Archivo para la Categoría ‘Poems, everybody!’

"Sagrada Familia del pajarito", by Bartolomé Esteban Murillo (1649-1650). Museo del Prado, Madrid, España. From

La Sagrada Familia del pajarito, by Bartolomé Esteban Murillo (1649-1650). Museo del Prado, Madrid, España. From foroxerbar.com

Mozart asesinado

Por Antoine de Saint Exupery *

(Este fragmento de Tierra de Hombres relata cuando, viajando en un tren y pasando un rato en la tercera clase, observa y reflexiona).

Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño bien o mal había hecho un hueco y dormía. Pero se dio la vuelta en sueños y su cara se mostró bajo la lamparilla. ¡Ah, qué niño adorable! Había nacido de esa pareja una especie de fruto dorado. Había nacido de esa tosca manada este logro de encanto y de gracia.

Me incliné sobre esta frente lisa, sobre este dulce ademán de los labios y me dije: he aquí un rostro de músico, he aquí a Mozart niño, he aquí una hermosa promesa de vida. Los principitos de leyenda no eran diferentes a él: protegido, rodeado, cultivado. ¡Qué no llegaría a ser! Cuando por mutación nace en los jardines una nueva rosa, todos los jardineros se conmueven. Se aísla la rosa, se la cultiva, se la favorece.

Pero no hay jardinero para los hombres. Mozart niño será marcado como los otros en la máquina de troquelar. Mozart hará sus más altas alegrías de la música podrida en la fetidez de los cafés cantantes. Mozart está condenado.

Y regresé a mi vagón. Me decía: esa gente apenas sufre de su suerte. No es la caridad la que me atormenta. No se trata de enternecerse sobre una llaga eternamente reabierta. Los que la llevan no la sienten. Es algo como la especie humana y no el individuo lo que es herido aquí, el que es lesionado.

Apenas creo en la piedad. Lo que me atormenta es el punto de vista del jardinero. Lo que me atormenta no es esta miseria en la cual, después de todo, uno se instala tan bien como en la pereza. Generaciones de orientales viven en la mugre y se complacen en ella. Lo que atormenta no lo curan las sopas populares. Lo que me atormenta no son esos huecos, ni esos bultos, ni esa fealdad. Es, en estos hombres, un poco, Mozart asesinado.

http://textosdemasones.blogspot.com.ar/2012/07/mozart-asesinado-saint-exupery.html?spref=tw

España inconclusa, by Antonio Gaudì, from fundacioncentauri.org

España inconclusa, by Antonio Gaudì, from fundacioncentauri.org

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La poesía es un arma cargada de futuro

De Gabriel Celaya
Por Paco Ibañez

Cuando ya nada se espera
personalmente exaltante
más se palpita y se sigue
más acá de la consciencia,
fieramente existiendo
ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea
las tinieblas,
que golpea las tinieblas.

Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos
claros de la muerte,
se dicen las verdades, las bárbaras,
terribles, amorosas crueldades,
amorosas crueldades.

Poesía para el pobre,
poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos
trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos
dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes
porque apenas sí nos dejan
decir que somos quien somos.
Nuestros cantares no pueden ser
sin pecado un adorno;
estamos tocando el fondo,
estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía
concebida como un lujo
cultural por los neutrales,
que lavándose las manos
se desentienden y evaden,
maldigo la poesía
de quien no toma partido,
partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas
siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto y canto, y cantando
más allá de mis penas
de mis penas personales
me ensancho, me ensancho.

Quiero daros vida
provocar nuevos actos
y calculo por eso,
con técnica que puedo
me siento un ingeniero del verso
y un obrero que trabaja
con otros a España,
a España en sus aceros.

No es una poesía
gota a gota pensada,
no es un bello producto
no es un fruto perfecto,
es lo más necesario
lo que no tiene nombre;
son gritos en el cielo
y en la tierra son actos.

Porque vivimos a golpes
porque apenas sí nos dejan
decir que somos quien somos.
Nuestros cantares no pueden ser
sin pecado un adorno;
estamos tocando el fondo,
estamos tocando el fondo.

Sombras nada más, desde ziarelive.ro

Sombras nada más, desde ziarelive.ro

El eclipse

Por Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.

