaz de tener dominio sobre su ser no pudiendo, por tanto, sembrar orden y paz a su alrededor. En conclusión, esta inclinación a la violencia que surge con el nacimiento del hombre, en otras palabras, con su separación de lo Uno en la identidad primordial y primigenia dando lugar a la negación de la Divinidad, puede ser dominada y contrarrestada en la medida que el hombre se convierta en dueño de sí mismo, para lo cual es fundamental el conocimiento de la forma que nos otorga sentido.

La sustancia histórica, señala Jünger, radica en el encuentro del hombre consigo mismo. Ese encuentro con el ser supratemporal que le dota de sentido lo simboliza con el bosque. En su obra El tratado del rebelde afirma: “La mayor vigencia del bosque es el encuentro con el propio yo, con la médula indestructible, con la esencia de que se nutre el fenómeno temporal e individual”. Es, entonces, el lugar donde se produce la afirmación de la Divinidad, al adquirir el sujeto la conciencia misma como partícipe de la identidad con lo Eterno.

El Verbo, entendido como “la materia del espíritu”, es el más sublime de los instrumentos de poder, y reposa entre las palabras y les da vida. Su lugar es el bosque. “Toda toma de posesión de una tierra, en lo concreto y en lo abstracto, toda construcción y toda ruta, todos los encuentros y tratados tienen por punto de partida revelaciones, deliberaciones, confirmaciones juradas en el Verbo y en el lenguaje”, enuncia en El tratado del rebelde. El lenguaje es, en definitiva, un medio de dominación de la realidad, puesto que a través de él aprehendemos sus formas últimas, en la medida en que es expresión de la idea absoluta. En una época tan abrumadoramente nihilista como la contemporánea, el propio autor describe como el lenguaje va siendo lentamente desplazado por las cifras.

En la obra de Jünger, el hombre que no acepta el “espíritu del tiempo” y se “retira hacia sí mismo” en busca de su libertad, es un rebelde. A partir de un ensayo de 1951, Jünger había propuesto una figura de rebelde a las leyes de la sociedad instalada, el Waldgänger que, según una antigua tradición islandesa, se escapa a los bosques en busca de sí mismo y su libertad. Posteriormente, el autor desarrolla la figura del rebelde en la novela Eumeswil, publicada en 1977, definiendo la postura del anarca, tipo que encarnaría el distanciamiento frente a los peores aspectos del nihilismo actual; o como el único camino digno a seguir para los hombres de verdad libres.

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Como en Heliópolis, en Eumeswil, Jünger nos presenta un mundo aún por llegar: se vive allí el estado consecutivo a los Grandes Incendios -una guerra mundial, evidentemente- y a la constitución y posterior disolución del Estado Mundial. Un mundo simplificado, en que aparecen formas semejantes a las del pasado: los principados de los Khanes, las ciudades-Estados. El autor marca el carácter postrero del ambiente que da a su novela, comparándola a la época helenística que sigue a Alejandro Magno, una ciudad como Alejandría, ciudad sin raíces ni tradición. De modo análogo, en la sociedad de Eumeswil las distinciones de rangos, de razas o clases han desaparecido; quedan sólo individuos, distinguidos entre ellos por los grados de participación en el poder. Se posee aún la técnica, pero como algo más bien heredado de los siglos creadores en este dominio. La técnica permite, por ejemplo -siendo esto otro rasgo alejandrino-, un gran acopio de datos sobre el pasado, pero este pasado ya no se comprende.

Se enfrentan en Eumeswil dos poderes: el militar y el popular, demagógico, de los tribunos. Del elemento militar ha salido el Cóndor, el típico tirano que restablece el orden y, con él, las posibilidades de la vida normal, cotidiana, de los habitantes. Pero se trata de un puro poder personal, informe, que ya no puede restaurar la forma política desvanecida. Por lo demás tampoco en Eumeswil se tiene la ilusión de la gran política; no se trata siquiera de una potencia, viviendo como vive bajo la discreta protección del Khan Amarillo. En suma, son las condiciones de la civilización spengleriana, las de toda época final en el decurso de las culturas. “Masas sin historia”, “Estados de fellahs”, como señala Jünger.

El protagonista y narrador de la novela es Martín Venator, “Manuelo” en el servicio nocturno de la alcazaba del Cóndor. Es un historiador de oficio: aplica al pasado sus cualidades de observador, y de allí las reflexiones sobre el tiempo presente. Su modelo es, sin duda, Tácito: senador bajo los Césares, celoso del margen de libertad que aún puede conservar, escéptico frente a los hombres y frente al régimen imperial. Venator también es camarero, barman en la alcazaba: como en las cortes de otra época, el servicio personal y doméstico al señor resulta ennoblecido. El camarero suele ser asimismo un observador, y en este terreno se encuentra con el historiador.

El historiador se retira voluntariamente al pasado, donde se encuentra en realidad “en su casa”, y en este modo se aparta de la política. La derrota, el exilio, han sido a veces la condición de desarrollo de una vocación historiográfica -Tucídides en la Antigüedad, por ejemplo-, pero en otras ocasiones el historiador ha tomado parte activa de las luchas de su tiempo. En la novela, tanto el padre como el hermano del protagonista también son historiadores, pero, a diferencia de éste, están ideológicamente “comprometidos”: son buenos republicanos, liberales doctrinarios, cautos enemigos del Cóndor más ajenos al mundo de los hechos que éste representa. Ellos deploran que “Manuelo” haya descendido a tan humilde servicio al tirano. Servicio fielmente prestado, pero en ningún caso incondicional. Entre los enemigos del Cóndor están los anarquistas: conspiran, ejecutan atentados… nada que la policía del tirano no logre controlar. De ellos se diferencia claramente Venator: no es un anarquista, es un anarca.

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La mejor definición para la posición del anarca pasa por su relación y distinción de las otras figuras, las otras individualidades que se alzan, cada una a su modo, frente al Estado y la sociedad: el anarquista, el partisano, el criminal, el solipsista; o también, del monarca absoluto, como Tiberio o Nerón. Pues en el hombre y en la historia hay un fondo irrenunciable de anarquía, que puede aflorar o no a la superficie, y en mayor o menor grado, según los casos. En la historia, es el elemento dinámico que evita el estancamiento, que disuelve las formas petrificadas. En el hombre, es esa libertad interior fundamental. De tal modo que el guerrero, que se da su propia ley, es anárquico, mientras que el soldado no. En aparente paradoja, el anarquista no es anárquico, aunque algo tiene, sin duda. Es un ser social que necesita de los demás; por lo menos de sus compañeros. Es un idealista que, al fin y al cabo, resulta determinado por el poder. “Se dirige contra la persona del monarca, pero asegura la sucesión”.

El anarca, por su parte, es la “contrapartida positiva” del anarquista. En propias palabras de Jünger: “El anarquista, contrariamente al terrorista, es un hombre que en lo esencial tiene intenciones. Como los revolucionarios rusos de la época zarista, quiere dinamitar a los monarcas. Pero la mayoría de las veces el golpe se vuelve contra él en vez de servirlo, de modo que acaba a menudo bajo el hacha del verdugo o se suicida. Ocurre incluso, lo cual es claramente más desagradable, que el terrorista que ha salido con bien siga viviendo en sus recuerdos…El anarca no tiene tales intenciones, está mucho más afirmado en sí mismo. El estado de anarca es de hecho el estado natural que cada hombre lleva en sí. Encarna más bien el punto de vista de Stirner, el autor de El único y su propiedad; es decir, que él es lo único. Stirner dice: “Nada prevalece sobre mí”. El anarca es, de hecho, el hombre natural”. No es antagonista del monarca, sino más bien su polo opuesto. Tiene conciencia de su radical igualdad con el monarca; puede matarlo, y puede también dejarlo con vida. No busca dominar a muchos, sino sólo dominarse a sí mismo. A diferencia del solipsista, cuenta con la realidad exterior. No busca cambiar la ley, como el anarquista o el partisano; no se mueve, como éstos en el terreno de las opciones políticas o sociales. Tampoco busca transgredir la ley, como el criminal; se limita a no reconocerla. El anarca, pues, no es hostil al poder, ni a la autoridad, ni a la ley; entiende las normas como leyes naturales.

No adhiere el anarca a las ideas, sino a los hechos; es en esencia pragmático. Está convencido de la inutilidad de todo esfuerzo (”tal vez esta actitud tenga algo que ver con la sobresaturación de una época tardía”). Neutral frente al Estado y a la sociedad, tiene en sí mismo su propio centro. Los regímenes políticos le son indiferentes; ha visto las banderas, ya izadas, ya arriadas. Jünger afirma, además, que aquellas banderas son sólo diferentes en lo externo, porque sirven a unos mismos principios, los mismos que harán que “toda actitud que se aparte del sistema, sea maldita desde el punto de vista racional y ético, y luego proscrita por el derecho y la coacción.” No obstante, el anarca puede cumplir bien el papel que le ha tocado en suerte. Venator no piensa desertar del servicio del Cóndor, sino, por el contrario, seguir lealmente hasta el final. Pero porque él quiere; él decidirá cuando llegue el momento. En definitiva, el anarca hace su propio juego y, junto a la máxima de Delfos, “conócete a ti mismo”, elige esta otra: “hazte feliz a ti mismo”.

La figura del anarca resplandece verdaderamente, como la del hombre libre frente al Estado burocrático y a la sociedad conformista de la actualidad. Incluso aparece en algunas ocasiones en forma más bien mezquina, a la manera del egoísmo de Stirner: “quien, en medio de los cambios políticos, permanece fiel a sus juramentos, es un imbécil, un mozo de cuerda apto para desempeñar trabajos que no son asunto suyo”. “(El anarca) sólo retrocede ante el juramento, el sacrificio, la entrega última”. “Sólo cabe una norma de conducta” -dice Attila, médico del Cóndor, anarca a su modo- “la del camaleón…”

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La cuestión es si el anarca se constituye en una figura ejemplar para cierto tipo de hombres que no se reconozcan en las producciones sociales últimas. Pues si el anarca es la “actitud natural” -”el niño que hace lo que quiere”-, entonces nos hallamos ante simples situaciones de hecho que no tienen ningún valor normativo ni ejemplar. Desde siempre los hombres han querido huir del dolor y buscar lo agradable; por otro lado, apartarse de una sociedad decadente y que llega a ser asfixiante es una cosa sana. Venator invoca a Epicuro como modelo; debería referirse más bien a Aristipo de Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela hedonista, quien proponía una vida radicalmente apolítica, “ni gobernante ni esclavo”, con la libertad y el placer como únicos criterios. Jünger reconoce, y muy de buena gana, que el tipo de anarca se encuentra, socialmente hablando, en el pequeño burgués, piedra de tope de más de una corriente de pensamiento: es ese artesano, ese tendero independiente y arisco frente al Estado. La figura del anarca es más familiar al mundo anglosajón, especialmente al norteamericano, con su sentido ferozmente individualista y antiestatal: del cowboy solitario o del outlaw al “objetor de conciencia”. Están en la mejor línea del anarca y el rebelde contra la masificación burocrática. Se sabe, por supuesto, en qué condiciones sociales han florecido estos modelos.

Pero las sociedades “posmodernas” actuales se distinguen por el más vulgar hedonismo; su tipo no es el del “superhombre”, sino el del “último hombre” nietzscheano, el que cree haber descubierto la felicidad. El tipo del “idealista” y del “militante” pertenecen a etapas ya superadas; hoy, es el individuo de las sociedades “despolitizadas”, soft, que toma lo que puede y rehúsa todo esfuerzo. ¿Cuál es la diferencia de este tipo de hombre con el anarca? La respuesta radica en que el segundo está libre de todas las ataduras sentimentales, ideológicas y moralistas que aún caracterizan al primero. En verdad, la figura de Venator está históricamente condicionada: aparece en una de esas épocas postreras en la cuales nada se puede ya esperar. Lo que hay que esclarecer es si efectivamente nuestra propia época es una de ellas. Pero lo dicho sobre el anarca tiene un alcance mucho más universal: en cualquier tiempo y lugar se puede ser anarca, pues “en todas partes reina el símbolo de la libertad”.

La senda del anarca termina en la retirada. Venator ha estado organizando una “emboscadura” temporal -según lo que el mismo Jünger recomendaba en Der Waldgang (1951)-, para el caso de caída del Cóndor. Al final, seguirá a éste, con toda su comitiva, en una expedición de caza a las selvas misteriosas más allá de Eumeswil: una emboscadura radical, o la muerte, no se sabe el desenlace. Del mismo modo, en Heliópolis, el comandante Lucius de Geer y sus compañeros se retiran en un cohete, con destino desconocido. Pero eso sí, después de haber luchado sus batallas, al igual que los defensores de la Marina en Sobre los Acantilados de Mármol no buscan refugio sino después de dura lucha con las fuerzas del Gran Guardabosques. Pero ¿de qué se trata esta “emboscadura”?

El anarca hace lo que Julius Evola, el gran pensador italiano, recomienda en su libro Cabalgar el tigre: “La regla a seguir puede consistir, entonces, en dejar libre curso a las fuerzas y procesos de la época, permaneciendo firmes y dispuestos a intervenir cuando el tigre, que no puede abalanzarse sobre quien lo cabalga, esté fatigado de correr”. Lo que Evola llama “tigre”, Jünger lo denomina “Leviatán” o “Titanic”.

El anarca se retira hacia sí mismo porque debe esperar su hora; el mundo debe ser cumplido totalmente, la desacralización, el nihilismo y la entropía deberán ser totales: lo que Vintila Horia llama “universalización del desastre”. Jünger enfatiza que emboscarse no significa abandonar el “Titanic”, puesto que eso sería tirarse al mar y perecer en medio de la navegación. Además: “Bosque hay en todas partes. Hay bosque en los despoblados y hay bosque en las ciudades; en éstas, el emboscado vive escondido o lleva puesta la máscara de una profesión. Hay bosque en el desierto y hay bosque en las espesuras. Hay bosque en la patria lo mismo que lo hay en cualquier otro sitio donde resulte posible oponer resistencia… Bosque es el nombre que hemos dado al lugar de la libertad... La nave significa el ser temporal; el bosque, el ser sobretemporal…”. En la figura del rebelde, por tanto, es posible distinguir dos denominaciones: emboscado y anarca. El primero presentaría las coordenadas espirituales, mientras el segundo da luces sobre su plasmación en el “aquí y ahora”. Jünger lo define más claramente: “Llamamos emboscado a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que acaso carezca de perspectiva. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad… El emboscado no permite que ningún poder, por muy superior que sea, le prescriba la ley, ni por la propaganda, ni por la violencia”.

7

El nihilismo y la rebeldía… La figura del anarca es la de quien ha sobrevivido al “fin de la historia” (”carencia de proyecto: malestar o sueño”). El último hombre no puede expulsar al anarca que convive junto a él. Su poder radica en su impecable soledad y en el desinterés de su acción. Su sí y su no son fatales para el mundo que habita. El anarca se presenta como la victoria y superación del nihilismo. Las utopías le son ajenas, pero no el profundo significado que se esconde tras ellas. “El anarca no se guía por las ideas, sino por los hechos. Lucha en solitario, como hombre libre, ajeno a la idea de sacrificarse en pro de un régimen que será sustituIdo por otro igualmente incapaz, o en pro de un poder que domine a otro poder”.

El anarca ha perdido el miedo al Leviatán, en el encuentro con la médula indestructible que le dota de sentido para luego proyectarse y reconocerse en el otro, en la amada, en el hermano, en el que sufre y en el desamparado, puesto que Eros es su aliado y sabe que no lo abandonará…

La actitud del anarca puede ser interpretada desde dos perspectivas, una activa y otra pasiva. Esta última verá en la emboscadura, y en el anarca que la realiza, la posibilidad de huir del presente y aislarse en aquella patria que todos llevamos en nuestro interior; al decir de Evola, la que nadie puede ocupar ni destruir. Pero no debe confundirse la actitud del anarca como una simple huida: “Ya hemos apuntado que ese propósito no puede limitarse a la conquista de puros reinos interiores”. Mas bien se trata de otro tipo de acción, de un combate distinto, “donde la actuación pasaría entonces a manos de minorías selectas que prefieren el peligro a la esclavitud”. Minorías que entiendan que emboscarse es dar lucha por lo esencial, sin tiempo y acaso sin perspectivas. Minorías que, como el propio Jünger lo expresa, sean capaces de llevar adelante la plasmación de una “nueva orden”, que no temerá y, por el contrario, gustará de pertenecer al bando de los proscritos, pues se funda en la camaradería y la experiencia; orden que pueda llevar a buen término la travesía más allá del “meridiano cero”, y se prepare a dar una lucha en el “aquí y ahora”…

“En el seno del gris rebaño se esconden lobos,
es decir, personas que continúan sabiendo lo
que es la libertad. Y esos lobos no son sólo
fuertes en sí mismos: también existe el peligro
de que contagien sus atributos a la masa,
cuando amanezca un mal día, de modo que el
rebaño se convierta en horda. Tal es la
pesadilla que no deja dormir tranquilos a los
que tienen el poder”.