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* Siempre y según http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/monte/eclipse.htm

Cráneos, los mixtecas. Desde tolteca-guillermomarin.blogspot.com

Cráneos, los mixtecas. Desde tolteca-guillermomarin.blogspot.com

El ostiaco

Por Danielle Sarréra *

Ese gran invernal enlutado en una laguna seca, portador de antorchas mentirosas, y al que una sola patada enviaría a asarse en el Infierno, ese desvergonzado barbudo con ojos atascados de pelo de cabrón —qué hermoso y desnudo estaba con sus medias negras diciendo la misa—, ese ostiaco rojo de las noches con sábanas arenosas, ese maestro en fin maestro en la carencia del crecer y en trampear, ese hombre, más poderoso que el interior de un huevo listo para completar el niño, más rico que los tapices de Babel donde los dientes fueron limados de manera diferente, era, será, y es en esta hora en que oramos su nombre que nadie se atreve a pronunciar por temor inquisitorio, el creador del vacío en que alojamos nuestras manos —¡y ellas sudan de ternura!— ¡y ellas saborean una desgracia de miríadas de siglos!, ¡y ellas gritan bajo el efecto de la quemadura demasiado ardiente de las tenazas!, y se abandona a lujurias jamás experimentadas por las mujeres de Sodoma y de Gomorra que no son tampoco mis hermanitas (¡las idiotas!) porque ese hombre, ese gran invernal de la espada de barro seco, es mi primer redentor. Lo ato al lecho y lo agoto, no con mi cuerpo, no con mis manos, no con mis labios (permanezco a distancia) sino con mis ojos cuyo estrabismo es tal que la noche entera se desespera en su interior.

Vosotros siempre podéis tratar de nombrarme pero, para ser franca, no podréis nombrarme jamás, porque yo estoy ausente en el colmo de la ausencia. Tú que me conoces mejor, nada sabes de mí; tampoco disimulo, sino que todo me disimula. Tengo la vulgaridad penetrante de los ríos que no conocen los fetos que se les arrojan, que no conocen el sabor masculino de los guijarros que hacen rodar en ellos. Son sordos y ciegos, sin brazos y sin piernas: son mudos también.

Uno podría ponerse sobre una cruz para probar. Pero las cruces sólo hablan a los muertos. En verdad, mis manos y mis pies están agujereados y sangran agua. Cuando analizo esta agua, está vacía de toda sustancia, incluso de agua.

Soy un vidrio en el palacio de los vidrios, nada hay que separe. Delante, nada hay que ver. Detrás, ya no hay nada que ver. El cielo conoce la credulidad de la luz.

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107 veces el hombre se levantó, 107 veces rompió el hielo, 107 veces elevó a la mujer al rango de insecto devorador. La casada repliega sus enaguas por no haber sabido ir hasta el punto en que el sexo se vuelve tan terrible en su forma y en su espíritu de trabajo (¡qué conciencia!) que nadie puede entonces poseerlo. Sería demasiado agotador, y pienso en ello, considerar las imposturas aceptadas de una mujer tal como yo cuando ella se da. Sería necesario el hielo del Norte más Norte y su fija credulidad de invernador; sería necesario el límite de los límites, la frontera en que se cruzan las espadas heladas de toda pasión humana; sería necesaria la potencia 107 veces sucesiva y simultánea del cabrón más lúbrico (¡oh santa Catalina la Grande!), sería necesario un contador de veinte mil bolillas para contar los golpes de semejante especie.

Grité tan alto mientras se encarnizaba el niño desventurado sobre mi cuerpo, grité tan alto y tan fuerte entonces que las hormigas flameaban entre mis piernas, grité tan alto y tan fuerte y tan tiernamente entonces que el hombre me empuñaba como si empuñara su propio desierto, grité tan tiernamente que ese niño y esas hormigas y ese hombre no podían ya más que desaparecer, anonadados en lugares desconocidos a mi violencia. Porque mi grito no es de ninguna manera de aquellos que tienen el gusto del diente y la saliva, del paladar y la lengua. Mi grito es espeso como veneno. 107 veces lanzado tenía el estilo de un ser amado, pechos y muñecas cortados.

¡Vosotras que queréis seducir, oh mis pellejas, no sois más que raza inmunda! Sabéis estar desnudas por falta de espíritu. Yo, toda ropa arrojada, estoy aún vestida con esta coraza que nadie jamás podrá quitarme: virgen irremediable virgen de las vírgenes.

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No descansa jamás el sílex del sacrificio porque los festines de Dios son inconmensurables. Diles que eres la reina elegida para cometer el ultraje y que sin ti ya no habría fuego posible sobre esta tierra inmunda donde los sapos humean en la hierba. Descansa en el terror de no creer ya sino en mí, porque yo soy el único esclavo que podrás un día quemar. Llamearé en el momento de tu saludo y tu último beso será la pimienta en la llaga que te ruego mantengas abierta cada día. Ya no tengo otra sonrisa que la de mi angustia acorralada en la ruina de estas tierras que jamás pudieron creer en mi nombre. Estoy hecha para gustarte en el colmo de tu odio. Estoy hecha para construirte con marcas de hierro candente y para destruirte a la hora que te sea propicia. Yo me llamo fidelidad a toda muerte elegida.