Ernst Jünger

Bibliografía
1.- Acerca del Nihilismo; Sobre la línea, Ernst Jünger; Hacia la pregunta del ser, Martin Heidegger, Ediciones Paidós, Barcelona, 1994.
2.- Tratado del rebelde, Ernst Jünger, Editorial Sur, Buenos Aires, 1963.
3.- Eumeswil, Ernst Jünger, Editorial Seix Barral, España, 1977.
4.- Juegos africanos, Ernst Jünger, Editorial Guadarrama, Madrid, 1970.
5.- Visita a Godenholm, Ernst Jünger, Editorial Alianza, Madrid, 1983.
6.- Diario de guerra y ocupación, Ernst Jünger, Editorial Plaza y Janés, Barcelona, 1972.
7.- Tempestades de acero, Ernst Jünger, Editorial Fermín Uriarte, Madrid, 1965.
8.- Conversaciones con Ernst Jünger, Julien Hervier, Fondo de Cultura Económica, 1990.
9.- Cavalcare la tigre, Julius Evola, Editorial Vanni Scheiwiller, Milano, 1973.

http://www.avizora.com/publicaciones/filosofia/textos/0097_nihilismo_rebeldia_junger.htm

Arte surrealista, según artespain.com, sin datos sobre el autor.

Arte surrealista, según artespain.com, sin datos sobre el autor.

Estrangulé a mi hermano

Estrangulé
A mi hermano
Porque no le gustaba dormir
Con la ventana abierta

Hermana mía
Dijo antes de morir
Noches enteras he pasado
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu resplandor en el vidrio.

René Char

Fuente(s): “La revuelta surrealista”. Recopilación y banda de Yaki Setton. Libros del Quirquincho.

16
May

Carlos Suarez, descarnada mirada: “Lo que devino en República Argentina todavía encabeza el índice de Desarrollo Humano”

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Patria o muerte, venceremos, Cornelio Saavedra, from de.academic.ru

Patria o muerte, ¡venceremos!, Cornelio Saavedra, from de.academic.ru

Contramanual escolar: 200 años de los de abajo en Argentina

Por Carlos Abel Suárez

sinpermiso.info, 09.05.10

Recordando a Dora Coledesky y Ángel Fanjul

“Cuando llegué a Córdoba, estaba el general San Martín en una estanzuela, a cuatro leguas de la ciudad, siempre diciéndose enfermo. Estuve a visitarlo con otras personas; nos recibió muy bien y conversó largamente sobre nuestra revolución. Entre otras dijo: ´Está revolución no parece de hombres, sino de carneros´, para probarlo, refirió que ese mismo día había venido uno de los peones de la hacienda a quejársele de que el mayordomo, que era español, le había dado unos golpes por faltas que había cometido en su servicio. Con este motivo exclamó: ¡Que les parece a ustedes; después de tres años de revolución, un maturrango se atreve a levantar la mano contra un americano! ¡Esta es –repitió— una revolución de carneros!”. Memorias del General José María Paz.

En América se están celebrando los 200 años de la Independencia de España. Para lo que hoy llamamos República Argentina se trata de la Revolución de Mayo. Exactamente el 25 de mayo de 1810 comenzó el largo y tumultuoso proceso de una organización política autónoma de la corona Española. Están programados actos, discursos, inauguraciones, notas periodísticas, ensayos y el mercadeo de numerosos productos conmemorativos.

La Argentina próspera del Centenario ya conoció estos fastos en mayo de 1910. La princesa Isabel de Borbón y sobrina de Alfonso XIII, conocida también como la “Chata”, o Georges Clemenceau, entre las numerosas personalidades invitadas, desfilaron por Buenos Aires, una de las ciudades del mundo que valía la pena visitar por aquellos días de abundancia, al menos para algunos.

Pero las banderitas y el champán no fueron compartidos por todos. Los anarquistas habían convocado a una huelga general en protesta por la brutal y sistemática represión desatada un año antes, desde la manifestación del 1º de Mayo de 1909. En las vísperas del Centenario, el Congreso decretó el estado de sitio, el 13 de mayo. La medida no detuvo a las “patotas” de los señoritos ultranacionalistas que asaltaron, destruyendo e incendiando, las imprentas de La Vanguardia y La Protesta, los periódicos socialista y anarquista. Esas bandas fueron protegidas por el jefe de la Policía, el entonces coronel Dellepiane, quien, ya como general y con mayor experiencia, dirigió luego la represión en la llamada Semana Trágica de 1919. Retornando a las crónicas de los actos no previstos en el protocolo del Centenario, la policía llegaba a los locales cuando ya las llamas habían hecho su trabajo, y cuentan que al ingresar a lo que había sido el local de La Vanguardia encontraron a su director, Juan B. Justo, al que detuvieron en averiguación de antecedentes.

Aquellas “patotas”, que a lo largo de la historia argentina tomaron otros nombres ¿Liga Patriótica, Alianza Nacionalista, CNU o Triple A, etc.? no se limitaron a atacar las imprentas socialistas y anarquistas. Al grito de “Viva la Patria, viva la policía”, asaltaron e incendiaron el popular circo de Frank Brown, el payaso de la ciudad; atacando asimismo con particular saña a los judíos y a centros culturales de otros inmigrantes (que en esos días superaban el 40 por ciento de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires) y varias escuelas identificadas con el laicismo. El 27 de Mayo de 1910, como broche de oro de los festejos patrios, el Congreso votó la Ley de Defensa Social, que ampliaba y profundizaba la bestial Ley de Residencia, la 4144, por la que se podía expulsar del país a cualquier extranjero que perturbara la seguridad nacional o el orden público. Esta ley racista estuvo vigente durante gran parte del Siglo XX. Recién fue derogada por Arturo Frondizi, en julio de 1958, en parte porque ya había instrumentos represivos más eficaces, como la Conmoción Interior o Plan Conintes, que fueron aplicados masivamente.

Pero volvamos al principio. La historiografía tradicional construyó varios mitos alrededor del proceso de la independencia, necesarios por cierto, para maquillar los orígenes de las clases dominantes, que más allá de algunos pequeños baches, han mantenido su hegemonía durante estos 200 años. Clase dominante con fugaces instantes de asumir el papel de una clase dirigente. De todos modos sus fantasmas se pueden encontrar en los nombres de las calles, especialmente las de la ciudad de Buenos Aires.

A propósito del Bicentenario se reciclan viejas polémicas y se instalan otras, porque como advertía el gran historiador británico E.H. Carr “la historia es un diálogo sin fin entre el presente y el pasado”. De modo que la revolución de Mayo y la Independencia pueden darnos algunas pistas para ver cómo hemos llegado hasta aquí. Porque, aun con todas las desventuras y desigualdades galopantes de las últimas décadas, lo que devino en República Argentina todavía figura en el pelotón que encabeza el índice de Desarrollo Humano que elaboran las Naciones Unidas.

Historiadores de todas las corrientes engloban, con buenos argumentos, el proceso que en el Virreinato del Río de la Plata comenzó en mayo de 1810, con el antecedente de la reconquista de las dos invasiones inglesas, en 1806 y 1807, como parte del mismo fenómeno independentista que recorrió toda la América Hispana en esos mismos años. Sin embargo, fueron las particularidades las que determinaron el rumbo definitivo de cada región y cada país, incluso de Brasil, en la geopolítica del capitalismo del siglo XIX. (Véase la entrevista a Tulio Halperín Donghi reproducida en esta misma entrega.)

Todavía quedan cenizas de los debates apasionados sobre el carácter de la revolución independentista. En la tradición de la izquierda, fueron varios los que buscaron adaptar los acontecimientos y los actores a los esquemas de un marxismo simplificado cuando no tergiversado. Había que demostrar el carácter “democrático-burgués” de la Revolución de Mayo. De tal forma se bautizó como “jacobinos” a Mariano Moreno, José Castelli y Bernardo de Monteagudo, entre otros, no por las relaciones sociales y las ideas que expresaban, sino por la necesidad de una historia acorde con ese esquema supuestamente clásico, sin importar la sincronía de los sucesos.

En el caso de Robespierre se plegaron sin recato a la falsificación histórica que lo calificó como el sanguinario de la Revolución Francesa, una suerte de terrorista de Estado (1), y en esa comparación se catalogó a Moreno y a Castelli, por no haber dudado en ejercer la violencia y los fusilamientos contra sus adversarios. En efecto, esa lectura de segunda o tercera mano de la Revolución Francesa llevó a esos autores, como hoy a sus seguidores, a quedarse con la idea de que la Revolución Francesa fue nada más que una clásica “revolución burguesa”. Y aquí se dividen las opiniones entre quienes afirman el carácter “democrático-burgués” del 25 de Mayo, por lo tanto popular, buscando los sans-culottes criollos. Mientras los que rechazan esta idea sostienen que no había burguesía autóctona, capaz de asumir esas tareas. Pero las dos versiones coinciden en la ignorancia de que el odio que despertó Robespierre, la demolición y demonización de su papel y, en definitiva, por lo que perdió su cabeza en la guillotina, fue por sostener la abolición de la esclavitud en las colonias y el programa de los jacobinos que representaba a la plebe, al pueblo llano.

De todos los derechos, el primero es el de existir. Por lo tanto, la primera ley social es aquella que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios para existir; todas las demás leyes están subordinadas a esta ley social” (2), es a causa de la defensa de estas ideas que Robespierre fue difamado.

Por su parte, Moreno, abogado de Martín de Álzaga, el principal traficante de esclavos del Río de la Plata, fue el autor de la “Representación de los hacendados”, o sea, un militante consecuente y tenaz del libre comercio, de poner fin al monopolio comercial que ataba a Buenos Aires con el reino de España. Moreno, además, según Vicente Fidel López, era un “católico exagerado, que llevaba su devoción hasta pasar semanas enteras en ejercicios espirituales, dándose disciplinas y fuertes latigazos”. Hay que forzar demasiado para encajarlo en el retrato de los jacobinos.

Sin embargo, que la generación de la Independencia –Moreno, Castelli, Belgrano, San Martín, y otros– no llegase a pronunciarse siquiera por la República, y que apuntara al libre comercio y, en consecuencia, mantuviera la brújula orientada hacia Londres, la meca de la avasalladora Revolución Industrial, no quita interés histórico y político a los acontecimientos de la Independencia y de sus protagonistas.

Fue el peruano José Carlos Mariátegui quien calificó, ya al promediar el siglo XX, como “falsa república” al Perú, que se había constituido sobre las clases dominantes, dejando a un lado a los pueblos originarios. El concepto podía ser aplicado a otras partes de la América Latina.

¿Pero en qué es igual el caso argentino? Abunda la literatura sobre las diferencias entre los territorios casi despoblados, de lo que más tarde fue el virreinato del Río de la Plata, con respecto de las civilizaciones que la colonización española encontró en el Perú y México.

Una necesidad más bien geopolítica impulsó la idea de instalar una burocracia colonial en Buenos Aires: el virreinato. No fueron los recursos naturales y la existencia de civilizaciones y ciudades con gran densidad de población, que los colonizadores se encargaron rápidamente de explotar e integrar a las corrientes comerciales del capitalismo en desarrollo. En el caso de las Provincias Unidas del Sur no es tan evidente la correspondencia de su desarrollo económico, político y social con la tesis de falsas repúblicas de Mariátegui. Hace falta bucear, explorar bajo la superficie de los sucesos y del movimiento social. Para ello es fundamental recorrer las importantes contribuciones académicas de Halperín Donghi, Sergio Bagú, Aldo Ferrer, Alberto J. Pla, José Luis Romero y otros que, sin ser académicos, dieron buenas pistas para no perderse en los jardines muertos de los viejos y nuevos posmodernos.

Los negros en el Río de la Plata

“Nadie hace duelo por una multitud, ni se libra a una llantina fúnebre
ante la lápida de una abstracción”.

Mike Davis

El cirujano Juan Cayetano Molina, uno de los precursores del sanitarismo en el Río de la Plata, libró una de las primeras batallas entre la salud pública y los intereses privados. Martín de Álzaga, como ya señalamos hombre de poder político y económico y traficantes de esclavos, recibía en Montevideo su barco, El Joaquín, con un cargamento de negros procedentes de Mozambique. Molina, que estaba a cargo de una junta sanitaria que debía inspeccionar los navíos negreros en el puerto de Montevideo, diagnosticó un brote de viruela que había provocado numerosas muertes en El Joaquín durante la travesía, disponiendo la cuarentena de la embarcación. Entonces la viruela provocaba estragos, especialmente entre los negros que llegaban debilitados y poco autoinmunizados, por la ausencia de enfermedades en el medio ambiente natural donde fueron cazados y embarcados. Álzaga rechazó la cuarentena y maniobró judicialmente, usando su poder económico y su influencia política, para poner en duda la competencia científica de Molina. El sanitarista aprovechó la oportunidad para replicar, aunque perdido en su causa se dio el gusto de calificar como execrable el tráfico negrero, recordando además que la viruela había provocado la muerte de casi 2.000 personas (principalmente esclavos) en 1793, en Buenos Aires.

Con los progresos de la producción capitalista durante el período manufacturero, la opinión pública de Europa perdió los últimos vestigios de pudor y de conciencia que aún le quedaban”, bien dice Carlos Marx, en el capítulo XXIV (sobre la Acumulación Originaria) de El Capital.

Y agrega que: “En 1730, Liverpool dedicaba 15 barcos al comercio de esclavos; en 1751 eran ya 53; en 1760, 64; en 1770, 96, y en 1792, 132. […] A la par que implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate para convertir el régimen más o menos patriarcal de esclavitud de los Estados Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase en el Nuevo Mundo” (3).

Hasta 1739 la Real Compañía de Inglaterra, con casi medio centenar de súbditos británicos trabajando en la sucursal de Buenos Aires, tenía la casi exclusividad del negocio negrero en el Río de la Plata. Muestra evidente de vínculos comerciales muy consolidados con Inglaterra, aún antes de la constitución del Virreinato, en 1776.

Los miles de negros que ingresan por Buenos Aires, en su mayoría no quedan en la zona. Eran vendidos y trasladados para trabajar en la explotación minera en Perú, vía Chile. Todavía no había cómo hacer para que reprodujeran el capital en la llanura pampeana.

Si bien se calculaba que el promedio de vida útil de un esclavo era de siete años, desde que llegaba a destino (lo cual requería la fortaleza sobrehumana de soportar el cautiverio y el viaje), no todas las relaciones entre los propietarios y sus esclavos eran brutales. Las hubo también del tipo patriarcal. Por ejemplo, los curas Agustinos poseían en Mendoza una de las mayores bodegas de la zona, donde esclavos negros y algunos indios trabajaron durante mucho tiempo fabricando tinajas, con las que se transportan los vinos a otras regiones. Según testimonios, con los años se formaron en experimentados artesanos, y lograron, antes de 1810, condiciones de trabajo algo más livianas que las de una línea de montaje de una fábrica fordista. Ni hablar de las imperantes hoy en el sector informal de nuestras economías.

Los datos sobre el número de esclavos negros que ingresaron por el Río de la Plata no son precisos, para algunos investigadores, desde la llegada de los españoles hasta 1813. Sumando los registrados y los que entraron contrabandeados, habrían superado los 2 millones. Tampoco están documentados todos los hechos que determinaron la disminución de la proporción de negros existentes en los comienzos del siglo XIX, en relación con la población total, con la de cien años después.

La investigadora Marta Goldberg, precursora en el estudio del tráfico negrero en el Río de la Plata, estima que la población negra constituía el 18 por ciento del total en 1774. Pasó al 25 por ciento en 1778 y al 30 por ciento en 1807. En 1810, durante la independencia, una tercera parte de la población era esclava, y en Córdoba, durante esos años, la mitad era mulata (4). Hay datos que nos dan un indicio sobre por qué no se mantuvo esa relación en la composición de la población argentina: mientras que en 1810 había una paridad entre varones y mujeres negras, en 1822, los hombres negros adultos habían desaparecido. En el primer censo moderno de la República Argentina, en 1868, los africanos y sus descendientes sólo representaban el 9 por ciento de la población total de Buenos Aires, y luego tras la epidemia de fiebre amarilla, en el censo de 1887, apenas quedaron en el 1,8 por ciento.

La leva de la guerra de Independencia, de las guerras civiles y de la guerra contra el Paraguay, más las pestes habían hecho su trabajo.

San Martín, en Mendoza, formó toda la infantería del Ejército de los Andes con negros, pardos y mulatos, casi todos esclavos, que el Estado compró a sus propietarios, con bonos que difícilmente fueron cancelados.

En los conflictos internos y externos, negros, indios, mestizos y mulatos siempre fueron carne de cañón. Durante el período colonial y posteriormente en las guerras independentistas y en las guerras civiles. En la avanzada de esas levas donde se prometía libertad o mejores tratos estuvo el conquistador Pedro de Cevallos. Para quienes manejan ese concepto tan ambiguo de “populismo”, éste sería uno de los primeros populistas de estas tierras. Ceballos desalojó en 1777 a los portugueses de la estratégica ciudad de la costa oriental del Río de la Plata, Colonia del Sacramento, con tropas formadas por esclavos negros y pardos. Les prometió la libertad tras la victoria, por supuesto. Una promesa que no cumplió. La misma metodología aplicó en la ocupación para la corona española de Santa Catarina, en Brasil. Otro experto en estas lides fue el “héroe” de la Reconquista, y luego virrey, Santiago de Liniers. Fusilado más tarde por Castelli por conspirar contra el primer gobierno patrio, Liniers, según las crónicas, era muy popular entre los negros, pese a ser uno de los comerciantes autorizados por España como traficante de esclavos.

Durante muchos años los manuales escolares argentinos enseñaron que la Asamblea del año XIII había puesto fin a la esclavitud. Más tarde supimos que, en realidad, los representantes de algunas de las provincias habían decretado la libertad de vientres y suprimido el tráfico de esclavos. Significaba que el hijo de una esclava dejaba de ser propiedad del amo sólo a la mayoría de edad, no antes.