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Desde una sola alma y un solo cuerpo, desde ese único ímpetu que destruye el fraude y echa por tierra el cráneo, machaca los pavimentos, desde esta soledad condenada donde se reúnen los cuervos podridos del espíritu derrotado, desde este lugar exiguo para nuestras grandezas insaciadas donde hemos visto vivir y morir desolados mundos de buena voluntad con fuentes en adelante inalcanzables, desde este recinto helado en el que ningún parto es posible, yo, la altiva servidora de una muerte mucho más muerta de lo que vosotros podríais creer, os dirijo este saludo, esperando con toda mi fe que os amase de desgracias y os haga deslizar de decadencia en decadencia hasta la hora muda de los crímenes lealmente consentidos que de los fantasmas que sois hará un mundo definitivo en el silencio irremediable.

Pereceréis por el hastío, porque el hastío es el único amo del océano que os fija y os guía. Su dejadez es algo prodigioso de comprobar. La conoceréis con largos estertores de insuficiencia.

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La ciudad no tiene casas. Mujeres y hombres tienen las manos cortadas. Es obligatorio. ¿Qué queréis hacer por lo tanto, pobres hipócritas, si vuestros pasos no dejan huellas (vuestras piernas están cortadas), si vuestros ojos ruedan en un vacío tan vacío que desde siempre vosotros no sois sino el vacío? Confesadlo en nombre de mi voz que va lejos: os habéis equivocado. Habéis vestido la misma camisa. Ya no hay entonces otra solución que romper la página y volver a empezar un nuevo párrafo.

* L’Ostiaque.

Fuente: Poesía francesa del siglo XX traducida por Raúl Gustavo Aguirre / Poetas franceses contemporáneos (De Baudelaire a nuestros días).

Otras traducciones de Raúl Gustavo Aguirre (poeta, antólogo, traductor y crítico nacido en Buenos Aires, Argentina (1927-1983) hallables en http://poesiafrancesacontemporanea.blogspot.com/2011/06/el-ostiaco-danielle-sarrera.html

Phantasmagoria, by Shigeru Tamura.

Phantasmagoria, by Shigeru Tamura.

En el país de la magia

Por Henri Michaux

A menudo se ven, de noche, fuegos en el campo. Esos fuegos no son fuegos. No arden en absoluto. Apenas, y aún sería necesario para ello uno terriblemente ardiente, apenas un hilo de la virgen que los atravesara exactamente por el centro sería consumido.
En efecto, esos fuegos no producen calor.
Pero tienen un brillo al que nada puede comparársele en la naturaleza (inferior sin embargo al del arco voltaico).
Esas combustiones encantan a la vez que aterrorizan, sin peligro alguno por otra parte, y el fuego se apaga tan repentinamente como había aparecido.

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Vi el agua que evita correr. Si el agua está bien acostumbrada, si es el agua de uno, no chorrea, aun cuando la botella se rompa en cuatro pedazos.
Simplemente, espera que uno la introduzca en otra. No intenta volcarse.
¿Es la fuerza del Mago la que obra?
Sí y no, al parecer no, porque el Mago puede no tener conocimiento de la ruptura de la botella y del esfuerzo que hace el agua para mantenerse en su lugar.
Pero no hay que hacer esperar al agua durante demasiado tiempo, porque esta actitud es para ella incómoda y penosa de conservar y, sin que en un sentido exacto se pierda, podría derramarse en cantidad.
Naturalmente, tiene que ser el agua de uno y no un agua de hace cinco minutos, un agua que justamente acabamos de renovar. Esta se derramaría enseguida. ¿Qué puede retenerla?

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Los Magos gustan de la oscuridad. Los principiantes tienen absoluta necesidad de ella. Ellos toman la mano, si me es lícito decirlo, en los baúles, los tendederos, los armarios de ropa blanca, los cofres, las bodegas, los graneros, los huecos de las escaleras.
No hubo día en mi casa en que no saliera de la alacena alguna cosa insólita, como ser un sapo, una rata, lamentando por otra parte la torpeza y sin que se desvaneciera en el acto sin poder tomar las de villadiego.
Hasta se topaba uno con ahorcados, por supuesto falsos, que ni siquiera tenían la cuerda de verdad.
¿Quién puede sostener que a la larga uno se acostumbra a esto? Una aprehensión me retenía siempre un instante, la mano indecisa en el pomo de la puerta.
Cierto día, una cabeza ensangrentada rodó sobre mi traje nuevo, sin dejar en él, por lo demás, una sola mancha.
Después de un momento —repugnante— como no se puede vivir uno igual, volví a cerrar la puerta.
Tenía que ser un principiante ese mago, para no haber podido hacer una sola mancha en un traje tan claro.
Pero la cabeza, su peso, su aspecto general, habían sido bien imitados.
Ya la sentía, con un asqueado terror, venírseme encima, cuando desapareció.

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* Au Pays de la Magie, 1942.