Ciertamente, estas medidas llegaban con dos años de retraso, pues en los territorios españoles ya en abril de 1811 se había prohibido el tráfico de esclavos, es decir, no se autorizaba más la lucrativa actividad de los barcos negreros. Asimismo, las Cortes de Cádiz en mayo de 1812 establecieron “que todo esclavo era libre por el sólo hecho de pisar el territorio español”.

Un criterio también adoptado aquí en Buenos Aires por la Asamblea del año XIII. Empero se siguió comprando y vendiendo seres humanos, por lo menos, hasta después de la vigencia de la Constitución de 1853. En las sucesiones y declaraciones de bienes figuraban los esclavos como parte de los derechos de propiedad. Hubo también formas refinadas de esclavitud. Por ejemplo, Rosas que tenía esclavos negros en sus estancias, trajo además agricultores gallegos, que sólo quedaban en libertad cuando habían pagado con trabajo los gastos de su traslado y manutención.

En las notas necrológicas se pueden encontrar perlitas como estas:

Félix Urioste de la Campa, nacido en Santurce, señorío de Vizcaya, España, pasó al Río de la Plata, radicándose en la ciudad de Buenos Aires; importante hacendado de los Arrecifes, miembro del directorio del banco de la Provincia y del Banco Nacional, miembro de la primera sociedad minera, delegado provincial para la negociación del célebre empréstito de la Casa Baring Brothers, falleció asesinado “desgraciadamente”, el 27 de mayo de 1835, cuando sorprendió en el campo a cinco de sus esclavos carneándole una cabeza de ganado, sin autorización, el juicio se llevó a cabo ante el Juez de Paz de Arrecifes, los acusados fueron ejecutados.

De todos modos, desde la Asamblea del año XII no se registró el ingreso de nuevos contingentes de esclavos africanos. Por el contrario, el tráfico siguió siendo próspero en las colonias portuguesas. De acuerdo con algunos estudios, sólo en el mercado de Río de Janeiro, se habrían rematado un millón de esclavos negros entre 1800 y 1850.

De los que vivían aquí desde los tiempos remotos

En relación a los indios, la Asamblea, en la sesión del 12 de marzo de 1813, declaró extinguidos el tributo, la mita, las encomiendas, el yaconazgo y el servicio personal. Ya a mediados del siglo XVIII habían desaparecido en estos parajes las encomiendas, y las “misiones” terminaron con la expulsión de los jesuitas.

Cuando José Castelli llegó a Chuquisaca en 1811 difundió un bando en castellano y en quichua donde se eliminaba el mayorazgo y los tributos. Una forma de poner a los indios a favor de la Junta de Buenos Aires. Pero los españoles también usaron la misma política, instrumentando una resolución del Consejo de Regencia que beneficiaba a los indios. Palabras como siempre incumplidas.

Asimismo, la Asamblea del año XIII reconoció a los indios “como hombres perfectamente libres, en igualdad de derechos con todos los demás ciudadanos”.

Entre sus actos soberanos, la Asamblea resolvió acuñar nuevas monedas de oro y plata, quitando los símbolos del antiguo régimen de las anteriores en circulación, para reemplazarlos por la pica y el gorro frigio. Según las crónicas de la época, en el acto realizado para celebrar el tercer aniversario de la revolución de Mayo, en consonancia con el ambiente republicano que campea en la Asamblea, aparecen las autoridades de la ciudad de Buenos Aires y los ciudadanos y hasta algunas mujeres, con una “una gorra colorada”, en lugar de sus tradicionales sombreros. El republicanismo había llegado a la moda, pero todavía no convencía del todo a las cabezas.

Los colonizadores de estos territorios llegaron, igual que en México y el Perú, exterminando a los pueblos originarios que no pudieron someter. El grado de desarrollo económico y la geografía obraron para que los conquistadores se quedaran en las franjas litorales, hasta que descubrieron las posibilidades que les ofrecía la tierra. Pero esto aconteció algún tiempo después. Para ese tiempo, las tribus sobrevivientes ya habían aprendido la utilidad del caballo para defender sus propios territorios. Los colonizadores, que no se quedaron sólo como burócratas o comerciantes-contrabandistas, se fueron convirtiendo en estancieros. Una oligarquía criolla estaba naciendo y, para tener un lugarcito en el mundo, ya capitalista, debía abandonar una economía autosuficiente y apropiarse de las tierras en gran escala. No era suficiente recolectar los cueros, una mercancía de exportación, que de unos pocos miles que comenzaron a venderse, llegaba a un millón de piezas anuales al comenzar el siglo XIX. Y el negocio se amplía con el salado y charqueado de las carnes.

Para expandir las fronteras de sus propiedades y de sus negocios, esa naciente oligarquía tenía que eliminar a los indios y también al gaucho, a ese personaje no encasillado. Desde 1815, con toda claridad el gobierno establece que quien no lleva papeleta de conchavo, o sea, quien no tiene patrón va preso o se incorpora a la leva, por un tiempo indefinido. Se terminó aquello de andar cabalgando libre, comiendo y cuereando vacas para vivir. Los campos, las vacas, los caballos y las aguadas, tienen que tener propietarios.

La gran empresa de ampliar el dominio sobre la llanura pampeana, desalojando a los pueblos originarios, comenzó con Juan Manuel Rosas en 1833 y culminó con Julio Roca en los 80. Los procedimientos, hipocresía, grado de brutalidad y las justificaciones no difieren demasiado de los procesos de dominio territorial en América del Norte y otras partes.

Los ejércitos de ocupación se formaban con las levas forzosas. Una orden firmada por Rosas en 1831, establecía que cada partido debía enviar cada 15 días a dos elegidos entre “hombres perjudiciales por su conducta y sin ninguna ocupación”. (5)

En La hidra de la revolución, el estupendo libro de Peter Linebauhg y Marcus Rediker (6), se demuestra cómo el capitalismo universalizó los métodos de sometimiento, y también encontramos un paralelo en las formas también universales de la resistencia y la rebelión.

En muy pocas décadas, la perversidad del capital exterminó a los onas o selk´nam, que habían tardado unos 12.000 años para llegar desde el estrecho de Bering hasta la Isla Grande de Tierra del Fuego, donde pensaron que habían encontrado su lugar en el mundo. En los últimos años del siglo XIX fueron exterminados planificadamente por unos recién llegados. Primero pagaban por una oreja, pero cuando los pagadores advirtieron que andaban algunos indios sin orejas, había que llevar la cabeza entera para recibir la paga.

Y estos genocidios, escamoteados o banalizado en el relato oficial de la historia argentina, no terminaron con el siglo XIX, y por algunos indicios tampoco con el siglo XX.

El 19 de julio de 1924, en la localidad chaqueña de Napalpí, tropas de la gendarmería y de la policía atacaron el campamento de El Aguará, donde casi un millar de tobas, mocovíes y campesinos blancos correntinos, resistían el acoso de los terratenientes locales. La masacre, en el entonces territorio nacional del Chaco, fue recién denunciada en 1987, en la Fundación Juan B. Justo, durante una conferencia de prensa de la que participaron el investigador José Picciuolo Valls y el historiador y periodista Emilio J. Corbiére.

Los tobas de la región, cuando advirtieron la importancia del caballo, dominaron otras etnias chaqueñas y ofrecieron resistencia a los colonizadores, hasta que fueron derrotados militarmente en la segunda mitad del siglo XIX. Las mejores tierras fueron repartidas entre la clase dominantes, los triunfadores y los indios reducidos a las “reservas”. ¿Cuál fue el motivo de la matanza de 1924? Los indios comenzaron a laborar las tierras que les quedaron, en una economía de subsistencia, negándose a trabajar para los terratenientes que cercaron sus antiguos territorios. Picciulo explicó que la resistencia tomó una característica religiosa de tipo “mesiánico”. Los terratenientes aseguraron que esa economía de subsistencia era un “foco” subversivo y convencieron al gobernador, Fernando Centeno, en que había que exterminarlo. Asesinaron a todos y, como trofeos de guerra, cortaron orejas, testículos y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo en la localidad cercana de Quitilipi.

Los métodos primitivos del gobernador Centeno (delegado del gobierno radical de Marcelo T. de Alvear) y de los terratenientes chaqueños no tenían la paciencia británica, ni la potencia de la revolución industrial atrás, para cercar los campos y para “persuadir” sobre la necesidad de trabajar. Por ejemplo, en 1785, el escritor británico William Townsend fundaba su crítica al sistema de ayuda a los pobres en los siguientes términos:

“El hambre puede amansar aún a los animales más feroces y volver decentes y morigerados, sumisos y obedientes, aun a los más perversos. Comúnmente lo único que puede inducirlos y acicatearlos al trabajo [a los pobres] es el hambre; mas… he aquí que nuestras leyes han establecido que nunca pasarán hambre. Pero hemos de admitir también que, por otra parte, las leyes dicen que se podrá obligarlos a que trabajen. Pero este recurso a la fuerza legal acarrea muchas dificultades, violencia y escándalo; origina mala voluntad y no puede nunca hacer rendir un trabajo bueno y aceptable. El hambre, por el contrario, no solo es una presión pacífica, silenciosa e implacable, sino que, siendo el más natural de los motivos que hay para ingeniarse a trabajar, consigue producir los más vigorosos rendimientos, además de que, una vez que los hambrientos se satisfacen gracias a la liberalidad ajena, queda en ellos una simiente perdurable y segura de buena voluntad y gratitud”. (7)

La clase dominante argentina, sin embargo, insiste con sus métodos. Un logrado documental, estrenado en el último Festival Internacional de Buenos Aires (BAFICI 2010), Octubre Pilagá, Relatos sobre el silencio, dirigido por Valeria Mapelman, rescata otra masacre similar a la de Napalpí, ocurrida 23 años después, en pleno auge del mercado interno y de la industria sustitutiva de exportaciones.

A unos cientos de kilómetros hacia el Norte de Napalpí, en un paraje llamado Rincón Bomba, próximo a Las Lomitas, en Formosa, existen sobrevivientes y pueden contar lo ocurrido. En octubre de 1947, durante el primer gobierno de Perón, unos 2.000 pilagá se habían reunido para escuchar a un líder carismático. Antes, la comunidad había formulado una serie de reclamos a las autoridades locales. En la película los sobrevivientes cuentan los horrores vividos desde aquella tarde del 10 de octubre, en que comenzó el fusilamiento a cargo de los gendarmes, una matanza de la que no se libraron ni los viejos ni los niños, ni las mujeres se salvaron de las violaciones, que están en los manuales no escritos de los ejércitos de ocupación de todos los tiempos. Por varios días continuaron buscando y matando a los que habían escapado, con el propósito de que no quedara un solo testigo. De allí la trascendencia de este documental que pone a la luz estos hechos hasta ahora ocultos.

Por otro lado, la coincidencia en las formas religiosas en que se expresan la protesta o la rebeldía, tanto en Napalpí como en los pilagá, no es una novedad. Como lo recuerdan muy bien Linebauhg y Rediker con decenas de ejemplos de las rebeliones de todos los proscriptos de la tierra; lo que nos remite también al incomparable relato de Euclides da Cunha, en Los sertones, sobre la guerra de Canudos.

Notas: 1) Ver Joaquín Miras, 2005, en Republicanismo y Democracia, María Julia Bertomeu et ál, (Buenos Aires, Miño y Dávila); también Antoni Domènech, El eclipse de la fraternidad. Una visión republicana de la tradición socialista, (Barcelona, Crítica, 2004). 2) Citado por Daniel Raventós en Las condiciones materiales de la libertad (Barcelona, El Viejo Topo, 2007). 3) Carlos Marx, El Capital Tomo I, Cap. XXIV, (Buenos Aires Cartago, 1969). 4) Marta Goldberg, “La población negra y mulata de la ciudad de Buenos Aires, 1810-1840″ (Buenos Aires, Desarrollo Económico Vol. 6 Nº 61, 1976). 5) Citado por Luis Franco, De Rosas a Mitre (Buenos Aires, Astral, 1966) 6) Peter Linebaugh y Marcus Rediker, La Hidra de la Revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico, (Barcelona, Crítica, 2005). 7) Citado por Edward H. Carr, La Nueva Sociedad, (México, FCE, 1969).

* Carlos Abel Suárez es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3312

Astro terranalicio de la luz dulce, desde spm.org.mx

Astro terranalicio de la luz dulce, desde spm.org.mx

Poema al astro de luz memorial

Por Macedonio Fernández
www.poemadeamor.org

Poema a la memoria en lo astral

(Yo todo lo voy diciendo para matar la muerte en “Ella”)

TESIS: Es más Cielo la Luna que el Cielo, si una Cordialidad de la Altura es lo que buscamos.

Astro terranalicio de la luz segunda
astro terranalicio de la luz dulce
que con aventura extraña visitas las noches de la tierra, unas sí y otras no, pero siempre de una noche para otra con diversa libertad de visita, siempre o más breve o más detenida
y cada serie de tus visitas comienzas tímidamente y mitad creces noche a noche y mitad decreces noche a noche, haciéndote un visitante diferente de noche en noche, para en mínimo ser cual comenzaste partir a un no volver de algunos días.

Astro terranalicio de un día sí y otro no, de una vez más y otra menos, pero que no dejas nunca de serlo.

¿Para qué astro eres entonces visita de sus noches, pues no eres terrenal en tus ciertas ausencias, o es que los otros días piensas en ti sola como sólo en la tierra en las noches de tu plena luz?

Dile a un poeta que no lo sabe todo, si está hecha tu ausencia con un pensar en ti, o quizá con un lucir a otro. Porque poeta es saberlo todo.

Trechos de tu órbita la tierra no los sabe, y ella tan cierta está de algún imposible tuyo para tenerse en sus noches y este amor alternante no se enduda, en tanto en mí, hombre de continuidad en humano amor me puso incurablemente en sospecha.

Pero te amamos tanto, astro de la luz segunda, tu dulce luz tanto amamos memorizando a la tierra el sol no presente con tu luz recuerdo; yo al menos te amo tanto, que cuando vuelves ceso de creer en tu ausencia de ayer y de otros días. También como la tierra, yo creo que sólo por imposible ayer no estabas.

Astro memorioso que esmeras un día de cada dos en tocar de diurnidad la noche terrenal, cual si supieras que la memoria solar de la tierra solaricia es desfalleciente de un día a otro alternado día y si antes y después le has de hacer noches diurnales a la tierra y lo haces tú, tú que no tienes olvido por ausencia, tú que ausente por noches fías en la memoria de ti por la tierra, inquiétaste por la memoria solar de la tierra.

Tutora de la fidelidad terrenal al recuerdo del sol, en eso eres solaricia; pero eres terranalicia en tu fidelidad de compañía a la órbita de la tierra.

He comprendido un misterio tuyo pero éste no.

Terranalicia tú, solaricia la tierra ¿es que velas por toda la memoria en el mundo y amas más las memorias, por más reales, que los presentes? Aquí callo sin comprender.

¿O es que no nos vienes en tu amor sino en un menos amor y en principal cuida del amor solario de la tierra?

Cuando te veo recién arribada, alcanzado por ti nuestro borde, pareciendo vacilar allí y como a emprender un rodar a lo largo del horizonte por gustarlo, y luego te pliegas a un ascenso ¿qué nos quieres decir así?

Quedemos sin saberlo hoy también; mañana, más tarde? para qué son nuestros días sino para trabajar más y otra vez los misterios? más enérgicamente, en buena hora de mi espíritu contemplaré, escucharé el misterio de tu sentido en el misterio todo.

Cuando tú quieres ser el ojo del ciprés y con un mirar obseso aferras nuestra contemplación debemos comprenderte dolorida, tanto como cuando nosotros en un no poder ya resistir nos revolvemos como tú ahora
oh único astro que mira
(pues todos los otros saetan ásperos de chispas que nunca miraron).

Oh único astro de mirada,
nos revolvemos clamando hacia el no ser.

Y ya ahora te desprendiste del follaje y tiendes hacia el horizonte,
te serenas, vagas
y cuando la nubecilla en gran viento flota, te aguzas flecha disparada de ella vertiginosa
para detenerte, serenarte cuando huiste bastante de aquel pasajero copo al que le opusiste tu fuga, caprichosa triste
y complacida de tu juego y nuestro asombro, nos encaras con ligereza
y en fin vas cayendo con ladeado mirar distraído hacia el borde del mundo.

Y ya te fuiste, con tus pobres dichas y quejas.
En toda la andanza, sólo en el perfil de los cipreses lloraste, y tanto que pediste nuestra piedad.
Y ahora por faltar tuyo un cielo sin mirada en las noches,
ahora sólo habrá astros que agitan, no tú que acompañas.

Oh, sí, acompañas
con cuántas gracias saltas de copa en copa siguiéndonos entre los árboles con tus saltitos de luz a sombras.

El único mirar dulce que viene de lo alto es el tuyo
el chispear del viaje de indiferencia de las otras estrellas molesta y agita, y no nos mira.

Heridos de ellas, corremos a ti cuando apareces
y con dolor nuestro comienza la ausencia tuya.

Sí; porque pudiera que el móvil chispear de las estrellas sea dolor como hay dolor en nosotros
pero es que tú, luna, que también sufres, miras y acompañas.

Eres más sabia o afortunada en la mitigación participante.

Qué es la luna no lo sabemos hombres y aun artistas y poetas, qué sentido tiene su ser y sus modos, su adhesión a la tierra, su seguimiento al sol, su mediación mnemónica entre la tierra y el sol y por qué quiere hacer diurnales unas y no otras de las noches terrenas, y tantas cosas más neciamente explicadas, que de ella ignoramos pero que sólo puede explicarlas la doctrina del misterio.

Que el sol te atrae, que la tierra también, que recibes la luz del sol y sin amor, por fuerza la reflejas a la tierra, éstas no son explicaciones; no se nos dice por qué el sol brilla, por qué en torno suyo gira la luna en torno de la tierra, ya que pudo ser otramente; por qué hay una luz interceptable, por qué hay una luz que tiene sombras, por qué ceden a su paso unas cosas y otras no y hay lo opaco y lo traslúcido.

Mecánica dirá por qué, pero yo no pregunto sino para qué razón para el alma, pues conciencia se anula si admite un mundo rígido, y todo el porqué físico no es más que decirme el antes de algo, o sea una evasión no una respuesta.

Lo que anhelamos explicar es qué debemos sentir y adivinar ante estos hechos, ante el comportamiento lunar, qué nos quiere decir y de qué manera concierta con el misterio total único. La espontaneidad, el acontecer libre, no es una respuesta; es un renunciamiento explicativo.

Todavía no poeta, no soy poeta, no hay poeta, pues de eso no se sabe. Hasta ahora, pues, sólo vivimos.

Debió enseñarsenos y debimos entenderlo antes que nuestro saber ignorado innato y luego nuestro acto nos hicieran gustar por primera vez el pecho materno. ¿Pero cómo, se dirá, ha de esperar el niño a conocer el sentido de la luna para empezar a nutrirse, si en tanto morirá? ¿Pero por qué, digo yo, ha de precisar nutrirse antes de entender el sentido de la luna y se ha de morir si deja lo uno por lo otro? La ciencia nada explica, es evidente; pero el poeta no lo dijo nunca tampoco, aún.

Y yo miraré la próxima luna todavía sin entenderla.

(…)

Amanita muscaria, after rain, from wikimedia.org

Amanita muscaria, after rain, from wikimedia.org

“Ciertos compuestos que -empleados razonablemente- pueden otorgar momentos de paz, energía y excursión psíquica…”

«Comprensión es dominio.»
G. W. F. Hegel

La cuerda que sirve al alpinista para escalar una cima sirve al suicida para ahorcarse, y al marino para que sus velas recojan el viento. Seguiríamos en las cavernas si hubiésemos temido conquistar el fuego, y entiendo que aquí, como en todos los demás campos de la acción humana, hay desde el primer momento una alternativa ética: obrar racionalmente -promoviendo aumentos en la alegría- y obrar irracionalmente, promoviendo aumentos en la tristeza; una conducta irreflexiva acabará haciéndonos tan insensibles a lo buscado como inermes ante aquello de lo que huíamos. De ahí que sea vicio -mala costumbre o costumbre que reduce nuestra capacidad de obrar- y no dolencia, pues las dolencias pueden establecerse sin que intervenga nuestra voluntad, pero los vicios no: todo vicio jalona puntualmente una rendición suya.

Otra cosa es que presentar el uso de drogas como enfermedad y delito haya acabado siendo el mayor negocio del siglo. Llevado a su última raíz, este negocio pende de que las drogas no se distingan por sus propiedades y efectos concretos, sino por pertenecer a categorías excéntricas, como artículos vendidos en tiendas de alimentación, medicinas y sustancias criminales. Una arbitrariedad tan enorme sólo puede estimular desorientación y usos irreflexivos.

Tras lo arbitrario está la lógica económica de dos mercados permanentes, uno blanco y otro negro. Esta dicotomía aleja la perspectiva de que el campo psicofarmacológico se racionalice alguna vez, con pautas de precio, calidad y dispensación que le quiten a las drogas -a las drogas en general- su naturaleza de puras mercancías. Salvo raros casos, como los vinos y licores realmente buenos, apenas hay productos de mercado blanco capaces de subsistir bajo condiciones de clandestinidad; sin embargo, al incluir los más deseables en el mercado negro se aseguran superdividendos para sucedáneos autorizados, mientras se multiplica el margen de beneficio para originales prohibidos. Otra cosa no explotaría a fondo las posibilidades del ramificado negocio, que juega con una baraja en la mesa y otra en la manga.

En nuestra cultura sólo el alcohol, el café y el tabaco se han refinado hasta niveles de artesanía, ofreciendo al usuario un amplio margen de elección entre calidades y variantes. Además de inducir continuas mutaciones genéticas, las bebidas construyen y destruyen, desatan ternura y desatan ira, acercan y alejan a los individuos de lo que son y de sus seres amados y odiados. Más modesto en dones -sin un Dioniso-Baco, generoso y cruel como patrono- el café despierta y apoya el esfuerzo de la vigilia, contrarresta el embotamiento vinoso y sólo pasa factura del insomnio, sumada a trastornos cardíacos, gástricos y hepáticos. El tabaco, quizá la más adictiva de las drogas descubiertas, sigue tentando a quienes lo abandonaron lustros y décadas después, presto a devolver esa imperceptible sedación/estimulación ligada a una coreografía de gestos y pequeñas servidumbres (encendedor, cenicero, paquete, una mano inútil por ocupada) que llenan los instantes vacíos de cada momento vivido.

A lo que aclaré en las páginas iniciales de este libro sólo puedo añadir que rechazar el Index farmacorum prohibitorum me ayudó en el camino del autoconocimiento y el goce, a veces mucho, aunque no lo bastante pronto como para rehuir algunos de los fármacos promovidos. Mi hábito son los cigarrillos; y si falta tabaco en lo antes examinado fue porque no me siento imparcial, sino vicioso. Como las demás drogas me resultan prescindibles, poseen un valor espiritual incomparablemente más alto.

Sólo hace poco comprendía que la nicotina es una droga esencialmente benéfica, eficaz para prevenir o mitigar varios males (entre ellos el de Alzheimer), cuyos efectos adversos no derivan de ella, sino de los alquitranes aparejados a ingerirla en forma de pipas, cigarros o cigarrillos, mediando una combustión.

Lícita o ilícita, toda sustancia capaz de modificar el ánimo altera la rutina psíquica, y rutina psíquica se confunde a menudo con cordura; vemos así que el abstemio acude puntualmente al psiquiatra para recibir camisas de fuerzas químicas -los decentes neurolépticos-, y la sobria dama a recibir como ansiolíticos unos toscos simulacros del opio. Sin embargo, no conozco catadores de vino que sean alcohólicos, ni gastrónomos que devoren hasta la indigestión. Lo común a ambos es convertir en arte propio una simple costumbre de otros.

A pesar de sus promesas y sus realidades, la actual bioquímica no puede por sí sola encontrar o recobrar la vida, como tampoco -o más bien mucho menos- pueden lograrlo la dietética o la gimnasia. Pero esa evidencia no la omite el proyecto de una ilustración farmacológica. La omite precisamente quien alimenta tinieblas, y en su cinismo sugiere como «paraíso» (culpable o inocente) alguna ebriedad. Caras de una misma moneda imaginaria, ni el paraíso ni el infierno hacen justicia a esa humilde pero real aventura de sufrir y gozar los deseos, a medio camino siempre entre la resignación y el cumplimiento.

La ilustración observa ciertos compuestos que -empleados razonablemente- pueden otorgar momentos de paz, energía y excursión psíquica. Su meta es hacerlos cada vez más perfectos en sentido farmacológico, y a quien los usa cada vez más consciente de su inalienable libertad. En otras palabras, su meta es la más antigua aspiración del ser humano: ir profundizando en la responsabilidad y el conocimiento.

Antonio Escohotado, del Epílogo a su “Fenomenología de las drogas“, que compone algunas ediciones de una de sus obras absolutas, la ubicua “Historia general de las drogas“.

© Antonio Escohotado
http://www.escohotado.org

El genocidio continúa. La Franja de Gaza necesita tu voz ahora

El genocidio continúa. La Franja de Gaza necesita tu voz ahora

Te saludo, María, by Paul Gauguín, from floresyplantas.net

Te saludo, María, by Paul Gauguín, from floresyplantas.net

La planta como poder autónomo

La nivelación planetaria tiene que desbrozar el camino a una nueva imagen del mundo; ésta es la meta que el nuevo siglo asumirá como imperativo.

Cuando se compenetran ciertos jugos de origen vegetal y animal, nacen nuevas moléculas, se forman cadenas y anillos de muy diversa índole. No hace mucho tiempo que estamos en condiciones de penetrar un poco con nuestra mirada en esa estructura microscópica; si no fuéramos capaces, en el fondo las cosas no habrían cambiado mucho.

Como algunos sospechan y muchos barruntan, es probable que esa visión desvíe de cuestiones más importantes.

Que algunas de esas moléculas nutran al cuerpo, mientras otras que lo atraviesan permanezcan neutrales, es tan incontestable como el hecho de que otras moléculas desencadenan efectos espirituales. Sobre esa percepción se fundamenta la distinción india entre alimento cotidiano y alimento divino, así como la diferencia establecida por las grandes culturas entre sustancias naturales y sustancias sagradas.

La cuestión de si esos efectos se desencadenan o «sobrevienen» supera la competencia de psicólogos y químicos. Si reconocemos a las plantas como poder autónomo que sobreviene para arraigar y florecer en nuestro interior, nos alejamos sobremanera de la falsa perspectiva según la cual el espíritu es monopolio del ser humano y, por consiguiente, algo que no existe fuera de éste.

La nivelación planetaria tiene que desbrozar el camino a una nueva imagen del mundo; ésta es la meta que el nuevo siglo asumirá como imperativo. Las teorías nihilistas y materialistas están llamadas a prepararla; desde este centro actúa la fuerza de convicción que tan incomprensible resulta a sus opositores, pero en el vórtice del huracán que descuaja árboles y destecha casas no vemos la resaca de una lejanía guarecida del viento: lo mismo vale para el tiempo.

Aquí rozamos los flecos de las disputas sobre la última cena que, durante miles de años, han mantenido ocupados a los espíritus que, en su día, se enconaron. Se trata del vino y del pan, con las diferencias entre presencia y acercamiento. Cuando algo sucede realmente, las diferencias toscas y sutiles se desvanecen. Pues ni siquiera penetran en «el interior de la naturaleza». Podemos atribuir tanto a la afirmación «es» como a «significa» cualquier extensión posible, en el fondo ambas coinciden en un punto. La noche misma de la celebración de la Eucaristía, la Cena ha «significado», más allá de su realidad presente, aún algo más, si bien como grado supremo del acercamiento.

Hoy nos atormentan otras preocupaciones, sobre todo una: que los dioses ya no entren furtivamente por ese camino.

El aislamiento de la cocaína se logró en 1860 en el célebre instituto de Wöhler en Gotinga, una de las cajas de Pandora para nuestro mundo. Esa precipitación y concentración de principios psicoactivos, obtenidos de sustancias orgánicas, jalona todo el siglo XIX; comenzó con la extracción de la morfina a partir del opio, debida a un joven de veinte años, Sertürer, que así desarrolló o, mejor dicho, desenvolvió el primer alcaloide.

Como por doquier en el acercamiento al mundo de los Titanes también aquí la concentración y la irradiación aumentan. En este mundo intervienen fuerzas y sustancias que se conquistan, ciertamente, a la naturaleza, pero son harto fuertes y enérgicas para nuestra capacidad natural de comprensión, de modo que si no quiere destruirse, el ser humano se ve obligado a una distancia creciente y a una prudencia cada vez mayor. Esas fuerzas y sustancias son modificaciones visibles de la entrada en un nuevo mundo espiritual.

Fermentación, destilación, precipitación y al fin extracción de materia irradiante a partir de una sustancia orgánica. Con ella comienza el siglo xx: 1903, descubrimiento de radio y de polonio; 1911, premio Nobel al matrimonio Curie por extraer radio puro de cantidades enormes de pecblenda de Joachimsthal. En 1945, los norteamericanos cedieron esta zona a los rusos, que explotaron grandes cantidades de sustancia físil.

Todo tránsito es al mismo tiempo un corte, toda ganancia una pérdida. El dolor es particularmente acerbo cuando, aunque no se lo comprenda, se sufre en lo más hondo: sobre todo si todavía se padece por la retirada de los dioses ante los Titanes. Los juicios se diferencian entonces como el día y la noche. Pierre Curie se cuenta entre las primeras víctimas del tráfico motorizado, muerto en 1906. Léon Bloy acogió con júbilo la noticia sobre «el atropello del cerebro infame».

Así como Goethe considera los colores como una de las aventuras de la luz, cabría contemplar a la ebriedad como un cortejo triunfal de las plantas en su paso por la mente. Así, la potente familia de las solanáceas no sólo nos nutre físicamente, sino también en sueños. En las monografías dedicadas a estos alcaloides tendría que reconciliarse el espíritu sistemático con la potencia visionaria de un Novalis o de un Fechner. El nombre solanácea deriva supuestamente de solamen, medio de consolación.

Al igual que la planta no sólo nos seduce físicamente, sino también espiritualmente, ésta se ha desposado eróticamente mucho tiempo antes con los animales. Para comprender esto es preciso reconocerlas como pares nuestros, incluso como hermanas más poderosas. El misterio de las abejas, que es al mismo tiempo el misterio de las flores, encarna uno de los fenómenos más maravillosos y uno de los verdaderos milagros de la naturaleza. El dúo amoroso entre dos seres tan increíblemente lejanos en cuanto a forma y grado de evolución ha debido de atestiguarse, un día, como por arte de magia, gracias a innumerables acoplamientos. Las flores asumen forma de órganos sexuales que se acoplan milagrosamente a criaturas completamente extrañas: moscas, esfinges y mariposas, también chupópteros de miel y colibríes. Antes, las fecundaba el viento.

Éste fue uno de los cortocircuitos que atravesaron la cadena de los antepasados y sus sistemas de protección. Un Gran Tránsito. En tales imágenes el velo de Isis se vuelve transparente. Eros irrumpe a través de las clasificaciones del mundo civilizado. Nunca se nos pasaría por las mientes que tales nupcias fueran posibles, si no las sintiéramos confirmadas miríadas de veces en cada paseo por un prado primaveral o por una falda de montaña florida. Sin embargo, ha habido que esperar hasta nuestros días para que un hombre desvelase el secreto.

De nuevo un rector: Christian Konrad Sprengel en El misterio desvelado de la naturaleza (1793). Lo que llamamos misterios no son sino manifestaciones; nos acercamos a ellos en el eco de lejanos toques de campana que recibimos bajo el florido tilo. Conocimiento es concordancia.

Las plantas, aunque apenas posean capacidades automotrices, constriñen a las criaturas móviles a permanecer bajo su dominio mágico. Novalis lo ha visto en sus Himnos. Sin plantas no habría vida alguna sobre el planeta. Todas las criaturas que respiran y desean nutrirse dependen de ellas. No sabemos a ciencia cierta hasta dónde alcanza su poder espiritual. No en vano la parábola se basa sobre todo en ellas. El efecto provocado por el té, el tabaco, el opio, pero a menudo por el mero perfume de ciertas flores -a saber: esa escala de esparcimientos que se extiende desde un vago sueño hasta el letargo- representa algo más que una paleta de diversos estados de ánimo. Tiene que sobrevenir otra cosa, algo nuevo.

Así como la planta forma órganos sexuales para desposarse con las abejas, celebra también sus nupcias con el ser humano; y este roce le regala el acceso a mundos, sin el cual permanecerían cerrados. Aquí se oculta también el misterio de todas las adicciones; quien quiera curarlas ha de ofrecer un equivalente espiritual.

Ernst Jünger, delicias de la indagación científica que en giro poético alumbró Acercamientos. Drogas y ebriedad, Tusquets Editores, 2000.

El Imperio de los sentidos, from image-service.net

El Imperio de los sentidos, from image-service.net

Llover sobre mojado


Por Silvio Rodríguez

Despierto en una erótica caricia
y sin amanecer, me estoy quemando.
Ruego que antes del fin de la delicia
la luz me diga quién estoy amando.

Hago un café romántico o barroco
recorro mi cabeza en agua fría
y en el espejo veo al viejo loco
que cada día piensa que es su día.

Vaya forma de saber
que aún quiere llover
sobre mojado.

Leo que hubo masacre y recompensa
que retocan la muerte, el egoísmo.
Reviso pues la fecha de la prensa
me pareció que ayer decía lo mismo.

Me entrego preocupado a la lectura
del diario acontecer de nuestra trama
y sé por la sección de la cultura
que el pasado conquista nueva fama.

Salgo y pregunto por un viejo amigo
de aquellos tiempos duramente humanos
pero nos lo ha podrido el enemigo
degollaron su alma en nuestras manos.

Absurdo suponer que el paraíso
es sólo la igualdad, las buenas leyes.
El sueño se hace a mano y sin permiso
arando el porvenir con viejos bueyes.

Un obrero me ve, me llama artista.
Noblemente, me suma su estatura
y por esa bondad mi corta vista
se alarga como sueño que madura.

Y así termina el día que relato
con un batir de ala en la ceniza.
Mañana volverá con nuevo impacto
el sol que me evapora y me da prisa.

Continuidad y parque, by Baptistao, from wordpress.cartoon.com

Continuidad y parque, by Eduardo Baptistao, from wordpress.cartoon.com

Aplastamiento de las gotas

Escuchar

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar